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El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 65


Episodio 65

Cato giró la cabeza con una sonrisa torcida.

Luego calmó su enojo y entró a la mansión por la puerta de la terraza por donde se filtraban luces y música.

Karen se dio la vuelta y miró hacia el pasillo. Jude Cullen, que había visto a Cato, caminaba a paso rápido hacia su nieto, apoyándose en su bastón. Si pudiera caminar con normalidad, habría corrido.

Inconscientemente, Arthurus buscó en el bolsillo de su pecho y se dio cuenta de que no tenía cigarrillos, se mordió el labio inferior. De no ser por Karen, habría soltado una leve maldición.

Arthurus ladeó la cabeza y sonrió con torpeza.

Era difícil dejar de fumar sin mucha fuerza de voluntad, pero parecía que él dejó de hacerlo de forma muy natural.

Karen desvió la mirada de Jude Cullen y Cato para mirarlo a la cara de nuevo ante sus últimas palabras.

¿Qué debo decir sobre aquel sentir?

No creía que eso fuera posible, pero…

No, ¿quizás eso sí sea posible?

Parecía que estaba presenciando el dolor de un niño que había perdido el amor de sus padres por su hermano.

Arthurus miró el rostro de Karen; parpadeó con sus ojos azul ceniza. Tenía una expresión de sorpresa.

Como si nunca hubiera pensado en algo así antes.

Arthurus lucía extremadamente insatisfecho con la palabra “pelea”. Su expresión era de un profundo disgusto.

Insistente, negó levemente con la cabeza, soltando una risa hueca. Pero luego apoyó la mano en la barandilla, como absorto en sus pensamientos ante las palabras femeninas, y guardó silencio un rato.

Karen no apartó la vista de él.

Era la primera vez que lo veía así.

¿Qué está pensando ahora?

La mirada de Karen se profundizó. Arthurus levantó la mano y se acarició la comisura de los labios mientras hablaba. Ella sonrió en silencio y lo escuchó, encontrando un poco gracioso y adorable aquel acto inconsciente de llevarse un cigarrillo a la boca y acariciarse la barbilla con torpeza para disimularlo.

El Arthurus de hoy era muy infantil en muchos sentidos. Resultaba que alguien que rara vez miraba dentro de su corazón pudiera reconocer y reconocer sus sentimientos por ella.

Pero la ternura que sintió al ver su adorable apariencia solo le duró un momento.

Karen sintió que la leve sonrisa de su rostro desaparecía.

Él rió disimuladamente y trató de hablar con ligereza, pero por la mirada pesada y hundida en sus ojos se podía notar que las emociones que contenía no eran ligeras.

A veces, la mirada de Arthurus se sentía como una mano. La miraba como si la acariciara suavemente. Siempre que eso sucedía, tenía la sensación de ser tratada con cariño y amor.

Los labios de Karen se abrieron y cerraron varias veces como si estuviera dudando.

Al igual que Arthurus, Karen también habló de su miedo más profundo.

Pero, como no quería que sus emociones fueran reveladas, trató de ocultarlas con un velo sobre su rostro, sonriendo brillantemente.

Preguntó él, como si hubiera escuchado una pregunta muy interesante.

Parecía considerar esta conversación como algo que es una confirmación del afecto compartido entre una pareja.

Arcturus la miró de reojo, con una expresión como si estuviera contemplando la más descarada de las insolencias.

Karen le preguntó cómo se sentía, pero Arthurus le respondió cómo actuaría. La respuesta no respondía exactamente a la intención de ella; aun así, no lo corrigió y esbozó una leve sonrisa.

Los ojos de Arthurus, que se habían encontrado con los de Karen con una sonrisa juguetona, gradualmente se fueron difuminando mientras imaginaba la escena en su cabeza.

Debe haber sido una imaginación bastante vívida, ya que su sonrisa desapareció gradualmente.

La razón por la que despertar del sueño más ideal y bello es un infierno es porque la realidad resulta dolorosa.

Para él, este momento era como un sueño, tan hermoso que no quería despertar nunca.

Arthurus, con la mirada penetrante como si el oponente estuviera justo frente a él, sacó una pistola de su pecho.

Arthurus finalmente le extendió la caja que sostenía en una mano.

De hecho, pensó que había sido un regalo para él porque lo vio sosteniendo esa caja cuando se acercó a ella.

Incluso si no era algo material, si los sentimientos de la otra persona están contenidos en él, entonces por supuesto es bienvenido.

¿Qué habría dentro de la caja roja?

Era demasiado pequeña para ropa o zapatos, pero demasiado grande para collares o anillos.

Karen tomó la caja y desató con cuidado la cinta. Entonces, sus ojos se abrieron de par en par al ver el pequeño y aterrador objeto dentro.

Dijo Arthurus agitando el arma vacía de balas.

Karen tomó el arma sin darse cuenta con una expresión misteriosa en el rostro.

Probablemente era la única persona que había recibido un arma como regalo de Navidad de su pareja.

Bueno, incluso eso era típico de Arthurus.

Parecía estar recuperándose de las secuelas de su secuestro por parte de Joseph Malone.

Las secuelas eran algo que podía sanar lentamente, no algo que pudiera mejorarse a la fuerza en poco tiempo. En lugar de regañarlo, ella asintió y lo tranquilizó.

Después, hizo una pose

genial

mientras sostenía la pistola que era fácil de sostener y le hizo una broma a Arthurus.

Había sido una broma, pero ahora sí le preguntó con desconcierto. ¿Por qué alguien se molestaría en nombrar un arma que usaba como tal? Pero se trataba de Arthurus.

Pronto pudo calmar su mente desconcertada, ya que él era de los que le pondría nombre al arma que llevaba consigo.

Él observaba atentamente su reacción, luego sonrió con suficiencia y habló.

Había una presión tácita en esa respuesta.

Arthurus la abrazó por detrás y le tomó la mano mientras nivelaba el arma que ella sostenía con la suya, como si estuviera disparando a un enemigo con dos armas.

No pudo terminar lo que iba a decir ya que Arthurus no dejaba de darle besitos en la sien, a ella solo le quedó estallar en risas.

Fue un momento ideal y hermoso.

En una noche sin nieve.

Un hombre estaba abandonando el centro de la ciudad, espléndidamente decorada para Navidad, y se dirigía a los estrechos callejones del barrio rojo, donde vivían las mujeres que vendían sexo y habían una gran afluencia de hombres dispuestos a comprarlo.

El hombre entró en un edificio viejo con la pintura descascarada y las mujeres lo rodearon con familiaridad, las rechazó y luego mencionó a alguien. Luego, como era de costumbre, le entregaron una llave con un número de habitación.

David, después de consolar a las mujeres acongojadas con su voz ronca y su sonrisa encantadora, apresuró sus pasos.