La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 136
Después de golpear a Margaret dos veces más, Mariel sujetó su temblorosa muñeca con la otra mano. Respiraba con dificultad.
Mientras tanto, Yves Russell, que estaba de pie detrás de Mariel, habló con severidad.
—Ya sabe quién soy, así que permítame presentarle a esta noble dama. Ella es la antigua matriarca del marquesado Russell y mi abuela, la Dama Mayor Mariel. Muestre respeto.
Las palabras de Yves Russell fueron el detonante para que el rostro de Margaret se pusiera completamente azul.
Era absurdo escuchar que debía mostrar respeto hacia la persona que acababa de abofetearla tres veces en la cara, pero Mariel ocupaba una posición lo suficientemente alta para que así fuera.
Aunque sus hombros temblaban de rabia, Margaret se vio obligada a inclinar la cabeza.
Mariel le gritó.
—¡Si no fuera una anciana indefensa, te habría golpeado cien veces más!
Y con voz temblorosa, Mariel continuó.
—Me preguntaba qué clase de padres tenía esta niña. Ella vino aquí vestida con harapos, hasta el punto de que era difícil distinguir si era un niño o una niña, ¿Y tú…? ¿Tú viniste vestida de pieles y seda? ¿Acaso pensaste que eso te haría ver hermosa?
Los ojos y el rostro de Mariel estaban rebosantes de ira y repugnancia.
Si esto hubiera sido en circunstancias normales, Margaret ya habría contraatacado, pues su enojo había llegado al punto de ebullición. Sin embargo, si lo hacía allí y en ese momento, podría salir de ese lugar sin la cabeza unida a los hombros.
Todo lo que Margaret pudo hacer fue inclinar aún más la cabeza.
—¿Eso que tienes dentro de la boca es la lengua de un ser humano o la lengua de una serpiente? No… ni siquiera una serpiente haría algo así. Un animal tiene la decencia de cuidar de sus propias crías, ¿Pero tú? ¡Tú ni siquiera puedes estar al nivel de una simple bestia! ¿Cómo pudiste blandir esa lengua y ridiculizar a tu propia hija? ¡Es lo mismo que clavarle un puñal directamente en el pecho!
Como si esa ráfaga de acusaciones no bastara para aliviar su ira, Mariel utilizó el abanico que sostenía para empujar con fuerza el hombro de Margaret.
Margaret se tambaleó de un lado a otro bruscamente.
Aun así, más que por la fuerza de las temblorosas manos de la anciana, Margaret se tambaleaba por las palabras de Mariel.
Al verse reducida a un ser humano que no era ni siquiera tan bueno como un animal, Margaret no pudo soportarlo más. No podía permanecer en ese mismo lugar.
—Tú, vamos.
Con una voz pequeña, como de mosquito, Margaret llamó a Jurich.
Y así, Jurich fue arrastrada débilmente por el agarre de Margaret, como si hubiera perdido toda su energía.
Los ojos verdes de la niña no dejaban de mirar a su alrededor, como si ya no supiera dónde estaba.
Al verla, Radis sintió lástima por Jurich por primera vez.
Yves Russell observó a la madre y a la hija con una mirada tan afilada y fría como un fragmento de hielo. Dio un pequeño paso hacia un lado solo para darles paso.
Mientras ambas se marchaban con expresiones miserables en sus rostros, la baja advertencia de Yves Russell resonó en todo el vestíbulo.
—La única razón por la que ustedes dos pueden salir de este lugar con vida es porque están relacionadas con Radis. Si esto vuelve a ocurrir una segunda vez, no sé si podré seguir tolerándolas.
Radis miró fijamente las espaldas en retirada de esas dos personas, que ni siquiera se atrevían a alzar la vista hacia Yves Russell. Se apresuraron a salir por las puertas principales y atravesaron el pórtico.
Margaret siempre había parecido enorme a los ojos de Radis, y sin embargo, ahora se veía tan pequeña.
Incluso su pequeña silueta fue tragada por la oscuridad en un instante. Y, poco después, las puertas se cerraron de golpe.
Un silencio incómodo cubrió el vestíbulo.
Radis levantó ligeramente la mirada e intentó observar a su alrededor.
Desde el inicio del alboroto, Radis no había visto a ninguno de los empleados de la mansión aparte de Allen.
En cuanto a Allen, estaba allí, con la cabeza inclinada, por lo que ella no podía ver qué expresión tenía en ese momento.
La Dama Mayor Mariel también tenía la cabeza girada hacia un lado mientras respiraba con fuerza, al punto de que su pecho subía y bajaba visiblemente.
Y, como siempre, Yves mantenía el flequillo caído, de modo que ella tampoco podía adivinar qué clase de reacción tenía.
Radis cerró los ojos con fuerza.
Si pudiera elegir el momento de morir, preferiría morir ahora.
No. Más que eso, haría cualquier cosa si pudiera desaparecer de este lugar sin dejar rastro.
Pero tal milagro no vendría a ella.
Como hija de Margaret, era trabajo de Radis limpiar el desastre que su madre había dejado atrás.
Radis inclinó profundamente la cabeza, frotando sus manos contra la tela arrugada de su vestido.
—Lamento haberles causado molestias. Me disculpo enormemente.
Entonces, la Dama Mayor Mariel giró la cabeza y gritó.
—¡¿Por qué te disculpas?!
Mariel avanzó con pasos firmes hacia Radis, que observaba cómo toda clase de emociones desbordaban como olas y más olas en el rostro de Mariel.
—Pobre niña…
Mariel atrajo a Radis hacia su abrazo.
Sorprendida, Radis se quedó inmóvil.
Pero Mariel continuó acariciándole la espalda del hombro.
Las manos de la anciana eran infinitamente suaves, como una gasa gastada.
Su aroma también era así.
Cuando Mariel se acercó, Radis sintió como si una botella de perfume se hubiera abierto justo frente a ella. Era un perfume antiguo, pero sumamente reconfortante.
Dándole palmaditas en la espalda, Mariel continuó.
—Soy yo quien lo lamenta, Radis. No sé cómo disculparme contigo por todo lo que dije. He vivido una vida llena de remordimientos hasta ahora, pero es la primera vez que me arrepiento de algo que he dicho.
Radis se dio cuenta de que Mariel se estaba disculpando por lo que le dijo durante su primer encuentro.
Traducido por: Valiz
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