La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 158
Con una sonrisa, Radis asintió.
—Robert.
Su sonrisa borró cualquier rastro de somnolencia de Robert en ese instante.
Robert se frotó los ojos con las manos y luego volvió a ser él mismo.
—Hace mucho que no dormía tan profundamente.
Confundida, Radis señaló el suelo desnudo donde acababa de pasar una ráfaga de aire frío.
—¿Aquí? ¿Cómo puede ser?
—…he tenido problemas por los sueños que vienen.
Al darse cuenta de que las cejas de Robert estaban levemente fruncidas, Radis decidió no profundizar en el asunto.
Ante la atmósfera ligeramente incómoda, Robert se dio la vuelta y rebuscó hasta sacar un poco de frutos secos y una cantimplora.
Al verlo, la expresión de Radis se iluminó y ella también abrió su bolsa.
—¡Oh, Capitán! Yo también traje algo de comer.
Para ser más precisa, se los había llevado de la cocina antes de partir.
Radis le entregó una manzana a Robert. Después, ensartó un trozo de queso y una salchicha en un palo y los asó un poco sobre la hoguera.
Tan pronto como el queso y la salchicha estuvieron lo suficientemente derretidos y asados, sacó también un pan de nuez y preparó un sándwich con ellos. Lo partió a la mitad para que ambos tuvieran una porción.
Mientras el queso y la salchicha se asaban antes, Robert ya había terminado la manzana. Tirando el corazón a la hoguera, le preguntó a Radis:
—¿Qué es eso?
—Traje un poco de comida. Me imaginé que usted solo traería cosas secas, Capitán.
—…es lo mejor que podía conseguir al aire libre. Supongo que por eso tu bolsa parecía un poco abultada.
—No es pesada, ya que es solo para dos personas.
Cuando Radis terminó de preparar las dos porciones de sándwiches, comió junto a Robert.
Era una comida simple, pero cuando el alimento tibio y grasiento llegó a su estómago, sintió como si su cuerpo frío y rígido pudiera relajarse.
Él no lo mostró, pero parecía que Robert sentía lo mismo.
Se quitó la capa y dijo:
—No tenemos prisa, así que deberías dormir un poco también.
—Estoy bien.
—Aun así, descansa aunque sientas que estás bien. Si al final de este pasaje realmente está la región prohibida, no podrás descansar allí.
Radis realmente se sentía bien, pero Robert fue firme en su postura. Así que no tuvo más remedio que recostarse junto a la pared.
Robert le tendió la capa que se había quitado antes.
—Toma, usa esto.
—¿Y usted, Capitán?
—…me siento lo bastante cálido.
¿De verdad?
Radis estaba por preguntarle de nuevo, pero al ver que las orejas de Robert estaban rojas, cerró los labios.
El sándwich debía estar demasiado caliente.
—Dime en cuanto tengas frío. Yo no voy a dormir.
Eso dijo, pero como ya estaba satisfecha, el sueño la invadió en cuanto se envolvió en la capa de Robert.
Antes de que la ola de somnolencia la arrastrara por completo, Radis habló.
—Capitán, ¿De verdad está bien?
Robert estaba avivando el fuego para que creciera, pero al oír su pregunta, la miró.
—¿Con respecto a qué?
—A que hemos regresado.
La mano de Robert se detuvo.
—¿...me preguntas si estoy bien? ¿O me preguntas si estoy conforme con vivir así?
—Bueno, ciertamente es una situación extraña…
Robert la miró un momento, pero pronto volvió a enfocarse en la hoguera.
—No es extraño. Ni tú ni yo hemos tenido suerte en nuestras vidas. Solo podemos pensar que nos ocurrió un milagro porque toda nuestra suerte vino al final.
Ante las palabras decididas de Robert, Radis sonrió y se acurrucó más en la capa.
La capa de Robert no estaba impregnada de perfume ni nada parecido, pero flotaba con el aroma de la naturaleza cálida, quizás como la nuca de un caballo.
Puede que no fuera un aroma floral ni fragante, pero curiosamente, le resultaba cómodo.
—Un milagro, ¿Eh…? Suena bien.
Deslizándose hacia la pared, Radis se quedó dormida lentamente.
Mientras la miraba más allá de la hoguera ardiente, Robert dejó escapar un suspiro silencioso.
Murmuró en voz baja.
—¿...estoy bien?
Miró sus manos, que parecían lo bastante fuertes como para aplastar el acero.
Sin embargo, había tenido que ver cómo todas sus cosas más preciadas se le escapaban entre los dedos como granos de arena.
Con un suspiro, Robert entrelazó los dedos de ambas manos, apretándolos con fuerza.
Para él, este milagro no había hecho que todo estuvierabien.
Nunca había sido un hombre que irradiara optimismo, especialmente considerando su propia vida.
Había nacido como un hijo ilegítimo, y su padre era un hombre vil que nunca admitía sus errores.
No hubo un solo momento de tranquilidad en la casa Roderick.
Sin embargo, pudo perdonar todo gracias a este único milagro.
—Así que… no debería dejar que la codicia me gane.
Traducido por: Valiz
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