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El gato está en huelga Cap. 182


El beso interrumpido volvió a retomarse. Mientras sentía la suavidad que picoteaba sus labios, Ries desvió la mirada para observar el rostro de Justin.

“ Un poco más tenue… pero…”



Un poco más tenue… pero…”

Aun así, la imagen de la noche anterior se superponía débilmente. Solo con eso, sus dedos se estremecían y la respiración se le agitaba, obligándolo a bajar los ojos de golpe.

Quizá lo ocurrido anoche había sido un punto de inflexión para Justin. Tal vez, por fin, había aprendido a soltar las riendas invisibles que siempre lo mantenían atado.

El calor de los besos breves se apartó un instante, y enseguida volvió a acercarse. Ries lo presentía con claridad: esta vez se volvería más profundo, más intenso.

El recuerdo de aquella sensación vertiginosa, capaz de encogerle los pies, lo atravesó justo cuando los labios, separados por un momento, estaban a punto de reunirse de nuevo.

De pronto, Justin se detuvo y frunció el ceño.

Antes de que Ries pudiera preguntar, un golpe en la puerta los interrumpió. No exageraba: saltó casi medio centímetro sobre la cama del susto.

No hacía falta decirlo: la atmósfera ardiente y peculiar se hizo añicos. Con el rostro encendido, Ries se apresuró a recomponerse como si lo persiguieran, mientras Justin soltaba un suspiro profundo.

—…Adelante.

ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

—¿…?

Quien abrió la puerta tras escuchar el permiso fue Ketir.

Apenas cruzó el umbral, sus cejas se arquearon ante la escena insólita. Una intuición incómoda le recorrió el cuerpo, como si hubiera entrado en el lugar equivocado.

Dos cosas llamaban la atención: su superior, que había dejado de lado la máscara negra que nunca olvidaba ponerse, y un gato sobre la cama, intentando acicalarse con descaro frente a todos.

La mirada de Ketir se dirigió primero, sin duda, hacia Justin. Su piel blanca, casi pálida por no haber recibido nunca el sol, resultaba llamativa.

Él sabía que Ries era capaz de liberar la maldición del duque, aunque no imaginaba que el progreso hubiera llegado tan lejos.

“ Ha mejorado mucho.”



Ha mejorado mucho.”

Ketir era de los pocos que habían visto el rostro de Justin bajo la máscara, así que ahora, con las huellas de la maldición casi borradas, la impresión era aún más dramática.

Sin embargo, cuanto más tiempo observaba su rostro, más le inquietaba algo.

“¿Por qué esa expresión?”

Las cejas, apenas levantadas en los extremos; la comisura de los labios torcida en un ángulo extraño; la mirada impregnada de desagrado. Una expresión demasiado sincera, que le hizo tragar saliva.

Su instinto, forjado tras años de servicio bajo sus órdenes, le advertía de peligro. Había interrumpido algo importante, sin duda.

“ Maldita sea.”



Maldita sea.”

Y su mente, demasiado aguda, comprendió enseguida, aunque no lo quisiera, cuál era ese “asunto importante”.

La mirada se deslizó hacia detrás de su superior. Allí estaba el gato, acicalándose con frenesí. Sentado sobre la cama como una persona, con una pata trasera estirada hacia arriba en una postura extraña. Y, al fijarse bien, la lengua ni siquiera rozaba el pelaje: solo lamía el aire.

Ketir conocía bien a Ries. Lo había observado durante mucho tiempo, incluso más que a su propio superior en los primeros días. Sabía de sus hábitos y gestos.

“Está evitando mirar hacia aquí.”

¿O quizá estaba avergonzado?

Fuera como fuese, Ketir sabía que ese comportamiento aparecía siempre que quería evadir algo, fingir que no pasaba nada. ¿Qué intentaba ocultar esta vez?

La respuesta era obvia. Dos personas que acababan de convertirse en amantes, en una mañana tardía, en pijama, desordenando la cama… lo que estaban haciendo no necesitaba explicación.

“ Ya entiendo por qué esa expresión.”



Ya entiendo por qué esa expresión.”

Había interrumpido un buen momento. Y Ketir, que no deseaba conocer tan de cerca los asuntos románticos de su superior, sentía que la cabeza le iba a estallar.

“ Hubiera sido mejor que me lo explicaran con claridad.”



Hubiera sido mejor que me lo explicaran con claridad.”

Al mismo tiempo, sobre su rostro cansado se dibujaba una leve sombra de reproche. Antes de entrar en la habitación, Sepite, que había notado hacia dónde se dirigía, le había dicho:

— ¿Al dormitorio? ¿Todavía está allí? Hmm… no te recomiendo que vayas.

¿Al dormitorio? ¿Todavía está allí? Hmm… no te recomiendo que vayas.

Incluso con las facciones redondeadas de una muñeca, había logrado expresar con claridad su hastío. La imagen de él negando con la cabeza mientras masticaba el dulce que le habían dado los sirvientes seguía viva en la memoria de Ketir.

Pero no podía aceptar aquel consejo. Más allá de las evasivas que había recibido al preguntar, tenía un asunto demasiado urgente como para seguir posponiéndolo.

—Su rostro ha mejorado mucho. Me alegra.

—…Sí. Gracias.

Primero, un saludo ligero antes de dar la noticia. Justin, conteniendo la molestia, respondió con sobriedad.

O al menos eso parecía, hasta que añadió:

—Por cierto, ¿qué asunto te trae aquí? Tan temprano en la mañana.

No era tan temprano, y Ketir lo sabía. Que Justin eligiera esas palabras solo podía significar que había logrado irritarlo de verdad.

La única manera de escapar de aquella atmósfera punzante era transmitir su mensaje de forma rápida y concisa.

—No tuve otra opción. Es una noticia que debe conocer de inmediato.

—…Habla.

—Ha llegado un despacho urgente desde el templo.

Las palabras que siguieron hicieron que no solo Justin, sino también Ries, que escuchaba detrás con atención, abrieran los ojos de par en par.

ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

—¿Otro más? Impresionante.

El príncipe heredero brilló de entusiasmo al recibir el informe.

Habían pasado unas dos semanas desde que solicitó la cooperación del duque Raufe. En ese tiempo, ya habían capturado a más de diez personas.

“¿No hubo días en que atraparon hasta dos?”

No sabía qué criterio seguía el duque para detenerlos, pero al investigar a los apresados siempre aparecía algún vínculo con el mercado negro.

—Qué suerte la nuestra.

Tras la retirada del caballero que había entregado el informe, el príncipe heredero murmuró con una sonrisa dibujada en el rostro. No era que ignorara por qué el duque presumía de un índice de capturas tan inusual.

“¿Tan eficaz resulta? Esto empieza a despertar mi verdadera codicia .”

“¿Tan eficaz resulta? Esto empieza a despertar mi verdadera codicia

.”

La oferta de traslado que había hecho antes no había sido una broma. Pero ahora, más que en aquel primer momento, la ambición crecía en su interior.

“ Si lo colocara en un cargo clave, todo fluiría con facilidad.”



Si lo colocara en un cargo clave, todo fluiría con facilidad.”

Mientras cavilaba, comprendía por qué los nobles del pasado habían codiciado las habilidades de los súbditos bestiales.

El príncipe heredero era un hombre de grandes deseos: cuando quería algo, no descansaba hasta obtenerlo.

—Qué lástima, qué lástima.

Sus dedos golpeaban rítmicamente el brazo del sofá. Harrison, sin embargo, era alguien que sabía respetar los límites. No tenía intención de repetir el pecado original que, según se decía, había cometido un antiguo miembro de la realeza.

La ambición desmedida solo conducía a la ruina, como había ocurrido con el imperio en el pasado. Recordar esa verdad y guardarla en el corazón era un deber que debía cumplir hasta el último aliento, como futuro emperador.

Además, actuar por su cuenta significaría enemistarse para siempre con el duque Raufe.

—Eso no debe ocurrir.

Su fuerza descomunal era una espada magnífica para contener a la facción noble. Por eso decidió dejar de codiciar al adorable amigo felino que lo acompañaba.

Tenía otros asuntos que atender. Por ejemplo, los documentos que había recibido de su asistente antes de escuchar el informe del capitán de caballería.

Sus ojos, al principio indiferentes, se abrieron de par en par al revisar el contenido. Un suspiro de admiración se escapó entre sus dientes.

—Esto… parece bastante prometedor.

El informe era sencillo: los movimientos detallados de Malef Yucalt durante el último mes.

No era fácil rastrear con tanta precisión los pasos de un noble, pero con el respaldo de la familia imperial, Harrison podía lograrlo con apenas algo de tiempo.

El resultado estaba ahora en sus manos: unas cuantas hojas de papel.

A simple vista, nada llamativo. Lo único destacable era que la reputación de libertino que lo acompañaba no parecía ser un rumor infundado.

“ Si se trata de la casa de los condes Yucalt… he oído que últimamente sufren dolores de cabeza por el asunto de la sucesión. Y aun así, el heredero sigue frecuentando casinos y hipódromos.”



Si se trata de la casa de los condes Yucalt… he oído que últimamente sufren dolores de cabeza por el asunto de la sucesión. Y aun así, el heredero sigue frecuentando casinos y hipódromos.”

Que, en semejante situación, aún fuera considerado un candidato fuerte para la sucesión solo podía significar que el consejo de ancianos de la familia no estaba cumpliendo su función.

Pero lo realmente importante no era eso. Los largos y elegantes dedos repasaron con ligereza algunos de los lugares anotados en el informe:

El teatro de ópera en las afueras de la capital, el gremio de información junto al barrio pobre, la librería sin nombre cuyo letrero se había desmoronado hacía tiempo, la posada construida sobre un casino en ruinas.

Nada especial, y sin embargo demasiado modestos para un joven conde entregado al lujo y al juego. Había, además, otro detalle inquietante.

—Coinciden, al fin.

Las rutas de los restos del mercado negro ya habían sido rastreadas hasta el último detalle. Y varios de los lugares visitados por Malef Yucalt coincidían con ellos.

Las horas y los recorridos eran distintos, pero el valor de la coincidencia era innegable. La comisura de los labios del príncipe se alzó, como si hubiera encontrado una pista inesperada.

—No fue casualidad. Es esto.

En realidad, el príncipe heredero no había pensado investigar a Malef Yucalt.

Podía haber empezado por azar, revisando a algunos nobles llamativos, pero nunca habría elegido desde el principio seguir sus pasos con tanta precisión.

Harrison recordó entonces una conversación pasada. Aquel día en que cometió la acción sin precedentes de permitir la entrada de un hombre y un gato en la biblioteca prohibida.

Antes de marcharse, Ries, ya de nuevo en forma humana, le había hecho una propuesta:

—¿Conoce al noble Malef Yucalt?

—Lo conozco. No en buen sentido.

—Me gustaría que empezara por investigarlo.