LOS CAMPOS OLVIDADOS (NOVELA) Cap. 286
Talia, frunciendo el ceño ante la sospechosa conversación, se interpuso de repente entre ellas. La muchacha, que había estado examinando el frasco de medicina con ojos deslumbrados, se sobresaltó y retiró la mano rápidamente.
Talia la miró con suspicacia, y la chica le dirigió una sonrisa incómoda antes de responder con evasivas.
«Probablemente Su Alteza nunca necesite esta medicina en toda su vida».
«Por eso pregunto qué clase de medicina es».
Cuando Talia volvió a preguntar con irritación, la chica miró indefensa a Tiuran. Sin embargo, Tiuran simplemente evitó su mirada con una expresión de igual turbación.
Molesta por la actitud de Tiuran, como si le estuviera ocultando un secreto a propósito, Talia espetó con dureza:
«Si no me responden, denunciaré que en esta casa se está realizando un comercio sospechoso de sustancias».
Los rostros de las tres mujeres se pusieron pálidos al instante.
Al final, una de las chicas confesó con una voz penas audible, muy cerca del oído de Talia:
«Esto es... un filtro de amor».
Talia miró a la muchacha con sorpresa.
Las mejillas de la chica se sonrojaron de vergüenza mientras añadía con voz coqueta:
«No es en absoluto una droga peligrosa. Es solo... se podría decir que es una medicina que les da un poco de valor a las chicas que sufren por la fiebre del amor no correspondido».
Talia soltó una risa hueca ante la absurda explicación, pero luego giró bruscamente la cabeza y miró fijamente a Tiuran.
«¿En verdad hiciste una poción así?».
«...Es meramente un reactivo que crea temporalmente la ilusión de estar enamorado».
Tiuran, luciendo avergonzada, se frotó la comisura de los labios y soltó un profundo suspiro antes de explicar:
«Al tomarlo, la mente se nubla, los latidos del corazón se aceleran y la piel se calienta. También sientes como si te hubieras enamorado apasionadamente y desarrollas una atracción muy fuerte hacia una persona del sexo opuesto que esté cerca».
Talia tragó saliva con la garganta seca y se quedó mirando el frasco que la chica sujetaba en su mano.
Quizás al notar el profundo interés en sus ojos, Tiuran añadió rápidamente:
«Sin embargo, los efectos desaparecen después de unas doce horas. Tampoco deja secuelas significativas».
Talia se esforzó por disimular su decepción.
«¿Entonces qué sentido tiene? Volverás a la normalidad en menos de un día, así que ¿para qué tomarse tanta molestia en vano?».
La muchacha, observando la expresión de Talia mientras hablaba con una voz más fría de lo habitual, replicó indignada:
«Aunque al principio te apoyes en la medicina, podría convertirse en el comienzo del verdadero amor, ¿no cree?».
«¿No crees que la otra persona podría odiarte si descubre que la drogaste?».
«¡Entonces simplemente no tiene que enterarse!».
Ante la descarada respuesta, Talia levantó una ceja. Justo en ese momento, escuchó unos pasos pesados.
Al girar la cabeza por encima del hombro, Talia vio que un guardia se acercaba a paso ligero y frunció el ceño. Él habló con tono irritado:
«Su Alteza, creo que sería mejor que nos partiéramos pronto. Si nos demoramos más tiempo aquí, la gente volverá a congregarse».
«Está bien. Ya nos vamos, ¿no?».
Talia respondió de forma tajante, agarró a Tiuran por la túnica y se dirigió de nuevo hacia el carruaje. Abrió la puerta y se sentó en el asiento densamente acolchado.
Tiuran la siguió y se sentó frente a ella, y pronto el carruaje comenzó a moverse.
Talia hundió de inmediato el rostro en su regazo mientras Khan se agitaba con afecto a su lado, y lo acarició con entusiasmo antes de hablar con aire despreocupado:
«¿Sueles preparar medicinas así con frecuencia?».
«...Las hago ocasionalmente cuando alguien me lo pide».
«¿En serio?».
Khan levantó de repente la cabeza y la miró fijamente. Parecía haber percibido el anhelo oculto en su voz.
Como si intentara reprimirlo, Talia se aclaró la garganta y añadió sin rodeos:
«Abstente de hacerlo en el futuro. Podrían tildarte de hereje por elaborar y vender reactivos que no hayan sido aprobados por la Iglesia».
«Lo tendré en cuenta».
Le dedicó una suave sonrisa.
Talia observó fijamente su rostro antes de terminar por desviar la mirada hacia la ventana.
Más allá de los campos, donde el atardecer ya había comenzado a asentarse, el tenue sonido de una antigua canción oriental flotaba en el aire.
La noticia de que se firmaría un tratado de paz llegó unas dos semanas después de que terminara el festival de primavera.
Cuando escuchó la noticia por primera vez, no le dio mucha importancia. Los rumores de que la guerra estaba terminando habían circulado varias veces antes, solo para desvanecerse en cada ocasión.
Pero esta vez parecía diferente. Llegó un informe de que tanto la delegación imperial como la Alianza del Norte habían comenzado las negociaciones, seguido de la noticia de que Varkas regresaría pronto.
Talia se vio abrumada por una felicidad que rozaba el éxtasis.
Varkas iba a regresar. Podría volver a verlo después de casi medio año.
El solo hecho de repetirse esa verdad a sí misma hacía que su pecho se hinchara como si fuera a estallar. ¿Cuánta ansiedad había soportado todo este tiempo? A pesar de que él estaba estacionado en las regiones exteriores de Balto y no en la línea de frente, no había forma de saber cuándo o cómo podría cambiar repentinamente el curso de la guerra.
La Familia Imperial podía ordenarle avanzar, o Balto podía lanzar una ofensiva a gran escala para recuperar los castillos de las regiones exteriores.
Cada vez que Talia imaginaba tales posibilidades, sufría de una terrible depresión. Si Khan no se hubiera quedado a su lado, probablemente se habría vuelto loca hacía mucho tiempo.
Desde el día en que recibió el mensaje, Talia revisaba la fecha varias veces al día, contando con ansias los días que faltaban para su regreso. Pero su entusiasmo y felicidad pronto se desvanecieron como si nunca hubieran existido. En cierto momento, su estado físico había comenzado a deteriorarse.
Al principio, pensó que se trataba de simple fatiga. Todas las mañanas, sus brazos y piernas se sentían increíblemente pesados, y no importaba cuánto tiempo estuviera recostada en la cama, casi nunca lograbas sentirse descansada. Su apetito también había disminuido de forma notable. Tras forzarse a comer unas pocas cucharadas, se le revolvía el estómago, lo que le dificultaba seguir tragando comida.
Después de varios días, los síntomas empeoraron aún más.
Sin motivo alguno, un sudor frío le cubría el cuerpo, seguido de escalofríos repentinos, y también había días frecuentes en los que le dolían todos los músculos del cuerpo. Especialmente por la noche, le picaba la parte interna de las piernas y le palpitaban las articulaciones, lo que le dificultaba quedarse quieta.
Tiuran la masajeaba con frecuencia para aliviar los síntomas, y Marisen le preparó nuevas medicinas varias veces, pero no hubo ninguna mejora significativa. En cambio, con el paso del tiempo, aparecieron más y más síntomas extraños.
Una madrugada, Talia se despertó sintiendo una intensa sensación de picazón por toda la piel y se horrorizó al ver todo el techo cubierto de mariposas con alas rojas.
Solo varios segundos después se dio cuenta de que lo que estaba viendo era una alucinación. Los síntomas que se habían calmado durante un tiempo habían comenzado de nuevo.
Talia se sentó en el borde de la cama y estabilizó su respiración agitada. ¿Cuánto tiempo llevaba sentada así? Un aliento cálido rozó de repente la nuca de su cuello.
Talia levantó la cabeza y se encontró con un par de ojos azul grisáceo que la miraban fijamente. Extendió la mano con desesperación.
Sintió cómo sus extremidades, que habían estado temblando ligeramente, se relajaban gradualmente gracias al calor del cuerpo de Khan. Con un lado de la cara undido en el cuello espeso y suave de Khan, miró a su alrededor en la habitación. Las miles de mariposas también habían desaparecido sin dejar rastro.
Tras inspeccionar cautelosamente el dormitorio bañado por la tenue luz del amanecer, Talia no tardó en levantarse y caminar hacia la ventana.
Abrió la ventana de par en par y llenó su pecho sofocado con el frío aire del alba como si estuviera inhalando humo. Entonces divisó a alguien con una túnica negra que pasaba a prisa por un lado del jardín.
Entrecerró los ojos. Aunque esa persona llevaba la capucha de la túnica puesta sobre la cabeza, pudo reconocer de inmediato de quién se trataba solo por su silueta.
«¿Tiuran?».
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