El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 95
Episodio 95
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El paso de Lois por el pasillo se hizo cada vez más rápido.
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En cuanto los empleados que pasaban lo vieron, le sonrieron y saludaron. En condiciones normales, por muy ocupado que estuviera, él habría respondido a cada saludo, pero hoy avanzaba ignorándolos por completo, casi corriendo.
El destino al que Lois se apresuraba era la oficina del presidente donde se encontraba Arthurus.
Apenas capaz de detenerse ante la puerta, llamó por cortesía. Ni siquiera había terminado Arthurus de decirle que pasara cuando Lois abrió la puerta de golpe..
El causante de la preocupación de todos estaba revisando documentos mientras exhalaba humo de cigarrillo. La oficina estaba llena de humo, e incluso Lois, otro fumador, tenía dificultad para respirar.
Antes de mantener una conversación larga, era evidente que necesitaba ventilar la habitación. Lois abrió la ventana detrás de la silla de Arthurus y tiró el montón de colillas del cenicero a la basura.
Luego respiró profundamente y miró a su amigo, que simplemente observaba los documentos sin moverse.
Las palabras que Lois había reunido con esfuerzo fueron bloqueadas de inmediato.
Pero no tenía intención de rendirse tan fácilmente.
Aunque era una noticia suficiente para sorprender a cualquiera, Arthurus permaneció inmóvil. Pero Lois continuó.
Sin decir palabra, Arthurus tomó su pluma y subrayó una parte importante del documento. Pero Lois sabía que Arthurus lo ignoraba a propósito: porque iba a decir algo que él no quería oír.
Arthurus nunca lo había hecho. Incluso la información que le ofreció como cebo era sobre un proyecto abandonado hacía tiempo.
Y aun así, ¿sería más leve el delito de ocultar y proteger a una espía a sabiendas que el de filtrar secretos?
Cuando mencionó al abuelo, Arthurus ya no pudo seguir ignorándolo.
La voz que salió como un suspiro estaba teñida de un temblor casi imperceptible.
Dejó los documentos y se pasó ambas manos por el rostro.
Ni siquiera él mismo podía entender por qué actuaba así.
La odiaba.Pero, al mismo tiempo, la encontraba absolutamente encantadora.
Racionalmente, ya sabía qué debía hacer con ella. Pero no podía seguir esa conclusión lógica.
No podía permitir que la sometieran a torturas brutales. Ni siquiera pensar en que pudiera ser ejecutada.
Carajo, ¿por qué?
Le gustaba.
Era hermosa, estar con ella era placentero y fue un gran consuelo para él.
¿Pero acaso eso era razón suficiente para no poder abandonarla, aun a costa de grandes pérdidas?
¿Acaso el tiempo que pasaron juntos había sido tan largo?!
Lois, con un tono calmado, intentó consolar a su afligido amigo.
Vaciló un instante antes de decir lo que realmente quería.
Era una súplica sincera para que abandonara a Karen. Y, sin embargo, la situación dio un giro irónico: en esas palabras, Arthurus comprendió la verdadera razón por la que no podía dejarla.
Arthurus repitió en voz lenta.
Por fin había encontrado la respuesta.
Justo ahora, cuando su dulce sueño se había hecho añicos, se dio cuenta de sus sentimientos hacia ella.
Sabía que le gustaba. Hacía tiempo que había admitido que se había convertido en alguien importante para él.
Pero nunca había pensado que ese sentimiento hubiera llegado a convertirse en “amor”
Tal vez, vagamente, había considerado que algún día podría llegar a amarla…
Pero él ya la amaba.
Por eso no podía abandonarla.
Una mujer que traicionó a su país y a él mismo.
Una mujer que estaba llena de mentiras y le había ofrecido ni una pizca de sinceridad.
La amaba.
Y por eso no podía dejarla.
Cuando vio cómo la mirada de su amigo se hundía en la oscuridad, Lois sintió que había cometido un desliz y lo llamó con cautela.
Pero en ese momento, el teléfono del escritorio comenzó a sonar.
Ante la estridencia, Arthurus recuperó el enfoque de su mirada perdida y levantó el auricular.
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Reconoció de inmediato la voz del mayordomo. El tono urgente y el ruido agitado de fondo hicieron que frunciera el ceño.
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Lois observó la expresión de Arthurus, percibiendo la atmósfera inusual. Poco después, le escuchó decir que iría de inmediato, le vio colgar y levantarse. Fue tras de él.
Arthurus se puso el abrigo que colgaba del perchero y no ofreció ninguna explicación. Lois, desistiendo a regañadientes y sin más opción, siguió sus pasos.
La estantería volvió a cerrarse, ocultando el despacho tras la pared del cuarto secreto.
Lena se giró hacia Karen y se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio. Karen asintió.
Se oyeron pasos y ruidos mientras quienes habían entrado revolvían el despacho. Karen no solo cerró los labios, sino que se esforzó por no moverse, para que no sonara la cadena unida al cabecero de la cama.
|¿Qué pasaría si los soldados me encuentran así?|
Como ella estaba encadenada, dependiendo de lo que dijera Arthurus, podría salir victorioso de la situación. Sin embargo, su cuerpo estaba cubierto de marcas que Arthurus dejó durante la noche.
Existía una gran posibilidad de que él también fuera sospechoso por haber mantenido relaciones con ella aun sabiendo que era una espía.
Incluso si debía ser entregada al ejército, tenía que ser por obra de Arthurus. No podía permitir que la descubrieran en una inspección tan repentina.
Karen aguzó el oído al escuchar que hablaban de ella.
Stamp, stamp.
El sonido de pasos, presumiblemente de botas militares, se acercaba. Lena apretó los puños y comenzó a temblar; Karen tragó saliva con dificultad.
Ante ese comentario agudo, Karen sintió cómo se le erizaba el vello por todo el cuerpo, desde las manos.
Si no hubiera sido por esa respuesta, habrían estado en verdaderos problemas.
La estantería vibró como si alguien estuviera retirando los libros. Con el corazón a punto de salirse del pecho, Karen cerró los ojos con fuerza.
Pero la estantería, que parecía a punto de abrirse por la fuerza, se detuvo.
Eso no fue todo.
El bullicio desapareció en un instante.
Ante esa voz, Karen suspiró aliviada sin darse cuenta.
A-Arthurus había llegado.
El tono grave y bajo, como si contuviera emociones a punto de estallar, dejó a los soldados paralizados.
Sabían que el duque se enfadaría. Pero los ojos gris azulados que tenían delante infundían un miedo instintivo a quien los enfrentaba.
Con una sonrisa incómoda, intentaron apaciguarlo con el tono más conciliador posible.
Karen Shanner, espía, denuncia anónima.
Los ojos de Arcturus brillaron con un destello cortante.
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