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La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 114


Los ojos de Radis se entrecerraron.

Era solo una suposición, pero en la vida anterior —donde Yves no había conocido a Radis— es posible que Yves no lograra establecer una relación con Olivier.

Sin embargo, como resultado de tener a Radis a su lado, el Yves del presente tenía circunstancias distintas.

El Marqués parece tener una firme creencia de que Su Alteza Olivier será el próximo Príncipe Heredero. Pero si no es él…

Yves se frotó los ojos con un antebrazo y bostezó.

—¡Haaaahm!

—…

Mirándolo con ojos compasivos, Radis se levantó de su asiento.

—Oh, ¿Radis? ¿Ya te vas?

—Se ve muy fatigado, así que duerma un poco más.

—Es cierto que tengo sueño, pero quiero pasar tiempo contigo. Radis, ¿Sabes jugar ajedrez?

Yves también se levantó. Luego, ududuk, ududuk, se tronó el cuello.

Aunque se animó un poco al oír la palabra ajedrez, Radis dudó por un momento, pero finalmente lo siguió.

Así que esta era su habitación en la casa de la familia Loire. Aun así, el lugar seguía estando bastante oscuro.

Como siempre, sus cortinas eran completamente negras, excepto por los bordes dorados bordados con hilo de oro. La ropa de cama también era negra, y la mesa sobre la que estaba el tablero de ajedrez estaba hecha de madera de ébano.

Con una mano, Yves arrastró la pesada mesa y la colocó junto a la cama.

Radis se preguntó por un segundo qué estaba haciendo, pero Yves simplemente se metió de nuevo en la cama, dejando solo su torso fuera del edredón.

Luego, sonrió alegremente al llamarla.

—¡Ven aquí, Radis!

Con lo desconcertante que era su aspecto en ese momento, Radis olvidó todo lo que estaba pensando.

—En serio, ¿Qué le pasa? ¡Usted… usted holgazán!

—Radis, ¿Qué quieres decir con holgazán?

Reclinado en la cama, Yves se echó el flequillo hacia atrás con suavidad.

Debajo del cabello negro que se mecía, sus ojos color ámbar brillaban con languidez.

—¿Dónde en el mundo podría haber un holgazán tan atractivo?

Radis casi se golpea la frente otra vez.

Sin embargo, su frente aún le ardía. Si se la golpeaba una vez más, de verdad podría terminar con una hemorragia nasal esta vez.

Sin decir una palabra, Radis se acercó a Yves, tiró de las mantas y cubrió todo su cuerpo, dejando solo su rostro al descubierto, como un cangrejo ermitaño.

—Señor Marqués Cangrejo Ermitaño. Juguemos una partida de ajedrez.

—Radis, ¿Qué tan buena eres?

Ante la pregunta, Radis recordó algunos recuerdos de su vida anterior.

Fue gracias al escuadrón de subyugación que aprendió a jugar ajedrez.

Uno de los pasatiempos de Robert era el ajedrez, así que la mayoría de los miembros del escuadrón disfrutaban jugar también.

Todos tenían un tablero de ajedrez dibujado en el interior de sus escudos.

En su tiempo libre, los miembros se sentaban aquí o allá, volteaban sus escudos y jugaban ajedrez con las piezas que ellos mismos tallaban.

—Apostemos la cena.

—Hecho. Cena, pero subamos la apuesta con el turno de guardia nocturna.

Usaban todo tipo de cosas como apuestas.

Radis habló.

—Soy regular. Marqués Cangrejo Ermitaño, ¿Qué apostamos?

Yves parpadeó.

—¿Apuesta? ¿Qué?

—Estamos jugando una partida, ¿Verdad? Será más divertido si hay una recompensa.

Yves se quedó algo sin palabras, pero pronto respondió.

—¿Qué es eso? ¿Que será más divertido, dices? ¿Pero qué apostamos? ¿Dinero?

—No. Dinero no.

—¿Eh? ¿Por qué?

Como Robert fue quien hizo popular el ajedrez entre los miembros del escuadrón de subyugación desde el principio, no tuvo más opción que tolerar las apuestas que hacían. Aun así, nunca les permitió apostar dinero.

Radis se encogió de hombros.

—Esa es la regla.

—Vaya, eso lo complica.

Yves meditó por un momento, acariciándose el mentón. Pronto, Radis habló.

—¿Qué le parece esto? Verdad o reto. Podemos preguntarnos lo que queramos saber.

Yves chasqueó los dedos.

—Perfecto. Vamos con eso.

—¿Blancas o negras?

—Como caballero, cedo el paso a usted, mi dama.

—Marqués Cangrejo Ermitaño, el juego ya ha comenzado. En este mundo despiadado en el que vivimos, no hay necesidad de sentir lástima ni hacer concesiones.

Con movimientos ágiles como los de una barbera, Radis tomó un peón blanco y uno negro en cada mano, los mezcló y luego los dejó cubiertos en sus puños.

—Elija uno, Marqués Cangrejo Ermitaño.

Yves la elogió.

—Vaya, ¿Radis? ¿Por qué estás tan genial hoy? Bien, elijo este lado.

—Tendrá las negras, Marqués.

Tirando de nuevo la manta sobre su cabeza hasta dejarla solo sobre los hombros, los ojos de Yves brillaron mientras enderezaba su postura.

—¡Muy bien, no voy a tener piedad!

───── •????️• ─────

Tak.

Colocando el caballo negro, Robert declaró:

—Jaque mate.

Y, levantando las manos en señal de rendición, Radis respondió:

—Perdí, Capitán.

Sentado frente a ella, Robert barrió las piezas del tablero con una sola mano grande, luego comenzó a organizarlas.

Con su cabello rubio platino que, debido a su piel bronceada, parecía casi blanco, Robert se veía como una estatua de un gigante esculpido en bronce.

—Dee, eres demasiado honesta. Por eso siempre caes en esas trampas.

Robert no era una persona muy habladora, pero después de una partida de ajedrez, siempre la orientaba de esa manera.

A Radis le gustaba eso.

Por eso, aunque sabía que perdería fácilmente contra él, Robert nunca supo que ella jamás había jugado una partida de ajedrez antes de jugar con él.

Traducido por: Valiz

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