Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 41
La sangre espesa y negruzca de la criatura estalló en todas direcciones como una lluvia viscosa. Las gotas calientes salpicaron el rostro de Kora, mi ropa y a varias personas que corrían desesperadas por la calle.
Un hedor insoportable invadió el ambiente.
Olía a carne podrida mezclada con azufre.
Kora fue la única que alcanzó a ver con claridad lo que había ocurrido.
Los demás únicamente observaron cómo aquella monstruosa cabeza explotaba de la nada, desintegrándose en una nube de carne oscura que cayó sobre los adoquines bajo la lluvia.
Durante unos segundos nadie entendió qué había pasado.
El silencio fue tan extraño como breve.
Después reaccionaron.
Las personas retomaron su huida con pasos torpes, empujándose unas a otras mientras aprovechaban que el camino había quedado libre de aquella criatura. Algunos otros gritaban asqueados de que habían sido salpicados.
Yo no perdí un segundo.
Corrí hasta Kora.
Caí de rodillas junto a ella sobre el barro, completamente empapada, y limpié con las manos la sangre negra que cubría parte de su rostro.
—K-Kora... ¿puedes caminar?
Ella respiraba con dificultad.
Su pecho subía y bajaba de forma descontrolada.
Intentó mover una pierna.
No respondió.
Intentó apoyar una mano.
Todo su cuerpo tembló.
Negó lentamente con la cabeza mientras las lágrimas se mezclaban con el agua de la lluvia.
Mi pecho se contrajo.
Verla así dolía más de lo que esperaba.
Kora siempre sonreía.
Siempre encontraba alguna palabra amable.
Siempre estaba pendiente de todos.
Era el tipo de persona que hacía sentir un hogar incluso en un mundo al que yo no pertenecía.
¿Y ahora...?
Ahora estaba cubierta de sangre por culpa de aquellas cosas.
Entonces comprendí algo.
Personas como Kora existían por todas partes.
Para mí podían ser desconocidos.
Pero para alguien...
Eran toda su vida.
No podía dejarla allí.
No cuando cualquier otra Pesadilla podía aparecer en cualquier momento.
Pasé un brazo por debajo de sus piernas y el otro detrás de su espalda.
Me preparé para apenas levantarla unos centímetros.
Sin embargo...Su cuerpo prácticamente no pesó.
La alcé con una facilidad absurda.
Me quedé desconcertada apenas un instante.
‘Si fui capaz de destruir aquella cabeza…’
‘Entonces también puedo hacer esto.’
No había tiempo para cuestionarlo.
Corrí.
El viento golpeaba mi rostro mientras atravesaba la calle inundada.
Kora se acurrucó contra mi pecho.
Su cuerpo temblaba violentamente por el frío y el dolor.
Sentía cómo la sangre seguía escurriendo por su brazo, empapando mis mangas poco a poco.
Entré a la casa de los Falksen de un golpe.
La puerta chocó contra la pared.
La recosté con el mayor cuidado posible sobre el sofá.
Ella soltó un gemido ahogado.
Apretaba los ojos con fuerza mientras intentaba contener la hemorragia sujetándose el enorme agujero que atravesaba su brazo.
La sangre no dejaba de salir.
—Mierda... ¿qué hago?
Había conseguido salvarla.
Pero no tenía idea de cómo tratar una herida así.
La desesperación empezó a subir por mi garganta.
Me arrodillé nuevamente frente a ella.
—¡Kora! ¿Sabes dónde puedo encontrar a alguien que pueda ayudarte?
Ella respiró hondo antes de asentir con dificultad.
—¿Puedes guiarme?
Volvió a mover la cabeza.
Muy despacio.
Tenía que cubrirla antes de salir.
Estaba completamente empapada.
Si además perdía calor...
Las cosas podían empeorar.
‘¿Por qué demonios no existen los malditos impermeables en este mundo?’
Estaba a punto de correr hacia la habitación de Jane para buscar alguna manta cuando sentí una mano sujetando mi muñeca.
Me giré.
Kora.
Con el poco aliento que aún conservaba.
—N-No...
Negó lentamente.
Sus dedos apenas tenían fuerza para sujetarme.
—No salgas...
Sus ojos suplicaban mucho antes de que sus labios terminaran la frase.
—Es peligroso... Anya...
Su voz apenas era un hilo.
Los labios habían perdido el color.
Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.
Aparté lentamente su mano de mi muñeca.
La miré fijamente.
—Más peligrosa será mi conciencia si no hago nada por ayudarte.
—-
Mientras tanto...
Tate y Jane finalmente llegaron a la residencia de los De Vries.
La mansión, que normalmente irradiaba elegancia, ahora parecía una fortaleza abandonada.
Varias ventanas estaban hechas añicos.
Los jardines habían sido arrancados de raíz.
Las estatuas de mármol yacían despedazadas entre el barro.
Decenas de sirvientes escapaban despavoridos por la entrada principal.
Muchos lloraban.
Otros gritaban nombres de familiares.
Algunos ni siquiera miraban hacia atrás.
Jane nunca soltó la mano de Tate.
La sujetaba con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos.
El miedo le recorría todo el cuerpo.
Solo una idea seguía manteniéndola de pie.
‘Meredith.’
Debían encontrarla.
—T-Tate... ¿crees que mamá haya llegado bien a casa?
Tate continuó caminando sin disminuir el paso.
—Estoy seguro de que sí.
Mentía.
Lo sabía perfectamente.
Rosendal había dejado de ser un pueblo.
Ahora era un campo de batalla.
En un lugar así...
La suerte también decidía quién sobrevivía.
Pero jamás permitiría que Jane cargara además con ese miedo.
Empujó las enormes puertas de la mansión con tanta fuerza que estas chocaron contra las paredes del vestíbulo.
Lo que encontraron dentro parecía una pesadilla hecha realidad.
El elegante lobby estaba completamente destruido.
Columnas agrietadas.
Candelabros desplomados.
Cristales cubriendo el suelo.
Muebles convertidos en astillas.
Y en medio de todo aquello...
Mason.
Empuñaba una espada mientras protegía a varios sirvientes aterrados.
Frente a él revoloteaban media docena de pequeñas Pesadillas.
Eran criaturas del tamaño de un cuervo, con cuerpos esqueléticos cubiertos por una membrana negra que parecía piel quemada. Tenían alas hechas de huesos desnudos unidos por jirones de carne, y donde debería existir un rostro solo había una sonrisa vertical llena de diminutos colmillos. Sus brazos eran demasiado largos para su tamaño y terminaban en dedos afilados como agujas.
Reían.
Reían sin parar.
Una risa infantil.
Cruel.
Cada vez que Mason intentaba alcanzarlas con la espada, desaparecían entre los escombros con movimientos imposibles.
Un segundo después reaparecían detrás de él.
Una le abrió el hombro.
Otra le rasgó el antebrazo.
Otra pasó rozando su cuello mientras soltaba una carcajada aguda.
Para ellas...
Aquello no era una batalla.
Era un juego.
Los sirvientes permanecían agachados detrás de Mason, completamente paralizados por el terror.
Entonces...
Una ráfaga atravesó el vestíbulo.
Tate.
Su espada abandonó la vaina con un sonido metálico que casi quedó oculto por el estruendo de la tormenta.
Solo hubo un movimiento.
Uno.
Tan rápido que Jane apenas alcanzó a seguir el destello del acero.
Las pequeñas Pesadillas quedaron inmóviles en el aire.
Un segundo después...
Todas se partieron en dos.
Sus cuerpos cayeron al suelo convertidos en pedazos que comenzaron a deshacerse entre humo negro y sangre espesa.
El olor a azufre invadió el vestíbulo.
El silencio regresó.
Los sirvientes observaron a Tate como si acabara de aparecer un héroe.
Pero él ni siquiera los miró.
Dejó caer su espada.
El arma chocó contra el mármol.
Caminó directamente hacia Mason.
Lo tomó violentamente del cuello del uniforme.
Y lo estrelló contra la pared con tanta fuerza que un cuadro cayó al suelo detrás de ellos.
Una vena sobresalía en la frente de Tate.
Sus ojos estaban completamente encendidos por la rabia.
Mason intentó soltarse.
Empujó.
Forcejeó.
Fue inútil.
Era como intentar mover una montaña.
Tate observó el estado de la mansión.
Los destrozos.
La sangre.
Las Pesadillas.
Y solo pudo pensar en Meredith.
Una niña de quince años.
Sola.
En medio de todo aquello.
Su voz salió grave.
Helada.
Cargada de una furia que apenas podía contener.
—¿Dónde mierda está el cuarto de tu madre?
Mason frunció todavía más el ceño mientras intentaba liberarse.
—¡¿De qué demonios estás hablando?!
Tate volvió a golpearlo contra la pared.
El pavimento crujió.
—Habla ahora...
Su respiración era pesada.
Cada palabra parecía salir directamente de su rabia.
—...o te juro que voy a desaparecer a tu familia.
Sus ojos no temblaban.
No había duda.
Lo decía completamente en serio.
—La misma amenaza que esa perra de tu madre le hizo a mi hermana.
Mason abrió los ojos.
La confusión dio paso al desconcierto.
—¡¿Qué...?!
—Llévame ahora.
Tate lo interrumpió sin apartar la mirada.
—Si no quieres que empiece por desaparecer a todos los que están aquí.
El silencio cayó sobre el vestíbulo.
Los sirvientes, aquellos mismos a quienes Mason había estado protegiendo hacía apenas unos segundos, comenzaron a retroceder lentamente.
Podían sentirlo.
Si Mason seguía negándose…
Tate realmente cumpliría su amenaza.
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