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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 51


Desde que pasó la tragedia y la situación comenzó a estabilizarse en Rosendal, cada vez que iba al mercado con Jane, o incluso cuando salía sola, la gente me saludaba. Me había vuelto bastante conocida gracias a lo que yo consideraba pequeñas hazañas. Algunos habitantes me obsequiaban cosas, otros simplemente levantaban la mano al verme pasar, y había quienes incluso se acercaban a agradecerme sin que yo hubiera cruzado más de un par de palabras con ellos.

Al principio todo aquello me resultaba extraño. No estaba acostumbrada a que las personas me reconocieran, mucho menos a recibir regalos por algo que yo ni siquiera consideraba tan importante.

Con el tiempo, sin embargo, terminé acostumbrándome.

‘Con que así se siente ser famoso…’

Aquella tarde había ido al mercado para comprar pan para nuestro viaje. Tate y yo partiríamos a la mañana siguiente, así que quería asegurarme de llevar suficiente comida para el camino. Con ambos antebrazos cargaba varias bolsas de pan y, en las manos, unas pequeñas canastas con frutas que algunos habitantes de Rosendal me habían regalado.

Caminaba sonriente bajo el fuerte sol de la tarde. En realidad, estaba deseando regresar para presumirle a Meredith todo lo que había conseguido gracias a la amabilidad de la gente.

Un grupo de niños pasó corriendo a mi lado. Iban tan distraídos que uno de ellos casi chocó conmigo. Intenté apartarme para dejarlos pasar, pero mis pies terminaron enredándose entre sí.

—¡Ah!

Todo ocurrió demasiado rápido.

Mi cuerpo perdió el equilibrio y las bolsas estuvieron a punto de escaparse de los brazos. Las canastas se inclinaron y varias fresas salieron disparadas. Cerré los ojos con fuerza, esperando terminar contra el suelo junto con todas mis compras.

Pero el impacto nunca llegó.

Mi cuerpo quedó suspendido en el aire.

Abrí los ojos lentamente y descubrí que incluso las fresas que habían escapado de la canasta flotaban frente a mí, detenidas a pocos centímetros del suelo.

Miré alrededor.

No había nadie cerca.

El mercado ya quedaba atrás y me encontraba prácticamente en la salida del pueblo. Entonces vi a un hombre solitario unos metros más adelante.

Era alto. Llevaba una túnica con capucha de color vino que cubría casi por completo su cuerpo, aunque su estatura y sus hombros anchos dejaban claro que se trataba de un hombre. Una de sus manos estaba extendida hacia mí, que con su magia parecía sostenerme en el aire.

Se acercó con pasos tranquilos.

—Señorita, ¿se encuentra bien?

Su voz grave me sacó por completo de mi desconcierto.

Era una voz profundamente masculina.

Y, por alguna razón absurda, la escena me hizo sentir como si hubiera terminado dentro de una novela romántica.

Me puse nerviosa sin saber exactamente por qué.

—Y-Yo… sí, estoy bien. Gracias.

El hombre se acercó un poco más y utilizó una mano para sostenerme del hombro y otra de la cintura, ayudándome a recuperar el equilibrio. Al mismo tiempo, las fresas que aún permanecían suspendidas descendieron suavemente hasta su mano. Las tomó una por una y las colocó nuevamente dentro de la canasta.

—Muchas gracias.

El hombre asintió.

—No hay de qué. Ten más cuidado.

Dicho eso, comenzó a alejarse y pasó a mi lado sin añadir nada más.

Me quedé observándolo.

Un poco más adelante, una mujer que llevaba una túnica del mismo color lo esperaba.

—Ah, debe ser su esposa. Tiene sentido.

Pensé en ello durante unos segundos.

‘Un hombre así de caballeroso es imposible que esté soltero.’

Asentí para mí misma, encogiéndome de hombros antes de continuar mi camino hacia la casa de Tate.



—Maestro, ya tengo la dirección de Tate. De hecho, es por el mismo camino por el que vino. ¿Ya lo sabía?

Ryra le entregó un papel donde había anotado cuidadosamente la dirección.

Anton lo tomó y le echó un vistazo.

—No, solo fue coincidencia. Estaba revisando las salidas del pueblo en dado caso de que ellos decidieran irse.

Doblando el papel, continuó:

—A este punto, los rumores sobre ella están volviéndose bastante fuertes, así que veo la posibilidad de que se vayan. Si se van y se ocultan, no podré saber a dónde fueron.

—Tiene razón. Debemos encontrarlos cuanto antes.

Anton permaneció pensativo.

Había algo que no podía explicar respecto a la mujer que acababa de ayudar. Desde el instante en que la sostuvo para evitar que cayera, había sentido una extraña familiaridad. Era como si existiera un vínculo entre ambos, uno que su mente era incapaz de identificar.

Sin embargo, su razón le decía que aquello era imposible.

Jamás había visto a aquella mujer.

Y jamás habría olvidado un rostro con rasgos tan distintivos.

Anton y Ryra comenzaron a caminar en la misma dirección por la que había desaparecido la mujer. Después de un buen rato, lograron alcanzarla.

Ahora caminaban detrás de ella.

Anton no sabía por qué, pero algo dentro de él le advertía que aquel encuentro no terminaría de manera sencilla.

Aun así, continuó.

Podía notar que la mujer los observaba de reojo de vez en cuando. Sus movimientos se habían vuelto más tensos y parecía aferrarse con mayor fuerza a las cosas que llevaba.

Doblaron las mismas calles.

Siguieron el mismo camino.

Hasta que finalmente llegaron frente a una casa.

La mujer se detuvo y se giró hacia ellos.

—¿Por qué me están siguiendo?

Anton se quedó inmóvil.

‘No me digas que…’

La mujer frunció el ceño y apretó las bolsas contra su cuerpo.

—¿Acaso… me quieren robar mi comida?

Anton y Ryra se quedaron desconcertados.

La mujer de cabello negro los observaba con una expresión claramente desconfiada. Las capuchas impedían que pudiera distinguir sus rostros, lo que parecía aumentar todavía más su sospecha.

Entonces, del patio trasero, apareció una niña de cabello rojo con varias prendas entre los brazos.

—¿Anya? ¿Por qué tardaste tanto?

Anton sintió que todo encajaba de golpe.

Anya.

Ese nombre confirmó aquello que, hasta ese momento, solo había sido una sospecha.

La mujer que había encontrado por casualidad era precisamente la persona que llevaba tanto tiempo buscando.

—Meredith, métete a la casa. Tengo que lidiar con un asunto primero.

Meredith observó a los dos desconocidos con evidente miedo y retrocedió unos pasos.

—¡Meredith! Entra a la casa.

La niña apretó los ojos y corrió hacia el interior, cerrando la puerta detrás de sí.

Tate y Jane habían salido a buscar medicamentos para Kora, mientras ella permanecía descansando, por lo que Anton sabía que no tenía mucho tiempo antes de que regresaran.

No quería enemistarse con Anya.

Así que dio un paso al frente y levantó ambas manos.

—Señorita, no deseamos robarle sus cosas. Por favor, tranquilícese.

—Entonces, ¿por qué mierda me están siguiendo?

Anton jamás habría imaginado que la mujer que buscaba desde hacía tanto tiempo terminaría encontrándolo de aquella manera.

—Solo fue una coincidencia.

Anya entrecerró los ojos.

—¿Cómo puedo creer eso de alguien que ni siquiera se le ve la cara?

Anton suspiró y miró a Ryra.

Ella entendió inmediatamente la petición silenciosa.

—Señorita, le pedimos una disculpa si le hicimos creer que íbamos a robarle.

Anya no dejó de observarlos.

—Bájense la capucha.

Espetó Anya.

—O gritaré.

Anton la observó en silencio.

‘¿Cómo es que esta mujer que pide ayuda gritando va a ser la salvación de su nación?’

—Señorita, si quisiera robarle, lo habría hecho en el momento en el que se iba a caer, pero decidí ayudarla.

Anya pareció considerar sus palabras. Sus hombros se relajaron ligeramente.

—Bueno, tienes razón…

Anton avanzó unos pasos hacia ella.

La mujer volvió a ponerse en guardia inmediatamente.

—No te acerques.

Anton ignoró por completo la advertencia y formuló la pregunta que llevaba tiempo esperando hacer.

—Tú eres… Anya Hassad?

Ella vaciló.

Meredith acababa de pronunciar su nombre frente a ellos y todavía no tenía idea de si aquellas personas eran buenas o malas. Sin embargo, había algo dentro de ella que le decía que debía responder con sinceridad.

—Sí, soy yo… ¿Por qué?

Anton se quedó completamente callado.

Durante unos segundos no encontró palabras.

El destino había hecho que ambos se conocieran de la manera más absurda posible, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado.

Anya inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Acaso… eres mi fan?

El silencio volvió a caer entre los tres.

Anton la observó sin saber qué responder.

Una vez más se preguntó cómo aquella mujer podía ser la salvación de un mundo.

Ryra aprovechó el momento para intervenir.

—¡Sí! Acá mi amigo es su fan.

Le dio un pequeño empujón a Anton para que se acercara más a Anya.

Anton le dirigió una mirada molesta, pero decidió ignorarla.

Anya los observó durante unos segundos.

—¿Ah, es tu amigo? Pensé que era tu esposo.

Ryra se puso rígida.

—N-No. C-Como crees, él…

Anton suspiró mientras la voz de Ryra comenzaba a perderse de fondo.

—No somos esposos, señorita. ¿No sabe que es de mala educación asumir las relaciones de los demás?

Se acercó un poco más. Desde aquella distancia, Anya apenas podía distinguir la línea de su mandíbula y sus labios bajo la sombra de la capucha.

—¿Eso es de mala educación? Qué raro. Siempre me están emparejando con Tate. Pensé que era un hábito común en la gente de aquí.

Aquella respuesta terminó de confirmar sus sospechas.

‘Sin duda, esta mujer es como un libro abierto. Es demasiado vulnerable. Con razón Ymir me dijo que debía cuidarla.’

Anton se acercó un poco más, aprovechando su gran estatura para observarla mejor.

Anya tuvo que levantar la mirada para encontrar sus ojos ocultos bajo la capucha.

—Creo que no es el momento para hablar.

Ambos habían percibido lo mismo.

Alguien se acercaba.

Tate.

Su presencia podía sentirse cada vez más cerca.

Anton sabía que no podía permitir que los encontrara allí. Si Tate veía a dos desconocidos vestidos con túnicas oscuras merodeando alrededor de la casa, no dudaría en detenerlos.

—Supongo que nos veremos después.

Se inclinó ligeramente.

—Lamento haberla asustado.

Se dio la vuelta y sujetó a Ryra del brazo, haciéndola avanzar con él en dirección contraria a la llegada de Tate.

Anya tardó unos segundos en reaccionar.

—Oye, pero ¿quién… eres?

Los dos ya habían desaparecido.

Poco después, Tate apareció caminando junto a Jane. Ambos parecían tranquilos.

Jane soltó un bostezo mientras se acercaban.

—Ah, Anya. ¿Qué haces aquí?

—Nada… solo conocí a alguien.

Tate la miró con curiosidad.

—¿A quién?

Anya observó durante unos segundos el camino por el que los dos desconocidos habían desaparecido.

—No lo sé. Creo que era un fan.

Tate soltó un suspiro.

—Ya quiero irme de aquí…