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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 121


En aquel entonces, encontró runas grabadas en la pared cubierta de musgo, sobre la cual apoyó la mano.

Y, como si hubiera atravesado una puerta... volvió al Marquesado Russell.

Para ser exactos, en el regazo de Yves.

Radis sacudió la cabeza de inmediato para apartar el recuerdo de la imagen de Yves, y se apresuró a hablar.

—¿Es posible... incluso ahora? Si alguien sabe usar maná, ¿Puede viajar a través de una puerta o usar una herramienta mágica sin piedras mágicas?

—No estoy muy seguro. Tal vez sea posible, pero esa persona necesitaría mucho maná.

—¡Entonces es probable...!

Después de escuchar la explicación de Olivier, Radis se sintió extrañamente aliviada.

Olivier le sonrió levemente.

—Lamento no poder darte una respuesta clara. Desde que nuestro Imperio rompió relaciones con Rafal, el Imperio ha tenido muchas dificultades para estudiar todo lo relacionado con la magia. No sería una exageración decir que nuestro conocimiento también está disminuyendo. Es una lástima.

—¿Qué hay que lamentar? No es tu culpa. Por cierto, hay una torre mágica en Rafal, ¿Verdad? Eso pasó porque nuestros dos países se distanciaron.

—Pero la ignorancia engendra miedo.

Sin darse cuenta, Radis dejó de caminar.

Porque ella también había tenido esa experiencia.

Un momento en el que se había tenido miedo a sí misma.

Olivier continuó con una voz muy suave.

—Las personas temen, por naturaleza, lo que no conocen. Tal vez por eso los plebeyos temen a los magos hoy en día. Claro que hay rumores sobre los 'magos oscuros' que se separaron de la torre mágica, y es probable que esos rumores sean el origen de esos temores, pero... como resultado, parece que hay una tendencia de que las personas sean exiliadas de sus pueblos al descubrirse que tienen talento mágico, o si lo están ocultando.

Radis podía entender lo que pasaba por la mente de esos plebeyos.

Cuando descubrió que podía transformar el maná de las piedras mágicas, se asustó de sí misma.

Cuando murió, volvió al pasado. Y luego de retroceder así, de alguna forma absorbió maná de las piedras mágicas, que provenían de monstruos. Y, por si fuera poco, cuando estuvo en el Bosque de los Monstruos, también escuchó la voz de Arachne.

Después de todo ese proceso, ¿Cómo no iba a sentir que se había convertido en un monstruo?

—En realidad, ellos son las llaves para encontrar la verdad.

Olivier la miró de nuevo y sonrió levemente.

—Todo proviene de un error cometido por la Familia Imperial. Es natural que sea algo de lo cual me avergüence.

Radis lo miró fijamente.

Hasta ahora, se habían encontrado solo unas pocas veces. No sabían nada el uno del otro.

Pero entonces, ¿Cómo era posible que él dijera exactamente lo que ella necesitaba escuchar, y siempre en el momento justo en que lo necesitaba?

Cuando se conocieron, y ahora.

Radis reanudó el paso, y dijo,

—Lord Olivier, es una persona muy extraña.

—...

—Parece que tiene el poder de leer la mente de las personas.

Ante esto, los ojos de Olivier se curvaron mientras sonreía con picardía.

—Realmente quisiera tener ese poder. Si lo tuviera, habría elegido el sombrero que más te gustó y te lo habría dado como regalo.

Al recordar esos cinco sombreros, Radis se llevó una mano a la frente.

Olivier le sonrió alegremente.

Y, efectivamente, todos en ese lado de la avenida parecían haberse quedado completamente hipnotizados por su sonrisa.

Era tan guapo que Radis sentía que le cegaba los ojos solo con mirarlo mientras estaba de pie, ¿Qué más si sonreía así de brillante? Era como si su alma estuviera siendo vendida.

Bueno, da igual...

Al ver esa sonrisa, Radis sintió que los músculos tensos de sus hombros se relajaban.

Otra vez se preguntó qué pasaría si realmente llegaba a haber un agujero en el tesoro de la familia imperial.

Olivier estaba sonriendo tan felizmente.

Mientras él y Radis caminaban uno al lado del otro, pronto llegaron a unos puestos callejeros.

Al mirar las diversas cosas que vendían, Radis preguntó con emoción.

—¿Eso es caramelo?

—Sí.

—Solo fue una vez, pero llegué a ver caramelos antes. Fue en el décimo cumpleaños de David, y se celebró una gran fiesta para él. Todos los niños de los alrededores fueron invitados. En ese momento, un comerciante de dulces también vino a la mansión. Ese artesano de caramelos hacía diversas formas con los dulces estirando rollos brillantes que relucían como oro mientras los alargaba para que parecieran cintas, o les daba forma con moldes.

Radis sonrió al ver la confitería tan bonita.

—Los caramelos de aquella vez no eran tan bonitos como esos. Lo que se repartió durante esa fiesta eran solo caramelos negros, parecidos a piedras.

—Negros y como piedras... ¿A qué sabían?

Radis se encogió de hombros.

—No lo sé.

—¿Qué?

—Por más que esperé, mi turno no llegó.

Ahora que lo pensaba, los niños que habían sido invitados al cumpleaños de David estaban todos vestidos con ropa bonita.

Entre ellos, Radis solo llevaba puesta ropa vieja de David, y en vez de parecer una invitada o un miembro de la familia, seguramente daba la impresión de ser una de las sirvientas de la mansión.

Independientemente de si el comerciante de dulces era amable o no, no tendría ninguna razón para darle caramelos a una sirvienta.

Pero la Radis de doce años no entendía por qué era la única que no recibía caramelos.

Todo lo que pudo hacer ese día fue tragar saliva mientras se le hacía agua la boca, y desde lejos, observar esos caramelos que brillaban deslumbrantes bajo la luz de las velas.

Traducido por: Valiz

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