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El gato está en huelga Cap. 201


Fue en ese instante.

—¡Excelencia! ¡El estado de los prisioneros es extraño!

Un caballero que custodiaba otra celda corrió apresurado para dar el reporte.

La mirada de Ries recorrió el rostro del hombre. No habían conversado demasiado antes, pero lo reconoció: era el caballero que solía ser el superior inmediato de Melissa.

De los que quedaron tras la purga de espías, él era el más reservado y leal; había oído que Justin lo había asignado personalmente a la prisión subterránea. Sin duda, alguien capaz de cerrar los ojos y taparse los oídos ante cualquier cosa que ocurriera allí dentro.

“ Ciertamente .”

Incluso al cruzar miradas, fingió con naturalidad no haber visto nada. Eso lo hacía digno de confianza. Pero Ries no tuvo tiempo de prolongar esa impresión.

La frase “los prisioneros están extraños” pareció ser el detonante: de pronto, desde otras celdas comenzaron a propagarse ruidos extraños, simultáneos y desconcertantes.

—Ee… oh.

—Uuuh…

—…Oh, ¡agh!

Un escalofrío indescriptible trepó por su espalda. Era, sin duda, el mismo murmullo rítmico que había escuchado hacía apenas un momento en otro prisionero.

Tragó saliva y le lanzó una mirada a Justin. Él asintió.

—Vamos a ver.

Ambos siguieron al caballero hacia la celda contigua.

Allí también, un cuerpo vendado de pies a cabeza. Aunque su aspecto era menos deplorable que el del anterior, era evidente que aquel hombre había soportado un duro interrogatorio.

Sin embargo, limitarse a observar su apariencia era insuficiente: la energía que emanaba resultaba inquietante.

—Uh… oh. Iii… uhuh! Uuuh!

Lo que al principio había sido un simple murmullo se tornaba cada vez más violento.

La saliva se escapaba por la mordaza, la cabeza se sacudía con brusquedad como si fuera un tic incontrolable. Y pronto, aquella agitación extraña se extendió a todo su cuerpo.

—¡Detente! ¿Qué estás haciendo?

De no haber entrado el caballero, sobresaltado, para sujetar al hombre dentro de la celda, este habría terminado rodando por el suelo junto con la silla.

El caballero se quedó rígido, con el gesto endurecido.

—¿Qué fuerza es esta…?

Resultaba increíble que semejante energía proviniera de alguien que llevaba tanto tiempo encerrado en la prisión subterránea, sin comer ni beber en condiciones.

Por supuesto, no estaba siendo derrotado, pero el mero hecho de que aquel forcejeo, que en circunstancias normales debería ser imposible, se sostuviera hasta cierto punto, lo dejaba desconcertado.

Y había algo más.

“Parece como si no sintiera dolor.”

El brazo atado, ahora torcido en un ángulo extraño por la presión de la sujeción, no provocaba en él ni un estremecimiento de sufrimiento.

Seguía agitándose con violencia, murmurando palabras incomprensibles. Ries, con gesto incómodo, observó un instante y luego propuso:

—Probemos a quitarle la mordaza.

Ante la mirada del caballero, Justin asintió sin vacilar. Era una orden tácita de hacerlo.

Enseguida, la mordaza que sellaba la boca del prisionero fue arrancada con brusquedad. Y, sin darle tiempo a recuperar el aliento, el hombre comenzó a gritar:

—¡El señorío de Miphius! ¡Debo ir al señorío de Miphius! ¡Déjenme ir! ¡Se los ruego!

—¿…El señorío de Miphius?

Era un nombre conocido. Más exactamente, un topónimo.

Todo gracias a Ketir, que lo había obligado a memorizar las regiones cercanas a la capital para poder fingir con solvencia el papel de asistente.

El señorío de Miphius, un territorio de tamaño moderado, situado al este de la capital, junto a una baja cordillera… aunque, más allá de eso, la memoria se le volvía difusa.

“ Creo que se decía que sus frutas tenían un sabor excelente.”

Sacudió la cabeza, apartando el pensamiento.

Lo importante no era eso, sino que un prisionero, en medio de su delirio, soltara de pronto un nombre de lugar sin contexto alguno.

Incluso ahora, el hombre repetía las mismas palabras, con la frente pegada al suelo:

El señorío de Miphius, debo ir allí, no puedo llegar tarde…

Y los demás prisioneros estaban en un estado similar.

—¿Qué significa esto…?

Siguiendo la orden de Justin, apenas se retiraron las mordazas de los demás prisioneros.

El caballero, al verlos repetir la misma frase como si se hubieran puesto de acuerdo, retrocedió un par de pasos, sobrecogido por un escalofrío.

Ries compartía aquella impresión. Encerrados en sus celdas, con brazos y piernas sujetos a las sillas, y de pronto todos agitándose al unísono, gritando que debían marcharse… era un espectáculo inquietante.

Sin embargo, había uno que no participaba en esa extraña conducta.

“¿Por qué este hombre está intacto?”

Sus pupilas se entornaron, desviándose hacia un costado. Era el prisionero que los había recibido al entrar en la celda, aquel que ya había pasado por las manos de Ries.

Permanecía desplomado sobre la silla, sin el menor movimiento. No se agitaba, ni gritaba como si estuviera poseído, clamando por ir al señorío de Miphius.

“No, del todo ajeno no estaba.”

Ries recordaba el instante en que, con la boca aún sellada por la mordaza, el hombre había murmurado algo. Pero en cuanto él mismo le arrancó la maldición incrustada en el cuerpo, aquel murmullo se cortó de raíz.

“ Un momento.”

De inmediato, una hipótesis plausible se formó en su mente. Ries estiró el dedo y pinchó el costado de Justin.

—Tengo algo que quiero probar.

Lo dijo apenas moviendo los labios, en un susurro inaudible para el caballero. Justin, como siempre, comprendió y asintió.

ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

—Mis disculpas. No les di oportunidad de ponerse de acuerdo, y jamás habían hecho semejante alboroto… pondré más cuidado en las sujeciones de ahora en adelante.

—Bien. …Pero por ahora, mantén a ese hombre un poco más sujeto.

—¿Eh?

—Levántale el cuerpo. El brazo, hacia el lado contrario. Que quede en el ángulo más cómodo para golpear… no, mejor dicho, en el ángulo más claro para observarle el rostro.

Por primera vez, el gesto del caballero se quebró.

Si antes había sentido escalofríos ante lo inexplicable, ahora estaba completamente perdido, incapaz de hallar sentido, con la mirada errante de un lado a otro.

“¿Lo escuché mal? Estoy seguro de que dijo ‘el ángulo más cómodo para golpear’…”

Por supuesto, aunque dudara de sus propios oídos, sus manos obedecieron con diligencia la orden. Sujetó al prisionero en el ángulo indicado: no para golpearlo, sino, según la corrección, para observarle mejor el rostro.

Lo que ocurrió a continuación lo hizo dudar, no de su oído, sino de su vista. El asistente, que permanecía tranquilo junto al duque, de pronto alzó la mano y la descargó sin más.

La blanca mano golpeó el rostro vendado del prisionero con un sonoro plaf.

Aunque delgada y aparentemente débil en comparación con quienes empuñaban espadas, el impacto contra la piel produjo un ruido sorprendentemente firme.

El golpe había sido fuerte. El rostro del prisionero, que hasta entonces murmuraba frenéticamente la misma frase, se ladeó bruscamente.

“¿De verdad… lo golpeó?”

No era que la violencia le resultara extraña; había presenciado interrogatorios antes. Pero esto era distinto, pertenecía a otra categoría.

Sus ojos se movían cada vez más rápido, y la confusión se profundizaba.

¿Por qué lo golpearon de repente? ¿Hasta cuándo debía sostenerlo así? ¿Por qué no fue el duque quien lo hizo, sino su asistente?

Mientras esas preguntas se agolpaban en su mente, el caballero se dio cuenta de que había pasado por alto algo. Aguzó el oído.

—¿Silencio?

El prisionero, que hasta hacía un momento murmuraba con tal frenesí que resultaba insoportable, ahora mantenía la boca cerrada como si nada.

Su agitación también había disminuido notablemente.

El caballero, aún sosteniendo el cuerpo inerte, levantó la cabeza con cautela.

El asistente y el duque intercambiaban palabras en voz baja. Tan baja que ni siquiera su agudo oído lograba captar con claridad.

Concentrándose un poco más, empezó a distinguir fragmentos:

—…Parece… correcto.

—…Entonces… se ha… detenido.

—…Como aquella vez… dijiste…

Las últimas sílabas comenzaban a filtrarse. El caballero pensó, sin darse cuenta, que si afinaba un poco más la atención podría escucharlo todo.

En ese instante—

—¡!

Los ojos de Laufe, el duque, se encontraron de lleno con los del caballero.

A través de la máscara negra, brillaban rojos como la sangre. Aquella mirada lo atravesaba sin permitirle el menor movimiento. Una sensación indescriptible reptaba por su espalda.

Pasaron unos segundos, o al menos así lo percibió, hasta que comprendió. No era casualidad que sus miradas se cruzaran, y lo que trepaba por su espina dorsal no era otra cosa que un aviso instintivo de su propio cuerpo.

En cuanto lo entendió, bajó la vista. No debía intentar escuchar más, ni dar señales de que observaba. Al fin y al cabo, esa era la razón por la que lo habían puesto a vigilar allí.

“Estoy loco.”

Por un instante de curiosidad había estado a punto de desobedecer a su señor. El peor error posible. Si cometía otra falta, el duque podría castigarlo severamente.

Su deber no cambiaba: no dar importancia a lo que veía ni a lo que oía, y esforzarse por olvidarlo todo. Como siempre debía hacerlo.

…Aunque, incluso mientras se imponía ese olvido, había algo que seguía rondándole la mente. Con gesto incómodo, repasó lo que había escuchado.

“ Estoy seguro… ¿no usaron un tono informal?”

El duque hablaba como si aquella situación le resultara familiar. Lo había oído varias veces, así que no podía ser un error. Eso significaba que la relación entre ambos era mucho más cercana de lo que él había imaginado.

“No, esto no es solo cercanía…”

Tragó saliva en seco. De pronto le vinieron a la mente aquellos rumores que siempre había considerado triviales, bromas sin importancia.

Rumores irreverentes, que decían que entre el duque y su asistente había algo más. Historias que circulaban discretamente entre quienes habían llegado con él desde el señorío.

“¿Será cierto…?”

Por primera vez, el caballero sintió que aquellos rumores podían tener fundamento.

Entonces cerró los ojos con fuerza. Fuera cual fuera la verdad, jamás difundiría nada de lo que había visto o comprendido aquella noche.

Aunque, en el fondo, tenía la extraña sensación de que, incluso sin que él dijera nada, tarde o temprano todos acabarían enterándose…