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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 140


—¡Ay!

—¿Y por qué vas a leer eso?

Asustada, Jurich retrocedió de inmediato, sujetándose la parte trasera de la mano, que se había puesto intensamente roja.

—P-Pero yo s-sólo, sólo tenía curiosidad por s-saber qué está escrito…

Margaret soltó un fuerte bufido.

—¿No dije ya que no es nada? Seguramente sólo ha habido un malentendido. Tu hermano mayor debe haber necesitado un poco de tiempo para respirar.

Jurich se mostró confundida.

—¿T-Tiempo para respirar?

Ya habían pasado varios meses desde que David entró al escuadrón de sometimiento de la Casa Roschilde como escudero, y aun así no había podido adaptarse.

Le habían informado de lo incompetente que era David como escudero —ni hablar de caballero—, así que parecía que ahora lo trataban como una carga allí.

Esa fue exactamente la razón por la que Margaret fue a la mansión del Marqués para encontrarse con Radis.

Fue por David.

Iba a presionar a Radis para que hiciera algo respecto a la situación de David, pero aquella puerta le fue cerrada en la cara. Margaret no pudo hacer nada más, y no quedaba absolutamente ninguna esperanza para David.

Margaret respondió fríamente.

—Dice que David ha estado AUSENTE sin permiso del escuadrón de sometimiento por un tiempo… así que, si David llegara a volver a casa, me piden que los informe.

—¿Q-Quééé?

El rostro de Jurich palideció de muerte.

—E-El hermano, él, del escuadrón de sometimiento… ¿D-desertó…?

Margaret se erizó y rugió.

—¡Esta niña, esta niña! ¡Mira cómo hablas! ¿Qué quieres decir con desertó?

—P-Pero… lo que hizo fue deserción del ejército… eso es un crimen…

Al mismo tiempo que los ojos de Margaret se encendieron, una de las mejillas de Jurich sintió como si se hubiese incendiado.

—¡Kyaah!

Tan impactada por el golpe que su cabeza giró bruscamente hacia un lado, Jurich gritó.

Se llevó la mejilla ardiente con la mano, y miró a Margaret con terror en los ojos.

Pero Margaret, como una tormenta desatada, comenzó a gritar de nuevo sin darle siquiera tiempo a llorar o a dar excusas.

—¡Jurich Tilrod, mocosa insensata! ¡De tu propio hermano hablas así, y qué, ¿Deserción? ¿Crimen?! ¡Tu hermano sólo está pasando por un mal momento en el escuadrón de sometimiento, ¿Entendido?! ¡Sólo se está tomando un descanso! En lugar de cubrir a tu hermano mayor, ¿Por qué eres tan rápida en deshonrarlo, eh?!

Como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera drenado, Jurich estaba pálida como una sábana.

Temblaba terriblemente como un álamo, y mientras intentaba balbucear una disculpa, sin darse cuenta llevó el pulgar a sus labios.

—M-M-Mamá, l-lo s-s… perdón… me equi…

—¡Otra vez, otra vez, otra vez!

Margaret arrancó ferozmente la mano de Jurich de su boca.

—¿Por qué tartamudeas tanto, eh? ¿Acaso no tienes la sangre de la familia Tilrod en tus venas? ¡Te pareces a tu padre a la perfección! ¡Me frustras hasta la muerte!

—Hu… uu…

Los dientes de Jurich castañeteaban salvajemente.

Sus ojos verdes estaban casi a punto de voltearse completamente en blanco.

Pero lo único que hizo Margaret fue empujarla, aun cuando la chica estaba a punto de desmayarse.

—¡Inútil! ¿De qué sirve una mocosa débil como tú?

Margaret gritó entonces para llamar a Irene, que estaba en una esquina del vestíbulo, sujetando una escoba con ambas manos.

—¡Tú! Llévate a Jurich de vuelta a su cuarto. ¡Y dile que escriba una carta de disculpa! ¡No la dejes salir de su cuarto hasta que llene diez páginas!

Con la cabeza gacha, Irene se adelantó y se llevó a Jurich, que estaba al borde del desmayo.

Margaret pateaba el suelo del vestíbulo, resoplando como un dragón enfurecido.

—¡Argh, esta maldita casucha! ¡Ni una sola persona sirve aquí! Todos sólo me miran… ¡Aaaahh… estoy tan harta…!

Pisoteó el diminuto vestíbulo unas tres veces.

Pero debido al dolor de espalda, Margaret terminó hundiéndose en una silla.

Entonces, en ese momento.

Toc, toc.

Alguien estaba en la puerta.

—¿Qué?

Los ojos de Margaret se agrandaron mientras fulminaba la puerta con la mirada feroz.

—¿P-Podría ser? ¿Mi hi…jo?

Olvidando momentáneamente su dolor de espalda, Margaret saltó de pie y abrió de golpe la puerta principal.

—¿…?

Pero no era David quien estaba en el porche.

Era un hombre de piel bronceada, cabello rubio platino tan claro que parecía blanco, y ojos grises penetrantes que recordaban al cielo invernal.

Era Robert.

Margaret recorrió al hombre de arriba abajo, y su expresión pronto se volvió hosca.

Aunque era un hombre apuesto, no estaba muy bien vestido y no había llegado en carruaje.

—¿Quién…?

La mirada de Margaret vagó hacia los hombros anchos y musculosos del joven, hacia la espada en su cintura, y luego se volvió hacia el fino caballo de guerra que aguardaba junto al porche.

¿Un caballero?

Margaret pensó que quizás era un caballero al servicio de la Casa Roderick, y que había venido a traer noticias sobre David.

—¿…eres tú…?

Margaret intentó curvar las comisuras de sus labios y sonrió con gracia.

Pero Robert no devolvió ni un ápice de sonrisa.

La fulminó con la mirada sombría y oscura de sus ojos, y pronto apartó la vista de ella para escanear el vestíbulo.

Frente al extraño aire hostil del joven hacia ella, no pasó mucho tiempo antes de que Margaret comenzara a sentirse incómoda.

Traducido por: Valiz

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