El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 59
Episodio 59
Después de bajar, Karen se quedó de pie, incómoda, observando la sutil atmósfera mientras se agarraba de la silla. La expresión del anciano era sonriente como siempre, pero había algo extraño.
El abuelo estaba sonriendo de nuevo, su habitual sonrisa tranquila y amable; al parecer, los pensamientos de Karen estaban equivocados.
Tras ver semejante actuación infantil con genuino enojo, cuando siempre solía ser intimidante y serio, Karen quedó realmente inquieta.
Jude Cullen se rió entre dientes y continuó bromeando con ella sobre Arthurus.
Al mismo tiempo, un surco comenzó a formarse nuevamente entre las cejas del susodicho.
No es como si fuera la primera vez que el abuelo se burlaba de él como un amigo, pero seguía agitándose por ello.
Si fuera normal, simplemente habría respondido apropiadamente y lo habría dejado pasar.
¿Qué es lo que le hace estar tan enojado y molesto?
Aunque se tratara de su propio corazón, tenía miedo de analizarlo.
Si admite que le molesta que ella no tenga la ilusión de pasar un tiempo a solas con él en navidad y que parece tener más cercanía con el abuelo que con él mismo, entonces significa que es un hombre de mente cerrada.
Arthurus ni siquiera miró a su abuelo mientras se levantaba del sofá.
Nerviosa al verlo tan molesto, lo agarró por instinto de la solapa. Distraído, Arthurus habló como si hubiera olvidado mencionar algo.
No esperó escuchar esas palabras cuando se aferró a él.
Le soltó la solapa al escuchar algo tan inesperado y Arthurus pasó de largo con indiferencia, dando el aspecto de haber cumplido su trabajo.
Dos pares de ojos lo siguieron mientras subía las escaleras.
Sólo después de que el sonido de los pasos de Arthurus se hubiera desvanecido por completo, Jude Cullen continuó, luciendo claramente muy avergonzado.
A los pocos segundos, el anciano estalló en carcajadas, Karen no pudo hacerlo.
Desde su perspectiva, ella solo se había cambiado el par de zapatos, pero él estaba enojado con ella por eso.
Incapaz de seguirle la corriente al abuelo, miró fijamente la parte más alta de las escaleras, imaginando aquella espalda que había desaparecido.
Toc toc.
Dos golpes exactos en la puerta.
Maldita sea, ya sabía quién era solo con escuchar los golpes.
La puerta se abrió y un rostro pálido, enmarcado por una cabellera rubia, apareció cautelosamente por la rendija, observando. Arthurus soltó una carcajada mientras suspiraba ante la tierna imagen inesperada.
(Becky: Arthurus está pero volando de amor).
Karen entró en la habitación, animada al ver esa leve sonrisa. Todavía llevaba puestos los zapatos que usaría para la fiesta del día siguiente, como si no hubiera tenido tiempo de quitárselos.
En lugar de responder, Arthurus extendió los brazos en invitación. Al pararse frente a él, quien estaba sentado con naturalidad, juntó sus delgadas manos y guardó silencio un momento, como absorta en sus pensamientos.
Karen tragó saliva con fuerza y preguntó con cautela.
Aunque le molestaba que Karen actuara con una cautela innecesaria, Arthurus no tenía intención de decirle por qué estaba de mal humor.
No hay necesidad de revelarle su estrechez de mente a alguien que odia las mentes cerradas
El hombre a quien su abuelo había llamado mezquino y de mente estrecha ladeó la cabeza con ignorancia. Y lo hizo con el rostro lleno de preocupación por ella.
Tras mirar los zapatos de terciopelo negro, el hombre hizo una pregunta cuya respuesta era obvia.
Sabía que era ridículo tener celos de su propio abuelo. Tal y como dijo el anciano, al no haber anfitriona, él, como la persona mayor, no tiene más remedio que elegir el vestido y los zapatos para la fiesta.
Al final, Arthurus reveló su mente estrecha, la cual había intentado mantener oculta. Después de quedarse mirándolo con ojos perdidos, intentando comprender su pregunta, Karen estalló en carcajadas al comprender el verdadero significado.
Después de eso, lo golpeó suavemente en el hombro.
El rostro y el cuello del Arthurus, enterrados en sus grandes manos, estaban sonrojados. Era la primera vez que experimentaba sentimientos tan infantiles, se frustraba por su propio accionar.
Curiosa por aquel aspecto avergonzado, ella posó su mano sobre una de aquellas calientes mejillas y le levantó la cabeza, pero el Arthurus evitó con frialdad su toque. Qué extraña vista era verlo tan celoso y avergonzado por su propio aspecto.
Entonces Karen renunció a levantarle la cabeza para comprobar su rostro y solo rodeó suavemente su nuca para abrazarlo.
Karen susurró y agregó:
Já,
Arthurus soltó una risa hueca y finalmente levantó la cara, todavía había una leve coloración rojiza.
Era una casi queja por endulzarle el oído mientras pasaba más tiempo con el abuelo que con él.
Karen negó con la cabeza rápidamente.
No importaba lo tarde que fuera, Arthurus siempre venía a verla al llegar a casa. Así que intentó decirle que no se arrepintiera o lamentara de no tener suficiente tiempo para ella y que no estuviera celoso de su abuelo sin motivo.
Pero la cadena de pensamientos le hizo recordar lo que ocurría cada vez que Arthurus llegaba a casa tarde por la noche e iba a buscarla.
Ahora era el turno de Karen para sonrojarse.
Como si le hubiera leído la mente, las comisuras de los labios de Arthurus se curvaron.
La mirada de Karen se desvió de Arthurus hacia arriba cuando él se levantó.
Después de correr las cortinas, Arthurus la acorraló hacia la cama. El cuerpo indefenso cayó en el cobertor.
Karen parecía querer salir de esa situación incómoda, pero Arthurus no tenía intención de dejarla ir.
No después de que ella haya sugerido la forma más efectiva de suprimir los celos infantiles. ¿No sería una pena desaprovechar la oportunidad?
Karen entrecerró los ojos para mirar el rostro juguetón.
Ahora que tenía una excusa para burlarse de ella, no iba a dejarla ir tan fácilmente. Claro, no la estaba abrazando solo por jugar.
Esa expresión de niño travieso pronto desaparecerá.
Porque la versión de Arthurus en la cama perdía su picardía con cada capa de ropa que se quitaba.
La cama bien acolchada poco a poco empezó a crujir.
Antes quiso apartarlo por vergüenza, ahora lo abrazaba por el cuello y espalda mientras él se aferraba a ella.
|Mi pasatiempo favorito, dices…|
Puede que Arthurus lo haya dicho en broma, pero quizá no estaba equivocado.
Cuando hacen esto, incluso el más mínimo sentimiento de ansiedad desaparece.
Karen todavía no quería alejarse de su papel de mujer despreocupada y enteramente enamorada.
A veces en la vida se experimentan cosas inesperadas.
Cato Kloen nunca imaginó que terminaría pisando una prisión.
Incluso cuando el abuelo lo echó de la mansión ducal después de que el anterior duque falleciera y tuvo una vida difícil vagando por las calles con su madre, la idea de ir a un lugar así nunca cruzó por su mente.
|Supongo que es algo bueno, no haber sido encarcelado.|
No le servía de mucho consuelo venir solo de visita.
Cato apretó los puños sobre las rodillas mientras miraba el rostro demacrado de Sierra a través de los barrotes.
Sierra, tan hermosa que fue considerada la “Rosa Dorada de Gloretta” con gran influencia en la alta sociedad.
Sierra, que desprendía un aroma tan cautivador que te hacía dar vueltas la cabeza cuando estabas cerca de ella.
Sierra, quien solo vestía cosas bellas y suntuosas.
Esa Sierra estaba encerrada en una prisión húmeda y oscura donde no habría sido extraño encontrar ratas arrastrándose por el techo.
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