El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 68
Episodio 68
Escondió la carta arrugada tras ella, pero los ojos de Jude Cullen ya se habían posado en sus manos.
En una atmósfera extrañamente incómoda, David habló con voz alegre, como la de un niño imprudente.
Karen tragó saliva con dificultad y miró alternativamente entre David y Jude Cullen. Entonces, cuando el anciano la miró directamente, ella bajó la mirada. Se preguntó si David, ese loco bastardo, habría contado algo peligroso.
No podía ser cierto, aún así no podía mirar a Jude Cullen a los ojos, por miedo a enfrentar la verdad.
Desde el momento en que bajó del carruaje, corrió por el amplio jardín y subió las escaleras, sin detenerse. Considerando la magnitud del jardín y la mansión, no era una distancia corta en absoluto.
Ahora, Karen ni siquiera podía recuperar el aliento; solo tragaba saliva con dificultad. Ni siquiera tuvo tiempo de recuperar el aliento. No, el aire era tan denso que resultaba sofocante.
Jude Cullen la llamó en voz baja.
Si no levantaba la vista, sería más incómodo. Karen se obligó a levantar la cabeza rígida y miró al anciano.
¿Será por el lazo de sangre? ¿O porque fue el que crió a Arthurus?
A veces, Jude Cullen se parecía tanto a Arthurus que la dejaba sin aliento. Como ahora mismo.
La miraba con una mirada penetrante que le impedía saber qué estaba pensando. Ella sintió temblar la mano que sostenía la carta oculta detrás. Temía que ese temblor se extendiera por todo su cuerpo.
Tartamudeó como si fuera culpable. Finalmente, Jude Cullen abrió los labios muy lentamente, como si tuviera la intención de hablar. Karen cerró los ojos, incapaz de contener el miedo.
Pero las palabras no fueron acusaciones frías ni críticas despectivas.
Parpadeó un par de veces y luego miró al anciano con una expresión de sorpresa en su rostro.
Él estaba sonriendo de esa manera amable y juguetona que le resultaba tan familiar.
Jude Cullen y David Meyer parecían muy cómodos, como si se hubieran convertido en amigos cercanos.
|No dijo nada…|
Sí. Por supuesto.
Creer que un bastado loco como él revelará que ella es una espía. ¿Quién la convirtió en espía para empezar?
Si la atrapan, el resto de agentes ocultos en Gloretta también se hundirán con ella.
Y aun así, se dejó engañar por una ridícula carta y vino corriendo… Estaba completamente a merced de David Meyer.
Jude Cullen respondió con una voz más amable y tranquila de lo habitual.
Sólo entonces Karen pudo reprimir el temblor de las yemas de sus dedos y sonreír brillantemente como si nada hubiera sucedido.
Después de eso, su mirada se posó en David.
Se acercó a David y le agarró por el brazo.
Estuvo ansiosa por si Jude Cullen sugería cenar juntas, pero por suerte no fue así. Los despidió con una expresión amable.
La imagen del hombre riendo a carcajadas y de Karen liderando el camino mientras le tiraba del brazo le recordó a un hermano pequeño imprudente y a su hermana mayor cuidándolo.
Sin embargo, el rostro de sonrisa cálida al hablar y ojos que hacían contacto visual tomaron un tinte de frialdad cuando Karen se dio la vuelta.
Cuando el sonido de Karen y su hermano desaparecieron por completo, Jude Cullen habló con su mayordomo en voz baja.
Jude Cullen se quedó en silencio por un momento, como si estuviera pensando seriamente, y al final mencionó el nombre de otra persona.
Jude Cullen se había desempeñado durante mucho tiempo como representante del duque Kloen y de la duquesa, en lugar de un joven Arthurus. Fue también quien sentó las bases de la compañía militar “Arthurus”, que Arthurus dirigía ahora.
Pero cuando lo dejó todo, hacía tiempo que se había transformado en un anciano amigable que encontraba alegría en la vida.
Por primera vez en mucho tiempo, mostró su antigua mirada cargada de agudeza.
El mayordomo inclinó la cabeza fielmente.
Tanto el patrón como el mayordomo esperaban que esa sensación ominosa fuera solo una preocupación excesiva. Pero el mayordomo lo sabía muy bien.
Cada vez que su señor tenía esa mirada penetrante, su instinto no se equivocaba.
(Becky: David alborotó el gallinero)
Karen, huyendo de la mansión Cullen, llegó al centro y echó un vistazo. Mientras buscaba un lugar para evitar la atención de la gente, se metió en un callejón cerca de la zona de restaurantes y empujó bruscamente a David.
A pesar de la enorme diferencia de tamaño, David fue fácilmente empujado contra la pared por la fuerza de Karen. Levantó ambas manos en señal de rendición, con una sonrisa burlona en los labios.
Karen miró rápidamente dentro y fuera del callejón tras alzar la voz sin darse cuenta. Aunque estaban en una esquina, si alzaba la voz, llamaría la atención.
David observó como si estuviera viendo un espectáculo de payasos y se echó a reír.
La ansiedad y la ira que había intentado reprimir la invadieron. Pero Karen no pudo expresar esos sentimientos y, en cambio, se mordió el labio inferior con fuerza. El tono cachoso de David le causaba repugnancia, pero la amargura que emanaba de las comisuras de sus labios resultaba incómoda.
Todo lo que Karen pudo hacer fue mantener la voz lo más baja posible mientras lo reprendía.
Nerviosa, ansiosa y asustada.
Pero no puede gritar ni enojarse.
Era todo un espectáculo verla patear el suelo mientras lo agarraba por la ropa y lo sacudía, como a una niña al que le han quitado sus posesiones más preciadas.
Karen tuvo que tragarse el “David” que casi escapó de su boca, porque él le tapó la boca y la empujó contra la pared.
La situación se invirtió por completo. Karen quedó atrapada entre la pared y el cuerpo masculino. Era una situación desventajosa, pero Karen no se resignó. Lo miró con sus ojos cargados de veneno.
La mano que cubría los labios y la nariz de Karen se apretó gradualmente como para asfixiarla.
Ella intentó respirar por los labios, en la palma de David. La gente que se movía con ajetreo fuera del callejón no podía oír su débil respiración, pero él sí que la sentía con claridad. Su respiración, sus labios y nariz aplastados por su mano, las manos femeninas arañando la pared sucia con las uñas en tensión.
Lo vio, lo oyó y lo sintió todo.
La mano de Karen, que había estado arañando la pared, finalmente comenzó a arañar el brazo y el dorso de la mano de David.
David, que la había estado llamando “hermanita” de manera tan repugnante y constante, presionó su cuerpo contra el de ella e inclinó la cabeza cerca de su oreja.
Era una pregunta sobre si estaba arruinando todo a propósito o si intentaba suicidarse. Karen, con la boca tapada y sin poder respirar bien, no podía responder. No parecía que David realmente quisiera una respuesta.
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