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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 102


En cuanto Anya llegó al pueblo, se encontró con un escenario desolador.

Todo estaba hecho trizas. Las casas ardían, algunas reducidas a estructuras ennegrecidas que amenazaban con derrumbarse en cualquier momento. Las carretillas yacían volcadas sobre los caminos, con sus ruedas destrozadas y sus cargas esparcidas por el suelo. Había cuerpos mutilados por todas partes, algunos tendidos frente a las viviendas y otros entre los restos de lo que alguna vez habían sido calles transitadas por gente trabajadora.

No se escuchaban voces humanas.

El pueblo, que hasta hacía poco debía de haber estado lleno de vida, se había convertido en un lugar silencioso, cubierto por el humo y el hedor de la muerte. Algunas Pesadillas todavía permanecían allí, alimentándose de los restos humanos que habían quedado tras la masacre. Sus figuras se movían entre las construcciones destruidas, indiferentes a los incendios que consumían todo a su alrededor.

Anya se llevó una mano a la boca.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al contemplar aquella escena. El olor a azufre y a muerte era más intenso que nunca, tan penetrante que parecía haberse impregnado en cada rincón del pueblo. Sus piernas perdieron fuerza y terminó cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda.

Le faltaba el aire.

Jamás había presenciado algo semejante. Había visto Pesadillas, había conocido sus atrocidades y sabía lo que eran capaces de hacer, pero encontrarse frente a un pueblo entero convertido en un cementerio era algo completamente distinto.

Una de las criaturas reparó en su presencia.

Su cabeza giró hacia ella y, sin dudarlo, comenzó a acercarse a toda velocidad. Anya apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la Pesadilla intentara alcanzarla. Sin embargo, en cuanto estuvo a punto de tocarla, su cuerpo explotó violentamente.

El líquido negro salpicó a Anya de pies a cabeza.

—¡Ugh!

El asco la hizo inclinarse de inmediato. Terminó vomitando saliva sobre el suelo, mientras su estómago se contraía una y otra vez, intentando expulsar algo de su interior, aunque llevaba horas sin comer. El sabor desagradable se le quedó en la boca y tuvo que apoyarse con una mano sobre la tierra para no desplomarse por completo.

Aquello era demasiado.

Nunca había visto tanta muerte reunida en un solo lugar. Los cuerpos, las casas destruidas y el olor nauseabundo que impregnaba el ambiente se mezclaban en una imagen que difícilmente podría borrar de su memoria.

Sus lágrimas cayeron sobre el suelo. Anya apretó un puñado de tierra entre los dedos, incapaz de apartar la mirada de aquel panorama.

Entonces levantó el rostro.

Su mirada se encontró con la de una mujer granjera. Tenía los ojos apagados, completamente desprovistos de vida, y le faltaba la mitad del torso. Su cuerpo yacía entre los escombros, inmóvil, como tantos otros que habían perdido la vida durante el ataque.

Anya volvió a sentir náuseas. Se inclinó y expulsó más saliva, acompañando el movimiento con una tos que le irritó la garganta.

Mientras tanto, las Pesadillas que todavía permanecían en el pueblo comenzaron a rodearla. Parecían intrigadas por la repentina explosión de una de sus semejantes. Sus cuerpos se acercaban poco a poco, observándola con una curiosidad inquietante.

Una de ellas, aparentemente más atrevida que las demás, se lanzó hacia Anya con un salto. Abrió la boca de manera descomunal, mostrando sus fauces como si pretendiera devorarla de un solo bocado.

Pero, cuando apenas se encontraba a unos centímetros de alcanzarla, también explotó.

Las demás criaturas retrocedieron de inmediato.

Por un instante, todas parecieron vacilar antes de huir del lugar, alejándose de Anya como si hubieran reconocido algo en ella. La sangre negra de la Pesadilla que acababa de estallar comenzó a ser absorbida por el cuerpo de la joven, desapareciendo poco a poco de su alrededor.

—Agh…

Anya se limpió la saliva de las comisuras de los labios con el dorso de la mano e intentó incorporarse. Le costó trabajo recuperar el equilibrio, pero finalmente consiguió ponerse de pie.

Miró a su alrededor.

Las construcciones destruidas, los restos de las viviendas y los cuerpos abandonados componían el triste recuerdo de lo que alguna vez había sido un pueblo lleno de vida.

—¿Debería buscar si alguien quedó con vida?

Su voz salió débil, casi apagada. Todavía le costaba asimilar lo que estaba viendo, pero no podía quedarse allí sin hacer nada. Si había alguien que hubiera logrado sobrevivir, tenía que encontrarlo.

—¡Bruja! ¡¿Qué es lo que eres?!

Una voz masculina la hizo girar ligeramente.

Era el hombre que también la había perseguido, el joven llamado Fred.

Había presenciado todo.

Desde el momento en que vio explotar a la primera Pesadilla con tan solo acercarse a Anya, había permanecido paralizado por el asombro y el terror. Jamás había visto algo semejante. Y después de encontrarse con los cadáveres y comprender lo que había ocurrido con su hermano, su estado había empeorado todavía más.

Su rostro estaba desencajado. La miraba como si estuviera frente a algo que no podía comprender, algo que escapaba por completo a las leyes que conocía.

—¡¿Qué hiciste con mi hermano?!

Anya apenas consiguió reaccionar ante sus gritos.

Todavía tenía la mirada perdida en dirección al maizal. Levantó una mano y señaló vagamente hacia aquel lugar.

—Podrás encontrarlo por ahí.

Fred giró la cabeza hacia donde ella señalaba. Su expresión se deformó por la ira y, cuando volvió a mirarla, sus ojos estaban llenos de odio.

—Tú… ¿lo mataste, verdad?

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Sus manos temblaban, incapaces de contener la furia que lo consumía.

—Yo… no lo maté. Ustedes mismos se ganaron su propio destino.

Anya respondió sin pensar demasiado en sus palabras. Estaba agotada, conmocionada por todo lo que acababa de presenciar y apenas conseguía ordenar sus pensamientos.

Sin embargo, los gritos de Fred tuvieron una consecuencia inesperada.

Desde el interior del maizal, algo comenzó a moverse.

La Pesadilla que había permanecido oculta entre los cultivos salió lentamente de su escondite. Su enorme barriga se sacudía con cada paso, haciendo que su cuerpo corpulento avanzara de manera grotesca. Pero lo más aterrador era lo que llevaba entre sus fauces.

Una cabeza humana.

La del hombre que había perseguido a Anya.

Fred abrió la boca tanto como pudo. Sus ojos temblaron y su expresión se transformó por completo, pasando de la ira a una mezcla de tristeza y terror absoluto.

No podía moverse.

Frente a aquella monstruosidad, sus piernas parecían haberse convertido en piedra. Ni siquiera consiguió apartar la mirada de la cabeza que colgaba de la boca de la criatura.

—A-auxilio…

El murmullo de Fred apenas consiguió salir de sus labios.

La Pesadilla continuó acercándose. Fred no hizo nada para escapar; se limitó a contemplarla mientras su figura se volvía cada vez más grande ante sus ojos.

—H-Hermano.

La criatura trituró entre sus dientes la cabeza del hombre.

La sangre salpicó a Fred, manchándole el rostro y la ropa con los restos de su propia familia. El muchacho soltó un grito desgarrador, incapaz de soportar lo que acababa de presenciar.

La Pesadilla respondió con un rugido grave, como si se estuviera mofando de su sufrimiento.

Anya, por su parte, permaneció inmóvil.

Había visto demasiada muerte en muy poco tiempo. Su mente parecía haberse quedado suspendida, incapaz de reaccionar ante aquella nueva atrocidad.

La criatura comenzó a reír con una voz profunda y desagradable, prolongando aquel sonido como si disfrutara del terror que había provocado.

Fred terminó orinándose en los pantalones. El olor hizo que el monstruo se relamiera los colmillos, saboreando de antemano lo que consideraba su nueva presa.

Y entonces, justo cuando la Pesadilla se dispuso a atacarlo, algo despertó dentro de Anya.

Sus instintos dormidos reaccionaron antes de que pudiera pensarlo.

Aquella velocidad inhumana volvió a manifestarse. En un instante, la joven se interpuso y consiguió detener el golpe de la criatura.

El impacto fue brutal.

La fuerza del ataque habría hecho estallar el cuerpo de cualquier persona que lo recibiera de lleno. Sin embargo, Anya logró bloquearlo, aunque la violencia del choque terminó lanzándola por los aires.

Su cuerpo salió despedido contra una de las casas.

Fred, mientras tanto, pareció despertar de su estado de shock. Aprovechó la oportunidad para darse la vuelta y correr con todas sus fuerzas, buscando un lugar donde esconderse. Sus gritos y sollozos se perdieron entre las construcciones destruidas mientras huía de aquella pesadilla.

Anya se incorporó con dificultad, todavía intentando comprender qué acababa de ocurrir.

—Este… no es una Pesadilla normal…

Y tenía razón.

Aquella criatura no había explotado al acercarse a ella. Ni siquiera cuando consiguió tocarla.

Antes de que pudiera analizarlo con mayor detenimiento, la Pesadilla volvió a moverse.

Su enorme cuerpo se abalanzó contra la casa de madera donde Anya había caído. La estructura no resistió el impacto y se hizo pedazos, con las tablas quebrándose y los restos saliendo despedidos en todas direcciones.

La joven logró apartarse justo a tiempo, evitando quedar sepultada bajo los escombros.

Entonces escuchó la voz de la criatura.

—Tú eres la impostora…

Su tono era grave y demoníaco. Las palabras resonaron entre las ruinas con una claridad inquietante.

Anya apretó los puños.

A pesar del cansancio y de todo lo que había presenciado, estaba decidida a acabar con aquella cosa.

—Eres una bazofia mitad Pesadilla mitad…

Dijo la criatura, pero ella no esperó a que terminara de hablar.

Aprovechando el momento en que la criatura parecía distraída, Anya se impulsó hacia delante con una velocidad sorprendente. Cerró el puño y concentró toda su fuerza en un golpe directo contra la cabeza del monstruo.

El impacto fue seco y contundente.

La cabeza de la Pesadilla reventó bajo su puñetazo, y su enorme cuerpo cayó pesadamente al suelo. La criatura se desplomó sin oponer más resistencia, mientras su masa comenzaba a deshacerse poco a poco sobre la tierra. En esta ocasión, su cuerpo no absorbia nada, las simples manchas sobre su piel se quedaban ahí, solo existiendo.

Anya se quedó contemplando los restos con desconcierto.

—Qué carajos…

Miró el lugar donde había caído el monstruo y después observó su propio puño.

—¿El… realmente era una Pesadilla?

El olor era exactamente el mismo que el de aquellas criaturas. También le recordaba a la Pesadilla consciente que había encontrado en el palacio de Ashton. Y, además, había hablado de ella como una impostora.

Pero había algo que no encajaba.

No había explotado al acercarse a ella, ni siquiera cuando llegó a tocarla, y eso le provocaba una inquietud difícil de ignorar.

Anya tragó saliva nerviosamente. Su puño estaba enrojecido por la fuerza del golpe y todavía sentía las consecuencias del impacto.

Una vez que consiguió recuperar un poco la compostura, recordó al hombre que había huido.

Fred.

Aunque él y su hermano habían intentado hacerle daño, seguía siendo una persona. No podía simplemente abandonarlo después de todo lo ocurrido.

Comenzó a buscarlo entre las calles destruidas, recorriendo los callejones y los rincones que todavía conservaban algo de sus antiguas estructuras. No tardó demasiado en encontrarlo.

Sin embargo, cuando llegó a uno de los callejones del pueblo, descubrió que Fred estaba muerto.

Se había degollado.

Anya se detuvo frente a su cuerpo. Por lo que había ocurrido con su hermano, era muy probable que hubiera terminado quitándose la vida al no poder soportar su muerte.

La joven permaneció allí, contemplándolo en silencio, pero pensó.

‘Esto… ¿esto es lo que Ymir quería que viera?’