La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 154
Recordando esto, Radis quedó atónita.
Pasándose una mano por el rostro, murmuró:
—¿Por qué no pensé en eso hasta ahora?
Antes de su muerte, había tenido contacto con una piedra mágica, la cual estaba en el centro del Árbol del Inframundo.
Lo mismo sucedió con Robert.
¿Acaso él no murió también después de entrar en contacto con el núcleo de un dragón?
—Oh, cielos.
Paseándose de un lado a otro con prisa en el oscuro dormitorio, Radis organizaba con urgencia los pensamientos que le brotaban en la mente.
—¿Qué es lo que tiene exactamente una piedra mágica que haría que alguien regresara en el tiempo después de morir?
Pero Radis pronto abandonó ese pensamiento.
Recordó que Margaret le había quitado la piedra mágica, prácticamente babeando al ver el valioso material.
Si el único requisito era tocar la piedra, entonces Margaret también debería haber regresado.
—¿Y si es la sangre?
Radis había tocado la piedra mágica con una mano empapada en sangre antes.
¿Pero qué hay de Robert?
Él dijo que había clavado su espada en el cuerpo del dragón, y que había golpeado su núcleo, su piedra mágica.
—Si es para destruir una…
Sin embargo, Radis solo le había entregado la piedra mágica a Margaret.
—Ah… no lo sé…
Radis se revolvió el cabello.
De todos modos, todo era especulación. La respuesta seguía siendo desconocida.
Sin embargo, Radis sentía de forma intuitiva que las piedras mágicas estaban de algún modo relacionadas con la manera en que ella y Robert regresaron a la vida después de la muerte.
Entonces, oyó la voz de Yves desde afuera de la puerta.
—¡Radiiiiis!
Mientras se rompía la cabeza buscando una respuesta, Radis levantó la vista hacia la puerta.
—¡Deja de hacer ruido y vete a la cama!
—……
───── •????️• ─────
Al ver las subsiguientes atrocidades de Yves M. Russell, Radis pensó.
Solo será así uno o dos días.
Sin embargo, incluso después de un día… dos días… tres y cuatro… Yves M. Russell no daba señales de rendirse.
A medida que la luna ascendía, la sombra bajo los ojos de Yves se profundizaba aún más, pero seguía impidiendo que Radis se escabullera.
La primera impresión que tuvo de Robert parecía haber sido la peor.
Quizá era natural, ya que la Casa Russell y la Casa Roderick tenían una larga historia de rencores.
Pero esto no rompió la firme resolución de Radis.
En la noche de luna llena, Radis abrió la puerta de su dormitorio y salió.
Firmemente plantado en un sillón del salón, Yves leía un grueso libro.
Sintiendo su presencia, se volvió a mirarla.
—¿Radis?
Cuando vio que Radis llevaba una camisa y pantalones, no su camisón, cerró el libro de golpe con una mano.
—No. No puedes.
Radis avanzó con paso firme hacia él y se irguió.
—Hay algo que debo hacer.
—…aun así, no puedes.
—¿Por qué no?
Ante su pregunta, Yves no respondió.
En realidad, a pesar de haber sufrido durante varios días, Yves no sabía siquiera por qué estaba haciendo esto.
¿Porque pensaba que era demasiado peligroso?
Pero Radis no era una niña de dos o tres años.
Además, era alguien talentosa, instruida en la esgrima imperial por un caballero de la Orden del Dragón Blanco.
Podía cuidarse tanto como quisiera.
¿Acaso era por Robert, que pertenecía a la Casa Roderick?
Pero ya había recibido varios informes con la información personal de Robert.
La Casa Roderick activamente no reconocía su existencia.
Era demasiado incluso llamarlo miembro de la familia Roderick.
Quizás eso era lo que quería decir.
No salgas a verlo.
Sin embargo, Yves Russell era demasiado orgulloso, y al mismo tiempo, demasiado cobarde para decir algo así.
Mirando hacia arriba a Radis, Yves giró la cabeza y respondió con un tono autocrítico.
—…es una apuesta peligrosa.
Avanzando hacia él paso a paso, Radis lo miró a los ojos.
Se detuvo tan cerca frente a él que podían sentir la respiración del otro.
Pensando que estaba demasiado cerca, Yves fue el primero en hablar.
—Radis…
Ella solo lo miró sin decir palabra.
Sus ojos negros lo atravesaban con tanta intensidad y pasión, y una vez más, se encontró frente al hombre arrogante y al hombre cobarde dentro de él.
El hombre arrogante no quería admitir sus faltas.
Él era quien tenía la ventaja en su relación, y su plan con ella avanzaba de forma constante por el camino del éxito.
Pero en el trayecto, sus sentimientos cambiaron.
El hombre arrogante trató de negar ese hecho.
Por otro lado, el hombre cobarde tenía miedo.
Él era quien se había aprovechado de ella y de sus circunstancias.
Así que era obvio que no podía preguntarle qué pensaba de él.
Los labios de Yves temblaron ligeramente.
Radis puso las manos sobre sus hombros.
—Yves.
—¡…!
Sus labios, pronunciando su nombre, parecían tan frescos y dulces como una manzana madura.
Hasta el punto de que lo invadió la urgencia de darle una mordida, devorar su carne clara y beber el jugo dulce de su interior.
—No te preocupes.
Yves casi soltó de golpe.
¿Quieres decir, que puedo besarte?
Radis habló de nuevo.
—Lo siento… no dolerá.
Los labios de Radis se acercaron más y más, y ella le rodeó el cuello con los brazos.
Mientras sentía una dicha que caía como lluvia, Yves cerró los ojos.
Después, sin embargo…
Por más que lo pensara, Yves no lograría entender por qué se había desmayado en ese momento.
Quizás fue porque estaba demasiado feliz, o quizá porque se quedó sin aire.
Traducido por: Valiz
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