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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 90


—¿Cómo dijiste?

La voz de Anton descendió varios tonos. Una vena sobresalió en su frente mientras su mirada se volvía sombría, cargada de una amenaza tan evidente que Anya sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El héroe alzó el puño y lo apretó con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.

Anya cerró los ojos de inmediato y atrajo a Patsy contra su cuerpo, cubriéndole la cabeza para que no pudiera ver lo que estaba a punto de suceder. La niña apenas tuvo tiempo de soltar un pequeño sonido de sorpresa antes de quedar protegida entre sus brazos.

—¡Auch!

El golpe resonó por toda la habitación.

Anya abrió un poco los ojos al escuchar el quejido. Frente a ella, la puerta se abrió de una patada y el hombre desconocido fue arrastrado fuera de la habitación, sujeto por el cuello de su elegante camisa. Sus zapatos se deslizaron sobre el suelo mientras intentaba aferrarse al marco de la puerta, pero Anton lo apartó sin el menor esfuerzo.

—Ven acá, bastardo. Hablaremos seriamente.

—¡Suéltameeeee!

El hombre pataleó con desesperación, aunque sus esfuerzos no sirvieron de nada. Anton lo arrastró por el pasillo como si no pesara más que una bolsa vacía.

Antes de desaparecer por completo de la entrada, Anton volvió la cabeza hacia las dos.

—Anya, esperen aquí. En un momento regreso.

Anya permaneció inmóvil, observando cómo ambos se alejaban. El hombre continuó protestando y lanzando gritos indignados hasta que sus voces se perdieron por el corredor.

Patsy se separó lentamente de Anya. Sus ojos rosados recorrieron la habitación con cautela, como si temiera que aquel extraño pudiera regresar de un momento a otro.

—¿Quién era ese hombre, Anya…?

La niña se encogió contra ella y levantó el rostro para mirarla desde su baja estatura.

Anya le acarició los cabellos, todavía sin apartar la vista de la puerta.

—No lo sé, pequeña… pero parece ser alguien cercano a Anton.

La escena había sido tan repentina que todavía le costaba procesarla. Apenas habían llegado a aquella mansión y Anton ya había comenzado a golpear a su anfitrión.

‘Definitivamente, esto no está saliendo como esperaba.’

Patsy inclinó la cabeza.

—No sé si oí mal, pero… ¿dijo esposa e hija?

Anya soltó una risa nerviosa y cambió el tema.

—¿Qué te parece si esperamos aquí?

La niña hizo un pequeño puchero y apretó la mano de Anya.

—Es que… quiero ir al baño.

Anya se quedó mirándola.

—¿Cómooooo? ¿En este momento?

Las orejas de Patsy se tiñeron de rojo. La niña bajó la mirada y asintió varias veces, juntando las piernas con evidente incomodidad.

—¿Pero te es urgente?

Patsy volvió a asentir. Esta vez, además, comenzó a mover las piernitas de un lado a otro.

Anya se llevó ambas manos a la cabeza.

—Maldición… ¿qué hacemos? ¡No podemos andar como si nada por aquí! No sabemos dónde estamos.

El pánico comenzó a instalarse en su pecho. No conocía aquella mansión, no sabía dónde estaban los baños y tampoco tenía idea de cuánto tiempo tardarían Anton y el supuesto amigo al que acababa de arrastrar fuera de la habitación.

Antes de que pudiera pensar en una solución, una voz femenina y robótica se escuchó desde algún punto cercano.

—Buenas noches, invitadas del amo Emris. He solicitado la presencia del mayordomo principal para que las guíe al baño.

Anya y Patsy se sobresaltaron al mismo tiempo.

—¡¿Qué…?!

Sin pensarlo, Anya cargó a Patsy entre sus brazos y se alejó rápidamente de la dirección de donde parecía provenir la voz. La niña se aferró a su cuello, temblando contra ella, mientras Anya giraba la cabeza de un lado a otro en busca de la amenaza.

No había nadie.

Solo una máquina incrustada en la pared.

El dispositivo tenía una estructura metálica compuesta por placas oscuras y pequeños cristales azules que brillaban en su interior. Una luz parpadeaba en su parte superior, como si aquel objeto estuviera observándolas.

—¿Q-qué es esa cosa…? —preguntó Patsy con la voz temblorosa.

‘¿Acaso es…?’

Anya fijó la mirada en la máquina.

La forma en que hablaba, su voz artificial y la manera en que parecía responderles le resultaban demasiado familiares.

—No fue mi intención asustarlas. Lo siento. Soy Risme, asistente del héroe Emris Valentine.

Anya parpadeó.

—¿Héroe?

Patsy se tranquilizó un poco. Asomó la cabeza por encima del hombro de Anya y observó el dispositivo con curiosidad.

—¿Eres una clase de robot o inteligencia artificial? – Preguntó Anya.

—Así es, señorita. Soy la asistente virtual del amo Emris.

La respuesta dejó a Anya todavía más desconcertada.

‘Entonces Greendale realmente es un imperio lleno de tecnología…’

Antes de que pudiera formular otra pregunta, unos pasos apresurados resonaron por el pasillo. Poco después, un hombre apareció corriendo en dirección a la habitación.

Llevaba un traje perfectamente acomodado, aunque su aspecto contrastaba con la manera desesperada en que intentaba recuperar el aliento. Tenía el cabello gris y un fleco peinado hacia un lado que cubría parcialmente su ojo izquierdo.

—H-He llegado…

El hombre se detuvo frente a ellas y se inclinó ligeramente, aunque tuvo que llevarse una mano al pecho después de la carrera.

—Mi nombre es Harry Wales. Me encargaré de guiarlas al baño.

Anya sintió que una enorme carga desaparecía de sus hombros.

—¡Muchas gracias, Risme!

—¡Gracias, sea lo que sea que seas! —añadió Patsy con una sonrisa, agitando su pequeña mano hacia la máquina.

—Ha sido un placer ayudarles.

Harry observó a la niña con una expresión ligeramente confundida, pero no hizo ningún comentario. Después de recuperar un poco el aire, se hizo a un lado y les indicó que lo siguieran.

Anya acomodó a Patsy en sus brazos y caminó detrás del cansado mayordomo. Mientras avanzaban por los pasillos de la mansión, no pudo evitar mirar a su alrededor.

A diferencia del palacion de Ashton o las construcciones de Prukad, aquel lugar estaba lleno de mecanismos mágicos, luces artificiales y dispositivos cuya función no podía comprender. Las paredes estaban decoradas con lámparas de cristal, mientras que pequeñas máquinas se desplazaban silenciosamente por algunos corredores.

Patsy observaba todo con la misma curiosidad, aunque el cansancio del mayordomo parecía aumentar con cada paso.



—Ah, entonces esa mujer no es tu esposa y esa niña no es tu hija.

Emris repitió la frase con una expresión exageradamente incrédula.

Anton, que se encontraba frente a él, le dio otro golpe en la cabeza. Esta vez fue bastante fuerte, aunque la elevada resistencia física de Emris hizo que apenas lo sintiera como un zape.

—¡Oye!

—Ya te repetí varias veces que no es lo que crees.

Anton suspiró y finalmente soltó al héroe de Greendale. Emris se apartó de inmediato y se acomodó el cuello de su camisa blanca, que había quedado ligeramente arrugado después del forcejeo.

—Entonces, ¿quiénes son?

Anton le indicó que tomara asiento. Emris obedeció, aunque todavía lo observaba con una curiosidad casi insoportable.

El semblante de Anton cambió. La ligereza de los minutos anteriores desapareció de su rostro y sus ojos adquirieron una seriedad que hizo que Emris dejara de sonreír.

—La mujer se llama Anya Hassad. Es la anomalía de mi nación. La niña que nos acompaña es la Santa de Eternia.

Emris permaneció callado durante unos segundos.

—O sea que… ¿has traído a dos personas muy importantes de incógnito a mi hogar?

Anton asintió y cerró los ojos.

Conocía demasiado bien a Emris. Sabía que podía ser impredecible, escandaloso y bastante difícil de controlar cuando algo despertaba su curiosidad. Por eso había guardado toda su paciencia hasta ese momento.

—Eres un idiota. ¿Cómo pudiste decir eso delante de ellas? En vez de esperar a que te explicara…

Anton dejó caer los hombros y suspiró pesadamente. Después ocultó el rostro entre sus manos.

Sus orejas comenzaron a ponerse rojas.

El calor de la vergüenza se extendió por su cuerpo al recordar la escena. Había sido acusado de tener de esposa e hija a ellas, de cualquier otra mujer no le habría importado, pero tenían que ser justo ellas.

—Espera un momento…

Emris se levantó abruptamente y se acercó a él.

Anton se quedó inmóvil. Continuó cubriéndose el rostro, consciente de que, si apartaba las manos, Emris descubriría inmediatamente que estaba avergonzado.

—Déjame ver tu cara.

—No.

—Hazlo.

Emris frunció el ceño e hizo un puchero.

—Anton Sant Clair, descúbrete la cara o…

Dejó la amenaza a medias. En lugar de terminarla, se abalanzó sobre Anton e intentó apartarle las manos por la fuerza.

Por supuesto, no tuvo éxito.

Anton era más fuerte, tenía muchos más años de experiencia como héroe y, sobre todo, conocía perfectamente cada uno de los trucos de Emris. Sin siquiera esforzarse demasiado, mantuvo los brazos firmes en su lugar.

Emris forcejeó durante varios segundos. Tiró de sus muñecas, intentó rodearlo y hasta trató de hacerle cosquillas, pero Anton permaneció firme como un muro de hierro.

—¡Maldición! ¡Odio que seas más fuerte que yo…!

Finalmente, Emris se apartó. Se secó el sudor que le corría por la frente y se dejó caer sobre el sofá de enfrente, completamente agotado por aquel inútil enfrentamiento.

Anton continuó con las manos sobre el rostro.

—Aunque no te vea la cara, sé que estás sonrojado.

—No sé de qué estás hablando.

Emris se acomodó sobre el sofá con flojera y se desabotonó el cuello de la camisa.

—Te conozco bien. Puedo decir que estás interesado de alguna manera en esa mujer. Tanto que te dio vergüenza que la confundiera con tu esposa y lo dijera en voz alta frente a ella.

Anton asomó apenas los ojos entre sus dedos. Su mirada se dirigió hacia la silueta de Emris, que descansaba cómodamente en el sofá.

—El exceso de trabajo te está dejando loco.

—¿Ah, sí? Entonces esa mujer no te interesa.

Anton negó con la cabeza.

—Sabes que no me interesan esas cosas.

Su voz sonó más baja que antes.

Emris entrecerró los ojos. Una sonrisa traviesa comenzó a dibujarse en su rostro.

—Entonces…

Se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

—Si le coqueteo, no te molestaría, ¿verdad? Al fin y al cabo, a ti no te interesa.

Anton no respondió.

Emris aprovechó el silencio.

—Es decir, es realmente muy hermosa. Podría invitarla a salir y…

Anton retiró lentamente las manos de su rostro.

No tenía las mejillas sonrojadas. En su lugar, mostraba una expresión serena, aunque su mirada se había vuelto tan sombría que parecía capaz de congelar el aire de la habitación.

—No te atrevas a siquiera tratar de tocarla.

Emris abrió mucho los ojos. Después llevó algunos dedos hacia su boca, fingiendo una sorpresa exagerada.

—Owww… vaya.

Anton frunció el ceño.

—Eres un idiota, Emris.

—¿Yo qué hice?

—Eso es lo que me desagrada de ti. Siempre quieres sacarnos las cosas.

Emris hizo un puchero y, sin previo aviso, volvió a abalanzarse sobre él. Esta vez lo abrazó por la cintura, apoyando la cabeza contra su pecho como si fueran dos niños que acababan de discutir.

—¡Oh, vamos, Antonsito! ¡No te enojes! Eres mi amigo. ¡Quería saber si por primera vez te interesaba una mujer! A este punto ya comenzaba a pensar que tal vez te gustaban los hombres.

Lo dijo entre risas.

Anton permaneció inmóvil durante un instante.

Después, su puño descendió sobre la cabeza de Emris.

El golpe fue tan fuerte que, esta vez, el héroe de Greendale sí lo sintió.

Emris se separó lentamente, llevándose ambas manos a la cabeza.

—Jeje… ese sí lo tenía bien merecido.

Anton lo observó con cansancio.

—Todas las veces que te golpeamos es porque lo tienes bien merecido.

Emris soltó una carcajada y volvió a acomodarse en el sofá.

—Pero bueno… ¿a qué hora llegará ese par?

Haciendo referencia a los demás héroes. Anton se cruzó de brazos.

—Mañana por la mañana.

Después de que Anya y Patsy terminaron de hacer sus necesidades en el baño, Harry las condujo hasta los jardines principales de la finca. Según explicó, podían tomar un poco de aire fresco mientras esperaban a que Anton terminara de hablar con Emris.

El jardín era amplio y estaba cuidadosamente cuidado. Senderos de piedra atravesaban extensiones de césped perfectamente recortado, mientras que flores de distintos colores crecían alrededor de fuentes decorativas y arbustos podados con formas elegantes. Varias lámparas mágicas iluminaban los caminos con una luz suave y constante.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Anya no fueron las flores ni las fuentes.

Fueron los edificios que se alzaban a lo lejos.

Eran enormes.

Torres de cristal y estructuras metálicas se elevaban hacia el cielo, iluminadas por cientos de ventanas y anuncios mágicos. Algunas construcciones eran tan altas que parecían atravesar las nubes.

Anya se quedó observándolas con los ojos muy abiertos.

A diferencia de Prukad, donde la naturaleza todavía dominaba gran parte del paisaje, Greendale parecía haber sido construido para desafiarla. Las calles estaban cubiertas de luces artificiales y los edificios se extendían en todas direcciones, formando una ciudad inmensa.

La contaminación lumínica era tan intensa que apenas podían distinguirse las estrellas.

‘Es como si hubiera regresado a mi antiguo mundo.’

La sensación le provocó una extraña punzada de nostalgia.

Por un instante, volvió a recordar las calles de su ciudad, los edificios modernos, los vehículos y las luces que permanecían encendidas incluso durante la madrugada. Sin embargo, aquel lugar no era su mundo. Aunque se pareciera a él, seguía siendo una tierra desconocida.

—Pareciera como si estuviéramos en otro mundo —dijo Patsy, observando los edificios que se alzaban a lo lejos.

—Sí…

Anya murmuró la respuesta sin apartar la mirada.

Incluso con las flores más hermosas frente a ella, no podía dejar de contemplar aquellas torres. Cada una parecía guardar una historia, una tecnología y una forma de vida completamente distinta a todo lo que había conocido en Eternia.

—Les dije que se quedaran en la habitación.

La voz de Anton llegó desde sus espaldas.

Anya se volteó de inmediato.

Anton se acercaba con los brazos cruzados, acompañado de Emris. Su expresión parecía ligeramente molesta, aunque no lo suficiente como para ocultar el alivio de haberlas encontrado.

—¡Anton! Estaba comenzando a preocuparme.

Anya olvidó por completo los edificios y se dirigió hacia él con una sonrisa. Patsy también corrió a su encuentro y abrazó una de sus piernas.

—¡Señor Anton! ¿Qué es este lugar tan bonito donde estamos?

Anton bajó la mirada hacia la niña. Una sonrisa mínima, pero sincera, apareció en sus labios.

—Estamos en Greendale, pequeña Patsy.

Patsy parpadeó.

–¿Greendale? ¿Qué es eso?

—Es el imperio vecino de Eternia.

Emris permanecía unos pasos detrás de ellos. Al ver que Anton no parecía tener intención de presentarlo, carraspeó con insistencia.

Una vez.

Dos veces.

Anton lo ignoró.

Emris infló las mejillas, cruzó los brazos y lo miró con una expresión que claramente decía: ‘¿A qué hora me vas a presentar?’

Finalmente, Anton suspiró.

—Cierto. Anya, Patsy. Él es Emris Valentine, héroe de Greendale y amigo mío.

—¡Ooooh! ¿Es un héroe como tú?

Patsy se emocionó de inmediato.

Sus ojos rosados brillaron con admiración mientras soltaba la pierna de Anton y se acercaba a Emris. La niña lo observó desde su baja estatura, esperando una respuesta.

La reacción hizo que el ego travieso de Emris creciera al instante.

Levantó la barbilla con orgullo y, de manera exagerada, su nariz pareció alargarse.

—Jujuju… así es, pequeña. Soy un héroe. Más fuerte que Anton, de hecho.

—Ja, quisieras. En tus sueños solamente.

Anya rio ante la escena y se acercó a Emris para extenderle la mano.

—Mucho gusto, Emris. Soy Anya.

La sonrisa de Anya, acompañada de su voz amable, tomó a Emris desprevenido.

Durante un instante, el héroe de Greendale se quedó observándola sin decir nada. Sus orejas adquirieron lentamente un tono rojizo, incapaz de ocultar la impresión que le había causado su belleza.

—S-Sí. Mucho gusto.

—¡E-ehm!

Anton carraspeó en voz alta.

Cuando Emris volteó a verlo, se encontró con una mirada tan intensa que parecía tener fuego en su interior.

El mensaje era claro.

Emris debía comportarse.

El héroe de Greendale sonrió con nerviosismo y apartó la mirada.

—Creo que es mejor que vayamos a cenar.

—¿Habrá postre? —preguntó Patsy, agitando los brazos con emoción.

Emris recuperó de inmediato su actitud juguetona.

—¡Por supuesto que sí, princesa Patsy! Andando. Te dejaré sentarte a mi lado, porque tu padre Anton es muy amargado.