El gato está en huelga Cap. 186
En aquel momento, los pensamientos de Melissa eran estos:
‘¿Dónde… está mirando?”
La mirada de Ries se desviaba una y otra vez, como si hubiera algo justo a su lado. Pero cuando ella seguía el rumbo de esos ojos… allí no había nada.
Tras repetirlo varias veces, un escalofrío desconocido le recorrió la espalda. Y de pronto, sin venir a cuento, le vino a la mente un rumor escuchado años atrás en el mercado:
¡Los gatos pueden ver las almas recién desprendidas del cuerpo!
El sudor empezaba a enfriarse, su cuerpo se volvía helado, afuera la lluvia caía a raudales, y en el largo pasillo no se percibía presencia humana aparte de ellos. La combinación de todo aquello hacía que sus pensamientos se escaparan hacia lugares más siniestros de lo habitual.
Al fin, Melissa se encogió sobre sí misma y, con una voz temblorosa que no era propia de ella, preguntó a Ries:
—¿A, acaso… aquí hay un fantasma?
En ese instante, Ries la miró con unos ojos que parecían a la vez compasivos, preocupados y extrañamente ambiguos. ¿Sería solo una impresión suya? Ella decidió atribuirlo a un error de percepción.
Pero no lo era. Ries realmente la observaba de esa manera.
Un espíritu había pasado fugazmente por allí. Era su padre. Que Melissa pronunciara aquellas palabras justo después de que él alcanzara el descanso eterno… no sabía si era una fortuna o una desgracia.
Ries soltó un largo suspiro y desvió la mirada. Como si lo hubiera estado esperando, se encontró con los ojos de Sepite y le lanzó varios maullidos:
—Meoorgh. Nyaak. Meow.
Su interior seguía revuelto. Le pesaba no haber permitido que Melissa escuchara directamente la última despedida de su padre, y le quedaba un leve resquemor por haberse limitado a contemplar, sin hacer nada, el tránsito del alma.
Aun así, lo que debía transmitirse, debía transmitirse. Por muy distantes que hubieran estado, la familia seguía siendo familia. Melissa tenía derecho a saberlo todo.
―Ay… qué destino el mío.
De pronto, Sepite, atrapado en medio y convertido en mensajero, dejó escapar un lamento apenas audible. …Lo había previsto al traer al hombre, de modo que desde el principio no tenía opción alguna.
—Señor hada… ¿qué fue lo que dijo el señor Ries hace un momento…?
―Que vuelvas a casa. ¿Hay alguien de tu familia que últimamente haya estado enfermo?
—……¡!
Apenas transmitidas aquellas palabras, Melissa quedó petrificada en el sitio. Bajo el cabello desordenado por el sudor, su rostro se iba tornando tan pálido como una hoja de papel.
En realidad, la frase había sido casi un rodeo, y Sepite nunca mencionó la palabra “muerte”. Sin embargo, ella conocía un rumor que había circulado en la mansión.
El testimonio de la afectada era este:
‘ ¿El señor Ries? Es alguien a quien le debo mucho. Una vez me empujó suavemente la espalda diciéndome que fuera a casa… y resultó que mi abuela había fallecido. No tenía a nadie más que pudiera atenderla…’
‘
¿El señor Ries? Es alguien a quien le debo mucho. Una vez me empujó suavemente la espalda diciéndome que fuera a casa… y resultó que mi abuela había fallecido. No tenía a nadie más que pudiera atenderla…’
El día que regresó a la casa adosada tras el funeral, lloró desconsoladamente, agradeciendo que gracias a él había podido despedirse a tiempo de su ser querido.
Al recordar aquello, Melissa pensó de inmediato en una muerte. La de su padre, cuya enfermedad se había agravado recientemente.
La relación era distante, y ella lo odiaba por haber intentado aplastar sus sueños. Pero tampoco podía permitirse la desvergüenza de no visitar a alguien que estaba enfermo.
‘Al fin y al cabo, es familia.’
De niña, antes de empuñar la espada, él había sido cariñoso con ella…
Sin embargo, tras aquella única visita, no volvió a verlo. La última imagen de su padre había sido demasiado parecida a la de un cadáver: vivo, respirando, pero con aspecto de muerto.
El cuerpo consumido, la respiración tenue, los ojos cerrados con fuerza, la voz de mando reducida al silencio. Entonces lo había sentido ominoso, incómodo. Ahora comprendía la verdad:
‘Tenía miedo.’
Miedo de que realmente muriera.
Un roce suave le tocó la pierna. Al mirar hacia abajo, vio a Ries, que la empujaba con la pata y la observaba con ojos preocupados.
Solo entonces Melissa se dio cuenta de que había dejado de respirar. Recuperó la conciencia, forzó el aire a entrar en sus pulmones, y su corazón comenzó a golpear con estrépito, desbocado.
No había manera de saber de qué emoción provenía aquel latido. ¿Sería tristeza? ¿Miedo? ¿O acaso… la culpa de no haber estado en el último momento? ¿El rechazo hacia sí misma por sentir ahora lo que no había sentido antes?
No lo sabía. Melissa no lograba definir nada con claridad, y apenas movió torpemente las comisuras de los labios. Una sonrisa forzada, incómoda, se dibujó sobre su boca.
—…Gracias. Yo… debo ir a casa cuanto antes.
—Meooow… Nyaang.
―Espera .
―Espera
.
Justo cuando se disponía a despedirse y girar el cuerpo tambaleante, Sepite volvió a hablar, apremiado por Ries. Dudó un instante, pero al final transmitió palabra por palabra lo que el espíritu presente había dejado atrás.
Al escucharlo todo, Melissa mostró un gesto que ya había tenido en otra ocasión: un rostro atrapado por una emoción sin nombre que le oprimía el pecho, hasta el punto de olvidar respirar.
Luego, muy lentamente, asintió. Esta vez ni siquiera parecía tener fuerzas para esbozar una sonrisa de cortesía.
—…Lo recordaré.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
A lo lejos, todavía parecía quedar flotando la silueta de una mujer. Los pasos vacilantes, el sollozo tenue que ni ella misma parecía advertir…
Por eso Ries permaneció un buen rato allí, mirando sin descanso hacia el lugar por donde Melissa había desaparecido. Tenía la extraña sensación de que jamás olvidaría lo que estaba sintiendo en ese instante.
Hasta que Sepite, que también fijaba la vista en el mismo punto, añadió unas palabras:
―Fue mi elección. No tienes por qué sentirte culpable con ella.
——Meeeoong. ¿Nyaak?
‘…¿Me está consolando?’
Al preguntar con cautela, lo único que recibió fue una risa burlona.
―¿Consolar? Nada de eso. Solo he dicho la verdad.
Giró bruscamente la cabeza y, con voz hosca, añadió un par de frases más.
Ries sabía que no eran palabras inventadas. Y sin embargo, que eligiera decir solo aquello que podía aliviar su culpa y su carga… ¿no era eso, en cierto modo, una forma de consideración?
Aunque el modo fuera algo tosco. Precisamente por eso le recordó al Justin de sus tiempos más torpes, y su ánimo se alivió un poco.
¿Será que no es casualidad que se parezcan ancestro y descendiente? A veces, al observarlos, encontraba semejanzas inesperadas que le hacían esbozar una sonrisa involuntaria.
—Nyaung.
Como el interesado negaba serlo, Ries asintió rápido con la cabeza. La mirada del muñeco, que se había afilado, se fue suavizando poco a poco.
Después, ambos emprendieron el camino de regreso. Para ser exactos, Sepite siguió detrás de Ries, que iba al frente. Mientras avanzaban, él lo miró de reojo y preguntó:
―¿Ya quieres volver ?
―¿Ya quieres volver
?
—Nyaak.
En realidad, lo único que habían hecho era detenerse por allí y conversar un rato; ni siquiera había pasado mucho tiempo desde que Ries había salido del despacho. Pero no tenía ganas de prolongar más el paseo.
Quizá porque había escuchado el consuelo de Sepite, tan parecido en sus gestos a Justin.
De manera extraña, le entraron unas ganas intensas de ver el rostro de Justin. Aunque no había pasado ni una hora desde la última vez que lo había visto, le resultaba casi ridículo… pero así era.
Ries echó a correr con todas sus fuerzas y regresó de un tirón al despacho. Tenía tanta prisa que ni siquiera le quedaba aliento para girar el pomo de la puerta.
En lugar de dar un salto, eligió sacar apenas las garras y raspar con ellas la puerta.
—…¿Ries?
La puerta se abrió enseguida.
Al otro lado, tras la hoja abierta de par en par, apareció el rostro sorprendido de Justin. Aunque ahora llevaba de nuevo la máscara negra, era fácil adivinar la expresión que ocultaba: la había visto varias veces antes.
Esta vez sí, Ries tensó las patas traseras y saltó con todas sus fuerzas. No hacía falta aferrarse a nada: sabía que Justin lo atraparía.
—Meow.
La intuición fue correcta. Justin movió la mano de manera instintiva y lo recibió en sus brazos. Sintiendo la familiar caricia que acomodaba sus cuatro patas, Ries se acurrucó con empeño en su pecho.
—…¿Pasó algo afuera? ¿Y el ancestro…?
—Prrr. Nyaak.
Se quedó atrás. O mejor dicho, se desvió por sí mismo en el camino hasta aquí.
No sabía si lo había hecho para darles un momento a solas, o si era por esa costumbre reciente de “molestar” con bromas. Fuera como fuese, Ries estaba satisfecho con la situación: solo ellos dos.
Con ojos inciertos, Justin vaciló un instante. Ries le dio unos golpecitos suaves en el brazo y luego señaló con la pata hacia la dirección de la silla desordenada y los montones de papeles.
Justin entendió enseguida.
—…¿Quieres que trabaje?
—Nyang.
—……Está bien. Tienes razón.
Se levantó con pasos cansados y volvió a sentarse en la silla. Ries, aún en sus brazos, se acomodó sobre sus rodillas en lugar de soltarse.
Como siempre, buscó el sitio más cómodo, tanteando un par de veces hasta encontrarlo. Entonces se acurrucó y se dejó caer hecho un ovillo.
En esos momentos, los músculos del muslo bajo él se tensaban, pero al poco rato volvían a relajarse. Hoy no fue distinto.
—Si estás cansado, puedes dormir un rato.
La mano desnuda le acarició suavemente entre las cejas. El día seguía gris, su interior no se aclaraba sino que se volvía más confuso, pero al cerrar los ojos en silencio… parecía que podría quedarse dormido enseguida.
¿Será gracias a Justin, que no preguntaba nada más aunque pudiera hacerlo? ¿O por la calidez de esa mano que acariciaba suavemente su pelaje? Ries, con los párpados cada vez más pesados, parpadeó y volvió a dirigir la mirada hacia la ventana.
La lluvia, que había comenzado mientras salía a pasear, ahora caía con más fuerza; el sonido persistente de las gotas resultaba inquietante.
Y no solo eso. Al ver las densas nubes negras que se acumulaban arriba, parecía inminente que pronto estallaran relámpagos y truenos. Era, sin duda, el tipo de clima que en las novelas se describe como “perfecto para que ocurra algo”.
‘Dicen que las palabras se cumplen…’
Lo que ya había sucedido no podía cambiarse.
La intuición se confirmó. Aquella misma tarde llegaron dos noticias a la vez: la muerte del conde Eucalt y el arresto de Diana.
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