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El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 96


Episodio 96

Las comisuras de la boca de Arthurus se curvaron formando una sonrisa de lado.

Su voz grave dominó el ambiente, como una bestia a punto de mostrar los dientes. Sin embargo, los soldados que habían acudido bajo órdenes superiores no podían retirarse tan fácilmente.

La sonrisa en el rostro de Arthurus se profundizó ante la firme postura. A continuación, observó el distintivo prendido al uniforme del soldado y dio un paso hacia él. El soldado, que había sostenido su mirada con determinación, dió un paso atrás con una de sus botas militares cuando vió que el duque levantaba el brazo.

Contrariamente a la momentánea sensación de presión, Arthurus le dio una palmadita alentadora en el hombro.

Como si estuviera elogiando a un perro.

El hombre que una vez había sido un héroe de Gloretta, el hombre que había ascendido a capitán siendo el más joven, de no haberse retirado del ejército, ahora pertenecería al alto mando que todos admiraban. Justo cuando su rostro comenzaba a enrojecer de humillación

La voz de Arthurus fluyó.

Separándose del soldado, Arthurus dio un paso atrás, y extendió un brazo. Entonces, como si nunca antes hubiera irradiado ira contenida, adoptó una actitud tan generosa que parecía dispuesto a entregarles la casa entera.

Era una manera indirecta de señalar que incluso estaban moviendo los muebles grandes para registrar cada rincón.

Había hablado claramente de ‘responsabilidad’ hacía un momento. Y, aun así, de pronto se mostraba tan colaborador. El significado era evidente.

Si tras la investigación no aparecía nada, entonces ellos tendrían que asumir la responsabilidad correspondiente.

Debido a las muchas similitudes que Karen compartía con los espías clave descubiertos en países aliados, no habían tenido más opción que actuar pese a lo incierto del aviso. Si realmente era una espía, ni siquiera Arthurus Kloen podría evitar el castigo.

Pero si, por el contrario, no se encontraba nada en ella…

La responsabilidad que recaería sobre el ejército por haber acusado al duque de Kloen sería un golpe devastador.

Estoy enojado, pero es lo correcto para retirarme ahora.

Arthurus se puso una mano sobre el pecho y realizó una reverencia que rozaba la burla.

El soldado, que lo había mirado con furia, terminó pasando a su lado con pasos ruidosos y se marchó.

Sólo después de oír a los soldados descender las escaleras, los ojos de Arthurus se dirigieron a la estantería de su despacho.

El mayordomo lo llamó con cautela. Su voz estaba cargada de preocupación e inquietud.

Arthurus entendía perfectamente qué era lo que preocupaba al mayordomo.

Nadie lo sabía mejor que él. Si no tomaba ninguna medida respecto a Karen, qué clase de peligro terminaría cayendo sobre él.

Y que, desde el momento en que los soldados habían iniciado una investigación de ese tipo, ya no podía seguir manteniéndola como hasta ahora.

Aun sabiéndolo, no podía hacer nada.

Era como estar atrapado en una telaraña.

Cuanto más movía las alas para escapar, más fuertemente atrapado quedaba en la red que lo conduciría a la muerte.

El mayordomo, con los sirvientes a cuestas, se retiró. Arthurus empujó la estantería y abrió la puerta de la habitación secreta. Lena, que había estado conteniendo la respiración junto a Karen, al verlo inclinó la cabeza, lanzó una mirada fugaz hacia la señorita y luego salió del despacho con pasos pesados.

Tras el paso de aquel torbellino de caos, solo quedaron Karen y Arthurus en aquel lugar devastado.

Miró la muñeca femenina con evidente fatiga.

Muñecas, esposas, heridas.

Esas heridas las había causado él mismo.

A una criminal que merecía ser denunciada de inmediato, a una enemiga a la que podría haber matado con sus propias manos, solo le había causado heridas de ese nivel.

Solo, solo eso…

Había hecho eso.

Él, a Karen.

Incluso si la herida se abría más y Karen sufría, incluso si se infectaba, esta obstinación por retenerla, esta obsesión, lo hacía sentirse despreciable.

No era sólo Arthurus el que estaba cansado.

Lágrimas se acumularon en los extremos de los ojos de Karen.

¿Por qué estaba llorando?

Cómo se atrevía.

Una vez más, Karen fingía preocuparse por él.

Con esos labios que habían mentido diciendo que lo quería, pronunciaba otra mentira más.

De aquellos ojos tranquilos y claros que siempre atraían su mirada, comenzaron a caer lágrimas. El contorno enrojecido de sus ojos demostraba que esas lágrimas no eran falsas.

|No te dejes engañar.|

Arthurus se reprendió a sí mismo.

Es una mujer que nunca había sido sincera. No debía dejarse engañar por sus lágrimas. La oportunidad de que Karen Shaner lo engañara con mentiras ya había pasado.

Aquel día, aquella noche, aunque solo fuera por el miedo de tener un arma apuntándole a la frente, Karen tenía que haber mentido.

Debió mentir cuando él todavía tenía el corazón dispuesto a creerla, cuando aún quería creer que era verdad.

De haber sido así, Karen…

No, no.

Al verla llorar tristemente mientras intentaba convencerlo, le tocó aceptar una verdad igual de miserable.

Dijera mentiras o dijera la verdad, él no podía hacerle daño. No podía matarla, no podía entregarla al ejército, y tampoco podía dejarla ir.

La mujer que había captado su corazón, la mujer que lo había atraído racionalmente, la mujer con la que, por primera vez, había pensado que no estaría mal casarse y vivir juntos, la mujer de la que se había enamorado.

Pero no era solo eso.

|…Amor.|

Los sentimientos por ella eran de amor. Trágicamente, solo se dio cuenta de ello después de descubrir su traición.

Que, después de haberse dejado sacudir como un idiota por cada pequeño gesto y palabra de ella, recién ahora lo comprendiera, era incluso ridículo.

Todo tipo de amor que Arthurus había conocido era desesperado.

El amor de sus padres cuando era pequeño, su primer amor, y ahora este amor hacia la mentirosa que había negado con todas sus fuerzas, pero que ahora admite…

El amor era desesperación.

Pero cuando se dio cuenta de ello, ya era demasiado tarde.

Cuanto más tarde se comprenda, más se hundirá en ese sentimiento y lucha.

No podía hacerle daño a esa mujer. Tampoco podía permitir que otros lo hicieran.

Aunque Karen Shaner hubiera matado a su abuelo.

Aunque nunca hubiera sido sincera con él.

Aunque lo despreciara profundamente.

Karen ya no pudo decir nada más. No pudo pronunciar ni una sola palabra.

La sinceridad cruda, impregnada de miseria, le reveló una verdad que ella había querido negar desesperadamente.

Arthurus no la había encerrado solo por el sentimiento de traición.

No era solo por sed de venganza, ni por un resto de apego o una mínima esperanza.

No era solo eso.

Él conocía toda la verdad y aun así no podía abandonarla. En lugar de deshacerse de la traidora, Arthurus estaba dispuesto a renunciar a todo lo que poseía.

|…No.|

Karen comprendió que Arthurus se estaba destruyendo por su culpa. Y que, dijera lo que dijera, no podría detenerlo.

Entonces, solo quedaba un camino.

|Tengo que huir.|

Si huía de Arthurus, incluso si más adelante se descubría que era una espía, él podría salir ileso.

No podía permitir se involucrara en un camino cuyo final ya estaba decidido.

Que ella escapara era la única forma de impedir que él se destruyera.