Regresar
DESCARGAR CAPITULO

El gato está en huelga Cap. 189


El corazón se le desplomó como si cayera al vacío. Había comprobado que todos se habían marchado antes de entrar, pero al girar la cabeza vio a varios caballeros sagrados bloqueando la salida con toda intención.

Con rapidez escondió el frasco en la mano, aunque era imposible que hombres entrenados como ellos no lo hubieran visto. Sentía cómo sus miradas se cargaban poco a poco de sospecha.

—E-esto… yo…

Por primera vez desde que había entrado al templo, se enfrentaba a ojos llenos de desconfianza. La mente se le quedó en blanco y los labios le temblaban. Buscaba desesperada un asidero, moviendo los ojos de un lado a otro, cuando detrás de los caballeros apareció una figura conocida: rostro sencillo, cicatriz en la mejilla, vestiduras sacerdotales marcadas por los años tanto como las del sumo sacerdote. Era el cardenal Alton.

Al verlo, Diana se arrodilló de inmediato.

—Lo siento. Sé que no debía hacer algo así por mi cuenta… pero el sumo sacerdote no muestra señales de despertar y, ahhh… mi corazón está demasiado inquieto.

Sacó el frasco temblando de entre sus ropas y levantó la cabeza apenas, en un ángulo calculado para que las lágrimas en sus ojos fueran visibles.

—Sacerdotisa Diana. Está bien, levántese primero.

—No. Sé cuál es mi falta. Sé cómo debo de verme ahora mismo. Seguro les parezco muy sospechosa…

Su tono de autoinculpación, tan doliente, hizo vacilar a los que custodiaban la puerta. Era evidente: la fama de candidata a santa, la sacerdotisa que recorría las calles infestadas de ratas y tocaba con sus manos a los enfermos, brillaba en ese instante.

Con voz suplicante, Diana continuó:

—Escuché que ni siquiera con el poder divino han logrado que abra los ojos. Estoy tan, tan preocupada… y me aterra que mi fuerza no sirva de nada.

—Hmm…

—Pero yo… yo no puedo rendirme. No puedo. Si existe alguna manera de lograr que despierte, quiero intentarlo, sea cual sea. Por eso… busqué fuera y conseguí esta hierba.

El contenido del frasco podía ser descubierto, pero no importaba. Aquellos que solo confiaban en el poder divino jamás conocerían el uso oculto de esa planta.

Los caballeros sagrados intercambiaron miradas entre sí. La intención de someterla de inmediato y someterla a interrogatorio se había disipado en gran medida.

Pero la reacción que Diana deseaba no era la de ellos. Sus ojos se deslizaron hasta posarse en el cardenal Alton, que estaba entre los caballeros.

Él frunció el ceño y la reprendió:

—Aun así, has actuado con imprudencia. ¿Y si esa hierba que trajiste de la calle causara problemas? Incluso si tuviera algún efecto, debiste consultarlo con nosotros, al menos conmigo, antes de intentar algo. ¿Qué significa este espectáculo de colarte en secreto?

—Lo sé. Lo siento. De verdad lo siento. No quería quedarme de brazos cruzados esperando noticias, quería intentar algo… y perdí la razón por un momento. He hecho algo que no debía.

Diana inclinó la cabeza dócilmente, pidiendo perdón. Si con ello podía escapar, estaba dispuesta a complacer.

En realidad, lo único que deseaba era que el cardenal Alton la defendiera y suavizara la situación.

“ Tuve suerte.”



Tuve suerte.”

Si hubiera sido otro cardenal, o si solo los caballeros la hubieran sorprendido, habría estado en serios problemas.

Pero Alton era distinto. Entre los cardenales, era el que más la apreciaba.

Él veía la relación entre Diana y el sumo sacerdote como algo más que la de un benefactor y su protegida: la consideraba una familia entrañable, aunque no hubiera lazo de sangre.

A Diana aquello le resultaba molesto, pero nunca lo corrigió. Algún día podría aprovechar esa ilusión.

…Y ahora era precisamente el momento de hacerlo.

El cardenal Alton aceptaría su explicación. La “Diana” que él conocía era una niña que haría cualquier cosa por salvar al sumo sacerdote, alguien que no soportaba quedarse sola.

Sin embargo, antes de que el cardenal pudiera responder, ocurrió lo inesperado.

Alguien arrebató el frasco de las manos de Diana.

—¡Ah!

—Cardenal Alton, no me diga que está cayendo en estas palabras tan fácilmente.

Alzó la vista apresurada y vio a una mujer. Cuerpo delgado, gafas, cabello recogido en un moño, mirada afilada… y una leve risa sarcástica.

—Esto es… sí. Extracto de hierba espinosa. Una planta buena contra el insomnio, pero sin efecto alguno para tratar a un paciente inconsciente.

La mujer destapó el frasco sin dudar, olió el contenido y probó una gota con el dedo meñique. No había vacilación: parecía haber previsto desde el principio lo que encontraría.

Pero lo más molesto no era eso.

—¿Podría ser que la engañaron?

—Incluso en este punto, sigue siendo optimista.

El cardenal Alton no mostraba intención de expulsarla; al contrario, parecía considerar natural que permaneciera a su lado.

En ese instante, una revelación atravesó la mente de Diana.

“ Desde el principio vinieron juntos .”



Desde el principio vinieron juntos

.”

Sí, la estaban apuntando a ella.

Un intenso sentimiento de traición brotó desde lo más profundo de su pecho. Diana bajó la cabeza y apretó los dientes con furia, incapaz de controlar su expresión.

Pero al escuchar la siguiente frase, no pudo evitar levantar la mirada, mostrando su rostro crispado.

—¿Quiere que le cuente un hecho curioso? Esta hierba espinosa, usada sola, apenas ayuda a dormir. Pero combinada con ciertas plantas, se convierte en un veneno bastante fuerte. Hace que uno duerma para siempre.

—…No puede ser.

—Sí, exactamente. Significa que mata. Es algo engorroso, porque requiere que la víctima consuma otras dos hierbas durante un largo tiempo, pero es muy discreto. Se usó en varios casos de asesinato que sacudieron al Imperio, y fue bastante apreciada en secreto.

La explicación continuó: que por su peligrosidad la información estaba restringida al público, que incluso entre los investigadores pocos conocían sus efectos…

Pero Diana ya no escuchaba. No quería escuchar. Sin embargo, la última frase se le quedó pegada en los oídos como una mancha viscosa.

—En ese sentido, esta sacerdotisa puede considerarse muy desafortunada.

—Ah… ja, ja. ¡Ja, ja, ja!

No pudo evitar reír abiertamente.

La balanza que mantenía el equilibrio se resquebrajó. Las miradas, que apenas dudaban, se afilaron de nuevo y se clavaron en ella. La mujer, al verla reír sin control, se encogió de hombros.

—Pensé que negaría todo, por eso traje pruebas. Pero no hacen falta.

—Diana…

En sus manos había varios documentos. Al verlos, y al enfrentar la risa desbordada de Diana, el cardenal Alton cerró los ojos con fuerza.

Diana se levantó tambaleante. El corazón seguía golpeando con violencia, pero su cuerpo se sentía extrañamente ligero.

¿Por qué? ¿Por qué había tenido miedo? ¿Qué la había asustado tanto?

“Podía haber sido descubierta. ¿Por qué temía tanto?”

Ahora, incluso sentía euforia. ¡Qué alivio era reconocerlo!

…Pero aquella sensación no duró mucho. De pronto, un pensamiento echó raíces en su mente.

“ Cierto. Debo convertirme en santa.”



Cierto. Debo convertirme en santa.”

Y para lograrlo, no podía ser capturada de esta manera.

En un instante su expresión se endureció. La actitud risueña desapareció, y Diana comenzó a llorar desconsoladamente, suplicando:

—No, no es cierto. Yo nunca hice algo así. Cardenal Alton, usted lo sabe, ¿verdad? ¡Sabe cuánto he seguido al señor Greus!

—…Basta.

—¿Cómo puede tratarme así? No debería. Ningún sacerdote posee tanto poder divino como yo, y soy la única candidata a santa. ¿Y me trata de esta forma, cuando el sumo sacerdote está en este estado?

—Sacerdotisa Diana. ¡Deténgase! ¿Hasta dónde piensa llegar con esta vergüenza?

—Ahora solo yo puedo guiar el templo. ¡Yo, que pronto ocuparé el lugar de santa!

Dejó escapar todos los pensamientos que se agolpaban en su mente. Cuanto más hablaba, más se crispaban los rostros frente a ella.

No lo entendía. Para ella, aquello no era más que una verdad incuestionable, algo que había creído toda su vida.

Sentía rencor. Al mismo tiempo, era la primera vez que expresaba sin ocultar nada su auténtica verdad, y eso la embargaba. Imaginarse en el puesto de santa la llenaba de un éxtasis indescriptible.

“¿Por qué estoy así?”

Incluso para ella, sus emociones resultaban extrañas, fluctuando sin control. Sacudió la cabeza con fuerza, pero nada cambiaba. Entonces escuchó un chasquido de lengua.

—Tsk. Esa clase de delirios son una enfermedad.

Le resultó insoportablemente repulsivo.

La voz que últimamente resonaba en su mente la incitaba: “Mátala, mátala, mátala, acaba con ella.”

Si había logrado reducir a Greus, su antiguo protector, a ese estado, ¿qué le impediría acabar con esa mujer?

Así que intentó lanzarse sobre ella. Quería abalanzarse, atrapar su cuello y quebrarlo, silenciar de una vez esas palabras odiosas.

Pero en el siguiente instante, Diana no pudo dar un paso más. Se quedó rígida en el lugar.

Alguien había sujetado su muñeca.

—Diana.

—Ah… ah…

—Detente.

No podía respirar. Al volverse, encontró una mirada que estaba convencida de que jamás volvería a ver. Los ojos arrugados, cargados de compasión, desgarraron su pecho.

No tuvo fuerzas para resistirse ni para apartarse. Retrocedió unos pasos y quedó rígida en el lugar, apenas moviendo los labios con dificultad.

—¿Por qué… cómo?

Había seguido las instrucciones al pie de la letra. Cada día le hacía beber té preparado con hojas de gamrocho, y en el incensario de sueño ponía polvo de setas secas.

Según lo que había oído, Greus debía estar al borde de la muerte. Y, sin embargo, ahora tenía los ojos abiertos, mirándola directamente.

La razón la comprendió enseguida.

—A partir del tercer día, cambié en secreto el contenido del incensario.

—…Ah, ja, ja. ¡Entonces lo sabía desde el principio! ¡Nunca lo imaginé!

Una risa vacía escapó de sus labios. Descubierta desde hacía tiempo. ¡Desde el principio!

“ Me engañaron.”



Me engañaron.”

Diana sintió una humillación punzante, como un hierro ardiendo en los huesos. Su sonrisa se secó, rígida. Y, como hacía tiempo que había perdido las riendas, dejó escapar sin filtro lo que realmente sentía.

—¿Te complace engañarme así? ¿Te alegra acorralarme? ¿Solo te sentirás satisfecho si me ves caer por un precipicio? Una vez dijiste que me considerabas como a tu propia hija.