La Hija Mayor Camina Por El Sendero De Las Flores - Novela Cap. 104
Radis miraba por la ventana del carruaje, contemplando la magnífica vista del palacio imperial.
Rodeado por muchos muros defensivos, el castillo imperial era como una ciudad enorme en sí misma.
Aunque ya habían entrado en los terrenos del palacio, el viaje en carruaje continuó durante un buen rato más, y tuvieron que atravesar varias puertas y extensas áreas delimitadas por topiarios.
La escala del palacio hacía que cualquiera pusiera en perspectiva cuán poderoso era el imperio.
Finalmente, el carruaje se detuvo frente a una enorme estructura situada en el centro de los muros del palacio.
Al bajar del carruaje, Radis quedó inmediatamente cautivada por el esplendor que la rodeaba.
Encima del edificio que tenía delante se alzaba una alta torre de reloj, y las paredes del edificio estaban adornadas con columnas talladas intrincadamente, estatuas de bronce y grandes ventanales.
Y a través de las ventanas arqueadas de vidrio emplomado, se filtraba una luz brillante que emitía muchos colores distintos.
Con un ligero roce de sus labios sobre el dorso de su mano, Yves murmuró:
—¿Vamos, mi señora?
Radis se dejó escoltar por Yves Russell, y pronto entraron en el salón, donde el baile ya estaba en pleno apogeo.
Luces tan deslumbrantes como galaxias en el cielo nocturno llovían sobre su cabeza. Miraba alrededor, asombrada.
Cuando alzó la vista, vio el enorme candelabro colgando del techo.
El número de velas encendidas era incalculable, y los incontables cristales dividían la iluminación en rayos más pequeños de brillo. Así, el salón estaba completamente bañado en luz resplandeciente.
Y bajo esa luz deslumbrante, muchas personas vestidas con elegancia se deslizaban con gracia.
Mientras Yves la guiaba por el lugar, Radis saludó a tantas personas que no podía recordar a cada una de ellas.
Eventualmente, se detuvieron frente a un hombre que llevaba una corona real sobre la cabeza, y que iba vestido tan fastuosamente como un pavo real. Los recibió con los brazos abiertos.
—¡Marqués Russell! Ha pasado tanto tiempo.
—Su Majestad Real Luntier.
—Jajaja, es cómodo vivir alejado de la gente, pero la capital es tan espléndida como la recordaba. Verlos crecer me hace sentir más joven también.
—Pero Su Majestad Real sigue siendo joven.
—¡Kehahaha! ¡Sí, y aún sigo en funciones, ¿No es así?!
La Duquesa Byard, de cabello plateado y porte elegante, abrió mucho los ojos al saludar a Yves y Radis.
—Marqués Russell, ¿Acaso por fin ha encontrado esposa?
Yves se inclinó para darle un beso en la mejilla arrugada de la Duquesa, y con una sonrisa igualmente elegante en los labios, respondió:
—Aún no sé si llamarla esposa, pero quisiera presentarle a esta señorita. Es la estimada hija de la Casa Tilrod, y estoy patrocinándola.
Radis hizo una reverencia ante la Duquesa con la mayor cortesía.
—Soy Radis Tilrod.
—Ohhh, señorita Radis. Esta vieja se apresuró e hizo el ridículo sin querer. Es un placer conocerla.
—El honor es mío también.
Aunque fingía estar tranquila, los ojos de Radis giraban.
Esta era la segunda vez que asistía a un baile.
Sin embargo, este Baile de Año Nuevo era muy distinto al banquete de cumpleaños que se había celebrado en la residencia del Marqués para el Príncipe Olivier.
En este gran salón, estaba presente la familia imperial, así como realeza de otros países. También asistían nobles con sangre imperial, y los grandes nobles estaban allí.
De repente, se sintió como un humilde pastor que había tomado el camino equivocado y se había colado por error en un banquete de los dioses.
Sombras doradas se movían lentamente, como si danzaran a su alrededor.
Le dio vueltas la cabeza. Ni siquiera sintió mareo cuando cruzó la puerta de distorsión antes, pero ahora se sentía aturdida.
Entonces, la mano de Yves le apretó suavemente el hombro.
—Radis.
—¿Eh?
Pudo ver a Yves sonriendo.
—Es un caos, ¿No? Vamos a tomarnos un pequeño descanso.
Yves le tomó la mano y la condujo al tercer piso del salón de banquetes.
Pero Radis señaló hacia el segundo piso.
—Creo que la sala de descanso está por ahí.
A cambio, Yves le dedicó una sonrisa burlona.
—Arriba hay una de primera clase, ¿Sabes?
Vio que había muchas personas en el segundo piso, pero prácticamente nadie en el tercero.
De hecho, el pasillo por el que pasaban en el tercer piso estaba conectado al tejado, así que no parecía un buen lugar para descansar por el viento helado.
Pero Radis pronto entendió por qué Yves se refería a ese lugar como de primera clase.
La vista espectacular del candelabro se desplegaba ante ella.
—Qué bonito…
Radis se quedó mirando embelesada el candelabro.
Cada vez que el viento soplaba, las velas parpadeaban y los cristales temblaban.
Sentía como si estuviera en medio de un océano de estrellas, brillando en oro y plata.
Yves se quitó su abrigo y lo colocó sobre sus hombros.
El interior del abrigo estaba cálido.
Eso era porque el calor de Yves aún permanecía.
Y no era solo su calor.
Lo acompañaba un aroma dulce.
El aroma de Yves.
Radis giró la cabeza y lo miró de reojo.
Él sonreía levemente mientras miraba hacia otro lado, pero cuando su mirada se encontró con la de Radis, sus ojos adoptaron una expresión juguetona.
Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para hablar, Radis se le adelantó.
—Déjeme adivinar, ¿‘No te enamores de mí’?
—¿Cómo lo supiste?
Radis estalló en una carcajada.
Su sonrisa radiante era suficiente para eclipsar el brillo del candelabro.
Traducido por: Valiz
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