Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 83
Anton habló a solas con el hombre que, por voluntad propia, había ofrecido información a cambio de su vida.
Therese apenas conseguía mantenerse consciente. El dolor provocado por la pérdida de su piel era insoportable y cada palabra parecía exigirle un esfuerzo enorme. Su cuerpo permanecía tendido sobre el suelo de piedra, mientras la transformación incompleta que cubría algunas pequeñas partes restantes de su cuerpo se retorcían.
Anton permanecía frente a él, escuchando en silencio.
Y cuanto más hablaba Therese, peor se volvía su expresión.
Al principio, Anton estaba molesto. Había una parte de él que consideraba que Ymir debería haberle informado sobre aquel asunto. Sin embargo, mientras escuchaba la historia de Therese, llegó a una conclusión diferente.
Ymir no podía contarle todo.
No solo por tratarse de un dios, sino porque Anton era el héroe de Eternia. Revelarle información que no le correspondía únicamente por su posición sería, en cierta manera, abusar del poder y del conocimiento que Ymir le había otorgado.
Aun así, eso no hacía que la situación le agradara.
Therese era diferente.
Diferente a cualquiera dentro de aquella organización.
Diferente incluso a cualquier ser humano común.
Aunque alguna vez había sido uno.
Su magia no era fruto de la simple suerte. No era ese regalo con el que algunas personas nacían de manera natural y que, con suficiente talento y entrenamiento, podían convertir en algo extraordinario.
Sí, Therese había nacido con afinidad para la magia.
Pero originalmente no era especial.
Había sido un mago normal. Uno más entre tantos otros. Alguien que, en un mundo lleno de magos competentes, jamás habría logrado destacar.
Entonces Johan apareció.
Therese pertenecía a una familia de aristócratas caídos en desgracia. Su linaje había perdido casi todo lo que alguna vez había poseído, y aquella situación permitió que Johan lo comprara a su propia familia para convertirlo en uno de los sujetos de sus experimentos.
El propósito era sencillo.
Cambiar a alguien.
Todo el nuevo poder que existía dentro de Therese había sido creado artificialmente. Había sido planeado, estudiado y desarrollado por Johan cuando todavía era más joven.
Cada modificación mágica realizada sobre su cuerpo había sido parte de un experimento.
Nada de aquello le pertenecía realmente.
Su poder era una mezcla antinatural entre energía humana y energía de Pesadilla.
Therese no pertenecía a la red de Amery, pero sí estaba ligado directamente al emperador. Era uno de los sujetos de experimentación exitosos de Johan y, por lo tanto, formaba parte de una de sus propiedades.
Pero aquello era un secreto que nadie podía conocer.
Debido a la elevada cooperación de Therese durante los experimentos, Johan finalmente lo dejó libre.
Sin embargo, no lo hizo sin imponerle restricciones estrictas.
No llamar demasiado la atención.
No revelar su verdadera naturaleza.
No interferir con sus intereses.
Para alguien que durante toda su vida había pasado desapercibido y confinado, aquellas restricciones no parecían difíciles.
Hasta que obtuvo poder.
Un poder que jamás había imaginado poseer.
De pronto, Therese podía hacer cosas que antes habrían sido imposibles para él.
Podía imponerse sobre otros.
Podía obligarlos a obedecer.
Podía convertirse en la cabeza de su propio pequeño imperio.
Un lugar donde todos lo vieran a él.
Solo a él.
Y aquel poder artificial comenzó a deformar poco a poco su mente.
La mezcla de magia humana y energía de Pesadilla terminó alimentando su cinismo, su arrogancia y aquella necesidad enfermiza de sentirse superior.
Para cuando Johan se dio cuenta de lo que había liberado, ya era demasiado tarde.
Therese se había vuelto demasiado poderoso.
Y el emperador, siendo consciente de que su propio experimento podía llegar a matarlo, tuvo miedo.
Así que simplemente decidió dejarlo en paz.
Pero Johan no volvería a cometer el mismo error.
En sus siguientes experimentos incluyó medidas especiales para asegurarse de que ninguna de sus creaciones pudiera causarle daño.
Therese, por su parte, continuó viviendo como si nada pudiera alcanzarlo.
Un hombre confiado.
Poderoso.
Poseedor de habilidades prohibidas.
Un experimento que incluso el emperador había decidido dejar libre por miedo.
Jamás imaginó que algún día tendría que enfrentarse al hombre más poderoso y fuerte de Eternia.
Un hombre que, a diferencia de él, había obtenido su poder de forma natural.
Talento.
Esfuerzo.
Años de entrenamiento.
Nada artificial.
Anton Sant Clair.
Therese jamás pensó que aquel héroe pudiera tener asuntos con él.
Después de todo, ¿quién sospecharía de un héroe local tan querido?
Por supuesto que nadie.
Y, sin embargo, ahora tenía frente a él a aquel mismo hombre.
Algo que jamás se habría imaginado.
Therese bajó la cabeza.
Las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas, arrastrando consigo parte del maquillaje que se había corrido por el sudor y el llanto.
—Y-Yo… de verdad lo siento… héroe A-Anton…
Había reunido las pocas fuerzas que le quedaban para intentar arrodillarse.
Sus músculos temblaron.
Con enorme dificultad, consiguió colocarse sobre las rodillas y después inclinó el cuerpo hasta pegar la frente contra el suelo.
Anton lo observó desde arriba.
Su postura permanecía completamente erguida.
La barbilla ligeramente levantada.
El rostro sereno.
—No lo sientes. Solo lo dices porque te topaste con la persona equivocada.
Therese negó.
Su rostro no era visible desde el ángulo de Anton, pero la tensión de su cuerpo lo delataba. Aquella humillación le resultaba insoportable.
Había ira detrás de aquel gesto.
Rabia por tener que doblegarse ante otra persona.
—Lo estoy diciendo de corazón.
Su voz sonaba como si cada palabra estuviera siendo arrancada de su garganta en contra de su voluntad.
Anton lo miró con una expresión que prácticamente decía: '¿Acaso crees que soy idiota?'
Finalmente, soltó un suspiro.
—No me interesan las disculpas de un asqueroso ser viviente como tú.
La repulsión en su voz fue tan evidente que incluso Therese se quedó inmóvil.
Aquellas palabras terminaron de quebrar la máscara de arrepentimiento que llevaba puesta.
Levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de ira.
—Maldito…
Las venas de su frente sobresalieron.
Anton ni siquiera le prestó atención.
—Entonces, eres un experimento de Johan.
Therese permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente, asintió temblorosamente.
Anton se detuvo.
—¿Por qué querías capturar a la niña? ¿Realmente… tanto la querías? Es decir, incluso te tomaste el tiempo de secuestrar a la persona que evitó que tus hombres se la llevaran, todo por una simple niña. ¿No crees que es mucho?
Therese se sentó sobre el suelo.
Su cuerpo parecía incapaz de soportar otra posición.
—No lo entiendes…
Anton ladeó ligeramente la cabeza.
Aquello llamó su atención.
—Esa niña valía millones. Su aspecto, su pureza, su fina voz angelical… todo en ella la hacía ver tan inocente.
Las mejillas de Therese se sonrojaron al recordar la imagen de Patsy.
Pero aquella expresión no era de ternura.
Era una mezcla desagradable de deseo y obsesión.
—Pero esa maldita perra… nos la arrebató. La íbamos a presentar en la subasta de ese fin de semana y muchos clientes se molestaron porque no cumplimos con el catálogo que les dimos por adelantado.
El recuerdo vivo de Anya hizo que su rostro se enrojeciera de coraje.
Anton se quedó inmóvil.
Durante unos segundos no dijo nada.
Therese apenas tuvo tiempo de levantar la mirada.
Una patada lo golpeó y lo hizo caer de espaldas.
Antes de que pudiera incorporarse, Anton colocó una bota sobre su cabeza y presionó con fuerza, aplastando sus mejillas contra el suelo rocoso.
—¡¿Q-Qué estás haciendo?! ¡T-Te estoy contestando t-todo!
Anton lo miró desde arriba.
Sus ojos azules brillaban con una intensidad peligrosa.
El ceño estaba profundamente fruncido.
—Fuiste alguien codicioso, Therese Osborne.
Su voz era grave y profunda.
Therese, para su propia desgracia, sintió una extraña clase de placer al escuchar aquel tono de autoridad.
Sus mejillas volvieron a adquirir un ligero color rojizo.
Anton continuó:
—Si no hubieras sido tan codicioso… jamás habrías secuestrado a Anya y, por lo tanto, jamás te hubieras topado conmigo. Ni siquiera me habría enterado de tu miserable existencia, pero tu error fue haber sido tan estúpido y confiado.
La presión sobre la cabeza de Therese aumentó.
Su rostro quedó completamente pegado contra la piedra.
—He tenido suficiente contigo.
Anton levantó el pie.
Por un instante, Therese creyó que iba a marcharse.
Pero el siguiente movimiento fue mucho más rápido.
Anton dejó caer el pie con fuerza.
El golpe fue suficiente para dejar a Therese inconsciente de inmediato.
—
Anton había escapado de Eternia cargando el cuerpo inconsciente de Therese.
Lo llevaba sobre uno de sus hombros como si fuera un simple saco.
Atravesó los enormes bosques que se extendían entre Eternia y Greendale a una velocidad imposible para cualquier humano común. Sus pies apenas tocaban las ramas antes de impulsarse nuevamente hacia otro árbol.
La oscuridad de la noche comenzaba a desaparecer.
El horizonte adquiría lentamente tonos azulados mientras los primeros rayos del amanecer se filtraban entre las copas.
Anton avanzaba sin detenerse.
En el camino evitó a los caballeros encargados de vigilar la frontera. No tenía intención de explicarles por qué llevaba sobre el hombro a un hombre que parecía haber salido directamente del infierno.
A Anya le había informado que iría a dejarlo con alguien de confianza.
Y no le había mentido.
Solo había omitido ciertos detalles.
Después de recorrer a toda velocidad uno de los enormes bosques que separaban Greendale de Eternia, finalmente llegó hasta el borde de unas gigantescas cascadas.
El paisaje era impresionante.
Una inmensa corriente de agua descendía desde las alturas y desaparecía en un abismo tan profundo que el fondo era imposible de distinguir.
La niebla cubría todo.
El estruendo del agua era ensordecedor.
Anton se detuvo frente al vacío.
El viento levantó ligeramente sus cabellos negros mientras observaba el abismo.
Entonces levantó una mano.
Se hizo un pequeño corte en el dedo índice.
Una gota de sangre apareció sobre su piel.
Anton comenzó a recitar unas palabras en un idioma desconocido.
Su voz era baja, casi un murmullo, pero la magia respondió.
Extendió el brazo sobre el acantilado.
La gota de sangre comenzó a crecer lentamente.
Una esfera diminuta.
Luego más grande.
Hasta que el peso terminó venciendo la tensión que la mantenía adherida a su dedo.
La gota cayó.
Descendió hacia el vacío.
La niebla la ocultó.
Y entonces ocurrió.
Un sello mágico apareció entre las aguas de la cascada.
Runas antiguas comenzaron a iluminarse en el aire, formando un círculo gigantesco que permanecía oculto para cualquiera que observara aquel lugar desde el exterior.
La sangre de Anton tocó el centro.
El sello se desactivó.
Las aguas comenzaron a separarse.
En ellas apareció un enorme agujero que parecía conducir directamente hacia las profundidades de la tierra.
Anton ya estaba acostumbrado a aquella dinámica.
Sujetó firmemente a Therese.
Después dio un paso hacia el vacío.
Y, sin mostrar el menor temor, se lanzó junto al cuerpo inconsciente.
El descenso fue lento.
Sus cabellos negros se movieron suavemente con el viento mientras las aguas desaparecían sobre sus cabezas.
Finalmente llegaron al fondo del enorme túnel.
Detrás de ellos, el agujero comenzó a cerrarse lentamente.
Las aguas volvieron a ocupar su lugar.
La cascada recuperó su apariencia normal.
Y el mundo de la superficie volvió a ocultar aquel secreto.
Anton había entrado en unas cavernas de las que ningún mortal debía tener conocimiento.
Solo cinco personas en todo el mundo conocían aquel lugar.
Los cinco héroes de los imperios.
Los cinco que seguían a un mismo dios.
Ymir.
Anton descendió por una larga escalera de piedra mientras sujetaba firmemente a Therese.
A medida que avanzaba, el paisaje subterráneo comenzó a transformarse.
No parecía una caverna ordinaria.
Había vegetación creciendo entre las paredes.
Pequeños brotes iluminaban algunas zonas con una luz tenue y natural. Nuevos ojos de agua se habían formado desde la última vez que Anton había estado allí, y pequeñas criaturas recorrían las orillas de aquellos estanques.
Eran seres que ningún habitante del mundo de la superficie había visto jamás.
Anton observó los alrededores con curiosidad.
Había más vegetación que el año anterior.
El lugar estaba creciendo.
Después de caminar durante un rato más, finalmente llegó al centro de la caverna.
Allí había algo que jamás podría existir en el mundo exterior.
Un cielo falso cubría el techo.
Era un oscurecer de tonos morados, tan profundo que parecía infinito.
Miles de estrellas brillaban sobre aquel firmamento artificial.
Y, atravesándolo, se extendía una aurora de colores imposibles.
Una aurora perteneciente a otro mundo, porque, claramente, algo así no existía en aquel.
En el centro había diez piedras.
Cinco de ellas estaban dispuestas en un lado.
Sobre cada una ardía una llama diferente.
Aquellas llamas representaban las vidas de los héroes de los cinco imperios.
La blanca representaba a Anton, el héroe de Eternia.
La roja pertenecía al héroe del imperio de Dravenn.
La amarilla representaba al héroe de Valthera.
La azul correspondía al héroe de Greendale.
Y había una quinta piedra vacía.
En Seraphia todavía no habían encontrado a su héroe.
Anton se quedó observándolas durante unos segundos.
Todo parecía exactamente igual a la última vez.
Hasta que miró al otro lado.
Allí estaban las otras cinco piedras.
Las que representaban las anomalías presentes en cada uno de los imperios.
El año anterior, cuando había ido a revisar el lugar, todas habían permanecido vacías.
Las mismas llamas.
Las mismas piedras.
Ninguna anomalía había cambiado.
Pero ahora había una diferencia.
Sobre la piedra correspondiente a Eternia ardía una llama blanca.
Exactamente del mismo color que la suya.
Anton se quedó completamente quieto.
Aquella llama significaba algo muy específico.
Una anomalía neutral.
Una existencia que podía ser moldeada dependiendo de los acontecimientos que ocurrieran a su alrededor.
Anton no necesitó preguntarse quién era.
En cuanto la vio, lo supo.
Anya.
Sus ojos permanecieron fijos sobre aquella pequeña llama.
Seguía ardiendo con tranquilidad.
—Al fin llegaste.
Una voz sonó detrás de él.
Anton no volteó. Continuó observando la llama de Anya.
—Disculpa por tardar. Me tardé de más hablando con él.
Anton tomó el cuerpo de Therese y lo arrojó hacia la persona que se encontraba frente a él como si realmente fuera un simple saco.
Su nueva compañía solo vió como el cuerpo rebotaba en el piso.
Era Emris Valentine.
El héroe de la llama azul, héroe de Greendale.
—¿Rompiste tu código moral y lo mataste?
Emris fingió sorpresa. Anton lo miró con seriedad.
—Sabes muy bien que no está muerto.
Emris soltó una carcajada.
—Jajaja. ¡Lo sé! Pero puedo ver que lo torturaste.
Su mirada descendió hasta el torso de Therese.
—No fui yo. De hecho, ni siquiera fue a propósito.
Anton suspiró. Se llevó una mano a las sienes y caminó hasta un pilar de piedra roto, donde finalmente se sentó.
Emris sonrió.
—Mmmmh, ¿noche dura?
Anton asintió.
—Más que dura. Tediosa.
—Me imagino… Veo que este año te salió una anomalía.
Anton se encogió de hombros.
—Nunca sabemos lo que el dios Ymir tiene en mente hasta que lo hace.
Emris dejó escapar una pequeña risa.
Tenía el cabello castaño oscuro con algunos mechones de color naranja y unos ojos azules que reflejaban la luz del cielo artificial.
Se sentó junto a Anton.
—Y que lo digas… Estaba descansando en casa cuando, de repente, Ymir me dijo que me reuniera aquí contigo.
Anton le dio unas palmadas en la espalda.
—Los dos sufrimos, pero ni qué decir, es nuestro deber.
Mientras ambos hablaban, Therese comenzó a moverse.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Durante unos segundos no comprendió dónde estaba.
Miró frenéticamente hacia los lados.
El cielo falso.
Las estrellas.
La vegetación.
Las criaturas desconocidas.
Nada tenía sentido.
—Ah, despertó mi nuevo conejillo de indias.
La voz de Emris hizo que Therese girara la cabeza.
Emris sonreía.
—Bueno, ya que despertó, supongo que es mejor que me vaya.
Therese intentó incorporarse.
Su cuerpo seguía destrozado, pero el miedo le proporcionó las fuerzas suficientes para ponerse de pie.
Miró hacia el cielo.
Por un instante creyó que se encontraba en algún lugar al aire libre.
—¡Ayuda!
Comenzó a correr.
—¡Oye, es muy gracioso!
Anton lo miró de reojo.
Su expresión permanecía seria y amargada.
No entendía qué podía resultar gracioso de ver a una persona desesperada por su vida.
Pero aquello era algo que jamás lograría entender de Emris.
Therese apenas había avanzado unos pasos cuando una figura apareció detrás de él.
Emris.
Sin esfuerzo aparente, levantó la mano y le dio un simple zape en la cabeza.
El golpe fue suficiente para mandarlo al suelo.
—¡Ah, jajaja! ¡Qué débil es!
Anton apartó la mirada.
No quería seguir viendo aquello.
Therese levantó los ojos con dificultad.
Su visión era borrosa.
Antes de perder el conocimiento nuevamente, consiguió distinguir a Anton.
El héroe se encontraba de pie junto a Emris.
Parecía estar despidiéndose de él.
—D-Dijiste que no me matarías…
Los ojos de Therese comenzaron a cerrarse.
Anton se acercó y se puso en cuclillas frente a él para que pudiera escuchar sus últimas palabras antes de volver a desmayarse.
—Sí, dije que yo no te mataría, pero alguien más lo puede hacer. Al menos agradece que podrás contribuir al avance tecnológico y científico del imperio de Greendale.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
Therese lo observó con incredulidad.
—Te dejaré a manos del héroe y uno de los mejores científicos autorizados en inteligencia autómata de Greendale. ¿No crees que soy muy bueno?
Los ojos de Therese terminaron por cerrarse.
Lo último que vio antes de perder nuevamente el conocimiento fue aquella sonrisa descarada en el rostro de Anton.
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