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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 141


Margaret se arrepintió al instante de haber abierto la puerta sin comprobar primero quién era.

Mientras sus hombros se encogían un poco, dio un paso atrás.

—¿P-Por qué has venido aquí…? ¿Quién eres tú para, aquí…?

Mostraba indicios de que no quería que él entrara, pero a Robert no le importó en lo más mínimo.

Mientras Margaret retrocedía, él avanzó decidido y pisoteó el vestíbulo limpio con sus botas embarradas.

Al poco, ella ya no lo soportó más y gritó.

—¡No, ¿Pero qué clase de comportamiento es este?!

Su estallido hizo que los ojos grises de Robert se volvieran hacia ella.

Y la mirada detrás de esos ojos era de profundo desprecio.

—¿Dónde está ella?

—¿Qué? ¿Quién?

—Radis. ¿Dónde está?

En el momento en que se supo que el asunto del caballero aquí tenía que ver con Radis y no con David, la paciencia de Margaret se quebró de inmediato.

Margaret gritó aún más fuerte.

—¿Por qué este mundo está tan lleno de gente sin la más mínima decencia? ¡Fuera, fuera! ¡Si no se van, mi hijo y mi marido no los dejarán en paz!

Ante esto, la boca de Robert se curvó un poco.

Fue un cambio ínfimo, pero solo eso dibujó en su rostro una sonrisa extrañamente fría.

—Estos parásitos…

De hecho, Robert todavía se contenía en ese momento. Sin embargo, Margaret enrojeció al instante al oír el insulto del hombre.

—¿Q-Qué? ¿¿Parásitos…??

Exactamente como lo había oído. Parásitos.

Hace apenas unos días la habían llamado un ser humano peor que un animal solo por reprender un poco a su propia hija. Y ahora, la trataban como un parásito.

En ese momento, Margaret perdió el último hilo de racionalidad. Tiró del brazo de Robert, que era tan grueso como el tronco de un árbol, y lo empujó con violencia.

—¡No está aquí! ¡No está aquí, digo! ¡Ahora larguése! ¡¿Por qué habría de convivir con esa maldita zafia?! ¡Hace tiempo la echaron! ¡Ahora vayan y búsquenla por las calles!

Los agudos gritos de la mujer hicieron que el semblante de Robert cambiara.

Su mandíbula empezó a temblar de rabia.

Su grueso cuello se marcó con venas, su mano derecha ya estaba en la empuñadura de la espada…

Y sus ojos.

La mirada en sus ojos bastaba para matar a una persona.

Entonces, Zade abrió la puerta de su despacho y gritó.

—¡¿Qué ahora?! ¡¿Qué pasa esta vez que hay tanto ruido…?!

Aunque era pleno día, Zade estaba claramente ebrio y caminaba con una cojera.

Tambaleándose hasta mirar el primer piso, se sorprendió al ver a un hombre enorme ocupando el estrecho porche. La vista del hombre lo devolvió de inmediato en sí.

Él también había sido caballero. No podía quedarse de brazos cruzados cuando había un extraño que había irrumpido en su casa con botas sucias, amenazando a su esposa.

Zade bramó con voz fuerte.

—¡¿Q-Quién eres tú?!

Gritando así, con tartamudeo incluido, Zade volvió momentáneamente a su despacho y sacó una espada de su soporte en la pared. Luego, comenzó a bajar las escaleras cojeando.

—¡Ladrón! ¡Todos, bajen armados!

El rostro de Robert ahora estaba pintado de un asco indescriptible.

Su mano permanecía en la empuñadura de la espada, conflictuada.

Pero al siguiente momento, lo que se le puso frente a él fue una terrible sensación de impotencia.

Desgraciadamente, esas personas seguían siendo su familia, ya fuera en la vida anterior o en la presente.

Con un pesado suspiro, Robert apartó la mano de la empuñadura y se dio la vuelta.

—¡¿A dónde?! ¡¿A dónde demonios vas?!

Margaret gritó mientras seguía aferrándose a su brazo.

Parecía haber olvidado que ella había estado clamando para que se fuera de su casa.

Robert sacudió el brazo de Margaret con fastidio, como si ahuyentara a un simple mosquito.

Pero, ¿Qué tan fuerte era? Margaret fue prácticamente lanzada y cayó sentada de golpe sobre su trasero.

Al siguiente instante, los ojos de Margaret se volvieron hacia arriba y mostraron solo el blanco.

Se sintió como si un rayo la hubiera alcanzado desde la cadera hasta la columna.

—¡Kyaa— aack!

—¡Amorrr!

Zade palideció hasta volverse pálido como la muerte, y se apresuró al lugar interponiéndose entre Margaret y Robert.

—¡¿Qué significa esto?! ¡Jamás te perdonaré, lo juro por el honor de la Casa Tilrod!

—¿...honor?

Robert intentó decir algo más, pero no pudo traer las palabras a su boca.

La vista de los rostros descarados de esa gente le producía náuseas.

Robert ya no pudo soportarlo.

Había venido a buscar a Radis, pero estaba llegando al punto en que no podía evitar la necesidad de cortar a esas personas.

Sin embargo, eso era algo que ella nunca querría.

Robert guardó silencio y se dio la vuelta.

—¡Aack, huoooh, mi, mi espalda…!

—¡Amorrr!

Después de haber alejado con una bofetada la mano de Margaret, se fue caminando.

Parecía que ella no estaba en esta residencia, así que tendría que buscarla en otro lugar.

—¡D-Disculpe…!

Cuando estaba a punto de montar su caballo, una criada con un golpe en la mejilla le llamó.

Aunque claramente asustada, la criada se acercó y dijo rápido,

—¿U-Usted busca a la señora Radis, verdad?

Robert miró a Irene con ojos desconfiados, pero pronto asintió.

En ese momento, Irene agarró su capa y susurró con voz muy baja.

—¡P-Por favor, ayude a la señora…!

El semblante de Robert cambió en el instante en que escuchó las palabras de Irene.

Pero aun así elevó sus dudas. Se inclinó sobre Irene y preguntó,

—¿Ayudar? ¿Qué quiere decir? ¿La tienen prisionera?

—¡E-Es incluso mucho p-peor que eso…!

El área alrededor de los ojos de Irene se enrojeció.

—¡La s-señora, ella… vendió a la señorita Radis por d-dinero!

Traducido por: Valiz

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