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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 127


Radis se sintió bastante apenada por él, así que recogió algo de leña con la intención de agregarla al fuego.

—Su Alteza.

Tan perdido estaba en sus pensamientos que ni siquiera notó que Radis se había acercado, y Olivier levantó la vista con expresión ausente.

Y se encontró con la imagen de una mujer, vestida con una vaporosa bata de encaje y una linda bata rosa encima, abrazando un montón de leña entre los brazos.

Olivier casi suelta una carcajada ante lo absurdo de la escena.

Un poco avergonzada, Radis explicó.

—Rina eligió este camisón para mí.

Radis empujó los troncos hacia las brasas con naturalidad, apilándolos encima.

—¿No tiene frío? Esto debería darle algo de calor.

—Ajá, gracias.

—¿Acaso le duele la garganta? ¿Le gustaría que le trajera un poco de té caliente?

—Está bien así.

—Su voz no suena bien. Seguro no está acostumbrado al aire frío que tuvimos hoy.

Malinterpretando la voz tensa de Olivier —que en realidad era solo por contener la risa—, Radis fue a la cocina y regresó con una tetera.

—Es té de lavanda. Le ayudará a dormir bien.

—…gracias.

Se sentaron uno al lado del otro frente a la chimenea, sosteniendo sus tazas calientes y observando las llamas arder.

Ausente por un momento, de pronto algo vino a su mente.

—Su Alteza.

—¿Sí?

—Quería mencionarlo antes, pero no tuve oportunidad. ¿Puedo preguntarle algo?

Olivier giró la cabeza y miró a Radis.

A diferencia de hace un momento, su rostro ahora se veía cálido, bañado por el resplandor del fuego.

Radis tragó saliva.

Su Alteza, hacia mí, usted…

Pero justo en ese momento, su racionalidad le golpeó la cabeza como un mazo.

¿E-Estás loca? ¿Cómo vas a preguntar eso?

Radis bajó la cabeza, abriendo y cerrando los labios sin emitir sonido alguno.

Entonces, Olivier habló.

—…no creo que pueda responder lo que quieres preguntarme ahora.

Radis se congeló como hielo.

—¿Qué…?

—La persona que quiere verme muerto.

Olivier sonrió ampliamente al ver cómo Radis lo miraba boquiabierta.

—No te preocupes. No voy a morir tan fácilmente.

Contrario al peso de sus palabras, su tono era infinitamente suave, como si intentara consolar a un niño.

Al ver esa mirada amable sobre ella, Radis lo comprendió.

Está intentando tranquilizarme. Aunque él es quien está sufriendo todo esto.

El tumulto que había sentido hace un instante pronto se disipó, y su corazón dolía como si alguien lo apretara con fuerza.

Mientras él trataba de ocultar su dolor de esa manera, ella no pudo evitar sentirse conmovida.

La punta de su nariz empezó a picar.

Pero no quería parecer débil.

No podía hacerlo frente a él, que se esforzaba por ocultar sus heridas por su bien.

Para ocultar también el dolor que ella sentía, Radis sonrió de forma ambigua.

¿Sería por las llamas de la chimenea?

El ambiente que los rodeaba empezó a sentirse excepcionalmente cálido.

Los ojos violetas de Olivier, que siempre habían parecido fríos, también se tornaron rojos como si se calentaran.

El calor de su mirada se irradiaba hacia el rostro de Radis.

Su mirada era extremadamente cálida, y su respiración temblaba suavemente.

Radis se sorprendió ante ese descubrimiento.

¿Cómo pudo parecer alguna vez una estatua fría? ¿Como una muñeca?

Sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.

Radis sintió el impulso de extender la mano y tocarle el rostro.

Sus mejillas parecían tan cálidas y suaves, profundamente sonrojadas por las llamas frente a ellos, más que con la textura de una perla fría.

Pero no. No podía hacer eso.

Ese hombre era el Tercer Príncipe Imperial del Imperio. Tocarle no era tan simple como acariciar a un gatito.

Una vez más, Radis comprendió algo.

Como la respiración y como el maná, las emociones eran similares.

Nadie sabe qué tipo de emociones guarda otra persona en su corazón hasta que son expresadas.

Ella apartó la vista de él, inhalando lentamente el aire frío.

Entonces, Olivier abrió los labios para hablar.

—¿Acaso Dios… te envió a mí?

Ante eso, los ojos de Radis se abrieron de par en par mientras lo miraba una vez más.

—¿Qué?

Olivier sonrió con timidez.

—Siento como si Dios te hubiera enviado para poner fin a mi sufrimiento.

Su Alteza, ¿De qué está hablando?

Radis quiso preguntar.

Sin embargo, el calor persistente en los ojos de Olivier le impedía mover los labios.

Radis no tuvo más opción que quedarse en silencio una vez más.

—Ese día, durante mi celebración de cumpleaños en la mansión del Marqués, tal agonía me sacudió.

—¿…?

Radis recordó cómo había estado él en aquel entonces.

Ese día, Olivier se mostró con un aire helado pero hermoso, como un disco afilado hecho completamente de plata. Se veía perfecto.

¿Estaba sufriendo incluso en ese preciso momento?

Olivier se apartó un mechón de cabello.

Cabello como hilos de plata, que brillaban bajo la luz roja.

Respiró hondo antes de hablar otra vez.

—Mi cumpleaños es el día que menos espero que llegue.

De alguna forma, se sentía como si estuviera confesando un secreto.

Tras decir eso, Olivier dejó escapar un largo y profundo suspiro.

Era el tipo de suspiro que sonaba como si una cuerda enredada estuviera desenredándose en su corazón.

Traducido por: Valiz

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