Fui Invocada a Otro Mundo y Ahora Creen Que Puedo Salvarlo - Novela Cap. 27
El Imperio de Eternia celebraba el Día de la Floración .
Solo una vez al año ocurría aquel fenómeno que los habitantes consideraban un regalo del dios Ymir. Desde las montañas del norte hasta las costas del sur, incontables flores abrían sus pétalos al mismo tiempo, cubriendo el imperio con un manto de colores que parecía no tener fin.
Los jardines desprendían perfumes tan intensos que el viento transportaba su aroma por pueblos y ciudades enteras.
Miles de pétalos flotaban en el aire, ascendían con las corrientes y descendían lentamente sobre los caminos como una delicada lluvia de primavera.
Por unas horas...Era fácil olvidar que el mundo podía ser cruel.
Pero aquella festividad no solo celebraba la llegada de la floración.
También marcaba el final de una generación.
Era el día en que los estudiantes de la Academia Imperial demostraban todo lo aprendido después de años de entrenamiento. Jóvenes provenientes de cada rincón de Eternia combatían frente a nobles, magos del alma y altos funcionarios que buscaban futuros caballeros para sus órdenes.
Muchos conseguían patrocinadores.
Otros eran reclutados directamente por las distintas divisiones de caballería.
Y algunos...
Cambiaban el rumbo de toda su vida en un solo día.
Las calles de Bansia rebosaban de vida.
Músicos llenaban el ambiente con melodías alegres.
Niños perseguían pétalos entre carcajadas.
Los comerciantes ofrecían dulces, panes recién horneados y brochetas cuyo aroma hacía imposible pasar de largo.
Los artesanos exhibían espadas ceremoniales, collares tallados a mano y pequeñas esculturas de madera inspiradas en las leyendas del imperio.
La ciudad respiraba felicidad.
Y desde lo alto del palacio imperial, un muchacho contemplaba aquella escena con los ojos llenos de ilusión.
Anton.
Apenas tenía quince años.
Vestía el impecable uniforme blanco y negro de la Academia Imperial. Sobre su pecho descansaba una medalla dorada que acreditaba el primer lugar de toda su generación.
El viento agitaba suavemente su larga capa mientras observaba el horizonte.
Sus ojos azules seguían el vuelo de los pétalos que cruzaban la ciudad.
No podía dejar de sonreír.
Aquella gente...
Aquellos niños jugando...
Las familias caminando tranquilamente por las plazas...
Todo aquello era exactamente lo que deseaba proteger.
Desde que tenía memoria, su maestro le había enseñado que la fuerza solo tenía sentido cuando servía para proteger a otros.
Y aquel día comprendía por qué.
Quería dedicar toda su vida a defender aquella paz.
Sintió una mano apoyarse sobre su hombro.
No necesitó girarse para saber quién era.
—Sabía que te encontraría aquí.
Anton sonrió todavía más.
—Hermano.
Ethan se colocó a su lado.
Era casi diez años mayor que él, pero cada vez que estaban juntos desaparecía cualquier diferencia de edad.
Ambos permanecieron varios segundos contemplando la ciudad en silencio.
No hacía falta hablar. El paisaje lo hacía por ellos.
Finalmente Ethan rompió el silencio.
—Anton...
El muchacho volvió el rostro hacia él.
Su hermano sonreía con un orgullo imposible de ocultar.
—Felicidades por graduarte.
Anton rió con timidez.
—Ya me felicitaste hace rato.
—Lo sé.
Ethan se encogió ligeramente de hombros.
—Pero quería volver a hacerlo.
Observó la medalla que colgaba sobre el pecho de Anton.
—Primer lugar de toda la Academia Imperial...
Negó lentamente con una sonrisa.
—A veces olvido lo extraordinario que eres.
Las mejillas de Anton se tiñeron de rojo.
Nunca sabía cómo reaccionar cuando su hermano lo elogiaba.
—No exageres...
—No exagero.
La respuesta llegó inmediata.
—¿Sabes cuántos jóvenes sueñan con graduarse así?
Anton bajó la mirada.
Movía distraídamente la medalla entre los dedos.
—Todo fue gracias a ti.
Ethan frunció ligeramente el ceño.
—¿Otra vez con eso?
—Es verdad.
Anton levantó lentamente la cabeza.
—Si no me hubieras criado...
Su voz se volvió más suave.
—...si no hubieras trabajado hasta agotarte para pagar mis estudios...
Sonrió con cierta nostalgia.
—Yo nunca habría llegado hasta aquí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Ethan observó a su hermano con una mezcla de ternura y tristeza.
A veces olvidaba que ambos habían perdido a sus padres siendo apenas un niño.
Él había intentado llenar aquel vacío lo mejor que podía.
Pero nunca dejó de preguntarse si realmente había sido suficiente.
Extendió una mano y revolvió el cabello de Anton.
—Escúchame bien.
Su voz adquirió una firmeza cálida.
—Todo lo que has conseguido es por tu esfuerzo. No mío.
Anton negó despacio.
—No.
Dio un paso al frente. Y, sin decir nada más, rodeó a Ethan con ambos brazos.
Lo abrazó con toda la fuerza que pudo.
Escondió el rostro contra su pecho.
Su hermano quedó completamente inmóvil.
No esperaba aquello.
Después de unos segundos sonrió.
Correspondió el abrazo mientras acariciaba lentamente la espalda de Anton.
—¿Qué pasa?
Anton tardó un momento en responder.
—Nada...
Su voz apenas era un murmullo.
—Solo quería darte las gracias.
Ethan cerró los ojos.
Sintió un nudo en la garganta.
Aquel niño al que había criado prácticamente solo ya era un hombre.
Y aun así...Seguía buscando refugio entre sus brazos.
Lo abrazó con un poco más de fuerza.
Esperó unos segundos antes de continuar.
—Prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—No importa cuán fuerte llegues a ser. Ni cuántas personas lleguen a admirarte o cuántos títulos consigas.
Se separó apenas unos centímetros para mirarlo directamente a los ojos.
—Nunca olvides que siempre tendrás un hogar al que regresar.
Anton sintió un calor recorrerle el pecho.
Ethan apoyó una mano sobre su mejilla.
—Y mientras yo siga respirando...Siempre tendrás un hermano dispuesto a ayudarte y protegerte aunque el mundo entero se pusiera en tu contra.
Los ojos de Anton comenzaron a humedecerse.
No por tristeza, sino por felicidad, porque, por un instante… Creyó que aquella paz duraría para siempre.
(...)
Anton abrió lentamente los ojos.
La calidez desapareció.
Ya no contemplaba un cielo cubierto de pétalos ni escuchaba las risas del festival.
Sobre él solo había viejas tablas de madera carcomidas por la humedad. Entre las grietas del techo se filtraban pequeñas gotas de lluvia que caían rítmicamente sobre el suelo, formando diminutos charcos alrededor de la habitación.
Todo había sido un sueño. Un recuerdo.
Quizá el más feliz de toda su vida.
Las lágrimas descendían silenciosamente por sus mejillas antes incluso de que fuera consciente de estar despierto.
Lloraba dormido. Como un niño que se negaba a aceptar que aquello ya no existía.
Permaneció inmóvil varios segundos.
Escuchando únicamente el golpeteo de la lluvia.
El aire olía a humedad, moho... y alcohol.
Mucho alcohol.
Su mano derecha seguía sujetando una botella casi vacía.
La observó sin realmente verla.
Recordó cuántas había bebido durante la noche.
No podía decirlo.
Había perdido la cuenta.
Sus dedos comenzaron a cerrarse alrededor del vidrio.
Cada vez con más fuerza.
Hasta que...
CRACK
La botella estalló entre su mano.
Los fragmentos de cristal se incrustaron en su piel.
La sangre descendió lentamente entre sus dedos, mezclándose con el licor que empapaba el viejo colchón.
Anton ni siquiera hizo una mueca.
El dolor físico era insignificante.
—Maldita sea...
Su voz salió quebrada.
Sin fuerza.
Apenas habían transcurrido unas horas desde que sintió desaparecer el vínculo que compartía con Ethan.
No necesitó que nadie se lo dijera.
Lo supo en el mismo instante.
Como si una parte de su alma hubiera sido arrancada violentamente.
Después llegaron los informes.
Amery. Ella había asesinado a su hermano.
Y había exhibido su cabeza en la plaza principal de Bansia como si se tratara de un animal de caza.
Aquella imagen jamás abandonaría su mente.
Ni siquiera la había visto.
Pero la imaginaba una y otra vez.
Y cada vez dolía más.
Lo primero que hizo fue ordenar a Ryra que rescatara a la esposa y a la hija de Ethan.
Aún existía esperanza.
O al menos eso quería creer.
Desde entonces… Solo esperaba.
Esperaba desesperadamente escuchar que, al menos ellas, seguían con vida.
Se incorporó lentamente.
Sus movimientos eran torpes. Pesados.
Como si cada músculo de su cuerpo hubiera olvidado cómo responder.
Miró la habitación.
Las paredes estaban cubiertas por manchas de humedad.
Las ventanas carecían de cristales.
El viento entraba libremente, haciendo oscilar una vieja cortina desgarrada.
Las botellas vacías cubrían prácticamente todo el suelo.
Había bebido hasta perder el conocimiento.
Sus ojos estaban completamente rojos.
Las profundas ojeras hacían parecer que llevaba semanas sin dormir.
Ya no quedaba rastro del joven brillante que alguna vez fue considerado la mayor promesa del imperio.
Solo permanecía un hombre roto.
Uno que había empezado a preguntarse si realmente valía la pena seguir respirando.
Su mirada permaneció fija en un punto cualquiera del suelo.
Los minutos transcurrían lentamente.
Su mente, en cambio...No descansaba.
Le mostraba un recuerdo tras otro.
Su maestro riéndose mientras corregía su magia.
Ethan preparándole la comida cuando era niño.
Los tres charlando juntos en una fogata.
El día en que recibió su primera espada de entrenamiento.
Las pocas personas que realmente habían llenado su vida...Habían desaparecido.
Todas. Y él seguía allí, solo, respirando.
Sin haber podido proteger a ninguno.
Una amarga sonrisa apareció en sus labios.
—Qué irónico...
Murmuró.
—El hombre que juró proteger Eternia......ni siquiera pudo proteger a su propia familia.
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