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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 97


Tate estaba tendido sobre la tierra de la cueva donde se refugiaba junto a Peter. Su cuerpo temblaba bajo una fina capa de sudor frío, y el dolor de su herida le impedía encontrar una posición en la que pudiera descansar. Aunque había conseguido curarla inicialmente, sus esfuerzos no habían sido suficientes. La lesión terminó infectándose y, con el paso de las horas, su estado empeoró hasta que la fiebre comenzó a consumirlo.

Rechinó los dientes mientras intentaba conciliar el sueño, pero cada vez que cerraba los ojos, una punzada de dolor lo obligaba a abrirlos de nuevo. Sentía el cuerpo pesado, la cabeza le daba vueltas y el calor de la fiebre contrastaba con los escalofríos que le recorrían la espalda. Ni siquiera tenía fuerzas para incorporarse sin que el esfuerzo le provocara una nueva oleada de malestar.

—Tengo que ir por más suministros…

Giró la cabeza hacia la pequeña mesa improvisada donde había dejado sus provisiones médicas. Las vendas estaban amontonadas junto a varios recipientes de ungüentos vacíos, los últimos recursos que había utilizado para tratar de contener la infección. Ya no le quedaba casi nada que pudiera ayudarlo.

El problema era evidente: ¿cómo demonios conseguiría más suministros en aquellas condiciones? Apenas podía moverse con libertad. Si se encontraba con un caballero, incluso uno que no destacara por sus habilidades, probablemente tendría dificultades para defenderse. Salir de la cueva significaba exponerse a un peligro que, en su estado actual, no estaba preparado para afrontar.

—Que debería hacer…

Murmuró mientras dirigía la mirada hacia el techo rocoso. Sus párpados se cerraban involuntariamente, y cada parpadeo parecía prolongarse un poco más que el anterior. Las irregularidades de la piedra comenzaron a confundirse ante sus ojos, hasta que una figura apareció en su campo de visión.

Un hombre estaba de pie junto a él, observándolo desde arriba. Su largo cabello rojo caía sobre parte de su rostro, ocultando algunos de sus rasgos mientras inclinaba ligeramente la cabeza para examinarlo.

Tate permaneció inmóvil durante unos segundos, demasiado agotado para reaccionar. La fiebre debía de estar jugándole una mala pasada. Aquello era lo más razonable que podía pensar al encontrar a un desconocido en una cueva cuya ubicación se suponía que debía permanecer oculta.

Parpadeó varias veces, esperando que la figura desapareciera.

No lo hizo.

—No es un mal escondite.

La voz del hombre terminó de disipar sus dudas. No era una alucinación. Había alguien allí, y había conseguido encontrarlo sin que Tate se percatara de su llegada.

El caballero intentó incorporarse de inmediato, pero su cuerpo no respondió. Una fuerza invisible lo mantenía inmovilizado contra el suelo, impidiéndole siquiera levantar los brazos. La sorpresa inicial dio paso a una tensión mucho más profunda cuando comprendió que no se trataba simplemente de debilidad física.

Alguien estaba utilizando magia contra él.

—No te esfuerces mucho, igual no podrás moverte.

El hombre lo observaba con una serenidad desconcertante, como si mantener inmovilizado a un caballero herido no representara ningún esfuerzo.

—Mi señor me ordenó claramente que mi identidad no debía ser sabida, pero yo quiero pensar que con un caballero tan inteligente como tú no habrá problema. ¿Cierto?

Tate dejó de forcejear. No era un idiota; podía sentir que aquella magia lo superaba y que seguir gastando sus escasas fuerzas no le serviría de nada. Aun así, la incertidumbre lo irritaba. No sabía quién era aquel hombre, cómo había encontrado su escondite ni qué pretendía conseguir con su visita.

—¿Quién mierda es tu señor? ¿Acaso viniste a atraparme para que tu señor se gane el favor del emperador cínico?

Su ceño se frunció con hostilidad, y algunas gotas de saliva escaparon de sus labios al pronunciar las palabras. La fiebre lo tenía debilitado, pero no había conseguido apagar su desconfianza. Si aquel individuo trabajaba para Johan, entonces su aparición podía significar el final de su intento por derrocarlo.

El hombre de cabello rojo negó con la cabeza y soltó un suspiro antes de ponerse en cuclillas junto a él.

—Mi señor es alguien que un simple mortal como tú o Johan jamás podrán ver.

Por primera vez, su expresión serena se endureció. Sus ojos brillaron con ira y su voz adquirió un tono más grave, cargado de una autoridad que hizo que Tate guardara silencio.

—Pero te advertiré, que siempre hables con respeto refiriéndote a él. Él fue quien me ordenó salvarte, así que más te vale que seas agradecido.

Tate tragó saliva. No tenía idea de quién era aquel hombre ni de quién podía ser su señor, pero algo en su presencia le advertía que debía actuar con cautela. Su visitante no necesitaba levantar la voz para intimidarlo; bastaba con la facilidad con la que había neutralizado cualquier intento de resistencia.

Además, había dicho algo que no encajaba con la idea de un enemigo enviado para capturarlo.

Lo habían mandado a salvarlo.

—¿Y por qué tu señor quiere salvarme? ¿Qué quiere a cambio?

—Porque quiere que Johan sea absuelto del trono y pague sus acciones.

El hombre se incorporó ligeramente y sacó una cuerda de sus pertenencias. Con movimientos tranquilos, recogió su largo cabello rojo y lo sujetó en una coleta alta, apartándolo de su rostro. El gesto contrastaba con la gravedad de sus palabras, como si hablar de derrocar a un emperador fuera un asunto cotidiano.

—Así que Tate Falksen, pasaremos un buen tiempo juntos hasta que tu plan sea puesto en práctica.

—P-Pero c-como…

Tate sintió que el estómago se le revolvía. Aquel hombre conocía su nombre y, por lo que acababa de decir, también estaba al tanto de sus planes. Si lo hubiera visto entre los aristócratas de la facción de Ashton o entre los que recientemente se habían unido a su causa, lo recordaría. Sin embargo, su rostro no le resultaba familiar.

¿Quién demonios era?

—A cambio, te curaré tu herida.

El desconocido abrió su mochila y sacó varios medicamentos. Tate reconoció de inmediato que eran productos de mejor calidad que los que había pensado conseguir por su cuenta. Sus propiedades debían de ser mucho más eficaces para combatir la infección y acelerar la recuperación.

El hombre comenzó a preparar lo necesario para tratarlo, mientras Tate seguía inmovilizado en el suelo. No podía hacer otra cosa que observar sus movimientos y tratar de descifrar sus intenciones. La tranquilidad con la que revisaba los medicamentos resultaba casi ofensiva, sobre todo porque parecía tener el control absoluto de la situación.

—Seguiremos tu plan, así que si necesitas ayuda en algo que esté en mis manos no dudes en pedírmelo. Mientras tanto, tendrás que quedarte aquí a descansar.

El hombre dirigió brevemente la mirada hacia el fondo de la cueva, donde Peter permanecía apartado. El niño murmuraba cosas sin sentido, perdido en su propio mundo, ajeno a la conversación que tenía lugar a unos metros de distancia. El visitante pareció notar su comportamiento, pero no hizo preguntas ni intentó acercarse a él. Simplemente volvió a concentrarse en Tate.

Aquella indiferencia no pasó desapercibida para el caballero.

—Por qué debería hacerte caso…por qué debería pedirte ayuda…por qué debería confiar en ti…

Su voz reflejaba una irritación creciente. No soportaba estar a merced de un desconocido que parecía saberlo todo sobre él y que, además, se negaba a ofrecerle explicaciones. Mientras hablaba, observó cómo el hombre comenzaba a atender su herida con una calma que parecía completamente ajena a la gravedad de su estado.

—Si quieres tener a Anton Sant Clair de tu lado, tendrás que cooperar.

El desconocido pronunció aquellas palabras sin siquiera mirarlo a los ojos.

Tate sintió que el corazón le daba un vuelco.

El único que conocía ese detalle era el duque Treiton. Había sido cuidadoso con aquella información, pues conseguir el apoyo de Anton era una parte importante de sus planes. No veía ninguna razón para que el duque hubiera revelado semejante secreto a un extraño, y mucho menos para que alguien como aquel hombre apareciera de pronto en su escondite.

'¿Cómo demonios este hombre sabe tanto…?'

—Que mierda…

Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera contenerlas. Su expresión dejó al descubierto la confusión que llevaba intentando disimular desde que el desconocido había aparecido.

El hombre de cabello rojo soltó una risa gutural mientras continuaba atendiendo la herida. El sonido tomó a Tate por sorpresa y solo consiguió aumentar su mal humor.

—¿Qué es tan gracioso?

Estaba harto de las respuestas incompletas, de los secretos y de aquella actitud despreocupada con la que el desconocido parecía divertirse a su costa. No sabía qué estaba ocurriendo ni por qué alguien con semejante capacidad había decidido involucrarse en sus asuntos. Y, por encima de todo, le molestaba que aquel individuo pareciera disfrutar de su desconcierto.

El hombre terminó de tratar la herida y guardó los materiales que había utilizado. Después, levantó la mirada hacia Tate con una sonrisa tranquila, como si nada de lo ocurrido hubiera supuesto un inconveniente.

Fue entonces cuando el caballero pudo examinarlo con mayor detenimiento.

Era alto y estaba muy bien vestido. Su traje se ajustaba a su estructura corporal, resaltando la anchura de sus hombros y la estrechez de su cintura. La confección, los materiales y la elegancia de sus prendas dejaban claro que no se trataba de alguien acostumbrado a vivir con limitaciones económicas. Todo en su apariencia transmitía una riqueza difícil de ignorar.

El hombre no respondió a su pregunta. En cambio, decidió hablar de algo completamente distinto.

—Caballero Tate, ¿has oído de los héroes de los otros imperios?

Tate permaneció pensativo durante unos instantes, con la mirada fija en el techo de la cueva. Después volvió a observar a su visitante.

—Si, he sabido de ellos. Pero ¿qué tiene que ver?

—¿Qué sabes sobre ellos?

Una vena de fastidio se marcó en la frente de Tate. Aquel hombre parecía empeñado en hacerle preguntas sin ofrecer ninguna explicación a cambio. La poca paciencia que le quedaba estaba llegando a su límite.

—Sé que son personas muy poderosas, tal como nuestro héroe. Todos pertenecen al mismo grupo.

—Aja, ¿y qué más?

Tate lo miró con incredulidad.

—¿Cómo que qué más?

—¿Cuál es tu héroe favorito?

El desconocido esbozó una pequeña sonrisa, como si aquella pregunta fuera perfectamente razonable.

Tate alzó una ceja. De todas las cosas que podía preguntarle en ese momento, ¿por qué demonios le interesaba saber cuál era su héroe favorito?

—¿Por qué mierda me preguntas eso?

—Simple curiosidad.

Tate se preguntó, una vez más, por qué siempre terminaba encontrándose con personas tan extrañas y desesperantes. Su visitante no solo conocía información que no debería estar a su alcance, sino que ahora parecía interesado en mantener una conversación absurda mientras él seguía enfermo y atrapado bajo una magia que no podía romper.

—Supongo que es entre Cyril Ayano y Anton.

—Ooooh entiendo, ¿y por qué Cyril?

—Aparte de ser muy fuerte, es un hombre muy entregado a su trabajo administrativo en su país. Aunque tienen problemas con otras especies, él ha hecho lo posible para mantener en paz a todos. Ojalá pudiera ser como él.

El hombre de cabello rojo asintió lentamente, como si la respuesta le resultara interesante.

—Mmmh, en eso tienes razón, es un hombre bastante estricto, y qué piensas del héroe Sylv Partridge.

Tate suspiró, resignado a continuar respondiendo.

—No pienso nada en específico sobre él. Pienso que no es muy relevante, pero a lo que he oído es bastante popular con las mujeres.

El desconocido se llevó una mano a la barbilla y frunció el ceño, reflexionando sobre aquella respuesta. Tate lo observó con creciente suspicacia. No entendía por qué aquella conversación parecía importarle tanto.

—Mmh, ¿solo eso?

Tate asintió.

—¿Por qué te interesa tanto saber mis opiniones sobre los héroes?

La curiosidad comenzó a imponerse sobre su irritación. Había algo en aquel hombre que le resultaba cada vez más familiar, aunque no lograba identificarlo con certeza. Repasó mentalmente los detalles de su apariencia: el cabello largo y rojo, los ojos dorados pálidos, la estatura y aquella aura intimidante que parecía envolverlo incluso cuando se comportaba con absoluta despreocupación.

'Cabello rojo y largo, ojos dorados pálidos, alto y con esa aura intimidantes…será que'

El hombre se ajustó el saco, acomodando con elegancia la tela sobre sus hombros. Su postura cambió ligeramente, adoptando una formalidad que no había mostrado hasta entonces.

—Lamento no haberme presentado antes, caballero Tate.

Tate sintió que una posibilidad absurda comenzaba a tomar forma en su mente.

'No, no puede ser que sea él, es imposible que un héroe se entrometa en esta situación y siquiera verlo fuera de su país'

El desconocido lo miró con una sonrisa, sin mostrar ninguna señal de preocupación por la incredulidad que seguramente encontraría en su rostro.

—Soy Sylv Partridge, héroe de Dravenn.