Regresar
DESCARGAR CAPITULO

El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 103


Episodio 103

Karen lo sabía todo.

Que esa vida que parecía segura y tranquila era una mentira que podía hacerse añicos en cualquier momento.

Pero Nina no sabía nada.

Para Nina, el coronel Berschaunt fera un benefactor digno de gratitud, alguien que las había acogido por compasión, una especie de tutor y padre adoptivo.

Todo sufrimiento debía ser soportado únicamente por aquellos que conocían la verdad.

Nina no sabía la verdad porque Karen quería que la supiera.

Quería que pasara sus días de inocencia en un mundo de invernadero perfecto donde no supiera nada, algo que Luis nunca disfrutó.

Como resultado, no podía decirle la verdad a nadie. Reprimió la frustración en su pecho, incapaz de responder con una sonrisa a las palabras de Nina.

Nina parecía creer que Karen estaba cansada de subir la colina.

La cubrió con una manta mientras Karen se acostaba lentamente en la cama, luego se sentó a su lado y tomó su mano.

Kustia no era la patria de Karen. Así que no podía ser su hogar. Pero no la contradijo. Era ridículo haber ido a Gloretta a espiar y luego, de repente, corregir cuál era su propia patria.

Nina solo parloteaba inocentemente, intentando confirmar su afecto. Pero por alguna razón, Karen sintió un cosquilleo, como si le hubieran clavado una espina afilada.

Nina era lo más importante.

Eso era lo que siempre había creído.

Pero no podía entender por qué sus preguntas de repente le resultaban sofocantes.

Nina le dio unas palmaditas en el vientre, algo que Karen hacía a menudo cuando eran más pequeñas y dormían juntas.

Cuando eran pequeñas, solía dormir en la misma cama con Nina…

Ahora que se habían reencontrado, a Karen le resultaba un poco embarazoso dormirse con su hermana observándola. Pero esa incomodidad duró apenas un instante; al final, el cansancio abrumador venció a la vergüenza.

Nina observó en silencio el rostro de Karen, dormida profundamente como una niña, respirando suavemente. Luego se levantó despacio.

En aquella mansión, donde había pasado su infancia, Nina tenía su propio dormitorio. Sin embargo, al salir de la habitación de Karen, no se dirigió al suyo, sino a la planta baja.

Abajo, en la cocina, el coronel Berschaunt seguía sentado, inmóvil. Miraba fijamente un artículo de periódico; su té ya estaba frío. La mirada de Nina se posó en el periódico que él leía.

La entrevista a Marianne Lepon…

Aun así, no era más que una maniobra miserable, insignificante como el aleteo de una mariposa.

Nina apartó la vista del periódico y lo llamó en voz baja.

El coronel Berschaunt dobló el periódico con cuidado, dio un sorbo tardío al té ya frío y la miró.

Era la señal para que informara sobre su misión.

Nina pensó en Karen, demacrada y más deprimida que nunca.

Esa mujer estúpida habría encontrado esperanza al verla a ella, un motivo para seguir viviendo, un sentimiento de satisfacción.

Creyendo que la había protegido a la perfección.

La simpleza de esa creencia le provocó a Nina una risa amarga.

Esa mujer no la había protegido ni una sola vez, desde el principio hasta ahora. Aunque, en realidad, tampoco era una relación en la que se protegieran mutuamente.

Para empezar, Karen y ella ni siquiera eran familia.

(Becky: LO SABÍAAAAAA, mocosa embusteraaaaa).

Arthurus Kloen estaba mejor de lo que se esperaba.

Era algo en lo que coincidían todos los que lo habían observado.

A pesar de haber sangrado por la cabeza tras el choque entre el automóvil y el carruaje, Arthurus continuó con la persecución a su prometida fugitiva. Numerosos sirvientes recordaban la imagen de él buscándola con una mirada aterradora, casi monstruosa.

Fue un momento tan temible que muchos llegaron a preocuparse de que, si Karen era capturada, el duque pudiera hacerle algo terrible.

Cuando finalmente comprendieron que Karen había desaparecido por completo, como si se hubiese evaporado, todos pensaron que su señor acabaría enloqueciendo.

Pero lucía excesivamente cuerdo.

Trabajaba con la misma dedicación que antes de conocer a la señorita Karen, practicaba tiro de vez en cuando y, aunque había aumentado la cantidad y frecuencia con que fumaba, no mostraba nada que pudiera considerarse un problema grave.

De hecho, parecía más ordenado que antes.

Incluso en este momento, en el que estaba siendo interrogado por el asunto de Karen.

Lois, sentado a su lado, estaba nervioso. Temía que Arthurus lo abandonara todo y confesara la verdad.

Contrario a las preocupaciones de Lois, Arthurus mintió sin miramientos.

A pesar de ello, la ansiedad del secretario no disminuyó.

Cuanto más turbulentas eran las emociones de Arthurus, más tranquilo parecía por fuera. Según Jude Cullen, eso se debía a que, durante su infancia, cuando mostró síntomas anómalos tras la muerte de sus padres, nadie fue capaz de aceptarlo plenamente..

Al menos…

Ni siquiera cuando Sierra Miller actuaba como una acosadora, Arthurus había permanecido tan “medido”. Por fuera se mostraba sereno, pero en su interior se percibían, aunque de manera tenue, la ira latente y el cansancio.

Ahora, en cambio, realmente daba la sensación de que no había ocurrido nada. Como si hubiera regresado al Arthurus existente antes de conocer a Karen.

Esta vez, Lois respondió en lugar de Arthurus.

Hasta ese día, la familia del duque, incluyendo a Arthurus, desconocía la identidad de Karen como espía. Karen había huido hacía tiempo de Arthurus, con quien se había prometido matrimonio, y el rechazo de una simple bailarina se mantuvo en secreto, ya que mancharía la reputación ducal. Por eso solo daba la impresión de que la habían escondido.

Esa era la postura que el abogado y Roches habían elaborado tras pasar la noche entera quebrándose la cabeza.

Cuando los soldados irrumpieron en la residencia del duque, Arthurus no pudo tomar una decisión racional a causa de Karen. Y los soldados no eran tontos. A pesar de sus agudas preguntas, la expresión de Arthurus permaneció intacta.

El impacto de la entrevista de Marianne Lepon fue mayor del esperado.

No sólo en Gloretta, sino en todos los países aliados, fueron arrestados los espías cuyos nombres fueron mencionados en esa entrevista.

Esta vez, el abogado que estaba junto a Lois intentó hablar en vez de él.

Pero antes de eso, Arthurus fue más rápido.

Arthurus sonrió. Era una sonrisa seca, carente incluso de una pizca de alegría.

A diferencia de su sonrisa débil, su mirada afilada transmitía claramente a todos los presentes una cosa.

Que realmente deseaba matarla.

La investigación concluyó sólo después del amanecer.

Un vehículo recorrió a toda velocidad la carretera desierta y se detuvo frente a “Arthurus”. Arthurus se bajó, con el abrigo ondeando.

Los empleados le entregaron a Lois las cartas que había recibido la empresa. Mientras subían en el ascensor y caminaban por el pasillo, no hubo conversación entre los viejos amigos.

Arthurus abrió la puerta con llave y entró, abriendo un hueco en las cortinas que cubrían la ventana. Unas cuantas personas comían sándwiches en un banco frente a la empresa. Dada la ubicación de la empresa en pleno centro de una concurrida zona, no era una imagen inusual.

Sin embargo, Arthurus reconoció de inmediato que no eran simples transeúntes, sino soldados vestidos como civiles para vigilarlo.

Lois, que parloteaba sin sentido para aliviar la tensión, no pudo contener el suspiro que finalmente escapó de sus labios.

Esto era algo que Arthurus, quien buscaba la perfección en su trabajo, solía decirle a sus empleados. Por supuesto, también se lo decía a Lois.

Pero ahora era Lois quien se la devolvía a Arthurus.

Lois, que se esforzaba por mantener la cordura incluso por la parte de su amigo, se vio obligado a callar al ver el rostro de Acturus, que sonreía en silencio.

No pudo preguntarle por qué sonreía. Tenía tanto miedo de que su amigo se hubiera vuelto completamente loco que no se atrevió a preguntar.

Incluso en una situación tan grave, Arthurus seguía sonriendo suavemente, sin hacer ruido, hasta que por fin abrió la boca, que había permanecido en silencio todo ese tiempo.

Por primera vez en mucho tiempo, Arthurus miró a su amigo con una sonrisa amable, no con la mueca burlona de siempre.

La investigación había terminado de todos modos. Habían destrozado la empresa con la excusa de la inspección, así que no había forma de trabajar. Aunque aún no había una notificación oficial, era evidente que el proyecto impulsado con el apoyo del parlamento quedaría suspendido de manera temporal.

Por mucho que quisiera quedarse junto a su amigo, Lois no tenía un motivo válido para hacerlo. Y, sobre todo, parecía que la persona en cuestión quería que la dejaran en paz.

Lois finalmente le dio la espalda a su amigo y salió por la puerta.

Tan pronto como la puerta se cerró, la suave sonrisa en el rostro de Arthurus desapareció lentamente, apoyándose en el respaldo de su silla.

|Que lo contacte si pasa algo…|

Lo siento, Lois.

No creo que pueda hacer lo que dices.