El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 63
Episodio 63
El tono de voz estaba algo cargado de irritabilidad. Karen miró a su alrededor.
Al observar a las mujeres en la fiesta, se dio cuenta de que no era la única que mostraba piel. Ahora entendió por qué, cuando llegó por primera vez con el vestido, él dijo que hacía frío e intentó darle su chaqueta.
Enojarse ante tan poca exposición… Karen se echó a reír.
Mientras le subía el chal que colgaba debajo de sus hombros y le colocaba sobre los mismos, Arthurus bajó la cabeza y susurró una advertencia.
Antes de la llegada de Arthurus, Karen se sentía ansiosa por una felicidad que podría terminar en ningún momento. Sin embargo, ahora que estaba cara a cara con él, ella reprimió conscientemente esa ansiedad.
Si la felicidad iba a terminar de todos modos algún día, quería disfrutar del momento.
Habiendo siempre sido tímida, contraatacó con el rostro rojo y el rostro de Arthurus, antes enojado, se transformó repentinamente en una expresión vacía. Era como si alguien lo hubiera golpeado con un martillo en un momento inesperado.
Luego respiró profundamente y la abrazó.
Suspiró, balanceándolos de un lado a otro como si se balanceara en una mecedora, mientras la sostenía en sus brazos.
Karen rió como una niña y se deleitó con su voz genuinamente angustiada. Parecía que por eso Arthurus hallaba deleite en molestarla
Karen dejó escapar una carcajada alegre y frotó su mejilla contra el hombro masculino.
Arthurus dejó de bromear y la miró fijamente. Quizás eso era lo que realmente quería decir.
Que le preocupaba que ella estuviera sola en un rincón.
Aunque no era su intención, Karen terminó haciendo una queja infantil.
Era cierto que era difícil porque solo había desconocidos. Pero eso no significaba que tuviera que esconderse sola en un rincón.
Arthurus miró a su alrededor. Todos los del Swan’s Ballet se habían marchado hacía rato, salvo unos pocos.
Él murmuró en voz baja, como si lo lamentara. Pero Karen sintió que se le encogía el corazón al oír esas palabras.
Anteriormente, Jude Cullen también le había pedido que invitara a su hermano menor, diciendo que tenía curiosidad por su único y apreciado familiar.
Pero su único familiar había muerto hacía mucho tiempo…
Como no tenía confianza, solo pudo murmurar y decirlo.
Porque era una mentira, no la verdad.
Cuando la voz de Karen se hizo demasiado baja para pronunciar una sola palabra, Arthurus habló en tono juguetón, como si intentara animar a una niña desanimada.
Pero Karen no podía atreverse a mirarlo y sonreír.
Porque su afecto, que parecía completamente ajeno a sus mentiras, la dejó sin aliento. Las puntas de sus dedos temblaban tanto que apretó los puños con fuerza.
Cuanto más le gustaba Arthurus, más difícil le resultaba mentirle.
Karen forzó una expresión brillante.
Al final, su voz subió un tono, y el tono salió demasiado firme, contrario a su intención.
Aunque Karen, que hasta ese momento se veía sombría, ahora parecía un poco enojada, Arthurus no dijo nada. Simplemente la miró con calma.
Ella giró la cabeza, sin la confianza suficiente para enfrentar aquellos ojos azules.
Afortunadamente, el silencio de Arthurus no duró mucho.
De repente, el agarre de Arthurus sobre la muñeca de Karen se tensó ligeramente. Pero eso solo duró un instante.
Arthurus volvió a su estado afectuoso y soltó la muñeca.
Prefirió esperar con calma en lugar de preguntarle la razón de su extraño comportamiento.
Ella asintió sin siquiera mirarlo a los ojos y salió corriendo a la terraza. Sintió la mirada del hombre en su espalda. Esa mirada persistente y preocupada hizo que acelere el paso.
Sólo después de salir a la terraza y evitar la mirada de Arthurus, Karen dejó escapar un suspiro de alivio.
|Arthurus me quiere.|
Era un hecho innegable.
Incluso el propio implicado lo admitía.
A medida que los sentimientos por ella se profundicen, Arthurus centrará cada vez más su atención en ella y reaccionará con mayor sensibilidad incluso ante los cambios más pequeños. Por otro lado, ella, que tiene mucho que ocultar, seguirá actuando de una manera que Arthurus no puede comprender.
Si algo así sucede repetidamente, su identidad podría verse descubierta mucho antes de lo esperado.
|¿Qué debo hacer? ¿Qué se supone que haga…?|
Karen cerró los ojos ante una situación que no podía resolver, ni escapar, ni ordenar.
Escuchó las voces de algunas mujeres hablando en la terraza, como si no se hubieran dado cuenta que ella había entrado.
Su corazón, antes latiendo aceleradamente por el miedo, ahora lo hacía por una razón diferente. Le temblaban los puños.
No soportaba que difamaran su profesión, pero soportaba menos que insultaran a Arthurus por su culpa.
Aunque eran nobles, insultar al duque no era algo que se pudiera pasar por alto. Karen dio un paso adelante para acercarse a ellas.
Pero dejó de caminar porque el nombre de una persona familiar pero desconocida estaba siendo mencionado con seriedad a través de sus bocas.
Cato Kloen.
Era el medio hermano de Arthurus.
Aunque no tenía parentesco de sangre con Jude Cullen, el anciano lo trataba como su nieto.
Karen se encontraba a menudo con el abuelo, así que solía escuchar historias sobre Cato. Pero nunca las había oído de la boca de Arthurus. Solo había visto su rostro un par de veces y nunca había tenido una conversación formal con él.
Pronto estallaron en carcajadas, dejando a Karen con la interrogante de cuál era el chiste. Aquellas voces alegres, parloteando solo para su propia diversión, rasgaron su corazón como una cuchilla afilada.
|No puedo retroceder.|
Ellas eran las que estaban en el error. Si huye del lugar…
Allá donde vaya esa gente, seguirán hablando del duque como les plazca.
Karen se acercó a ellas, con los puños apretando la falda de su vestido.
Las dos damas que habían estado charlando emocionadas se miraron una a la otra fijamente, como si se hubieran dado cuenta de que habían hecho algo malo.
Y entonces empezaron a poner excusas. Era absurdo para quien las escuchaba.
La mujer se cruzó de brazos y miró a Karen con altivez, como si pensara que Karen estaba protegiendo a Cato de manera ignorante.
Pero Karen no se avergonzó ni se acobardó ante aquella actitud.
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