Regresar
DESCARGAR CAPITULO

Compañera humana Cap. 32


—Miro, tienes que despertarte.

Doyle sacudió suavemente a Miro, que dormía plácidamente en el sofá. Su humana, que había caído rendida después de volver del hospital veterinario, llevaba ya varias horas sin dar señales de despertar.

Fuera de la ventana, ya había caído la noche. Era la hora adecuada para llevar a la agotada Miro a la cama.

Pero Doyle aún tenía cosas que hacer.

El cuidado bucal de Miro, que había descuidado todo este tiempo. Y la aplicación del aerosol recetado para la amigdalitis.

—Miro.

—¿Uuuh...?

Por fin, Miro se incorporó. Su despeinado pelo castaño cayó sobre su rostro, cubriendo la mitad de aquella pequeña cara del tamaño de un puño.

Doyle la condujo al baño, medio dormida y sin reaccionar del todo. Luego abrió en su tableta el archivo que la veterinaria le había enviado: la Guía de cuidado dental para mascotas .

Capítulo 1. El primer obstáculo al cepillar a tu mascota

¿Lo sabías? La mayor dificultad al cepillar los dientes de una mascota es conseguir que abra la boca. Los animales salvajes sienten ansiedad por naturaleza cuando alguien toca su boca o el área alrededor.

Antes de tomar el cepillo, entrena a tu mascota para que se acostumbre a que le toquen esa zona sensible.

Tip: Para reducir el rechazo, ¿qué tal usar su golosina favorita?

No le llevó mucho tiempo revisar la guía, compuesta por tres capítulos. En resumen, decía que cepillar los dientes de una mascota requería paciencia, esfuerzo y sufrimiento por parte del dueño.

Doyle decidió no apresurarse. Ya había herido a Miro por su propia impaciencia, y no pensaba repetir ese error.

La colocó frente al lavabo y dijo con calma:

—Miro, abre la boca. Ah—

Claro que no iba a obedecer de inmediato, así que pensaba usar la batata deshidratada para...

—Aa—

La boca de Miro se abrió de par en par. Antes de que Doyle pudiera siquiera terminar de pensar.

Habiendo superado el primer obstáculo sin saber muy bien cómo, frunció un ojo. Pero enseguida su cuerpo se quedó paralizado al observar los pequeños y graciosos dientes de Miro.

—Hm.

Era la primera vez que miraba dentro de la boca de Miro con tanto detalle. Sus blancos dientes, alineados en orden, eran tan pequeños... tan insignificantes.

Incluso los colmillos son tan romos. ¿Podrán siquiera perforar una cáscara de plátano?

Era muy propio de Miro.

Tras dudar un momento, Doyle tomó el cepillo de dientes humano. Era un pedido especial que le había hecho a la veterinaria hacía semanas y que acababa de recibir ese día. La pasta dental también era un producto especial elaborado únicamente con ingredientes seguros para humanos.

Doyle movió el cepillo muy lentamente, acercándolo a la boca de Miro. Para no asustar a la temerosa Miro.

—Vamos. No da nada de miedo.

Los ojos, redondos como bellotas, siguieron el movimiento del cepillo con lentitud. Tenía la mirada somnolienta, como si aún no hubiera despertado del todo.

Doyle introdujo el extremo del cepillo en la boca abierta, poco a poco. Las cerdas, del tamaño de una uña meñique, se veían especialmente grandes sobre la húmeda lengua de Miro.

De repente recordó la sensación suave y adorable de aquella lengua mojada. Pero reprimió el impulso de acariciar aquella carnosa parte sonrosada.

Luego comenzó a frotar suavemente entre los dientes de Miro con el cepillo, y sin darse cuenta sus movimientos se volvieron más cautelosos. Porque no tenía idea de lo frágil que podía ser el interior de la boca humana.

Por suerte, Miro tenía una expresión muy cómoda.

Aquella inteligente criatura mantenía la boca abierta como una persona y no mostraba reacción alguna mientras el cepillo recorría el interior. No mordisqueaba las cerdas ni intentaba tragar lo que había en su boca.

Como si toda aquella guía que acababa de leer no tuviera sentido.

—Buena chica.

Al principio, Doyle pensó que simplemente reaccionaba con lentitud por estar dormida.

Pero a medida que avanzaba el cepillado, se convenció de que aquella docilidad era efecto de la estimulación cerebral. Según los resultados del escáner, el procedimiento había sido muy exitoso.

"Ya deberían haber aparecido los efectos", había dicho la veterinaria.

En la sala de control, Doyle le había preguntado si era posible que un animal sometido al procedimiento mejorara su capacidad lingüística hasta el punto de vocalizar palabras simples.

—Mmm, en teoría es posible. Pero en la práctica es inviable. Para ver un efecto tan avanzado se necesitaría una capacidad intelectual comparable a la de los delfines salvajes.

Además de la inteligencia, se requerían condiciones muy estrictas: un cerebro superior, el desarrollo de un centro del lenguaje específico, un aparato vocal similar al humano... De lo contrario, los efectos del procedimiento son limitados.

La veterinaria respondió con expresión de que sería problemático tener demasiadas expectativas puestas en Miro.

—Según mis cálculos, la inteligencia de Miro estaría al nivel de perros y gatos salvajes, entre los individuos de mayor rango. Eso ya es bastante impresionante.

Pero aquella mañana...

—¡Batua!

El llanto de Miro, inconfundible, había sido claramente cercano a la palabra "batata".

Por supuesto, podía tratarse de una coincidencia entre el ladrido de Miro y la pronunciación en idioma bestia. Pero también era posible que Miro hubiera probado la batata en el laboratorio y, con su inteligencia, hubiera recordado el sonido que designaba aquella comida tan sabrosa.

Por eso Doyle no tenía más remedio que especular basándose en pruebas.

Que la inteligencia de Miro podría ser tan alta como la de un delfín.

Para cuando terminó de pensar, el cepillado había acabado. Doyle sirvió agua en el vaso de cristal que él mismo usaba.

Se lo ofreció a Miro y ella, que ya tenía la costumbre de beber sosteniendo el recipiente, se llevó un sorbo a la boca.

Así enjuagaría la pasta y luego tragaría el agua. El cepillado habría terminado. Afortunadamente, la pasta dental para animales estaba desarrollada para ser segura incluso si se ingería.

Pero...

—Bleeegh...

Poco después, Miro escupió toda el agua dentro del lavabo. Frunciendo la nariz como si no le hubiera gustado el sabor de la pasta.

—Ja, qué exigente eres.

Como era de esperar, Miro no era fácil de complacer. Incluso habiendo elegido la pasta con sabor a atún, la que se suponía que tenía mejor aceptación.

Doyle hizo que Miro volviera a abrir la boca y le roció el aerosol medicinal. Luego limpió meticulosamente el rostro de Miro con una toalla humedecida en agua tibia. Sin olvidar detrás de sus redondas orejas.

Cuando terminó el cepillado y la limpieza facial, la camisa de seda que Miro llevaba puesta desde la noche anterior estaba manchada y húmeda.

—Se me olvidó comprar ropa nueva.

Ignorando por completo la existencia del vestido amarillo que su secretario principal había comprado, Doyle sacó otra camisa y ayudó a Miro a cambiarse.

Y mientras lo hacía, Miro, que por fin había despertado del todo, lo fulminó con la mirada. Parecía haber adoptado sus cejas en forma de V como marca personal.

Doyle extendió un dedo y frotó entre sus cejas.

—Si sigues haciendo esa cara, te van a salir arrugas.

Miro negó con la cabeza y apartó su mano como diciéndole que no la tocara.

Doyle sonrió levemente y se dio cuenta de que la noche ya estaba avanzada.

Su humana, que tal vez fuera tan inteligente como un delfín y sin duda tan caprichosa como una princesa, debía ir a la habitación.

—Miro.

Tap, tap.

El señor pantera negra golpeó la cama con la palma de la mano.

—Aquí.

Tap, tap.

—Descansa tú primero.

Y luego desapareció en el baño contiguo al dormitorio. Dejándome sola al lado de la cama.

... ¿Eh?

Estaba un poco confundida.

Dejando de lado lo desconcertante que era tener un sabor a atún enlatado en la boca después de cepillarme los dientes por primera vez desde que llegué a esta dimensión...

Mi cabeza no lograba asimilar que el sofá por la mañana y la cama por la noche hubieran dejado de ser zonas prohibidas. La verdad es que me sentía un poco perdida.

Bien. Dormir en la cama me parece perfecto, pero...

¡Podría al menos indicarme cuál es mi sitio antes de irse, señor pantera negra! Porque luego seguro que me regaña si me acuesto en un lugar incorrecto.

El lugar que el señor pantera negra había golpeado era el lado izquierdo de la cabecera.

Nada menos que su sitio.

Ese desgraciado de mi dueño siempre se acostaba exactamente ahí, y antes de dormir se sentaba apoyado en el cabecero a leer. Así que no podía ser que quisiera que yo durmiera precisamente ahí.

Supongo que me estaba señalando la cama en términos generales, ¿no?

En las películas extranjeras, los perros suelen dormir a los pies de sus dueños.

Pero yo no tenía la más mínima intención de acostarme cerca del señor pantera negra, y mucho menos a sus pies. Elegir voluntariamente una posición tan humillante... ni hablar.

Por supuesto, volver al cojín para mascotas junto al gélido balcón me gusta aún menos.

En fin. Creo que mejor no me acerco mucho al señor pantera negra.

Deliberadamente rodeé la cama y fui al lado opuesto. Luego me acosté en el lado derecho, que nadie usaba.

Guau.

La bendición de la civilización llamada colchón era realmente increíble. Ya que había llegado hasta aquí, decidí entregarme por completo al crimen y me cubrí incluso con el edredón. Pero como ponerme también la almohada parecía demasiado sospechoso, me limité a abrazarla.

Finalmente avancé a pequeños movimientos hasta quedar pegado al borde extremo de la cama y me di la vuelta dándole la espalda.

Todo para quedar lo más lejos posible del lugar de mi dueño.

Al salir del baño, Doyle observó a Miro en silencio. Aquel pequeño animal ya se había quedado profundamente dormido otra vez.

—Hm.

Un sonido claramente insatisfecho escapó de sus labios. Porque la escena que tenía ante sus ojos no era exactamente lo que había esperado.

—¿Por qué duerme ahí?

Traducción y corrección: Queen Hans