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El gato está en huelga Cap. 191


Aunque convivir con Justin y ver varias veces cómo ella cruzaba la línea había hecho que se le agotara toda la paciencia, lo cierto es que esos “detalles descubiertos” no cambiaban.

Pensaba que seguiría siendo así en adelante.

—La última vez que la vi me pareció algo extraña, pero no creí que fuera capaz de hacer semejante cosa sin pensar en las consecuencias.

En cuanto recibió la noticia, aquella certeza se resquebrajó. Al menos la Diana que Ries había conocido era ambiciosa, sí, pero también temerosa, y no parecía alguien que se atreviera a llegar a un extremo tan radical.

Claro que, cuando una persona es acorralada, ¿qué no podría hacer? Lo que nadie sabía era qué la había empujado hasta ese punto, ni por qué habría intentado matar a alguien cercano.

—Quién sabe.

Justin, que hasta entonces había escuchado en silencio, parecía tener una opinión distinta. La caricia ligera en su oreja lo hizo volver la mirada hacia quien estaba sentado a su lado.

—Yo también me encontré muchas veces con esa sacerdotisa. Cada vez que me miraba, no veía a mí, sino otras cosas. Lo que podía obtener de mí, lo que podía lograr usándome…

El rostro, ya sin máscara, dejaba leer mejor las expresiones. Sus ojos parecían rastrear un pasado lejano, pero el gesto no era nada agradable.

—Por supuesto, en aquel entonces yo estaba en peor estado, un hombre encerrado en sí mismo que rechazaba toda comunicación. Tal vez por eso ella no tuvo más remedio que aferrarse a esas cosas.

—¿Qué? ¿Por qué hablas así? No tenías nada de horrible, ni estabas encerrado.

Como era de esperar, la voz de Ries se apagó en protesta. No soportaba las palabras que él había elegido.

—Lo sé. Ahora también lo sé. Todo gracias a ti.

Una breve risa rozó su oído. La mano que apartaba con cuidado los mechones detrás de su oreja parecía querer consolarlo.

—Cada vez que ocurría aquello, sentía un malestar en el estómago. Ahora que lo pienso, era esa mirada la que me incomodaba. Se parecía demasiado a la de mi tío cuando me observaba de niño.

—Conozco bien los ojos de quienes, arrastrados por la ambición, pueden cruzar la línea. Da igual si son miedosos, tímidos o indecisos. Fingir por fuera lo que no se siente dentro es uno de los pocos talentos comunes a los humanos.

Puede que alguien la hubiera instigado desde cerca.

El gesto de fruncir apenas el ceño añadía gravedad, aunque su voz ya no sonaba tan al filo como antes. Era, al menos, un alivio.

Ries no preguntó qué quería decir con eso; en cambio, se recostó en el hombro de Justin y repasó lo escuchado. Creía entender, más o menos, lo que él intentaba transmitir.

¿El entorno? ¿Las personas a su alrededor? ¿El carácter? Podían influir, sí, pero no eran factores decisivos. Lo mismo debía de aplicarse a Diana.

“ Así que… lo que quiere decir es que no me preocupe demasiado.”



Así que… lo que quiere decir es que no me preocupe demasiado.”

Aunque aún quedaban dudas, sus pensamientos se ordenaron un poco gracias a ello.

En realidad, lo que más lo inquietaba era la maldición que habitaba en el cuerpo de ella.

El día en que, con ayuda de Greus, se atrevió a darle un golpe ligero, Ries había visto otra maldición escondida bajo la de Justin.

Por eso, al recibir la noticia, fue lo primero que le vino a la mente.

“¿Y si fue arrastrada por esa maldición?”

Pensó que quizá la había obligado a cometer actos que no deseaba. Esa idea lo incomodaba, lo mantenía alerta… aunque, al pensarlo de nuevo, no era tan simple.

Decían que la maldición elegía el recipiente que le agradaba. En un pasado lejano había escogido a Sepite, un recipiente perfecto, capaz de soportarla sin quebrarse.

Si la maldición que habitaba en Diana era del tipo que incitaba a dañar y herir, entonces la había considerado un recipiente adecuado para “ese tipo de actos”.

“ Así que no todos cruzan la línea en las mismas circunstancias, ¿eh?”



Así que no todos cruzan la línea en las mismas circunstancias, ¿eh?”

Volvió a hundir la cabeza en el hombro de Justin. Había llegado a una conclusión, pero eso no la hacía menos dolorosa. El sabor era amargo.

En ese instante, un rostro se le vino a la mente. El de un hombre que, antes de escapar de aquella casa que le provocaba repulsión con solo recordarla, solía aparecer pegado a Diana de manera casi sofocante.

Chesif Merillin.

“¿Seguirán juntos todavía?”

Se comportaba como si fuera a cuidarla toda la vida, pero nunca se sabe. Había pasado bastante tiempo desde entonces; quizá ya se habían separado.

Y si seguían manteniendo una relación cercana…

“Él no puede ignorar lo que le ocurrió a Diana.”

No sabía cómo reaccionaría. El silencio reciente, sin noticias ni siquiera en las investigaciones de la familia imperial y la casa ducal de Laufe, hacía pensar que quizá todo se estaba dejando pasar en calma.

Como no era alguien de buen carácter, bien podía intentar cortar de raíz su relación con Diana sin titubeos. Al fin y al cabo, aunque fuese cabeza de una antigua familia noble, la acusación de intento de asesinato contra una alta sacerdotisa del culto marino era demasiado pesada para sobrellevarla.

Pensando hasta allí, de pronto…

“…Pero.”

De verdad, de pronto, aquella idea comenzó a asomar.

“¿De veras no sabía que ella sería capaz de algo así?”

Un frío le recorrió el pecho. Su instinto, ese que tantas veces lo había guiado, vibró con fuerza.

No tenía pruebas ni nada concreto, pero la sospecha lo rozaba: quizá detrás de lo que Diana había hecho no estaba solo la maldición, sino también el propio marqués Merillin.

—¿Ries?

Tal vez porque su rostro se endurecía a medida que acumulaba hipótesis, Justin lo llamó suavemente, ofreciéndole el hombro. Fue como despertar de golpe.

Al fin y al cabo, tenía a alguien cerca que lo creería incluso sin pruebas, alguien dispuesto a investigar en su lugar.

—Verás…

Ries volcó enseguida lo que bullía en su mente. Cuanto más relataba, más seria se volvía la expresión de Justin. Parecía pensar que aquella posibilidad no era descabellada.

—Es un asunto de hace bastante tiempo, pero llegué a descubrir indicios de que el marqués Merillin había movido hilos en favor de esa sacerdotisa.

Sobornos a sacerdotes superiores, maniobras para enviar a rivales a otras regiones… trucos de ese estilo.

Si salía a la luz, el templo se vería sacudido, aunque comparado con una acusación de intento de asesinato contra la gran sacerdotisa, aquello era apenas una gota en el mar.

Pero visto desde otro ángulo, significaba que él conocía bien la estructura interna del templo. Justin lo entendió, asintiendo con la cabeza.

—Encárgale que lo investiguen.

Solo entonces Ries se sintió algo más tranquilo. Los nervios, que habían estado agitados, comenzaron a calmarse.

Y en ese sosiego, otras preocupaciones empezaron a abrirse paso. Su atención se desvió hacia otra noticia que habían escuchado juntos.

“¿Melissa estará bien?”

La expresión que ella había mostrado al recibir la noticia de la muerte de sus padres seguía grabada en su memoria. Era un rostro distinto a cualquiera que hubiera visto en ella, salvo aquella vez en que se culpaba por no haber cumplido bien su labor de escolta. Por eso resultaba tan difícil de olvidar.

En realidad, no podía imaginar con claridad qué sentiría ella. En esta vida no había tenido padres, y en la anterior, aunque sí los había tenido, los recuerdos se habían desvanecido por completo.

Aun así, sabía bien que la figura de los padres era algo muy importante. Más aún en el caso de Diana, cuya relación con su padre parecía bastante complicada; por eso su ánimo debía de estar más turbado.

Ries frotó la cabeza contra la tela áspera de su ropa. Cuando los asuntos de la familia quedaran resueltos y ella regresara, pensaba acompañarla un rato en su forma de gato. Al fin y al cabo, ¿qué mejor terapia contra la tristeza que la compañía de un gato?

—Pareces tener muchas cosas en mente.

—Mmm…

Apenas terminó de hacerse aquella promesa, Justin le acarició la cabeza. Era un gesto tan cuidadoso y afectuoso como cuando lo trataba en su forma felina.

—Un poco. Pero ahora estoy bien.

Respondió mientras sacudía con suavidad algunos pelos amarillos que se habían quedado pegados a la manga de él. Sí, no había necesidad de angustiarse tanto por cosas que aún no habían ocurrido.

Así que decidió concentrarse en Justin, que estaba justo frente a él. Días como aquel, en que no había tanto trabajo, eran raros, y debía aprovecharlos al máximo.

Pero la resolución de Ries se derrumbó a los pocos días, antes siquiera de empezar.

—…¿Por qué no viene?

Melissa, que debía regresar pronto, se ausentó durante mucho más tiempo del esperado.

Toc, toc. Los dedos golpeaban con nerviosismo la larga mesa de madera.

Plumas rotas, documentos desgarrados, porcelanas agrietadas y macetas volcadas. En aquel lugar, lleno de objetos claramente destrozados a propósito, Chesif resoplaba solo, mascullando entre dientes.

—¡Maldición!

Crash. Otro objeto salió disparado contra la pared. Esta vez fue un candelabro caro, reducido a pedazos.

Pero Chesif llevaba demasiado tiempo fuera de sí como para preocuparse por detalles semejantes. La ansiedad, que le subía hasta la garganta, le roía los nervios sin descanso.

—Nada se resuelve.

Por alguna razón, el príncipe heredero había puesto los ojos en la casa del conde Yucalt, en la que Chesif llevaba años trabajando con esmero.

¿Y qué decir de Diana?

—Estúpida mujer.

Al menos, si Diana hubiera matado al gran sacerdote y luego hubiese sido capturada, Chesif no estaría tan furioso. Pero ella ni siquiera logró deshacerse de aquel anciano y terminó encerrada en prisión.

La sensación de ver cómo todo lo construido se derrumba uno tras otro siempre resulta insoportable. Solo en esta ocasión, la cantidad de recursos y dinero consumidos era…

“¿Acaso invertí realmente en ello?”

Al pensarlo, le parecía que había actuado con excesiva impulsividad. Lo mismo con el asunto del gran sacerdote. ¿Existía otra pieza tan útil como Diana, con un poder sagrado tan vasto, pero al mismo tiempo ambiciosa y estúpida?

No se le ocurría nadie. Para conseguir un recurso semejante tendría que invertir mucho tiempo y dinero. Y aun así, Chesif la había empujado sin vacilar hacia la boca del lobo.

“¿Por qué lo hice?”

La respuesta era simple.

Quería matarlo. Quería eliminar de su vista todo lo que le estorbara. Y justo entonces, aquel anciano, con tan pocos días de vida por delante, se le había vuelto insoportablemente molesto.