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Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 49


Cat fue quien terminó de eliminar las últimas pesadillas que aún recorrían los alrededores de la mansión, con el apoyo ocasional de Mason, quien apenas logró acabar con unas cuantas antes de que la poderosa maga arrasara con el resto. Cuando el combate llegó a su fin, el silencio regresó lentamente a la propiedad.

Mason permaneció inmóvil durante unos segundos observando el lugar donde había crecido.

Su hogar seguía en pie, pero apenas.

Las fachadas estaban cubiertas de grietas, varias ventanas habían estallado, parte del jardín había quedado completamente destruido y los senderos de piedra estaban manchados por la oscura sangre de las pesadillas.

Sintió un nudo en el pecho.

Todo aquello que siempre había considerado seguro había terminado convertido en un escenario de guerra.

Dejó escapar un largo suspiro cargado de desánimo.

Cat, que caminaba unos pasos delante de él con una paleta entre los labios, simplemente le dio un fuerte golpe en la espalda que casi lo hizo perder el equilibrio.

—Ánimo, niño bonito. Las cosas materiales regresan. La vida no.

La pelirroja siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.

Aquella paleta no era casualidad.

Después de aceptar guardar el secreto de Anya, Dante había decidido premiarla antes de tiempo. Era un gesto extraño viniendo de él, pero suficiente para que Cat estuviera de excelente humor.

Mason bajó la mirada unos segundos.

Después reunió el valor para hablar.

—Señorita Cat.

Ella se detuvo sin siquiera darse la vuelta.

—¿Mmh?

Su respuesta sonó desinteresada, casi fastidiada.

Mason tragó saliva.

—¿Qué haría usted... si su madre hiciera algo malo?

Hubo un breve silencio.

—¿La perdonaría?

Cat permaneció pensativa apenas un instante antes de girarse hacia él.

Su expresión seguía mostrando el mismo gesto de molestia de siempre.

—Depende del tipo de persona que seas.

Sacó la paleta de su boca mientras hablaba y comenzó a mover una mano con absoluta naturalidad.

—Si fuera un idiota que perdona cualquier cosa solo porque comparte mi sangre o porque me gana el sentimentalismo... entonces sí, seguramente la perdonaría.

Hizo una pequeña pausa.

—Yo no soy idiota, entonces...

Lo señaló con la paleta, continuó hablando.

—Yo juzgo a las personas por lo que hacen. Me importa muy poco quiénes sean.

Volvió a colocar el dulce entre sus labios.

—Mi madre y yo ni siquiera nos llevamos bien. Siempre ha querido controlar mi vida. De hecho, hasta me parecería divertido que una pesadilla apareciera frente a ella para que entendiera, de una buena vez, que mi trabajo como maga sí sirve para algo.

Terminó soltando una risa cargada de cinismo.

Mason guardó silencio.

Le dolía admitirlo...pero tenía razón.

Durante toda su vida había visto a su madre como una mujer dulce y elegante.

Habían tenido que llegar personas completamente ajenas, como Anya y Tate, para obligarlo a aceptar una realidad que él mismo se había negado a mirar.

Jamás habría imaginado que aquella mujer pudiera cometer semejantes atrocidades contra una niña.

Sin volver a decir una palabra, ambos caminaron hacia el interior de la mansión.

Mason avanzaba con la cabeza baja, completamente sumido en sus pensamientos.

Nada más cruzar la entrada principal, la escena que encontró fue muy distinta a la de unas horas atrás.

Ander, con las mangas arremangadas y la ropa completamente salpicada por la sangre oscura de las pesadillas, cargaba uno de los enormes cadáveres junto a varios sirvientes.

Los iban apilando lejos de la residencia.

Más tarde serían quemados para evitar cualquier contaminación.

Cat observó la escena durante unos segundos mientras volvía a chupar distraídamente su paleta.

—En todos mis años como maga...

Su voz rompió el silencio.

—Nunca había visto a un noble recoger con sus propias manos los cadáveres de esos monstruos.

Mason no respondió.

No hizo falta.

En ese momento, Ander levantó la vista.

Su rostro, que hasta entonces había permanecido serio por el esfuerzo, se iluminó con una sonrisa al ver a su hijo.

—¡Mason!

Dejó inmediatamente el cuerpo que estaba cargando y se acercó trotando.

Sin pensarlo dos veces, lo abrazó con fuerza.

—Me alegra tanto que estés bien, hijo.

Su voz transmitía un alivio imposible de ocultar.

—Sabía que no te ocurriría nada... pero verte con mis propios ojos me deja mucho más tranquilo.

Después de separarse lentamente de él, dirigió la atención hacia la pelirroja.

Ella seguía de pie, observándolo con expresión seria mientras sostenía la paleta entre los labios.

—Usted debe ser la maga Cat Winters, ¿verdad?

Cat asintió con tranquilidad.

—Y usted debe ser el barón Ander.

El hombre hizo una pequeña inclinación.

—Así es.

Le dedicó una sonrisa sincera.

—Quiero agradecerle de corazón que usted y su equipo hayan venido hasta Rosendal para ayudarnos.

Volvió a inclinarse, esta vez con mayor respeto.

—Muchas gracias. De verdad.

Cat lo observó unos segundos.

Luego, para sorpresa del barón, le dio un fuerte golpe en el hombro.

Ander dio un pequeño respingo.

—Normalmente no me gusta tratar con nobles...

Una sonrisa ladeada apareció en el rostro de la maga.

—Pero veo que usted es diferente.

Le dio un par de palmadas más antes de retirar la mano.

—Le deseo suerte con lo que se le va a venir encima. Lidiar con Tate enojado no es algo sencillo.

Ander frunció ligeramente el ceño.

—¿Habla del caballero Tate?

Se acomodó nerviosamente los lentes.

—¿Por qué estaría enojado?

Cat dejó escapar un pequeño suspiro.

—Qué desgracia la suya...

Negó lentamente con la cabeza.

—De verdad lamento que haya elegido tan mal a su esposa.

El rostro de Mason perdió todo color.

'...Lo sabe.'

Sin perder un segundo, caminó rápidamente hasta ella y le sujetó la muñeca con delicadeza.

—Señorita Cat...

Su voz apenas fue un murmullo.

—Por favor... no se lo diga a mi padre.

Cat arqueó una ceja.

—¿Y por qué no?

Lo preguntó con una naturalidad tan absoluta que parecía ignorar el impacto que podían tener sus palabras.

Ander alternó la mirada entre ambos.

—Mason...

Su expresión comenzó a endurecerse.

—¿Sabes de qué está hablando?

Su hijo evitó mirarlo. No respondió.

—Mason.

Esta vez su voz fue mucho más firme.

—Te estoy hablando.

Cat observó aquella escena unos segundos.

Después dirigió una mirada fría hacia Mason.

Una mirada capaz de atravesar cualquier intento de ocultar la verdad.

—Si eres débil...

Su voz sonó tajante.

—Nunca podrás proteger a nadie.

Aquellas palabras golpearon directamente donde más le dolía.

Mason siempre había intentado aparentar firmeza.

Quería verse como un hombre frío, fuerte y digno de convertirse algún día en el nuevo barón.

Pero por dentro...Seguía siendo una persona incapaz de enfrentar aquello que más temía.

Cat lo había descubierto con apenas unos minutos de conversación.

Mason cerró lentamente los ojos.

Después soltó la muñeca de la maga.

No dijo nada. Simplemente se hizo a un lado.

Era su forma de aceptar que ya no podía seguir ocultándolo.

Cat sonrió con evidente satisfacción.

—No es mi responsabilidad contarles esto.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Pero quiero quitarle a Tate la oportunidad de ver sus caras cuando descubran la verdad.

Aunque se estaba mostrando mucho más amable que con la mayoría de los nobles… Seguía siendo Cat.

Giró la cabeza hacia Ander.

—Su esposa, Annika...

Hizo una breve pausa.

—Ha estado torturando durante años a la hermana menor de los Falksen.

La sonrisa burlona de la maga contrastó con el rostro del barón.

La expresión de Ander se quebró por completo.

—¿...Torturando?

Su voz salió incrédula.

—¿A qué se refiere?

Negó varias veces con la cabeza.

—Debe tratarse de una equivocación.

Cat soltó una pequeña carcajada.

—No se haga el tonto.

Lo señaló directamente.

—Estoy segura de que, igual que su hijo, usted ya sospechaba que esa mujer tenía algo retorcido.

Su sonrisa desapareció.

—Simplemente nunca quiso aceptarlo.

El semblante del barón cambió por completo.

Su voz se volvió fría.

—La respeto mucho.

Sus manos comenzaron a cerrarse lentamente.

—Pero no voy a permitir que le falte el respeto a mi esposa dentro de mi propia casa.

Cat abrió ligeramente los ojos, fingiendo sorpresa.

—Oh...

Sonrió divertida.

—Así que usted también tiene ese lado.

Luego pasó un brazo por encima de los hombros de Mason y lo sacudió como si fueran viejos amigos.

—Veo que saliste igual de ingenuo que tu padre.

Soltó una última risa.

—Bien. Ya armé suficiente alboroto por hoy y no quiero que Dante me castigué. Así que me voy.

Sin esperar respuesta, levantó una mano a modo de despedida y abandonó la mansión con absoluta tranquilidad.

Detrás de ella dejó algo mucho más peligroso que cualquier pesadilla.

Había sembrado una duda imposible de ignorar dentro de una familia que, hasta ese momento, siempre se había considerado perfecta.



Mientras la reconstrucción de Rosendal avanzaba poco a poco con los días, entre el sonido de martillos, sierras y carros cargados con madera y piedra, Annika permanecía encerrada en su habitación.

Las horas transcurrían con una lentitud insoportable.

Desde la invasión apenas había visto a Ander y a Mason. Ambos parecían evitarla deliberadamente. Ya no coincidían con ella durante las comidas, ni la buscaban para conversar, ni siquiera cruzaban una mirada cuando se encontraban por casualidad en los pasillos de la mansión.

Aquella distancia comenzó a inquietarla.

'¿Sabrán algo...?'

La idea aparecía una y otra vez en su cabeza.

Por supuesto, desconocía si Meredith había logrado sobrevivir después de todo lo ocurrido. Lo único que sabía era que, desde hacía varios días, su esposo y su hijo actuaban como si su presencia les resultara incómoda.

Aquello no era normal.

Comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, retorciendo distraídamente la tela de su vestido entre los dedos mientras intentaba encontrar una explicación que la tranquilizara.

'Tate...'

Solo pensar en aquel nombre hacía que un escalofrío le recorriera el cuerpo.

Si el caballero llegaba a descubrir la verdad...

No quiso terminar aquel pensamiento.

Sin embargo, poco a poco intentó serenarse.

'Meredith jamás hablará.'

Recordó perfectamente las amenazas que le había hecho durante bastante tiempo.

Si la niña seguía con vida, seguramente diría que todas aquellas heridas habían sido provocadas por una pesadilla durante el ataque.

Era una mentira perfectamente creíble.

Después de todo, media ciudad había quedado destruida.

Esa idea consiguió devolverle parte de la calma.

Estaba convencida de que el miedo que Meredith le tenía seguía siendo más fuerte que cualquier deseo de contar la verdad.

Mientras continuaba caminando por la habitación, tres suaves golpes resonaron al otro lado de la puerta.

Tok.

—¿Señora Annika?

La voz pertenecía a Felicia.

Normalmente sonaba tranquila.

Aquella vez, sin embargo, dejaba escapar un ligero temblor que no consiguió ocultar.

Annika se acercó lentamente.

—¿Qué sucede?

—El señor Ander... la está esperando en su despacho.

Por un instante, el rostro de Annika recuperó parte de su brillo.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

'Por fin...'

Quizá todo aquello no había sido más que sobrepensamientos de ella.

Tal vez Ander simplemente había estado demasiado ocupado ayudando con la reconstrucción de Rosendal.

Quizá esa reunión significaba que todo volvería a la normalidad.

Sintió una mezcla de alivio y entusiasmo.

—Enseguida voy.

Los pasos de Felicia se alejaron por el pasillo.

Annika caminó hacia el gran espejo de su habitación.

Se acomodó cuidadosamente el cabello.

Alisó las arrugas del vestido.

Añadió un poco de perfume detrás de las orejas y corrigió el ligero maquillaje.

Incluso dejó escapar una pequeña sonrisa.

Tenía pensado volver a conquistar a Ander como en los viejos tiempos.

Quizá bastaría con unas cuantas palabras dulces y un poco de cariño para que todo quedara atrás.

Abandonó la habitación con paso elegante y recorrió los pasillos de la mansión.

El ambiente era extraño.

Los sirvientes inclinaban la cabeza al verla, pero ninguno sostenía su mirada.

Algunos incluso parecían apartarse discretamente de su camino.

Annika frunció apenas el ceño.

'Qué comportamiento tan raro...'

Finalmente llegó frente al despacho.

Levantó la mano y abrió la puerta sin esperar respuesta.

—¡Cariño, soy yo! Voy a entrar.

Su voz sonó dulce, casi juguetona.

Entró con una gran sonrisa dibujada en el rostro.

Pero esta desapareció apenas cruzó el umbral.

El despacho estaba envuelto en un silencio absoluto.

Sentado junto al escritorio se encontraba Tate Falksen.

Entre sus manos sostenía varios documentos.

A ambos lados permanecían dos guardias imperiales completamente inmóviles.

Al fondo de la habitación, Mason abrazaba con fuerza a su padre.

Su rostro permanecía oculto contra el hombro de Ander.

Aunque intentaba contenerse...Las lágrimas seguían cayendo silenciosamente.

Ander mantenía un brazo alrededor de su hijo.

Con la otra mano se apoyaba sobre el escritorio.

Y observaba a Annika con una expresión que ella jamás había visto en él.

Había tristeza, decepción.

El corazón de Annika dio un vuelco.

Retrocedió instintivamente un paso.

—¿C-Cariño...?

Su voz perdió toda la seguridad de hacía unos segundos.

Miró a Mason.

—¿Qué ocurre?

Intentó acercarse a ellos.

—¿Por qué estás llorando, hijo?

Apenas dio un paso más, uno de los guardias cruzó el brazo frente a ella, bloqueándole el camino.

Annika levantó la vista, confundida.

—¿Qué...?

Fue entonces cuando Tate se puso de pie.

Lo hizo despacio.

Con una calma que resultaba mucho más intimidante que cualquier arrebato de ira.

Una vena sobresalía en su frente.

La mandíbula permanecía tan tensa que parecía tallada en piedra.

Cualquiera que lo conociera entendería que estaba haciendo un esfuerzo descomunal por no atravesar la habitación y golpear a aquella mujer con sus propias manos.

Porque, para Tate...

No existían diferencias entre nobles y plebeyos cuando alguien cruzaba ciertos límites.

Sus ojos permanecieron clavados sobre Annika.

Fríos.

Implacables.

Después abrió lentamente uno de los documentos que sostenía entre las manos.

—Annika De Vries...

Su voz resonó con firmeza dentro del despacho.

—Queda arrestada por los delitos de abuso de autoridad, lesiones agravadas contra Meredith Falksen...

Su mirada se endureció todavía más.

—...y por el asesinato de una de sus sirvientas personales. Lucía Growel.