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LOS CAMPOS OLVIDADOS (NOVELA) Cap. 255


Talia contuvo el aliento. Aunque ella misma lo había creído así durante mucho tiempo, escuchar esas palabras salir de la boca de otra persona hizo que una emoción innombrable brotara en su pecho.

La mujer limpió suavemente una lágrima de la mejilla de Talia y continuó con cautela:

—¿Recuerda la historia que le conté la última vez?

—... ¿La historia de que los niños que mueren antes de ser bautizados reencarnan en bestias salvajes?

Una leve sonrisa apareció en la comisura de los labios de Tiuran.

—En realidad, el bautismo no importa. Esa historia es una leyenda que se transmitía en Oriente mucho antes de que la Iglesia del Imperio llegara a este lugar.

Su mirada descendió hacia el lobo, que alzaba la cabeza mirándola con las orejas atentas.

—Los antiguos orientales creían que aquellos que sufrían una muerte trágica reencarnarían en bestias salvajes para regresar al lado de quienes amaron en vida. Quién sabe, tal vez Khan extrañaba tanto a la Señora que tomó prestado el cuerpo de un animal para renacer y volver a su lado.

—... ¿De verdad piensas eso?

Tiuran asintió lentamente.

—Creo que todos los encuentros en este mundo tienen una razón. Cuando usted se encontraba sumida en una pérdida tan profunda, seguramente hubo una razón para que Khan apareciera a su lado.

Talia miró a Khan con los ojos nublados por las lágrimas. Sin un ápice de resentimiento a pesar de haber sido herido por ella hace poco, el lobo seguía mirándola con una devoción intacta.

Ante esa mirada incondicional, sintió que el nudo que había tenido en el pecho durante tanto tiempo se derretía, y abrazó con fuerza al lobo contra su pecho. Hundiendo su rostro empapado de lágrimas en el pelaje suave y cálido, los sollozos que había reprimido durante tanto tiempo estallaron a la vez.

Al ver esa escena, la sanadora palmeó silenciosamente su espalda con ternura.

Desde aquel día, Talia comenzó a seguir a Tiuran a todas partes, como un polluelo que sigue a su madre.

Cada vez que sacaba a Khan a pasear, insistía en llevarla consigo. Durante las largas tardes, se sentaba en la pequeña cocina, conversando de cosas triviales mientras ayudaba a Tiuran a preparar la comida. A veces, incluso la acompañaba hasta su cabaña de madera, donde se sentaba a verla preparar medicinas o la ayudaba a recortar los ramos de hierbas medicinales que se ponían a secar.

No faltó quien mostrara su descontento. La Gran Duquesa de Oriente, la mujer que estaba por encima de miles de personas, pasaba los días inmersa en tareas insignificantes que solían ser para los sirvientes. Las miradas indiscretas y los murmullos discretos nunca cesaron.

Sin embargo, a ella no le importaba en absoluto. La alegría de haber encontrado a alguien que realmente la comprendiera era tan grande que todas las críticas del mundo se volvían pequeñas e insignificantes.

—¿Por qué no te mudas al palacio principal de una vez? Te prepararé una habitación muy amplia.

Talia habló de repente, mientras yacía perezosamente en la cama de Tiuran junto a Khan.

Tiuran estaba sentada junto a la mesa, escribiendo concentrada en un cuaderno. Al escucharla, giró la cabeza y la miró con indecisión.

—Me siento más cómoda aquí.

—¿Por qué? Si vives en el palacio principal, será mucho más conveniente que ahora. No importa lo que necesites, puedo proveértelo.

—De verdad no es necesario, mi Señora.

Tiuran sonrió levemente y cerró el cuaderno.

—Esta cabaña es el lugar que conserva los recuerdos de mi difunta abuela. He estado aquí desde que era muy pequeña; si no hay una razón especial, no me iré.

Observando su rostro con curiosidad, Talia preguntó de repente:

—¿Y qué hay de tus padres?

—Cuando yo era muy pequeña, ambos fallecieron a causa de una grave enfermedad.

Respondiendo con total serenidad, la mujer se levantó, caminó hacia el armario y comenzó a sacar varios tipos de hierbas para mezclarlas. Mientras la miraba triturar las plantas con un mortero de piedra, la pregunta que siempre había estado estancada en su corazón finalmente salió a la luz.

—¿Y tu esposo?

La mano de la mujer, que estaba colocando las hierbas en el mortero, se detuvo por un instante. Se volvió hacia ella con una sonrisa amarga.

—Nunca me he casado.

Al notar que Talia lucía desconcertada por adivinar vagamente que ella también había experimentado el dolor de perder a un hijo, Tiuran continuó como si nada hubiera pasado:

—Aunque hubo una vez un hombre con el que prometí contraer matrimonio.

—¿Acaso rompió su promesa?

Talia frunció el ceño, preguntando con agudeza. El enfado era evidente en su voz, lo que hizo que Tiuran soltara una carcajada.

—Así es. Esa persona me dejó a mí y al hijo que llevaba en mi vientre para irse muy lejos.

—Dime el nombre de ese bastardo. Ordenaré a los soldados que acaben con su vida —dijo Talia con indignación y en voz alta—. Si lo deseas, puedo hacer que se arrastre de rodillas ante ti para disculparse. Considéralo como mi agradecimiento por la ayuda que me has brindado este tiempo, me encargaré de él de la forma que quieras.

Tiuran la miró con una expresión indescifrable.

—¿No le parece despreciable que haya tenido un hijo sin estar casada?

—¿Olvidas que yo también soy una hija ilegítima? —Talia soltó un bufido burlón—. Criticarte por eso sería como darme una bofetada a mí misma.

—... Señora, su estatus absoluto no es algo que la gente deba señalar. Su padre es Su Majestad el Emperador, y su madre es la Emperatriz.

—Una bastarda sigue siendo una bastarda —una sonrisa sarcástica se dibujó en la comisura de los labios de Talia—. Para mi padre, soy una mancha que lo perseguirá toda su vida; para mi madre, no soy más que una pieza de ajedrez que ha perdido su valor de uso. Los sirvientes no son diferentes. Frente a mí inclinan la cabeza diciendo "Gran Duquesa", "Segunda Princesa Imperial", pero a mis espaldas me señalan como el fruto de una sucia infidelidad.

Al ver que el rostro de Tiuran se ensombrecía, Talia borró la sonrisa de sus labios. Al haber expuesto impulsivamente demasiados de sus secretos, de pronto se sintió un poco avergonzada. Para ocultarlo, exageró su actitud para cambiar de tema.

—Dime quién es el hombre que te traicionó. Lo colgaré boca abajo en el patíbulo...

—Esa persona falleció hace mucho tiempo.

La respuesta pacífica hizo que Talia se callara de golpe. Tiuran solo sonrió. Una sonrisa tan gentil que partía el corazón.

—No tiene que mirarme con esa cara. Eso pasó hace muchísimo tiempo.

Ella miró a Tiuran como si contemplara un misterio indescifrable. No podía creer que una persona que había perdido a sus padres, a su amor y a su hijo pudiera sonreír con tanta dulzura.

Cuando ella perdió a su bebé, sintió como si el mundo entero se derrumbara. Todavía había noches en las que recordaba la sensación de la pequeña vida que una vez se movió en su vientre y se quedaba sin aliento.

Entonces, ¿cómo podía esta mujer haber pasado por todo eso y no haberse vuelto loca?

—Si pasa el tiempo suficiente... ¿de verdad uno deja de sentir dolor?

La pregunta formulada con vacilación hizo que la tranquila sonrisa de la sanadora se desvaneciera un poco. Dejando el mortero, negó lentamente con la cabeza:

—En este mundo hay dolores que, por mucho tiempo que pase, nunca desaparecen.

—...

—Pero hay algo que puedo asegurarle con certeza, y es que el dolor que cala hasta los huesos se irá desgastando poco a poco, con el paso de los años... Hasta que, en algún momento, se reducirá a un tamaño que podamos soportar.

Pestañeando con la mirada fija, Talia preguntó en un susurro:

—¿Cuánto tiempo toma llegar a eso?

—Mucho tiempo.

—Ya veo... —murmuró desconcertada—. ... Tomará mucho tiempo.

En ese mismo instante, sintió una calidez en su mejilla.

Talia giró la cabeza.

Khan estaba lamiendo las lágrimas de su rostro. Mirando profundamente esos ojos que parecían empatizar con su tristeza, inclinó la cabeza y plantó un beso en la cara del pequeño lobo.

Ese día, al regresar a su habitación, abrió su diario. Siguiendo el consejo de Tiuran, se había obligado a empezar a escribir en él.

Tiuran creía que registrar sus pensamientos más sinceros la ayudaría a disminuir las alucinaciones y las voces extrañas que la acosaban a diario.

Sin embargo, al contrario de las intenciones de la sanadora, el cuaderno se estaba convirtiendo gradualmente en un diario de crecimiento de Khan.

Pasó un par de páginas ya escritas y luego registró la conversación con Tiuran. No solo escribió de manera mecánica, sino que también añadió un par de líneas sobre sus propios sentimientos.

«¿Hacer esto realmente curará la herida de mi alma?»

Tras quedarse mirando fijamente las palabras que acababa de escribir durante un largo rato, cerró el diario, tomó a Khan en sus brazos y se dirigió a la cama para recostarse.

No sabía si era coincidencia, pero esa noche durmió profundamente, sin ser atormentada por pesadillas ni alucinaciones.

A la mañana siguiente, se despertó con el cuerpo extrañamente ligero.

Khan, que estaba acurrucado junto a la almohada, también se levantó de un salto, moviendo su pequeña cola alegremente sin parar. Ella abrazó al lobo, llenando de besos aquel rostro cubierto de suave pelaje. En ese momento, desde la distancia, resonó el sonido profundo y majestuoso de un cuerno de guerra.

Talia, sobresaltada, miró hacia la ventana.

Afuera, un poderoso regimiento de caballería avanzaba hacia las puertas de la ciudad. Decenas de caballos de guerra marchaban en una fila larga y ordenada, con los cascos golpeando el suelo con un sonido pesado, similar al de los tambores de guerra. La luz del sol matutino bañaba las frías armaduras de acero, reflejándose en innumerables destellos deslumbrantes.

Entonces, vio al hombre que lideraba el ejército.

En ese único instante, todo su cuerpo se quedó rígido. La sangre en sus venas pareció congelarse. El aliento se le atascó en la garganta.

Varkas... había regresado.