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El gato está en huelga Cap. 185


Cada vez que soltaba una palabra, el gato respondía con sus “miau, miau” tan diligentemente, pero ahora que tenía la atención puesta en otra parte, no era raro que Melissa siguiera también aquella dirección con la mirada.

Al descubrir al muñeco flotando, se iluminó de alegría.

—¿Señor hada? ¿Qué lo trae por aquí?

— ¿Yo? Estaba acompañando a aquel de allá.

¿Yo? Estaba acompañando a aquel de allá.

—¡Ah! ¿Acaso interrumpí algo?

—¿Qué dices? Solo me ausenté un momento.

Aunque para un hada aquel tono áspero podía resultar chocante, Melissa conversaba con él con rostro sereno, sin mostrar incomodidad alguna. Y no era solo Ries quien lo notaba.

El fantasma que acompañaba a Sepite lo observaba fijamente. Era un hombre de mediana edad, con los pómulos sobresalidos y las cuencas bajo los ojos hundidas, como si antes de morir hubiera estado enfermo. Su aspecto transmitía un frío particular.

Impresionaba de manera inquietante, sí, pero al fin y al cabo era un espíritu traído por Sepite, así que no debía de ser malvado. Además, no era extraño que mostrara un gesto severo: cualquiera podría hallar raro que alguien llamara “señor hada” a un muñeco poseído por un alma.

— Melissa……

Melissa……

“¿O quizá no?”

Ries retiró con rapidez aquella suposición. No solo conocía su nombre, sino que la voz con que lo pronunciaba estaba cargada de afecto y urgencia.

“¿ Un conocido?”

“¿

Un conocido?”

Mientras el muñeco y la joven intercambiaban palabras, Ries examinaba de cerca al fantasma que se había aproximado hasta quedar frente a él. Y justo al volver la mirada hacia Melissa, una intuición lo atravesó. No era nada agradable.

“ Se parecen.”



Se parecen.”

El fantasma con forma de hombre y Melissa. Sus rasgos eran distintos, pero al observar sus rostros uno tras otro, había un parecido sutil que no podía pasarse por alto.

Los ojos alargados y claros, la comisura de los labios ligeramente curvada, el puente recto de la nariz y la punta redondeada… Cuanto más hallaba un rasgo tras otro, más se le hundía el ánimo.

¿Acaso la estaba quemando con la mirada? Melissa, de pronto, giró la cabeza y, con gesto incómodo, retrocedió un paso.

—¿T-tanto huele a sudor? Uff, debí echarme encima al menos un balde de agua antes de venir…

Al parecer, seguía preocupada por aquel asunto del “olor a sudor”. Esta vez incluso se inclinó a olfatearse con nerviosismo, husmeando su propio cuerpo con torpeza.

El fantasma, que hasta entonces no había dicho palabra tras pronunciar su nombre, abrió por fin la boca:

—Tsk, una mujer hecha y derecha olfateándose en plena calle, ¿qué espectáculo es ese? Viendo esto, me queda claro que antes de morir ya no tenía esperanzas de casarme… Ah, cierto, ya estoy muerto.

Las palabras que siguieron fueron, contra lo esperado de Ries, un torrente de quejas: ligeras, mordaces, y sin fin.

El rezongo no se detuvo ahí:

—Vaya, desde niña obsesionada con la espada, y al final, ¿huir de casa para hacerse caballera? Astuta criatura… ¿Y porque yo le puse unas cuantas trabas, se mete en la casa ducal?

—Mmm… ¿Miau?

— ¿Y nada menos que en la casa ducal de Laufe? ¿Qué tiene de bueno un lugar donde acecha un monstruo? ¿De quién habrá heredado esa temeridad de llevar el hígado colgando fuera del cuerpo, eh?

¿Y nada menos que en la casa ducal de Laufe? ¿Qué tiene de bueno un lugar donde acecha un monstruo? ¿De quién habrá heredado esa temeridad de llevar el hígado colgando fuera del cuerpo, eh?

—¡Miau! ¡Hiss!

En medio de la diatriba, Ries soltó un tímido “¿Qué tiene de malo la casa ducal de Laufe?”, y hasta lanzó un bufido para que no insultara a Justin, pero el hombre parecía no escucharlo.

Más bien, no era que no pudiera oírlo, sino que no quería hacerlo. La cola amarilla, erizada y esponjada, golpeaba el suelo con desagrado.

Un hombre que no prestaba atención a las palabras difícilmente se fijaría en aquel gesto. Con voz quebrada, seguía soltando sus quejas sin pausa.

—Hasta el último aliento, fui el único que vio más veces a mi hija con un sucio uniforme de caballera y una espada en la mano que con un vestido. Las hijas de otros nobles, dicen, eran cariñosas con sus padres; la mía, en cambio, no hacía más que gritar que quería empuñar una espada…

“Hija.” Esa palabra resonó con fuerza en los oídos de Ries.

“ Lo sospechaba.”



Lo sospechaba.”

Ese fantasma debía de ser el padre de Melissa. Ries recordó una conversación que había tenido con ella tiempo atrás:

—Hace poco, la enfermedad del señor de la casa se agravó y hubo alboroto por la sucesión. Yo no tengo interés en esa posición. No es solo que me falten aptitudes… en realidad, me gusta vivir así, blandiendo la espada.

El hecho de que llamara a su padre “señor de la casa” dejaba entrever cierta distancia. Y aquel comentario sobre la enfermedad explicaba por qué el fantasma tenía un rostro tan demacrado y consumido. Había muerto tras sufrir la dolencia.

Y Melissa…

Ries apartó la mirada del fantasma y volvió a fijarse en el rostro de ella.

Sabía que no estaba libre de preocupaciones, pero las ocultaba tan bien que solo mostraba serenidad. No era el semblante de alguien que acabara de recibir la noticia de la muerte de su padre.

“ Debo decírselo.”



Debo decírselo.”

No lograba imaginar qué expresión pondría Melissa al enterarse.

Por muy mala que hubiera sido la relación, un padre seguía siendo un padre. Al recibir la noticia de su muerte, el corazón inevitablemente se conmueve. Ries vacilaba un instante cuando…

— Si hubiera sabido que acabaría así, debí ser más cariñoso contigo.

Si hubiera sabido que acabaría así, debí ser más cariñoso contigo.

La voz, que hasta entonces no había sido más que reproches y quejas, se fue apagando poco a poco. En el murmullo que siguió se percibía con claridad la culpa y el lamento de un hombre perdido.

— En vez de reprenderte por empuñar la espada, debí animar tus sueños. En vez de imponerte las obligaciones de una dama noble, debí pasar más tiempo contigo…

En vez de reprenderte por empuñar la espada, debí animar tus sueños. En vez de imponerte las obligaciones de una dama noble, debí pasar más tiempo contigo…

Ries volvió a observar el rostro del hombre. Ya era demasiado tarde: las palabras de arrepentimiento que nunca llegarían a los oídos de su hija no eran las de un señor de la casa, sino las de un padre que había perdido demasiado.

Una compasión inútil se alzó en su interior. ¿No era demasiado cruel que una familia no pudiera volver a ver un rostro así, que no pudiera escuchar una verdad tosca pero sincera?

“ Quiero que lo sepa.”



Quiero que lo sepa.”

Quiero que pueda verlo. Ries, como hipnotizado, movió las patas hacia adelante.

— Lo sé. Soy un padre miserable, derramando ahora estos arrepentimientos. Pero aun así, me alegra poder ver tu rostro en el camino de partida. No me juzgues demasiado por egoísta. Siempre fui así.

Lo sé. Soy un padre miserable, derramando ahora estos arrepentimientos. Pero aun así, me alegra poder ver tu rostro en el camino de partida. No me juzgues demasiado por egoísta. Siempre fui así.

—¿Miau?

— Cumple con tus deberes de noble, las mujeres no empuñan espadas… ¿Acaso querrías seguir escuchando esas tediosas y obtusas reprimendas incluso en el más allá? Ven lo más tarde posible.

Cumple con tus deberes de noble, las mujeres no empuñan espadas… ¿Acaso querrías seguir escuchando esas tediosas y obtusas reprimendas incluso en el más allá? Ven lo más tarde posible.

Sin que nadie se lo pidiera, aquel fantasma cerraba por sí mismo la conversación. Si hubiera terminado ahí, al menos no habría dejado tras de sí tanta desolación ni un vacío tan hondo.

El cuerpo del hombre, del fantasma, comenzaba a deshacerse desde la punta de los pies. Ries ya había presenciado una escena semejante.

“… Hillein .”

“…

Hillein

.”

La madre de Justin, tan joven y radiante al sonreír. Su figura se había desvanecido en luz del mismo modo, tras pronunciar su última despedida.

Lo cual significaba…

“¿Está alcanzando la paz? ¿Así, de esta manera?”

El hombre había elegido su final. Todo ocurría antes de que Ries pudiera decir palabra alguna, dejándolo atónito, con la mente en blanco.

En ese instante, el fantasma giró bruscamente la cabeza y lo miró. El contacto visual inesperado lo dejó rígido, y de inmediato aquel le habló:

—Tú, parecías escucharme antes. Si hasta un pequeño animal como tú defiende al duque, entonces los rumores eran exagerados. No debe de ser tan mala persona. Al menos mi hija no será maltratada. Eso me alivia.

Al parecer sí lo había escuchado, aunque fingiera lo contrario. Que lo dijera con tanta naturalidad resultaba absurdo, pero aun así Ries no pudo enfadarse. Al reconocer que Justin no era un mal hombre, la rabia se disipó de golpe.

Sin saber qué hacer, parpadeaba en silencio, cuando el hombre, ya medio desvanecido, dejó una petición incomprensible:

— Ya que puedes oírme, sería bueno que transmitieras mis palabras a Melissa. Lamento la carga que le impuse… y que tenga cuidado con Malef.

Ya que puedes oírme, sería bueno que transmitieras mis palabras a Melissa. Lamento la carga que le impuse… y que tenga cuidado con Malef.

—¿Miau?

Podía transmitirlo, sí… pero a ojos de cualquiera no era más que un gato curioso capaz de entender a los fantasmas. ¿De verdad creía que un animal sin voz podía hacerlo?

Era, como siempre, extraño, peculiar y caprichoso.

— Ese Malef es un hombre oscuro y ambicioso. Me preocupa cómo tratará a Melissa cuando yo ya no esté. Es culpa mía por haberlo criado con excesiva indulgencia.

Ese Malef es un hombre oscuro y ambicioso. Me preocupa cómo tratará a Melissa cuando yo ya no esté. Es culpa mía por haberlo criado con excesiva indulgencia.

El fantasma alzó la mano y acarició la cabeza sudorosa de Melissa. No la tocaba realmente, solo imitaba el gesto, pero en la punta de sus dedos se percibía un afecto nítido.

— Vive bien, Melissa. Y recuerda: ven lo más tarde posible.

Vive bien, Melissa. Y recuerda: ven lo más tarde posible.

…Y con eso terminó.

Tras dejar aquella breve y contundente despedida, el fantasma desapareció por completo. La mirada incómoda de Ries se posó un instante en el lugar vacío, y luego en Sepite, que había guardado silencio todo el tiempo.

—Miau… Miiiauuuu.

Al pensarlo de nuevo, resultaba extraño. Había escuchado todo lo que se decía, y no podía desconocer lo que Ries acabaría pensando.

Sin embargo, Sepite no detuvo al hombre ni intentó ayudarlo. Como si supiera de antemano que el desenlace sería ese.

“ Ah .”



Ah

.”

Solo entonces Ries lo comprendió. Tal vez el hombre ya conocía todas las opciones que tenía y había tomado su decisión.

Podía haber pensado que, estando muerto, todo carecía de sentido. O quizá que, tras tanto tiempo de distancia con su hija, ya no tenía derecho a entablar una verdadera conversación con ella.

Sin leer su corazón, nunca se sabría cuál era la verdad. Y menos aún ahora, cuando el propio hombre había muerto y alcanzado la paz.

“ Pero… al menos una vez pudo haber escuchado la opinión de su hija.”



Pero… al menos una vez pudo haber escuchado la opinión de su hija.”

Al ver a Melissa parpadear sin entender nada, a Ries se le hacía aún más difícil abrir la boca. El hombre tenía razón: incluso después de muerto, seguía siendo un padre egoísta.