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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 92


Después de toda la conmoción provocada por el abrazo grupal, en el que Anya habría terminado prácticamente aplastada de no ser por la rápida reacción de Anton, las cinco personas regresaron a la habitación donde habían estado conversando antes. El ambiente era mucho más tranquilo ahora, aunque Anya todavía sentía que no terminaba de encontrar su lugar entre ellos.

Era comprensible. Los cuatro hombres compartían una amistad que parecía haber sobrevivido al tiempo, la distancia y todas las desgracias que habían ocurrido durante los años. Se conocían lo suficiente como para bromear sin medir sus palabras, abrazarse sin pensarlo y comportarse como si el tiempo jamás hubiera pasado. Ella, en cambio, apenas acababa de conocer a tres de ellos y todavía se sentía como una invitada que había entrado accidentalmente en una reunión privada.

La habitación era amplia y elegante, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del exterior y muebles de aspecto refinado distribuidos alrededor de una zona destinada a las conversaciones. Después de tomar asiento, Anya se acercó discretamente a una de las ventanas y fingió interesarse por el paisaje, aprovechando aquel pequeño momento para apartarse un poco del centro de atención.

Anton lo notó.

Tan pronto como llegaron a la nueva habitación, se acercó a Cyril y Sylv y tocó sus hombros para llamar su atención.

—Oigan, quiero presentarles a alguien.

Cyril tenía la expresión seria de siempre. Sin embargo, aquella apariencia no significaba que estuviera molesto. Su rostro simplemente permanecía así incluso cuando estaba de buen humor, algo a lo que sus amigos ya estaban acostumbrados. Sylv, en cambio, recibió las palabras de Anton con una sonrisa y un ligero asentimiento.

—Claro, ¿por fin nos vas a presentar a tu esposa?

Anton retrocedió un poco, alzando una ceja con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Esposa? ¿Qué tanto pensaste como para llegar a la conclusión de que es mi esposa?

Señaló a Anya, que permanecía de espaldas junto a la ventana, contemplando el exterior con una concentración evidentemente fingida. Aparentaba no haber escuchado nada, aunque su oído extraordinariamente agudo le permitía escuchar perfectamente cada palabra que se pronunciaba detrás de ella.

Nadie podía verlo debido a que estaba de espaldas, pero sus mejillas habían adquirido un ligero tono rosado.

Cyril se rascó la mejilla con cierta incomodidad, como si acabara de darse cuenta de que quizá había sacado una conclusión demasiado apresurada.

—Yo también pensé que era tu esposa.

Emris, por supuesto, no podía dejar pasar semejante oportunidad.

—¡¿Verdad que parece su esposa?! ¡En cuanto Anton se teletransportó aquí llegó con ella y una niña! ¡Les juro que parecían una familia!

Exclamó mientras movía las manos exageradamente, reforzando cada palabra con gestos tan amplios que parecían propios de una obra teatral. Anton soltó un bufido acompañado de un gruñido, claramente agotado de tener que explicar lo mismo por segunda vez.

—Entonces viene con su hija también.

Sylv abrió ligeramente los ojos. Su sorpresa era genuina. La misma situación que había confundido a Emris parecía haberlo llevado a la misma conclusión: Anton jamás había mostrado interés por el amor o las mujeres. Y ahora, después de un año sin verlo, aparecía acompañado de una joven y una niña.

¿En qué momento había ocurrido todo aquello?

—¡Anya no es mi esposa!, ¡y tampoco tengo hija!

Anton los miró simultáneamente con una expresión que dejaba bastante claro que ambos habían conseguido sacarlo de sus casillas.

—Maldición…

Sylv dejó escapar una pequeña risa y terminó apoyándose sobre la cabeza de Emris, utilizándolo descaradamente como un lugar donde descansar debido a que era considerablemente más bajo que él. Emris, por su parte, puso un rostro indignado al sentir que su amigo acababa de convertirlo en una simple recargadera.

—Bueno, aclaremos el mal entendido, ¿quién es ella y la niña que menciona Emris?

Preguntó Sylv mientras dirigía la mirada hacia la espalda de Anya.

—Deben ser importantes como para que las hayas traído.

Aquella pregunta bastó para cambiar ligeramente el ambiente.

Anton dejó de lado las bromas y comenzó a explicarles todo. Ya que los cuatro amigos estaban finalmente reunidos después de tanto tiempo, no tenía sentido ocultarles la situación. Les habló de la muerte de Ethan y de todo lo ocurrido después; de cómo, tras la muerte de su hermano y la aparición de las Pesadillas, Ymir le había ordenado proteger a Anya; de la manera en que ambos habían terminado acercándose con el paso del tiempo y de las habilidades que ella poseía.

También les contó cómo habían salvado a la santa de Eternia, Patsy, de una organización esclavista y todo lo que ocurrió después, incluido el momento en que Anya terminó siendo secuestrada y tuvo que matar a una persona para protegerlo cuando él no había sido capaz de hacerlo.

El único detalle que decidió mantener para sí mismo fueron los restos del alma de Eternia que permanecían dentro de Anya. Aquello no era algo que estuviera dispuesto a revelar todavía.

La historia terminó siendo mucho más larga de lo que cualquiera había imaginado, por lo que los cinco terminaron tomando asiento. Incluso Anya, que al principio había permanecido cerca de la ventana, terminó sentándose con ellos. Mientras los demás escuchaban, ella mantenía las manos sobre su regazo y jugaba distraídamente con sus dedos, todavía algo tímida ante la atención de aquellos hombres.

Emris había escuchado algunas partes de la historia de Anton, pero no aquella.

—Así que… ella mató a alguien para protegerte.

La sorpresa en su rostro era evidente. Por un instante, su habitual actitud extrovertida desapareció por completo.

—Sí…

Anton bajó ligeramente la mirada y apretó los puños sobre sus piernas. Una sombra de fastidio cruzó su rostro, aunque no estaba molesto con Anya. Aquello era algo que todavía le pesaba.

—Aún me pesa que ella haya tenido que ensuciar sus manos por mí.

La expresión de Anton se volvió más decaída. Anya lo observó durante unos segundos y, al notar cuánto seguía afectándolo aquello, le dedicó una pequeña sonrisa antes de acercarse y sobarle suavemente el hombro.

—Anton, no te sientas mal. Estoy bien. Créeme que volvería a hacerlo solo para protegerte.

Anton giró el rostro hacia ella. La sinceridad de aquellas palabras pareció alcanzarlo de una manera que no esperaba. Por unos segundos simplemente la contempló antes de devolverle una pequeña sonrisa.

—Gracias, Anya.

Aunque había dicho que estaba bien, no era del todo cierto. Haber asesinado a un hombre le pesaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, y aquella culpa seguía escondida en algún rincón de su mente, apareciendo cada vez que recordaba lo sucedido. Sin embargo, sabía que tendría que aprender a lidiar con ello. Con personas peligrosas persiguiéndola y una vida que cada vez parecía alejarse más de la tranquilidad que alguna vez conoció, comprendía que aquello probablemente no sería la primera ni la última vez que tendría que matar a alguien.

Emris recuperó entonces un semblante mucho más sereno. Incluso su voz perdió aquella energía exagerada que acostumbraba tener.

—Bueno, ahora sin duda tenemos que agradecerte porque hayas salvado a nuestro amigo.

El grandulón simplemente asintió, acompañando el gesto con un sonido grave proveniente de su garganta.

Emris también miró a Anya con una expresión tranquila.

—Gracias princesa Anya por salvarlo.

Sylv le sonrió.

—Gracias.

El grandulón también expresó su agradecimiento, aunque lo hizo en un tono mucho más bajo que Emris. Anya soltó una risa nerviosa y agitó ligeramente las manos, incómoda ante tanta atención.

—No tienen por qué agradecerme, Anton también me salvó varias veces. Más de las que yo estoy enterada seguramente.

—Parecen el uno para el otro.

La observación de Sylv llegó acompañada de una sonrisa pícara. Se cruzó de brazos, alzó ligeramente la barbilla y se acomodó contra el sofá con una expresión evidentemente divertida.

Anya se sonrojó de inmediato y negó repetidas veces con la cabeza.

—No les hagas caso, a este punto ya solo están molestándonos.

Anton habló con un rostro serio, aunque en sus ojos podía apreciarse una incredulidad cada vez mayor. Parecía incapaz de comprender cómo sus amigos podían comportarse de aquella manera incluso con una persona a la que acababan de conocer.

Emris desapareció de su asiento en un parpadeo y apareció detrás de Anya. Sin darle tiempo a reaccionar, extendió una mano y le despeinó suavemente sus cabellos negros.

—No te lo tomes personal princesa Anya, solo… así nos llevamos.

El ambiente terminó adquiriendo una calidez extraña. A pesar de la vergüenza, Anya sonrió nerviosamente y trató de acomodarse el cabello con disimulo.

Fue entonces cuando Cyril abrió ligeramente los ojos y dirigió toda su atención hacia ella. Permanecía con los brazos cruzados, una postura que hacía resaltar todavía más la enorme musculatura de sus brazos.

—Señorita, ¿por qué está tan tensa?

Los otros tres hombres voltearon inmediatamente hacia Anya. La pregunta de Cyril había sido tan directa que ninguno pudo evitar comprobar por sí mismo si realmente había algo extraño en su comportamiento.

Anton llevó una mano hasta su barbilla y comenzó a analizarla con atención. Observó su postura, la manera en que mantenía las manos juntas y la forma en que evitaba mirar directamente a los demás.

—Es verdad. Además, estás muy callada.

Anya desvió la mirada y dejó escapar una pequeña risa.

—N-No sé de qué estás hablando.

Cyril no dijo nada más. Su mirada permaneció sobre ella con aquella seriedad característica, como si estuviera esperando pacientemente a que dejara de intentar ocultarlo.

Sylv pareció comprenderlo también.

—Si Cyril la identifica en ese estado es porque algo le pesa. Así que…

Se inclinó hacia delante con una sonrisa que pretendía ser inocente, aunque la presencia de un hombre de semejante tamaño acercándose de aquella manera resultaba bastante más abrumadora de lo que probablemente pretendía.

—Díganos qué pasa, señorita Anya.



Desde que había visto a los héroes no pude decir ni hacer nada por una razón muy peculiar.

Sus auras eran extremadamente potentes.

Jamás había visto auras así. Y ahora que recién me percataba de ello, había algo todavía más extraño: Anton ni siquiera tenía aura. No emitía un solo color, pero hasta ese momento jamás me había dado cuenta de ello.

Las auras de los tres héroes eran tan brillantes y coloridas que prácticamente abarcaban toda la habitación. No eran simples manchas de color alrededor de sus cuerpos; parecían extenderse por el espacio como una presencia propia, envolviendo cada rincón y haciendo que me resultara difícil apartar la mirada de ellas.

Por eso, cada vez que miraba por la ventana, no era únicamente para fingir que no escuchaba la conversación.

También necesitaba descansar la vista.

Por supuesto, no iba a decir nada al respecto. Sin embargo, aquello tampoco era algo que me hiciera sentir cómoda. Había algo dentro de mí que insistía en que esas auras significaban una sola cosa.

Poder.

Muchísimo poder.

O sea que estaba en una misma habitación con tres armas andantes.

Pero todo mi plan de no mencionar nada se arruinó en el instante en que el héroe Cyril se dio cuenta de mi nerviosismo.

‘Y yo que pensé que era buena actriz.’

Supongo que no sería bueno ocultarles la verdad, y mucho menos a Anton. No me gustaría mentirle.

—¿Anya?

Anton habló y me miró con preocupación.

Ya no pude seguir fingiendo.

Si realmente confiaba en él, debía hablar. No debía tener miedo. Ellos eran buenas personas. Después de todo, eran amigos de Anton.

—Es que…

Jugué con mis dedos, tratando de reunir el valor suficiente para decirlo.

—Las auras de Emris, Cyril y Sylv… son intimidantes.

Los cuatro se quedaron en silencio.

Durante unos segundos nadie supo qué decir. Incluso Emris, que normalmente parecía tener una respuesta para absolutamente todo, lucía bastante sorprendido.

—Vaya… Lo siento…

Dijo con un rostro sereno mientras regresaba a su lugar y se sentaba entre Cyril y Sylv.

Sylv y Cyril dirigieron la mirada hacia Anton.

Él había apretado la mandíbula.

Si bien Anya era una anomalía, aquello significaba que no era una anomalía común. Su capacidad para percibir las auras de los héroes dejaba claro que poseía algo mucho más extraordinario de lo que ellos habían imaginado.

—¿Hay algo que no nos estés diciendo, Anton?

Preguntó Sylv, alzando una ceja.

—Es algo que hablaremos por la noche.

Anton no desvió la mirada. Su rostro permaneció serio y su tono dejaba bastante claro que aquel no era el lugar ni el momento adecuado para hablar sobre aquello.

Sylv suspiró y asintió.

—De acuerdo.

Miré a Anton confundida. Quería preguntarle qué estaba pasando, pero bastaba con observar los rostros de los demás para entender que no era el momento de hacerlo.

Sylv recuperó entonces su expresión sonriente y volvió a mirarme.

—Lamentamos no haber ocultado nuestras auras. Es rara vez los casos donde la gente puede verlas, así que las mantenemos libremente.

—Pero… ¿por qué no puedo ver la de Anton?

Pregunté con curiosidad mientras miraba al hombre que permanecía a mi lado. A su alrededor no había absolutamente ningún color. Nada que pudiera compararse con las enormes y brillantes auras de los otros tres.

—Porque Anton la mantiene oculta. El tenerla libre como nosotros, aunque la gente no la vea, causa pesadez en el ambiente. La gente no lo nota a principios, piensa que es cansancio de ellos, pero realmente son nuestras auras lo que lo ocasiona.

Anton asintió y añadió:

—Sí. Realmente la mantengo oculta por decisión propia, no quiero ocasionar molestias en la gente que me rodea.

—Oh, entiendo.

Asentí consecutivas veces, ahora teniendo mucho más claro lo que estaba ocurriendo.

Poco a poco, las auras de los tres héroes comenzaron a disminuir. Aquella intensidad que había llenado la habitación fue desapareciendo gradualmente, hasta que finalmente mi visión volvió a sentirse completamente despejada.

—Qué diferencia…

Dije impresionada.

La sensación de pesadez que había permanecido sobre mí desde que los había conocido también comenzó a desaparecer.

—Muchas gracias por su consideración.

Me incliné agradecida.

—No hay de qué.

Sylv me sonrió y me guiñó un ojo, provocando que yo simplemente le devolviera la sonrisa.

Entonces Emris recuperó su entusiasmo habitual y se puso de pie.

—Vayamos a comer algo al jardín.

—¿Puedo llevar a Patsy? Estoy segura que le encantaría conocer a los demás héroes.

Volteé a ver a Anton con los ojos curvados en una sonrisa.

Él dirigió la mirada hacia sus compañeros. Cyril, Emris y Sylv asintieron, dejando claro que no tenían inconveniente.

—Adelante. Puedes traerla.

Anton acarició el cabello de Anya, haciendo que ella se sintiera avergonzada de inmediato.

En realidad, Anton no estaba pidiendo autorización para llevar a la niña. Simplemente quería asegurarse de que sus compañeros estuvieran de acuerdo, pues si aceptaban significaba que no abordarían frente a Patsy ninguno de los temas que una niña no debería escuchar.

—Entonces iré por ella. Los veo en el jardín.

— ୭

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