El gato está en huelga Cap. 197
Tal como había prometido, Justin regresó antes de que pasara un minuto. Pero, salvo la máscara que aún cubría su rostro, no había nada intacto en él: ropa y cabello estaban completamente desordenados.
“ No veía esta apariencia desde lo de Edler.”
Era la prueba de lo apresurado que había estado.
De cualquier modo, Ries volvió con él al despacho. Dudó un instante en abrazarlo, pensando que aún podía oler a sangre… pero ¿cuándo había sido eso un obstáculo para Justin?
“Ni pensarlo.”
Ries se lanzó de inmediato a sus brazos.
Sepite, en cambio, no los acompañó. Por supuesto, Ries intentó llevárselo, sujetando sus aletas con las patas, pero el muñeco estalló en cólera.
—¡Suéltame! ¿Eh? ¿No me sueltas?
—¿Nyung?
— ¿Y ahora te haces el desentendido? ¿Para qué voy a seguirlos hasta allá? ¿Para repetir lo que ustedes digan? ¡Uf! No pienso meterme más.
Ante esas palabras, Ries no pudo insistir. Sepite se estremeció y desapareció hacia el otro lado, casi huyendo. Al verlo marchar, Ries tuvo el presentimiento de que no volvería a la habitación en toda la noche.
Aunque no era tan extremo como cuando arrastraba al sirviente capturado, los pasos de Justin eran rápidos mientras llevaba en brazos a un gato. Ries hundió la cabeza en su brazo y prestó atención al ambiente.
En realidad, estaba percibiendo la agitación que se extendía por la mansión. Si afinaba el oído, podía distinguir las voces de los sirvientes murmurando entre ellos.
—Yo vi al duque llevándose a un sirviente.
—¿Tú estabas allí? Dicen que fue aterrador. Alguien incluso se orinó del miedo.
Así que había pasado algo así.
Ries sintió que acababa de enterarse de un secreto que prefería ignorar. No sabía si era cierto, pero si lo era… mejor rezar en silencio por esa persona.
—¡Ay, no! Eso no es lo importante. ¿Te acuerdas de Ben?
—¿Hablas de ese tipo callado y sombrío? ¿Qué pasa con él?
—Pues resulta que intentó capturar al señor espíritu para venderlo.
—…¿Está completamente loco?
La conversación al otro lado se volvió bulliciosa.
Con unos sentidos tan agudos como los de un gato, Justin no podía dejar de escuchar aquel murmullo. Sin embargo, los sirvientes que hablaban no tenían idea de que los protagonistas de su charla estaban justo cerca, oyéndolo todo.
—Ahora entiendo por qué el duque se enfureció. Él aprecia muchísimo al señor Ries. ¡Debió romperle todos los huesos!
—De hecho, sí que se los rompió.
—¿En serio? ¡Pues muy bien hecho!
Entre los que habían acudido al alboroto, había al menos uno que, pese al miedo, supo razonar con claridad.
Gracias a eso, Ries pudo escuchar la opinión general que circulaba entre ellos.
“Qué alivio.”
Sus ojos se suavizaron poco a poco. Lo que más temía se había resuelto sin necesidad de que él interviniera: la percepción de los demás se inclinaba a su favor. Por fin podía respirar con tranquilidad.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
Pero aún quedaba una tarea pendiente. Justin lo había depositado con cuidado sobre un cojín y se había apartado un paso.
—…Eso…
Sus labios se movían, pero no decía nada. Ries sospechó que, si lo dejaba, acabaría disculpándose otra vez. Así que se adelantó, cambiando de postura. No pensaba repetir toda la explicación de lo ocurrido ni de sus sentimientos; bastaba con mirarlo directamente a los ojos.
—Vamos, mírame.
El gesto siguiente fue sencillo: tomó su mano y la colocó sobre su propio cuerpo. El estremecimiento que recorrió los dedos de Justin se sintió claramente en la piel.
—Tócame. ¿Tengo alguna herida?
—N-no… espera, esto es demasiado…
—¿Qué esperas? Si no lo compruebas tú mismo, ¿cómo vas a saberlo?
Los ojos de Ries brillaron con la agudeza de un gato al acecho. Era una presión descarada, una exigencia clara: hazlo ya.
Al final, incapaz de resistir aquella mirada, Justin empezó a mover la mano lentamente. Ries creyó escuchar el sonido de una saliva tragada con nervios, aunque no estaba seguro; toda su atención estaba puesta en la sensación de la mano de Justin recorriendo su ropa.
Le rodeó los brazos y las muñecas con un gesto circular, los frotó suavemente, y con la punta de los dedos repasó su torso. Cuando se inclinó para revisar las piernas y los tobillos, Ries lo observó desde arriba, contemplando la redondez de su nuca con una impresión extraña.
El silencio se volvió sofocante.
Le hacía cosquillas, y la vergüenza llegó tarde, pero apretó los labios y aguantó. Después de haber hablado con tanta firmeza, no podía echarse atrás ahora.
El tiempo pasó como una eternidad.
—Entonces… ¿qué tal? ¿Encontraste algo?
—…No. Nada.
—Exacto. No estoy herido.
Por fin Justin dio su respuesta. Ries asintió como si ya lo hubiera sabido y añadió, corrigiendo su pensamiento:
—Para ser exactos, llegaste antes de que me hicieran daño.
—La gente a eso lo llama proteger.
Ries atrapó la mano que vagaba indecisa en el aire. Para el Justin silencioso, le ofreció una elección clara:
—Vamos, dime. ¿Me protegiste o no?
—…Sí. Te protegí.
—Eso es. Entonces no tienes por qué culparte.
—Ja, ja…
La risa fue débil, pero al menos no negó la verdad. Su expresión se suavizó y el color de su rostro volvió a ser el de siempre.
Mientras lo observaba con detalle, Ries recordó de pronto aquellas palabras que no había podido refutar en su forma de gato:
“Y además… mostrarte así, con esta faceta mía.”
Justin siempre había sido así. Detestaba que él viera su lado cruel, y no quería que sus ojos se mancharan con escenas que él mismo había provocado.
En ocasiones anteriores, como cuando atraparon al mago con orden de búsqueda o cuando apresaron a los implicados en el mercado negro, había sucedido lo mismo. La única diferencia ahora era que Justin había estado a punto de perder la razón y reaccionar con demasiada violencia.
“ Eso es lo que lo inquieta.”
Al verlo casi en estado de pánico, balbuceando incoherencias, Ries estaba seguro de que era así. Esa preocupación se le clavaba como una astilla bajo la uña, imposible de ignorar.
—Oye, Justin.
—¿Hm?
No lo decía para prevenir futuros incidentes ni por pensar que algo semejante volvería a ocurrir. Incluso si nunca más enfrentaban una amenaza, Ries habría querido expresarlo.
—¿Justin se disgustaría si yo matara a alguien? Si rompiera brazos y piernas, o… no sé, los cortara. Si hiciera cosas así.
…Los ejemplos eran, quizá, demasiado extremos.
—¿Entonces me evitarías?
—No. Nunca.
Justin negó con firmeza, tan tajante como los ejemplos que le había planteado.
Fue entonces cuando la sonrisa de Ries se relajó. Era la reacción de alguien que había confiado plenamente en recibir esa respuesta. ¿Podía existir una prueba más perfecta de empatía mutua?
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
Menos de un día después, la verdad del incidente salió a la luz.
—¿Quería venderlo en el mercado negro?
—…Sí.
El tono de Justin era especialmente sombrío, acorde con la gravedad del asunto. Aunque intentaba calmarse, tomando aire, Ries no se sorprendió demasiado.
El hombre tenía la misma maldición que todos los demás relacionados con el mercado negro. ¿Qué otra cosa podía hacer alguien así con un espíritu? Era lo que había esperado desde el principio.
El problema era que había más detalles.
Primero:
—Por precaución, volví a reunir información sobre los sirvientes que residen en la mansión y aproveché para realizar algunos interrogatorios ligeros.
Era la primera vez que un implicado aparecía dentro de la propia casa, en lo que era prácticamente su patio. Por eso la expresión de Justin estaba cargada de incomodidad.
—¿Encontraste a alguien sospechoso?
—No. Nadie destacaba. Pero tampoco es seguro. Ese tal Ben, por ejemplo, aparte de ser callado, parecía completamente normal.
Mientras el implicado no perdiera la razón y actuara de manera evidente, la maldición no se mostraba en apariencia. Con simples preguntas o breves interrogatorios, descubrirla era casi imposible.
En otras palabras, para una investigación adecuada habría que escarbar en detalle: los movimientos de las últimas semanas, las relaciones más íntimas, toda la información minuciosa.
Un individuo no sería problema. Pero si los sospechosos eran decenas, la cantidad de tiempo y personal que se consumiría era obvia.
Y ni siquiera había garantías de que esos “hilos” se limitaran a los sirvientes. En el peor de los casos, habría que revisar a todos los miembros de la mansión, incluidos los caballeros.
“ Claro, eso sería lo peor.”
Pero había una alternativa mucho mejor. Ries se encogió de hombros con aire confiado.
—Lo que necesitas es alguien que pueda distinguirlos, ¿no? Yo te ayudaré.
Aunque se le cansaran los ojos si se prolongaba demasiado, bastaba con un esfuerzo para separar lo blanco de lo negro. Y nadie más podía hacerlo.
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