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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 91


Dos carruajes avanzaban por distintos caminos que conducían hacia la mansión del héroe Emris, cada uno escoltado por sus respectivos caballos y llevando en sus puertas los imponentes logos grabados en oro que identificaban a sus ocupantes. El metal relucía cada vez que los rayos del sol alcanzaban su superficie, dejando pequeñas ráfagas doradas sobre la madera oscura de los vehículos.

Uno de los carruajes había partido desde Valthera y llevaba en su interior a Cyril Ayano, el héroe de aquel imperio. Era un hombre alto e imponente, de una musculatura marcada que podía apreciarse incluso bajo las prendas tradicionales que cubrían su cuerpo. Su largo cabello azul oscuro, casi negro, permanecía recogido en una coleta alta que caía por detrás de su espalda, aunque algunos mechones rebeldes habían escapado de su peinado y se deslizaban sobre su rostro con cada movimiento del carruaje. Sus ojos verdes permanecían serios, tranquilos y casi inexpresivos, reflejando la personalidad reservada que lo había acompañado durante años. Cyril no era un hombre que necesitara hablar para imponer presencia. Bastaba con tenerlo cerca para sentir el peso de su existencia.

En otro camino, a varias horas de distancia, avanzaba el segundo carruaje. Dentro de él viajaba Sylv Partridge, héroe del imperio de Dravenn. Su cabello largo, de un intenso tono rojo sangre, caía completamente suelto hasta su cintura y se movía ligeramente con el vaivén del vehículo. La tonalidad rojiza contrastaba con su piel extremadamente pálida y hacía resaltar todavía más sus facciones armoniosas. Su estatura era promedio, pero su físico estético y bien trabajado dejaba claro que no era un hombre común. Ambos héroes se dirigían hacia el mismo punto por una razón que los había obligado a abandonar sus respectivos imperios: aquel día tendría lugar la reunión anual de los héroes en el monumento.

Era una reunión que se celebraba cada año, pero aquella vez ninguno de los cuatro podía evitar sentir que había algo diferente en el ambiente. Desde que recibieron la convocatoria por parte de Ymir, una misma pregunta había rondado sus pensamientos. ¿Qué temas se abordarían aquella vez? ¿Qué ocurriría durante la reunión? El año anterior habían hablado principalmente de Eternia y de la situación cada vez más preocupante de aquel imperio. Ya entonces, su estado era considerado el peor entre todas las naciones de Ymir. Sin embargo, durante aquel último año las cosas habían dejado de ser simplemente preocupantes para convertirse en algo mucho más grave.

Eternia se había hundido todavía más en el caos. Las noticias que llegaban desde aquel territorio eran cada vez más oscuras, y ninguna parecía traer consigo una solución. Lo que más preocupaba a Cyril y Sylv, sin embargo, no era únicamente la situación política del imperio, sino la ausencia de una persona en particular. Anton llevaba demasiado tiempo sin enviarles cartas. Para ellos, aquel silencio resultaba extraño. Anton nunca había sido particularmente expresivo, pero siempre había mantenido algún tipo de comunicación con sus amigos. Después habían llegado las noticias sobre Ethan y su muerte a manos del emperador, seguidas por la acusación contra el príncipe de Eternia. Demasiadas piezas parecían estar cayendo una tras otra, y detrás de ellas se encontraba un líder corrupto que había convertido su propio imperio en un lugar cada vez más oscuro.

Cyril era un hombre de pocas palabras y no solía exteriorizar aquello que pasaba por su cabeza. Sylv, en cambio, podía ser mucho más expresivo, especialmente cuando algo lograba inquietarlo. En aquel momento permanecía sentado junto a una de las ventanas del carruaje, con el rostro apoyado sobre una mano mientras observaba el paisaje pasar ante sus ojos. Los campos, los caminos y los árboles se sucedían uno tras otro, pero ninguno conseguía realmente captar su atención. Su mirada parecía perdida más allá del cristal.

No podía dejar de preguntarse si Anton se encontraba bien.

También se preguntaba si aquel año asistiría a la reunión. Después de todo, aunque se trataba de una orden de Ymir, Anton tenía demasiados motivos para permanecer en Eternia. La muerte de Ethan había dejado una herida profunda entre ellos, y saber que había muerto a manos del propio emperador solo había hecho que la preocupación aumentara. Sylv sabía que Anton no era alguien que abandonara fácilmente a los demás, incluso cuando hacerlo significaba ponerse en peligro.

Poco a poco, la preocupación comenzó a transformarse en frustración. Sus dedos se cerraron alrededor del reposabrazos de madera fina y resistente mientras su mandíbula se tensaba. La presión aumentó hasta que la madera comenzó a crujir bajo su mano. Un segundo después, el reposabrazos se quebró con un chasquido seco y varios fragmentos salieron despedidos sobre el asiento y el suelo del carruaje.

Sylv bajó la mirada hacia los restos de madera que todavía permanecían entre sus dedos.

No pareció impresionado.

Su secretario, sentado cerca de él, cerró los ojos durante un instante y dejó escapar un largo suspiro. Aquello no era precisamente algo nuevo.

—No otra vez, amo. Ya lo habíamos reparado.

Sylv contempló los pedazos de madera como si acabara de descubrirlos allí.

—Pues tendrás que mandarlo a reparar de nuevo.

Lo dijo con absoluto desinterés, como si reparar un carruaje después de que su propio dueño hubiera destruido el reposabrazos por segunda vez fuera una tarea completamente normal. Su secretario decidió no responder. Ya había aprendido que discutir con Sylv cuando estaba de mal humor solo conseguía empeorar las cosas.

Sylv podía tener un carácter bastante complicado cuando algo lo irritaba. Su temperamento era fuerte y, cuando perdía la paciencia, podía llegar a ser bastante grosero. Sin embargo, aquella personalidad distaba mucho de representar al hombre que era cuando se encontraba tranquilo. En condiciones normales, Sylv podía ser agradable, bromista y sorprendentemente atento con las personas que apreciaba. El problema era que, cuando algo involucraba a sus amigos, especialmente a Anton, su paciencia podía desaparecer con una facilidad preocupante.

Mientras tanto, en el otro carruaje, Cyril atravesaba un problema completamente diferente.

El héroe permanecía sentado con una expresión de absoluta desesperación en el rostro. Había pasado demasiado tiempo viajando y su paciencia se encontraba prácticamente agotada. Para llegar hasta Greendale habían tenido que soportar largos trayectos, tomar barcos y realizar varios cambios de caballos. El viaje había sido tan prolongado que, para Cyril, cada kilómetro adicional parecía una provocación personal.

Su secretaria lo observó desde el asiento contrario. Conocía perfectamente aquella expresión. Cyril no solía quejarse demasiado, pero cuando llegaba a ese punto significaba que realmente había tenido suficiente.

—¿Mi señor se encuentra bien?

Cyril permaneció en silencio durante unos segundos. Su mirada seguía perdida hacia el frente mientras el carruaje continuaba avanzando.

—Odio viajar.

La voz profunda y grave del héroe llenó el interior del vehículo. La mujer sintió un ligero escalofrío al escucharlo. No porque hubiera una amenaza en sus palabras, sino porque sabía perfectamente que aquella frase era la forma más cercana que tenía Cyril de anunciar que estaba perdiendo la paciencia.

—N-No falta mucho, por favor, sea paciente.

La mujer buscó rápidamente algo que pudiera distraerlo antes de que el viaje se volviera todavía más incómodo. Finalmente, sacó varios panes rellenos de chocolate y los colocó frente a él.

Eran sus favoritos.

Cyril dirigió la mirada hacia los panes.

Aquello fue suficiente.

Aunque nadie habría imaginado que un hombre de su tamaño y reputación pudiera ser calmado con algo tan sencillo, los panes rellenos de chocolate tenían un efecto casi inmediato sobre él. Cyril tomó uno sin decir palabra y comenzó a comerlo mientras el carruaje seguía avanzando.

La mujer soltó discretamente un suspiro de alivio.

Por lo menos, aquello le daría unos minutos de tranquilidad.



Mientras los héroes continuaban su viaje, dentro de la mansión de Emris Patsy había recibido una niñera momentánea gracias a la influencia del héroe de Greendale. La mujer encargada de cuidarla no era humana, sino una autómata diseñada con una apariencia tan realista que, a simple vista, resultaba prácticamente imposible distinguirla de una persona. Su piel, sus movimientos y hasta sus expresiones habían sido creados con suficiente precisión como para engañar fácilmente a alguien que no conociera la tecnología de Greendale.

Patsy, por supuesto, no había sospechado nada.

La pequeña se encontraba perfectamente entretenida bajo su cuidado, completamente ajena a las conversaciones que tenían lugar en otra parte de la enorme mansión.

Mientras tanto, Anton, Anya y Emris se habían apartado en una de las habitaciones de la residencia. El lugar era amplio y elegante, con grandes ventanales que permitían observar parte del exterior y una decoración que combinaba la arquitectura refinada de Greendale con elementos tecnológicos que Anya todavía encontraba extraños. Una suave iluminación artificial mantenía la estancia perfectamente iluminada mientras los tres permanecían reunidos alrededor de la conversación.

Había cosas que Anya necesitaba saber.

—Anya, en un rato llegarán los demás héroes.

La joven levantó ligeramente las cejas.

—¿Hay más?

La sorpresa se reflejó claramente en sus ojos mientras miraba alternativamente a Anton y Emris.

—Claro. Además de Eternia y Greendale existen otros tres imperios. Seraphia, Valthera y Dravenn, pero para Seraphia, un héroe todavía no es elegido.

—Ooooh.

Anya asintió lentamente. La curiosidad comenzó a crecer en su mirada mientras intentaba imaginar cómo podían ser aquellos lugares. Hasta ese momento había conocido apenas una pequeña parte de Ymir y, aun así, cada nueva información hacía que el mundo pareciera extenderse mucho más allá de lo que había imaginado.

—¿Y cómo son ellos?

La pregunta fue dirigida hacia Anton. La joven esperaba que él pudiera ofrecerle una descripción que le permitiera saber qué esperar.

—Son… amables. Solo nunca hagas enojar a Sylv. Cuando se pone de mal humor es muy grosero. Y Cyril…

Anton se quedó pensativo. Su mirada se apartó ligeramente mientras buscaba las palabras adecuadas para describir a su amigo.

Emris sonrió antes de intervenir.

—Cyril es solo Cyril. No habla mucho, pero tiene un corazón muy bonito.

—Sí, es verdad.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Anton.

Anya le devolvió el gesto. Ladeó ligeramente la cabeza mientras lo observaba, y durante unos segundos se limitó a estudiar aquella expresión que rara vez veía en él.

—Puedo ver que realmente los aprecias.

—Sí, son mis únicos amigos. Las únicas personas en las que puedo confiar al cien por ciento.

La sonrisa de Anya desapareció poco a poco.

No había esperado que aquellas palabras le afectaran de esa manera. Un pequeño estrujón se instaló en su pecho y una sensación incómoda se extendió por su interior. No era exactamente tristeza, pero se parecía demasiado a ella como para ignorarla.

‘Entonces… ¿Yo no estoy entre las personas en las que puede confiar?’

Intentó ocultar lo que sentía, pero el cambio en su mirada fue suficiente para que Emris lo notara.

Él frunció el ceño y dirigió una mirada de desaprobación hacia Anton.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

El rostro de Emris se había endurecido ligeramente.

—¿Y así dices que yo soy el idiota?

Anya ni siquiera se había dado cuenta de que alguien había descubierto su reacción.

Anton, por su parte, pareció genuinamente confundido.

—¿Qué se supone que hice?

—Hiciste sentir mal a la princesa Anya.

—¿Eh?

Anton giró la cabeza hacia ella.

Anya ya tenía el rostro completamente rojo. Incapaz de soportar que ambos hombres la observaran, desvió la mirada hacia un lado y trató de esconder la expresión que se había formado en su rostro.

‘¿Cómo es que pudo notarlo…?’

La vergüenza hizo que cerrara los ojos con fuerza.

—Anya, mírame.

—No.

—Anya…

—Ah, esto me recuerda a nosotros ayer.

Emris observó la escena con diversión y dejó escapar un bostezo, claramente entretenido por la situación. Anton no era un hombre acostumbrado a insistir cuando alguien se negaba a hablar, así que después de unos segundos terminó soltando un suspiro. No quería presionarla.

—Bueno, como te decía… en un rato conocerás a los demás. En la noche los cuatro saldremos, por si no nos ves por aquí, pero te prometo que aquí tú y Patsy estarán a salvo.

Anya solo asintió.

Sin embargo, mientras mantenía la mirada baja, una pequeña duda volvió a aparecer dentro de ella.

Tal vez Anton no se preocupaba por ella tanto como había pensado.

Quizá algunas de sus acciones habían significado algo completamente distinto de lo que ella había interpretado.

Emris volvió a mirar a Anton con una expresión de desaprobación.

—Como se nota que nunca has tenido contacto femenino.

—Cierra la boca.

Anton respondió con absoluta seriedad, aunque el color rojizo que comenzaba a aparecer en sus orejas arruinaba por completo su intento de parecer indiferente.

Sí, él sabía perfectamente que no tenía idea de cómo tratar a una mujer. Sin embargo, tampoco quería hacer sentir incómoda a Anya. Insistir en que hablara sobre algo que claramente no deseaba compartir no le parecía correcto.

Antes de que Emris pudiera continuar molestándolo, la voz de Risme se escuchó desde el sistema de comunicación de la habitación.

—Amo Emris, lamento la interrupción, pero el héroe Cyril Ayano está esperando en la sala de teletransporte.

Anton y Emris se pusieron de pie casi al mismo tiempo.

—Ni siquiera siento su presencia.

Emris sonrió de inmediato.

—Es Cyril, ya sabes cómo es…

La emoción apareció en su rostro con tanta rapidez que parecía haber estado esperando aquellas palabras durante todo el día. Sin perder un segundo, salió corriendo de la habitación. Después de un año entero sin verlo, finalmente tendría la oportunidad de encontrarse nuevamente con uno de sus mejores amigos.

Anton observó cómo se alejaba y una sonrisa terminó apareciendo también en su rostro.

Anya lo contempló en silencio.

‘Realmente se ve feliz cuando se trata de ellos.’

Había algo diferente en aquella expresión. Una alegría genuina y despreocupada que pocas veces había visto en Anton.

—¿Anya?

La voz del héroe la hizo volver en sí.

—¿Sí?

Anton extendió el brazo hacia ella para que pudiera sujetarlo.

—Vamos. Te llevaré hasta la sala donde está esperándonos Cyril.

Anya levantó la mano y estuvo a punto de entrelazar su brazo con el de Anton, pero se detuvo antes de hacerlo. La duda apareció nuevamente en sus ojos.

—¿Debería ir? Es que… siento que es un momento privado entre ustedes.

Anton negó suavemente con la cabeza.

—No pasa nada. De verdad te lo digo.

Volvió a extender el brazo hacia ella, acompañando el gesto con una sonrisa tranquila.

—Acompáñame, por favor.

Anya finalmente sonrió. Había algo cálido en el hecho de que Anton quisiera incluirla en aquel momento. No tenía por qué hacerlo. Podría haber ido solo a encontrarse con sus amigos, pero había decidido invitarla.

Anya terminó enlazando su brazo con el de él.

Sin embargo, apenas habían avanzado unos cuantos pasos cuando unos gritos resonaron por el pasillo.

No eran gritos de miedo.

Sonaban más bien como una discusión.

Anton y Anya intercambiaron una mirada antes de acelerar el paso. Los sonidos se hicieron cada vez más claros conforme se acercaban, hasta que finalmente llegaron a la zona de donde provenían.

Lo que encontraron frente a ellos fue tan inesperado que Anya tardó unos segundos en comprender la escena.

Cyril y Sylv estaban en el suelo, sobándose los traseros después de lo que claramente había sido una caída bastante aparatosa.

—¡Cyril! ¡¿Qué demonios estabas haciendo ahí?! ¡Ya sabes que siempre que te teletransportas debes quitarte de donde apareciste!

Sylv tenía el rostro completamente desencajado por la molestia. Su cabello rojo sangre se había movido durante la caída y algunos mechones habían quedado sobre sus hombros, mientras sus ojos se clavaban en Cyril con una mezcla de irritación e incredulidad.

Anya dirigió la mirada hacia el otro hombre.

Cyril era enorme.

Incluso en comparación con Anton, su cuerpo parecía todavía más imponente. Sus hombros eran anchos, sus brazos estaban cubiertos de una musculatura evidente y su presencia física hacía que Anya se sintiera todavía más pequeña de lo que ya era.

Pero, pese a todo aquello, en ese momento el héroe parecía casi un niño regañado.

Permanecía cabizbajo, con el rostro sombrío y los hombros ligeramente caídos.

—Maldición.

Cyril comenzó a levantarse poco a poco mientras Emris se acercaba para ayudar a Sylv.

—Oh, vamos, Sylv, no te enojes. Fue un accidente, ¿verdad, Cyril?

Cyril terminó de ponerse de pie y se sacudió ligeramente las prendas antes de mirar a Sylv. Sin intentar justificarse, inclinó la cabeza en una disculpa.

—Lo siento.

Su voz grave y ronca resonó por el pasillo.

Al inclinarse, una pequeña abertura se formó en la parte superior de su traje tradicional, dejando visible una zona de su pecho marcado. Cyril ni siquiera pareció darse cuenta de ello. Su atención estaba completamente concentrada en Sylv.

El pelirrojo lo observó durante unos segundos.

Cyril no era un hombre que hablara mucho. Mucho menos uno que se disculpara de manera innecesaria. Si había llegado al punto de inclinarse y pronunciar aquellas dos palabras, significaba que realmente reconocía su error.

Sylv terminó soltando el aire y pasó una mano por su cabello, echándolo hacia atrás.

—Está bien.

El conflicto terminó tan rápido como había comenzado.

Emris no esperó absolutamente nada.

Abrió los brazos y se lanzó sobre ambos con una enorme sonrisa.

—¡Los extrañé tanto!

Cyril y Sylv tuvieron que encorvarse para poder soportar el abrazo de Emris sin que el hombre quedara prácticamente colgado de ellos. La diferencia de tamaño entre los tres era bastante evidente, pero Emris parecía no tener la menor intención de preocuparse por ello.

—Deja de gritar tanto…

Sylv habló con evidente molestia, aunque la comisura de sus labios había comenzado a levantarse ligeramente.

—¡Por fin estamos todos juntos!

La conmoción había sido suficiente para que ninguno de los dos recién llegados se percatara de la presencia de Anton en la entrada.

Hasta que levantaron la mirada.

Sus ojos encontraron a Anton.

Y entonces ambos se quedaron en silencio.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Cyril y Sylv habían imaginado muchas veces cómo sería volver a encontrarse con él. Tal vez esperaban encontrar al mismo Anton que habían dejado atrás: serio, distante, con aquella mirada apagada que parecía cargar con todo el peso de Eternia sobre los hombros.

Pero el hombre que tenían delante no era exactamente el mismo.

Seguía siendo Anton.

Sin embargo, había algo diferente.

Su expresión parecía más relajada. Sus ojos tenían un brillo que ellos no habían visto durante mucho tiempo y, sobre todo, su rostro parecía mucho más vivo. Había una calidez en su mirada que contrastaba profundamente con la imagen que ambos habían conservado de él durante los últimos meses.

Cyril y Sylv se quedaron completamente sorprendidos.

Emris, mientras tanto, continuaba sacudiéndolos con entusiasmo.

—¡Anton, únete al abrazo!

Agitó una mano en su dirección, insistiendo para que se acercara.

Anton dejó escapar una pequeña risa. Después, con delicadeza, se separó de Anya y dio un paso hacia sus amigos.

—Me alegra verlos bien.

La sonrisa que apareció en su rostro fue sincera.

El primero en acercarse fue Cyril.

El enorme héroe rodeó a Anton con ambos brazos y lo estrechó contra su pecho. Una de sus manos comenzó a darle pequeños golpes en la espalda, pero las lágrimas ya habían comenzado a escapar de sus ojos.

Cyril no intentó esconderlas.

Tampoco ocultó los sollozos que escaparon de su garganta.

Después de todo el tiempo que había pasado sin saber realmente cómo se encontraba su amigo, tenerlo finalmente frente a él parecía haber quebrado la poca contención emocional que le quedaba.

Anton quedó sorprendido por aquella reacción.

Luego soltó una risa suave y levantó una mano para darle unas palmadas tranquilizadoras en la espalda.

—Oh, Cyril… ¿por qué lloras? Sigues siendo sensible como siempre.

Mientras tanto, Emris pasó un brazo por encima de los hombros de Sylv. El pelirrojo permanecía todavía ligeramente encorvado, observando la escena de Anton consolando a Cyril.

La situación incluso parecía absurda.

Cyril estaba llorando mientras Anton intentaba tranquilizarlo, cuando en realidad debería haber sido al revés.

Emris sonrió.

—Está mejor de lo que creías, ¿verdad?

Sylv no respondió inmediatamente.

Sus ojos permanecieron sobre Anton durante unos segundos más, observando cada detalle de su expresión.

Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Sí…

Era una respuesta sencilla, pero detrás de ella había un alivio que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

—Por cierto… ¿qué hacen aquí? ¿No deberían haber llegado más tarde?

—Ya no aguanté más el carruaje. Me dolía el trasero y supongo que Cyril pensó en lo mismo que yo, teletransportamos.

Emris soltó una pequeña risa.

—¿Y tu personal?

—Les avisé antes de desaparecerme; vienen en camino.

—Entiendo. Me alegra que hayas encontrado gente confiable.

Sylv no respondió.

Simplemente permaneció en silencio durante unos segundos antes de apartarse de Emris y caminar hacia Anton.

Cyril ya se había calmado lo suficiente como para separarse de él.

Entonces Sylv se detuvo frente a Anton.

Por un instante pareció que quería decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca.

En su lugar, lo abrazó con fuerza.

Anton abrió ligeramente los ojos, sorprendido.

Sylv no era una persona acostumbrada a demostrar afecto de aquella manera. Cyril y Emris eran mucho más abiertos con sus emociones, pero Sylv solía esconderlas detrás de bromas, quejas y una personalidad fuerte. Por eso, aquel abrazo decía mucho más de lo que cualquier discurso habría conseguido expresar.

Los dedos de Sylv se cerraron con fuerza sobre la espalda de Anton.

—Me alegra que estés mejor.

Su voz fue apenas un murmullo contra el hombro de su amigo.

Anton permaneció unos segundos en silencio antes de corresponder al abrazo.

—Gracias, Sylv.

Por primera vez desde que había llegado el par de héroes, el pasillo quedó en silencio.

Pero aquella tranquilidad duró menos de diez segundos.

Emris, incapaz de contenerse, dirigió la mirada hacia la puerta.

Anya seguía allí, observando la escena con cierta timidez.

El más joven de los héroes sonrió.

Y antes de que ella pudiera sospechar siquiera lo que estaba a punto de hacer, Emris se acercó y la empujó por la espalda suavemente hacia el grupo.

—¡E-Emris! ¿Q-qué haces…?

Anya apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Vamos todos! ¡Abrazo grupal!

—¿Eh…?

La protesta de Anya se perdió en medio del entusiasmo de Emris.

De repente se encontró mucho más cerca de los otros dos hombres, dos héroes que apenas acababa de conocer y que, sin embargo, parecían haber decidido aceptarla dentro de aquella celebración sin darle oportunidad de escapar.

Cyril y Sylv terminaron incorporándola al abrazo grupal junto con los demás, como si fuera lo más natural del mundo.

Para Anya, en cambio, la situación era completamente absurda.

Ella era mucho más pequeña que ellos. Incluso Emris, que ya le parecía grande, quedaba empequeñecido al lado de Cyril. Los brazos de aquellos hombres la rodearon desde distintos ángulos mientras la fuerza del grupo amenazaba con dejarla prácticamente atrapada en medio.

Anton reaccionó de inmediato. Al quedar atrapado entre sus amigos y Anya, terminó ocupando el centro del abrazo, y sus brazos se acomodaron casi por instinto alrededor de ella, procurando mantener un pequeño espacio que evitara que la presión de los demás terminara aplastándola. Anya quedó prácticamente escondida contra él, protegida entre su cuerpo y los enormes brazos de los otros héroes.

El contraste resultaba casi cómico. Tres de los hombres más poderosos de Ymir celebraban su reencuentro con la misma alegría desbordante de un grupo de niños que acababa de volver a encontrarse después de mucho tiempo, mientras una joven que apenas conocía a dos de ellos había terminado atrapada en medio de aquel caótico abrazo. Anton, por su parte, tampoco parecía saber muy bien cómo reaccionar ante semejante demostración de afecto. No estaba acostumbrado a recibir abrazos, mucho menos de aquella manera tan descontrolada, por lo que solo podía soltar pequeñas risas nerviosas mientras intentaba mantener una expresión tranquila.

Sin embargo, su incomodidad pasó rápidamente a segundo plano cuando sintió la presión que los demás ejercían sobre Anya. Toda su atención terminó concentrándose en ella, procurando que ninguno de sus amigos utilizara demasiada fuerza y que la joven no terminara aplastada en medio de aquel grupo de hombres que la superaban ampliamente en tamaño y fuerza.

—Con cuidado… la van a aplastar.

La advertencia de Anton apenas consiguió detener el entusiasmo de Emris, Cyril y Sylv, pero sí logró que disminuyeran un poco la fuerza del abrazo.

El Lunes no podré subir, pero aquí les adelanto capitulo. :3