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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 130


Yves Russell estaba envuelto en la habitual bata negra de siempre, así que no pudo evitar quedarse helado de la sorpresa.

Al verlo así, las comisuras de los labios de Olivier se levantaron un poco.

—Supongo que no sabía eso de mí. Por favor, tengalo en cuenta a partir de ahora.

Olivier dijo esto con voz baja, luego pronto dio un paso atrás del otro hombre. Lo miró con la misma fría mirada que solía tener.

—Ayer ocurrió un pequeño incidente que me impidió regresar al Palacio Imperial de inmediato, por eso pasé la noche aquí. Le agradezco su generosidad, Marqués. Nos veremos pronto.

Olivier se inclinó levemente, luego se dio la vuelta.

Esperando al frente de la mansión, los asistentes del Palacio Imperial y los caballeros de la guardia imperial se inclinaron ante Olivier al pasar.

Y allí, un carruaje con el escudo de armas de la familia imperial lo esperaba, como si fuera un negro abismo abierto, la entrada al infierno.

Hacia el Palacio Imperial regresaría, donde personas con corazones negros como la brea se revestían de brillantes conchas doradas, y donde el escenario estaba dispuesto con un suelo cubierto enteramente de cuchillos afilados.

Era hora de volver a ese lugar.

Olivier se detuvo en la puerta del carruaje y miró hacia atrás por última vez.

Es la primera vez que ansío algo con tanta fuerza.

Al principio, solo quería ver su sonrisa.

Después de verla sonreír una vez, pensó que podría apartarse de ella sin ningún pesar.

Sin embargo, con cada instante que pasaba a su lado, descubría que no podía soportar apartar los ojos de ella.

Cuando la vio masticar comida deliciosa con las mejillas infladas así, fue la primera vez que aprendió lo que era sentirse satisfecho sin comer.

Incluso llevó chocolate —aquel alimento que menos le gustaba— a su boca sin pensarlo.

Incluso avergonzada, era tan adorable.

Y cuando había quedado tan encantada con un sombrero de diseño claramente extraño, se sintió obligado a comprárselo, aun sabiendo que sería excesivo.

Pero ¿Qué podía hacer? Era tan encantadora incluso cuando estaba un poco enfadada.

—Ah.

Olivier dejó escapar un pequeño sonido.

—No tuve oportunidad de darle el pastel a la Dama.

Un asistente a su lado respondió inclinándose.

—Lo entregaré sin falta, Su Alteza.

Olivier asintió levemente y finalmente subió al carruaje.

Siempre que le ofrecía más obsequios, ella se veía en conflicto y dudosa, y la mayoría de las veces intentaba disuadirlo. Sin embargo, verla así solo hacía que Olivier comprendiera el significado de la palabraadorable.

En el traqueteante carruaje, Olivier cerró suavemente los ojos y recordó a Radis.

Tan conmovida hasta el punto de casi llorar al recibir solo un dulce.

Tan inocente al sonreír a los cisnes.

Tan preocupada al verlo temblar.

Y la noche pasada, incapaz de dejarlo, se quedó profundamente dormida a su lado…

Si pudiera, quería grabar su imagen detrás de sus ojos.

No…

Si fuera más codicioso…

La quiero.

En cuanto lo reconoció, sintió una extraña sensación extenderse por todo su cuerpo.

En ese instante, estaba completamente colmado de deseo, de ansias por ella.

Hasta el punto de que todo lo demás parecía insignificante.

Él mismo quedó sorprendido por esta revelación.

Durante toda su vida, se había considerado un hombre bastante frío y cínico.

La agitación y cualquier muestra de emoción eran cosas que consideraba necias. Prefería con mucho seguir un plan sólido, enfrentando todo con un intelecto sereno.

Pero aquí y ahora, presentía que ya no podría seguir haciéndolo.

¿Qué debo hacer para tenerla?

En el momento en que decidió que quería tenerla para sí, su corazón comenzó a latir emocionado, frenético.

Sin embargo, en contraste con su corazón desbocado, la mirada en sus ojos se volvió cada vez más fría.

¿Debo restituir al Marqués Russell como Duque? Entonces, la Emperatriz… no, no sería demasiado difícil manipular a Charles. Pero ¿Realmente el Marqués desea solo eso? ¿La entregará por completo?

Aunque Olivier corrigió sus pensamientos de inmediato.

No, este no es el camino correcto.

Si continuaba así —si intentaba ganarse su puro afecto con tales métodos— esto no sería más que un insulto para ella.

Radis, ¿Qué debo hacer para conquistarte?

Olivier era el tipo de hombre que hacía planes sobre planes y contramedidas sobre contramedidas que tardaban mucho en elaborarse, como un largo, complejo y sinuoso laberinto.

Su experiencia en hacer tales planes afinaba su capacidad de estudiar el problema en cuestión y rápidamente derivar una solución.

Pero descubría que no podía hacerlo con el asunto al que ahora se enfrentaba.

—¿Por qué?

Olivier miró por la ventana del carruaje y contempló la residencia del Marquesado Russell.

Ella estaba allí.

Solo necesitaba recorrer una corta distancia para volver a alcanzarla —apenas unos minutos y estaría frente a ella otra vez— sin embargo, tal como estaba ahora, se sentía como si extendiera la mano hacia una estrella lejana en el cielo nocturno.

Con tanta calidez en sus ojos, con tanta dulzura en su sonrisa… no sabía qué hacer para mantenerla en sus brazos.

La quiero.

La quiero tanto.

No podía pensar en un plan ni en ninguna forma de conseguirla.

Su boca comenzó a secarse y empezó a sentirse sediento, como si una bola de algodón se hubiera atascado en su garganta.

Olivier gimió de dolor. Luego, suspiró.

—Haa…

En su anhelo por ella, el aliento que dejó escapar hacía parecer que se había convertido en un hombre enteramente dedicado al azúcar, tan dulce como su fragancia.

Traducido por: Valiz

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