Regresar
DESCARGAR CAPITULO

El gato está en huelga Cap. 177


Sentía como si en su cabeza se encendieran alarmas rojas, estridentes. Ries se quedó mirando fijamente el vacío a sus espaldas y, con un leve retraso, giró la cabeza con un chirrido imaginario. En medio de todo, aún intentaba forzar el circuito de la esperanza.

“ ……Podría ser que lo haya visto mal, ¿no?”



……Podría ser que lo haya visto mal, ¿no?”

Pero Justin seguía allí, en la misma postura, acostado. Es decir, con los ojos abiertos. Al contemplar ese desenlace tan desolador, los párpados de Ries se cerraron con fuerza por sí solos.

Todavía parecía ver la estela de Sepite saltando de golpe y desapareciendo. En realidad, solo había una razón por la que Ries había acudido a él en busca de ayuda: Sepite poseía una habilidad especial, la de hacer dormir a la gente.

Recordaba perfectamente la primera vez que lo conoció: Justin y Ketir no despertaban ni aunque los maullidos resonaran sin descanso. Esa imagen seguía grabada en su memoria hasta hoy.

Sin embargo, el Justin de ahora no solo no dormía, sino que mantenía los ojos muy abiertos, brillantes.

Las posibilidades eran dos: que aquel poder ya no surtiera efecto en él, o que Sepite simplemente no lo hubiera usado.

“A ojos de cualquiera, parece lo segundo.”

No tenía pruebas, pero la sospecha de Ries se inclinaba cada vez más hacia esa opción. Aunque, en realidad, lo importante no era eso. Entreabrió los ojos con cautela… y volvió a cerrarlos con fuerza.

Justin lo seguía observando, inmóvil, como una estatua tallada en hielo. Ries giraba la cabeza en todas direcciones, frenéticamente, buscando alguna alternativa.

“¿Qué hago? ¿Finjo que estoy dormido?”

Claro que esforzarse no significaba haber encontrado un plan útil. Después de tanto tiempo mirándose a los ojos, fingir ahora que dormía no iba a funcionar.

Al final, solo quedaba un camino. Ries abrió los ojos despacio y dejó escapar un sonido entrecortado, un lamento breve que parecía pedir clemencia.

—……¿Meoow?

—…Desde el principio.

—¿Nyaak?! ¡Meooong……!

—Eso……

Resumido, lo que había preguntado era más o menos así: ¿Desde cuándo estabas despierto? ¿Qué? ¿Desde el principio? ¡Entonces por qué no diste señales de que estabas despierto!

Sorprendentemente, las palabras habían llegado a destino. Si uno recordaba los tiempos en que solo él y Sepite hablaban unilateralmente mientras Justin permanecía indiferente, aquello era un progreso casi milagroso.

Pero los implicados no tenían espacio para maravillarse con semejante avance. Justin, que había empezado a titubear, terminó cerrando la boca sin decir nada.

Para bien o para mal, el enfrentamiento no se prolongó demasiado. Justin, que hasta entonces había permanecido quieto bajo él, se movió por primera vez.

—Primero…… bájate. Si te mueves mal, podrías lastimarte.

La voz que siguió sonaba rígida, incluso torpe. Ries entrecerró los ojos: era evidente que quería evitar aquella situación a toda costa.

Y, además, no mostraba intención alguna de continuar la conversación anterior. Paradójicamente, eso fue lo que volvió a encender la chispa en el corazón de Ries.

Su mirada volvió a posarse sobre la ropa desabrochada. ¿Sabes lo difícil que fue abrir esos botones? ¡Todo un espectáculo para no despertarte!

Claro que la mayoría los había abierto Sepite, y Justin mismo había admitido que estaba despierto desde el principio, así que todo había sido un fracaso desde el inicio.

Pero para Ries, ya fuera por rabia o por terquedad, nada de eso importaba. En lugar de obedecer y bajar, apretó aún más las patas que lo mantenían encima de él…

—¡Miaaauuung!

—Espera, un momento.

—¡Mmmuuung!

—Rie-Ries. Solo un instante, yo…

Sacó las garras y se aferró con todas sus fuerzas a la ropa ya medio abierta, declarando sin rodeos que no pensaba retroceder. El cuerpo debajo tembló de golpe.

Era una reacción intensa, pero aun así Justin no se sacudió ni intentó apartarlo. El miedo de que aquel pequeño cuerpo pudiera salir herido si se equivocaba en la fuerza lo mantenía contenido.

Después de tanto tiempo juntos, Ries lo sabía de sobra. Y no dejó escapar esa vacilación tan amable.

¡Pum! Un ruido nada pequeño llenó la habitación.

—Solo un momento. ¡De verdad, solo un momento!

Sin darse cuenta, la sombra que cubría a Justin se había hecho más grande, y el peso que lo oprimía resultaba más pesado. Como si lo que intentaba decir para detenerlo hubiera sido mentira, cerró la boca de golpe.

El cuerpo, que antes se agitaba, se quedó rígido. No sabía por qué de pronto se mostraba tan cooperativo, pero Ries no dejó escapar la oportunidad y le abrió de golpe la camisa.

—Hmm.

El pecho pálido quedó expuesto sin reservas.

Como cuando era gato, la vista nocturna de Ries le permitía distinguir con claridad la maraña de la maldición en el centro, las líneas bien definidas de un cuerpo trabajado como si fuera obra de un artesano, y los músculos del pecho, firmes y bien formados, a pesar de las venas negras que se extendían por ellos.

“ Céntrate, sin segundas intenciones, sin segundas intenciones.”



Céntrate, sin segundas intenciones, sin segundas intenciones.”

Pero cuanto más avanzaba, más se desviaban sus pensamientos. Abrió los ojos de par en par, como si quisiera sacudirse esas ideas, y extendió la mano con cuidado.

Las yemas finas de sus dedos rozaron los músculos tensos del pecho. Igual que antes, Ries palpaba alrededor, como si quisiera medir la forma en que la maldición se había extendido.

Por desgracia, su expresión no era la mejor.

“ Parece que ha disminuido un poco… pero no lo suficiente como para notarse.”



Parece que ha disminuido un poco… pero no lo suficiente como para notarse.”

Quizá no era el origen, sino otra cosa. Como había puesto algo de esperanza en ello, el sabor que le quedó fue amargo.

Claro que esa sensación no duró demasiado. Al ver el rostro, mucho más limpio y luminoso incluso en la oscuridad, su ánimo volvió a levantarse. Era, después de todo, una de las cosas que más deseaba.

“ Además, todavía no hemos atrapado a todos los del mercado negro.”



Además, todavía no hemos atrapado a todos los del mercado negro.”

Aunque aún no lograba precisar la relación exacta, era evidente que ellos tenían que ver con la liberación de la maldición de Justin. Si seguían con constancia, algún día lograrían borrar por completo aquella carga insoportable.

Con ese pensamiento, el semblante de Ries, ya en recuperación, se iluminó aún más. Quizá por eso el contraste con Justin, atrapado debajo, se hacía tan marcado.

—……Huu.

Un suspiro, como si hubiera raspado hasta el fondo de su paciencia. Sus ojos se abrían de golpe, y luego parpadeaban desordenadamente, como si intentara recuperar la compostura. Su cuerpo, por supuesto, seguía rígido.

Pero solo por un instante. En el momento en que Ries se movió un poco, incómodo por la postura, la paciencia de Justin se agotó por completo.

El calor se acumuló abajo sin que pudiera detenerlo. Por más que repitiera en su interior que no debía, que tenía que resistir, no sirvió de nada. Al final, se hinchó.

—¿Eh?

Ries también lo había notado.

El calor que rozaba su coxis, junto con una leve presión, no dejaba lugar a dudas. También él era hombre, y sabía perfectamente lo que aquello significaba. Sabía, además, que había sido provocado por su propia presencia.

El desconcierto lo hizo parpadear un instante, pero pronto Ries comprendió la situación, y su rostro empezó a teñirse de rojo. Igual que Justin, su cuerpo se quedó rígido.

Pasaron unos segundos que parecían minutos, incluso horas.

El primero en romper el silencio fue Justin. Con la voz quebrada, ocultando el rostro bajo el brazo, apenas logró murmurar una frase diminuta:

—Quítate……

Era un tono insólitamente suave, casi suplicante. Si lo presionaba un poco más, parecía que acabaría llorando.

Al escucharlo, Ries estuvo a punto de apartarse sin resistencia. De verdad. Si no hubiera recordado la espalda de Justin huyendo apresuradamente en ocasiones anteriores, seguramente lo habría hecho.

Pero el tiempo pasaba, y la presencia bajo él no hacía más que volverse más evidente. Ries abrió la boca con torpeza, sintiendo las orejas arder como si se hubieran quemado.

—…¿Quieres que te ayude?

—……Qué?

—Es por mí que estás así. Yo… yo puedo ayudarte.

El corazón le golpeaba el pecho con tal fuerza que parecía a punto de estallar. Aun así, Ries no retiró lo dicho.

“Al fin y al cabo, soy su amante.”

Si no lo ayudaba él, ¿quién lo haría?

Aunque casi todos los recuerdos de su vida pasada se habían borrado, aún conservaba el conocimiento básico de lo que hacen los amantes, de cómo comparten el calor.

Y en el mismo instante en que tomó esa decisión, Ries lo admitió: quizá había estado esperando esta situación, ansiándola en silencio.

No era ingenuo. Desde aquella primera vez en que Justin había huido de su contacto mientras revisaba la maldición, Ries había notado su reacción involuntaria.

Después de eso, cada vez que se repetía una escena similar, Justin se daba la vuelta y escapaba.

Ries, que lo intuía, lo había encontrado adorable en su momento. Pero ahora, al pensarlo de nuevo… lo que predominaba era la sensación de haberlo echado en falta.

Entonces se preguntó a sí mismo:

“¿Qué es lo que echo en falta?”

La respuesta era sencilla. Quería tocar más, acercarse más, sentir más. Aunque se tratara de una parte íntima que no podía permitir a manos ajenas, así era. Ries era un gato ambicioso y, al mismo tiempo, un hombre lleno de codicia.

Ahora no solo sus orejas, sino también sus mejillas ardían con un calor intenso. El sonido seco de su saliva tragada resonaba demasiado fuerte en sus propios oídos.

Forzó la mirada. Bajo la luz difusa de la luna, alcanzó a ver el rostro de Justin, medio oculto por el brazo, enrojecido hasta la mandíbula. Con cautela, extendió la mano y sujetó aquel brazo.

Al tirar con firmeza, el brazo cedió sin resistencia, deslizándose hacia abajo. No era que Ries hubiera vencido su fuerza; era que Justin lo había apartado voluntariamente. Y así, inevitablemente, sus ojos se encontraron. Rojos, temblorosos, húmedos. Las pestañas brillaban con humedad, los labios temblaban y se entreabrían.

—…Yo…

La voz salió lenta, entrecortada, frágil hasta parecer quebrarse. Ries no supo qué esperar de aquella respuesta, y por eso se adelantó:

—¿No?

Apretó la mano con fuerza y lo miró con unos ojos brillantes, tan suplicantes que podrían rivalizar con los de un gato con botas. El movimiento de la nuez en la garganta de Justin se hizo evidente, tragando con dificultad.