Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 47
Tate tomó a Anya del hombro con brusquedad y la jaló hacia atrás, obligándola a retroceder un paso antes de que pudiera seguir hablando. Sus dedos se aferraron con fuerza a la tela de su ropa mientras la tensión recorría cada músculo de su cuerpo. Sin apartar la atención de ellos, inclinó apenas la cabeza hacia Anya para que nadie más pudiera escucharlo y, conteniendo la desesperación que comenzaba a consumirlo, murmuró con rabia junto a su oído.
—¿Qué mierda estás diciendo, Anya?
Ella ni siquiera volteó el rostro para mirarlo. Sus ojos seguían fijos al frente, desafiando a los tres magos sin el menor atisbo de vacilación.
—No dejaré que personas inocentes sean involucradas en esto.
—No tienes opción. O eres tú o ellos.
La respuesta no tardó en llegar. Su voz fue baja, pero tan firme que hizo que Tate frunciera todavía más el ceño.
—Entonces crearé una manera.
A pocos metros de distancia, Dante observaba el intercambio entre ambos con atención. No lograba distinguir las palabras, pero los gestos bastaban para comprender que estaban ocultando algo importante. Sus ojos azules se afilaron con frialdad mientras analizaba cada movimiento, incapaz de ignorar aquella conversación en susurros.
—¿Qué tanto andan susurrándose?
Anya giró apenas el rostro hacia él. La molestia seguía reflejándose con claridad en su expresión.
—Según tan habilidosos que son, ¿pero no pueden escuchar lo que Tate y yo decimos?
El comentario cayó cargado de una ironía tan evidente que varios refugiados intercambiaron miradas incómodas. Algunos desviaron la vista de inmediato, mientras otros continuaron observando la escena con una curiosidad imposible de ocultar. Desde que aquella extraña habilidad había despertado dentro de ella, el mundo parecía haberse transformado por completo. Los murmullos más lejanos llegaban a sus oídos con una claridad imposible, como si el aire mismo transportara cada palabra hasta ella. Mientras discutían, había alcanzado a escuchar las conversaciones de los aldeanos acerca del prestigio del trío de magos: guerreros famosos por su inmenso poder, admirados por sus hazañas y temidos por el carácter arrogante que los acompañaba.
También las auras de Dante, Otto y Cat envolvían sus cuerpos con una intensidad abrumadora, semejantes a enormes llamas de distintos colores que se agitaban lentamente a su alrededor, dejando en evidencia una capacidad mágica extraordinaria. Sin embargo, mientras las observaba, un pensamiento cruzó su mente con absoluta claridad.
'El poder de un alma jamás define si una persona es buena.'
El enojo seguía creciendo dentro de ella. Anya siempre había sido impulsiva, pero cuando la ira terminaba apoderándose de su juicio, el poco control que conservaba desaparecía casi por completo. Cada palabra salía antes de que pudiera pensar en las consecuencias.
Tate sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo hacia el poder de los tres magos; si aquella situación terminaba convirtiéndose en un combate, estaba convencido de que podía derrotarlos. Lo que realmente lo inquietaba era otra cosa mucho más peligrosa.
'Esto llegará al emperador...'
Aunque los habitantes de Rosendal comenzaran a difundir rumores, eso todavía podía manejarse. Al fin y al cabo, seguirían siendo simples habladurías nacidas del miedo y la confusión. El verdadero problema estaba frente a él. Si Dante, Otto o Cat decidían informar oficialmente lo ocurrido, la noticia llegaría al emperador con el peso de un informe respaldado por tres magos imperiales. En ese momento ya no habría forma de ocultar la existencia de Anya. Tenía que conseguir que guardaran silencio, costara lo que costara. Era la única manera de evitar que Johan posara sus ojos sobre ella.
El semblante del trío de magos se endureció ante el comentario pasivo-agresivo de Anya. Cat dio un paso al frente sin apartar la vista de ella. Sus ojos rojizos parecían brasas encendidas bajo la tenue luz del templo y había algo en su expresión que recordaba a una depredadora observando con atención a una presa desconocida.
—Tú... no eres alguien normal.
Anya sostuvo su mirada sin el menor indicio de intimidación.
—¿Y según tus estándares, qué es alguien normal?
El silencio se extendió por el vestíbulo. Los refugiados permanecían inmóviles, observando la escena como si estuvieran presenciando un juicio. Nadie se atrevía siquiera a hablar. A Dante aquella cantidad de testigos comenzaba a resultarle irritante. Demasiadas personas escuchando. Demasiados ojos atentos a una conversación que jamás debió producirse frente a tanta gente.
Otto soltó una risa seca sin apartar la varita de Anya.
—Una persona normal podría hacer explotar una pesadilla con magia de fuego o alguna de sus variantes... pero jamás absorber la sangre de una pesadilla. Es como si fueras un...
—Otto.
La voz de Dante lo interrumpió antes de que terminara la frase.
—Detente.
Otto cerró la boca de inmediato. Bastó una sola palabra para hacerlo obedecer. Dante dejó escapar un suspiro cansado mientras recorría con la mirada a todos los presentes. La situación ya había llamado demasiado la atención y continuar aquella discusión solo empeoraría las cosas.
—No tenemos tiempo para esto. Vinimos a Rosendal por una misión mucho más importante.
—¡Pero, Dante! ¡No podemos dejar libre a esta mujer! Es... un ser anormal...
La última parte salió casi como un murmullo cargado de desprecio. Cat observó a Anya con una expresión de absoluto rechazo, como si su mera existencia le resultara ofensiva. Aquella mirada hizo que el ambiente se volviera todavía más pesado.
Dante giró lentamente hacia ella.
—Nunca dije que la dejaríamos libre.
La firmeza de su voz bastó para que Cat guardara silencio. Después volvió la vista hacia Anya.
—Anya Hassad. Vendrás con nosotros. No es una pregunta.
Anya no respondió de inmediato. Desvió la mirada hacia Tate y permaneció unos segundos en silencio, como si realmente estuviera esperando su aprobación antes de tomar cualquier decisión. Después caminó hasta colocarse frente a Dante y se inclinó apenas hacia él para hablarle al oído.
—Si Tate me dice que vaya... lo haré.
Retrocedió un paso y volvió a enfrentar a Dante a los ojos.
—De la única persona que sigo órdenes es de Tate... y del príncipe heredero Ashton Eternia.
El ambiente cambió de inmediato. El nombre de Ashton cayó sobre la conversación con el peso suficiente para hacer que varias piezas terminaran de encajar en la mente de Dante. Ahora entendía por qué Tate permanecía junto a aquella mujer, por qué seguía caminando libre a pesar de poseer unas habilidades tan extrañas y, sobre todo, comprendía que aquel asunto pertenecía directamente al príncipe heredero. Anya no era una desconocida cualquiera; era alguien que se encontraba bajo la protección de la autoridad más importante del imperio después del propio emperador.
Tate alcanzó a escuchar las últimas palabras de Anya, pues apenas se encontraba a unos pasos de distancia. Sin perder un segundo, avanzó hasta colocarse frente a Dante y apoyó una mano sobre su hombro. Aunque por dentro seguía sintiendo que todo comenzaba a salirse de control, hizo un esfuerzo por recuperar la serenidad y mantener una expresión mucho más calmada que la de unos instantes atrás.
—Es mejor que discutamos esto en privado.
Dante sostuvo su mirada durante unos segundos. El silencio entre ambos bastó para que comprendieran que ninguno estaba dispuesto a ceder, pero también que aquella conversación no podía continuar delante de decenas de personas. Finalmente asintió con la cabeza.
—Sí... yo también lo creo.
Sin siquiera volver el rostro hacia el sacerdote, habló con la misma autoridad que había demostrado desde su llegada.
—Sacerdote Ezquiel.
El hombre dio un ligero sobresalto antes de responder.
—¿Sí?
—Usaremos una de sus salas para una reunión de emergencia.
—P-Por supuesto.
Ezquiel realizó una respetuosa reverencia y enseguida llamó a uno de los jóvenes ayudantes del templo para que los condujera. El muchacho caminó al frente con evidente nerviosismo mientras el grupo avanzaba por los largos corredores de piedra. El eco de sus pasos se mezclaba con los rezos apagados de los refugiados, el murmullo de las conversaciones y el constante golpeteo de la lluvia contra los vitrales del templo. Aquel ambiente solemne contrastaba con la tensión que acompañaba a todos los presentes. Antes de abandonar el vestíbulo, Dante levantó ligeramente la mano.
—Bajen las varitas.
Cat y Otto intercambiaron una breve mirada de desconcierto. Ninguno entendía el motivo de aquella orden; sin embargo, conocían demasiado bien a su líder como para cuestionarlo. Si Dante tomaba una decisión era porque ya había considerado todas las posibilidades. Ambos bajaron las varitas sin decir una sola palabra y continuaron siguiéndolo.
Cuando la pesada puerta de madera se cerró tras ellos, el bullicio del exterior quedó reducido a un murmullo distante. La sala de reuniones era amplia, aunque bastante sencilla comparada con los lujosos salones del palacio imperial. Una enorme mesa de roble ocupaba el centro de la habitación, rodeada por antiguas sillas cuyos brazos habían sido desgastados por el paso de incontables generaciones. Varias lámparas de aceite proyectaban una cálida luz amarillenta sobre las paredes de piedra, decoradas únicamente con algunos tapices bordados con el símbolo sagrado de Ymir. El lugar estaba impecablemente limpio, pero conservaba esa humildad propia de un templo que dedicaba todos sus recursos a proteger y alimentar a los refugiados.
Aun así, Cat apenas necesitó recorrer la habitación con la mirada para torcer el gesto.
—¿Esta es la mejor sala que tienen?
Su voz destilaba un desprecio imposible de ocultar mientras inspeccionaba cada rincón como si estuviera observando un establo.
—Vaya pocilga...
Anya siguió con la vista la expresión de la mujer y no hizo el menor esfuerzo por ocultar su desagrado.
—Qué mujer tan desagradable.
Lo comentó con absoluta naturalidad mientras giraba hacia Tate, como si acabara de hacer una observación completamente inocente. El caballero abrió los ojos de golpe.
'No... otra vez no...'
Antes de que Cat pudiera reaccionar, Tate le cubrió la boca a Anya con la palma de la mano.
Cat giró lentamente el cuello hasta quedar frente a ella. La dureza de su mirada habría sido suficiente para intimidar a cualquier otra persona.
—¿Cómo dices que dijiste?
Anya simplemente ladeó un poco la cabeza. Como la mano de Tate le impedía responder, se limitó a observarla fijamente.
—¿Dices que soy... una mujer desagradable?
En lugar de no contestar, Anya hizo algo que dejó completamente desconcertado a Tate.
Le lamió la palma de la mano.
El caballero dio un respingo inmediato y retiró la mano como si acabara de tocar un hierro al rojo vivo.
—¡¿Cómo puedes ser tan asquerosa, Anya?!
La observó con una mezcla de horror e incredulidad mientras ella, completamente tranquila, se limpiaba la comisura de los labios con el dorso de la mano.
—¿Y por qué me pides que repita lo que dije si bien que lo escuchaste?
Las venas comenzaron a marcarse sobre la frente de Cat, que dio un paso al frente con evidente intención de responder. Sin embargo, Dante levantó una mano antes de que pudiera hacerlo.
—Cat.
La mujer apretó los dientes.
—Pero, Dante...
—Por favor. No sigas.
—¡Pero esa cosa me dijo...!
Dante ni siquiera elevó la voz.
—Sabes que no me gusta repetir las cosas.
Aquellas palabras bastaron para apagar cualquier protesta. Otto colocó una mano sobre el hombro de Cat con la intención de tranquilizarla. Ella chasqueó la lengua con molestia, pero terminó retrocediendo un paso.
Dante volvió entonces la vista hacia Anya.
—Normalmente no diría nada al respecto, pero esta mujer cuenta con la protección del príncipe Ashton.
Otto y Cat quedaron completamente inmóviles. Ambos dirigieron la mirada hacia Anya con evidente sorpresa, intentando comprender cuándo y cómo una mujer con semejantes habilidades había terminado bajo el amparo del príncipe heredero.
—Con razón es tan desvergonzada...
Murmuró Cat.
Dante cruzó los brazos.
—No le teme a nada porque sabe que cuenta con la protección del príncipe... y también con la de Tate.
El caballero dejó escapar un profundo suspiro antes de llevarse una mano a la frente.
—No... no nos metas al príncipe Ashton ni a mí en su personalidad.
Negó lentamente con la cabeza mientras miraba de reojo a Anya.
—Ella es así de insolente incluso con el príncipe y conmigo. Realmente no tiene absolutamente nada que ver con nuestra autoridad. Anya no conoce la clase, es impulsiva, incompetente en muchísimas cosas y suele actuar antes de pensar...
Hizo una pequeña pausa.
—...pero no es una mala persona.
Anya parpadeó varias veces mientras lo observaba.
'...¿Me está defendiendo o me está terminando de humillar?'
Durante unos segundos nadie dijo nada. La tensión dentro de la sala disminuyó apenas un poco, aunque la desconfianza seguía flotando en el ambiente.
Tate dejó escapar un suspiro antes de comenzar a explicar la situación. Les dijo que Anya era una persona especial, alguien que se encontraba bajo la investigación directa del príncipe heredero Ashton debido a las extrañas habilidades que poseía. Aclaró que todo lo relacionado con ella era información estrictamente confidencial y que, por esa misma razón, no podía revelar nada más.
–Por ello les pido, que mantengan en secreto su existencia…
Cat cruzó nuevamente los brazos. Sonrió con malicia.
—¿Y por qué debería guardar el secreto de esa mujer?
Era una pregunta completamente lógica. Cualquier persona en su posición habría pensado que informar a la familia imperial era la decisión correcta.
Lo que Cat desconocía...
Era que la propia familia imperial escondía horrores mucho peores que cualquier pesadilla.
Solo un reducido grupo de altos cargos conocían la verdad. Para el resto del imperio, Johan seguía siendo simplemente un emperador severo, ambicioso y despiadado. Nadie imaginaba que, detrás de las enormes murallas del palacio, aquel hombre se había convertido en alguien obsesionado con experimentar sobre cualquier criatura que le diera la gana.
Tate permaneció varios segundos en silencio. Bajó lentamente la mirada hacia el suelo mientras ordenaba sus pensamientos. Cada palabra que pronunciara podía convertirse en un enorme problema. Si decía demasiado, pondría en peligro al príncipe. Si decía muy poco, jamás lograría convencer a Dante.
Este último permanecía observándolo con atención. Analizaba cada mínimo cambio en su expresión, cada respiración y cada silencio, esperando a que finalmente dijera aquello que estaba ocultando.
—Puedo ver que hay algo que me estás ocultando.
No lo dijo como una pregunta.
Fue una afirmación.
Tate dejó escapar un largo suspiro.
Ya no tenía salida.
Se acercó a Dante y, sujetándolo con suavidad de la muñeca, lo apartó unos metros del resto del grupo. Necesitaba que aquella conversación permaneciera lejos de oídos indiscretos. Después de lo ocurrido, estaba convencido de que tendría que enviar una carta urgente al príncipe Ashton para informarle de toda la situación antes de que los rumores consiguieran llegar hasta la capital.
Cuando ambos quedaron suficientemente apartados, Tate habló en voz baja.
—Dante... esta información es completamente confidencial. Todos los que la conocemos sabemos perfectamente lo que ocurriría si comenzara a divulgarse…
Dante sostuvo su mirada sin vacilar.
—Tate. No soy un idiota. Nunca he ido contando secretos por ahí... y tú lo sabes.
El caballero asintió lentamente.
—Lo sé. Solo quería advertírtelo.
Guardó silencio unos segundos más. Parecía buscar cuidadosamente las palabras adecuadas antes de continuar.
—El emperador Johan... desde que ascendió al trono comenzó a desarrollar un enorme interés por la ciencia.
Hizo una pausa.
—Pero no hablo de una ciencia normal...
Su voz descendió todavía más.
—Es una ciencia... mucho más oscura.
Dante frunció ligeramente el ceño. La seriedad con la que Tate hablaba era muy distinta a la que solía mostrar en cualquier misión. No había ironía, tampoco exageración; únicamente el peso de alguien que estaba a punto de revelar un secreto que jamás debió abandonar los muros del palacio.
—¿A qué te refieres con eso?
Tate tardó varios segundos en responder. Sus ojos descendieron hacia el suelo mientras los recuerdos comenzaban a agolparse en su mente. Recordarlos ya era desagradable; ponerlos en palabras lo era todavía más.
—Ese hombre... experimenta con animales...
Su voz se volvió apenas un murmullo.
—...y también con seres humanos.
Por un instante, el silencio se adueñó de la habitación. Parecía que incluso la llama de las lámparas se había quedado inmóvil. Los ojos de Dante se abrieron con incredulidad y, por primera vez desde que había llegado a Rosendal, aquella calma casi inquebrantable que siempre lo caracterizaba desapareció de su rostro.
—¿Qué...?
Tate continuó antes de darle oportunidad de formular otra pregunta.
—Más de una noche he visto cómo sacan cuerpos por la parte trasera del palacio. Algunos están deformados... otros ya no tienen brazos... otros perdieron las piernas... y esos son únicamente los casos menos horribles. No quiero describirte las demás atrocidades que he visto.
Mientras hablaba, su mandíbula se tensó involuntariamente. Ser la mano derecha del príncipe heredero significaba conocer demasiados secretos del imperio, secretos que jamás habría querido presenciar. Había imágenes que todavía regresaban a su memoria en las noches, impregnadas del olor metálico de la sangre y los gritos apagados de quienes nunca volvieron a salir con vida de aquellos laboratorios en las profundidades del palacio. Incluso alguien con la fortaleza mental de Tate encontraba insoportable recordar escenas semejantes.
Dante permaneció completamente inmóvil. Su respiración se volvió más lenta mientras intentaba asimilar todo lo que acababa de escuchar.
—¿Hablas en serio?
La pregunta salió mucho más baja que las anteriores.
Tate levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.
—Sí. Tú sabes perfectamente que no soy un hombre que bromee con algo así.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Dante terminó bajando ligeramente la mirada antes de asentir.
—...Entiendo.
Tate aprovechó que finalmente había conseguido captar toda su atención para continuar.
—Por eso el emperador Johan no puede enterarse de la existencia de Anya.
Giró discretamente la cabeza hacia la joven. A unos metros de distancia, completamente ajena a la importancia de aquella conversación, o al menos eso aparentaba, Anya permanecía sentada sobre el borde de la mesa, balanceando una pierna mientras entretenía sus dedos como si estuviera aburrida. La escena resultaba casi absurda. Mientras ellos hablaban sobre conspiraciones, experimentos humanos y el destino del imperio, ella parecía una muchacha incapaz de permanecer quieta durante más de cinco minutos.
—Sus habilidades son completamente desconocidas. Nunca se ha visto algo parecido. Si Johan descubre que existe...
Su voz perdió fuerza.
—...no quiero imaginar lo que sería capaz de hacerle.
Aquellas palabras provocaron que un ligero escalofrío recorriera la espalda de Dante. Sin darse cuenta, volvió a mirar a Anya. Hasta ese momento solo la había considerado una posible amenaza debido al extraño poder que poseía. Sin embargo, después de escuchar la verdad, comenzó a verla desde otra perspectiva.
No era únicamente alguien peligrosa.
También era una posible víctima.
Tate respiró profundamente antes de pronunciar aquello que más le importaba.
—El príncipe Ashton cree que Anya puede convertirse en la salvación de nuestro imperio.
Las palabras sonaron firmes, cargadas de una convicción que no dejaba espacio para las dudas.
—Por eso decidió protegerla... aunque para hacerlo tenga que ocultarle información al propio emperador.
Dante permaneció en silencio. La cantidad de información que acababa de recibir era abrumadora, pero había algo que le impedía ponerla en duda.
La persona que la estaba diciendo era Tate.
Y si había alguien incapaz de inventar una mentira de semejante magnitud, era él.
El caballero inclinó lentamente la cabeza. Aquel gesto, tan sencillo como inusual, hizo que hasta Dante abriera ligeramente los ojos.
—Por favor, Dante...
Su voz perdió toda la dureza habitual.
—Por el príncipe Ashton... y por mí... te pido que mantengas este secreto.
Al otro extremo de la habitación, Otto y Cat intercambiaron una mirada de absoluto desconcierto. No alcanzaban a escuchar la conversación, pero sí podían ver algo que jamás imaginaron presenciar.
Tate Falksen...
El hombre orgulloso que nunca inclinaba la cabeza ante nadie...solo a la familia imperial. Lo estaba haciendo frente a Dante.
Aquella imagen bastó para que ambos comprendieran que la conversación era muchísimo más grave de lo que habían supuesto.
Dante permaneció inmóvil durante largos segundos. Su mente trabajaba sin descanso. Si todo aquello era cierto, ya no estaba únicamente frente a una decisión política; estaba decidiendo el destino de una joven cuya vida dependería del silencio de unas cuantas personas.
Finalmente levantó la vista.
—Aunque nosotros guardemos el secreto... ¿cómo piensas detener los rumores que ya comenzaron a extenderse por Rosendal?
Tate dejó escapar un suspiro cansado.
Era exactamente la pregunta que esperaba.
—Como tú mismo dijiste... solo son rumores. Mientras ninguna persona importante los confirme oficialmente, el emperador no hará nada.
Hizo una breve pausa.
–...Eso espero.
Dante cerró los ojos durante un instante. Cuando atravesó el portal aquella mañana jamás imaginó que terminaría involucrado en algo semejante. La existencia de Anya era como una pequeña bola de nieve descendiendo por una montaña. Con cada persona que descubría su secreto, aquella esfera crecía un poco más, arrastrando consigo a todo aquel que se cruzaba en su camino. Ahora él y su equipo también habían quedado atrapados dentro de aquella avalancha.
Tate rompió nuevamente el silencio.
—Anya no es una mala persona. Salvó a mi madre de una pesadilla. También salvó a la mujer y al niño que conociste hace un momento. Es impulsiva, incompetente en muchas cosas, desesperante la mayor parte del tiempo y no entiende absolutamente nada sobre modales...
Una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro.
—...pero tiene un corazón como pocas personas que he conocido.
Levantó lentamente la mirada.
—Yo confío completamente en lo que dice el príncipe Ashton. Todo este tiempo conviviendo con ella... me ha demostrado que realmente puede convertirse en la salvación de Eternia.
Y, sin dudarlo, volvió a inclinar la cabeza.
Aquella vez no lo hacía por orgullo.
Ni por obligación.
Lo hacía para proteger a alguien que, poco a poco y sin que él mismo lo hubiera notado, había terminado ganándose su confianza.
Al otro lado de la habitación, Anya seguía balanceando distraídamente las piernas sobre el borde de la mesa. Cualquiera habría jurado que estaba entretenida en sus propios pensamientos; sin embargo, desde que su oído había despertado, la distancia había dejado de significar algo para ella. Cada palabra pronunciada por Tate llegaba a sus oídos con absoluta claridad.
'Anya no es una mala persona...'
'Puede convertirse en la salvación de Eternia...'
'Confío completamente en ella...'
Las frases comenzaron a repetirse una y otra vez dentro de su cabeza.
Su pecho se contrajo con fuerza.
De pronto, todo el peso que había cargado desde que llegó a ese mundo cayó sobre ella al mismo tiempo: las experiencias de sufrimiento que había vivido, y la inmensa responsabilidad de salvar un mundo que ni siquiera era el suyo.
Y, en medio de todo ese caos...
Escuchar a Tate hablar así de ella.
Después de tantos regaños y discusiones.
Después de tantas veces que la había llamado incompetente.
Sus dedos comenzaron a aferrarse con fuerza a la tela de su vestido húmedo por la lluvia hasta que el agua absorbida empapara sus manos.
'...No sabía que pensabas eso de mí.'
Sintió que algo cálido se acumulaba en su pecho.
Antes de que pudiera contenerse, un par de lágrimas descendieron lentamente por sus mejillas.
No hizo ningún ruido.
Simplemente permaneció allí, intentando comprender por qué aquellas palabras la habían conmovido mucho más que cualquier otra cosa ocurrida desde que llegó a Eternia.
Dante observó nuevamente a Tate. Conocía demasiado bien a aquel hombre como para confundir aquella sinceridad con una estrategia. Si estaba dispuesto a inclinar la cabeza por alguien, era porque realmente creía en esa persona.
Finalmente habló.
—Levanta la cabeza.
Tate obedeció.
—Hablaré con Otto y con Cat. Les explicaré únicamente lo necesario, sin revelar nada que pueda poner en peligro a Anya.
El caballero sintió cómo parte de la enorme tensión que cargaba sobre los hombros desaparecía.
—...De verdad te lo agradezco.
De pronto, una voz sonó justo a un lado de ambos.
—Mago Dante.
Los dos dieron un pequeño sobresalto y giraron la cabeza casi al mismo tiempo.
Anya estaba allí.
Ninguno había escuchado sus pasos.
Ni siquiera habían notado cuándo se acercó.
Simplemente... apareció.
Durante un segundo, incluso Dante sintió un ligero escalofrío.
'...¿Lo hizo a propósito?'
Anya realizó una pequeña reverencia. El desafío que había mostrado minutos antes había desaparecido por completo. En su lugar solo quedaba una sincera gratitud.
—Le agradezco que guarde mi secreto.
Levantó nuevamente la cabeza.
—También quiero disculparme por mi descortesía de hace un rato. Prometo hacer todo lo que esté en mis manos para salvar a Eternia.
Aquellas palabras, sencillas y honestas, hicieron que algo dentro del pecho de Dante se relajara. Por primera vez desde que la conoció dejó de verla únicamente como una anomalía y comenzó a verla como una mujer que cargaba sobre sus hombros una responsabilidad imposible.
Fue entonces cuando ambos hombres notaron las lágrimas que recorrían lentamente sus mejillas.
Los dos se miraron con evidente desconcierto.
Ninguno tenía idea de cómo reaccionar, pues eran hombres que no sabían cómo consolar a una persona, más específicamente mujeres.
—¿Por qué lloras?
Preguntó Tate.
Anya sonrió con torpeza mientras intentaba limpiarse las lágrimas.
—P-Porque... no sabía que pensabas tan bonito de mí...
Su voz terminó quebrándose.
Las emociones que llevaba conteniendo desde hacía días terminaron desbordándose de golpe.
Antes de que Tate pudiera reaccionar, Anya dio un paso al frente y lo abrazó con todas sus fuerzas, escondiendo el rostro contra su pecho como una niña que por fin había encontrado un lugar donde sentirse segura.
Tate quedó completamente rígido.
El intenso rubor que cubrió su rostro no era por sentimientos románticos, sino por la inmensa vergüenza de descubrir que Anya había escuchado toda la conversación.
—¡S-Suéltame!
Intentó apartarla sujetándola por los hombros.
Empujó con cuidado.
Luego aplicó un poco más de fuerza.
Después todavía más.
Nada.
Anya permanecía inmóvil, abrazándolo con la misma facilidad con la que un adulto sostiene un cojín.
—¡¿Qué demonios hiciste para tener tanta fuerza...?!
Murmuró entre dientes, completamente impotente.
Dante contempló la escena en silencio.
Una diminuta sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
Tan pequeña que cualquiera habría pensado que había sido producto de la imaginación.
'Ahora entiendo...'
Sus ojos permanecieron sobre Anya.
'Ahora entiendo por qué tanto el príncipe Ashton como Tate confían en ella.'
Al otro lado de la habitación, Otto y Cat quedaron completamente inmóviles.
No era el abrazo lo que los había dejado sin palabras.
Era la sonrisa de Dante.
Jamás...
En todos los años que llevaban siguiéndolo...
Lo habían visto sonreír.
Ambos intercambiaron una mirada y, casi al mismo tiempo, sintieron cómo el rubor subía hasta sus mejillas.
'Qué hombre tan hermoso...'
Pensaron al unísono los fans #1 de su propio líder.
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