El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 38
Capítulo 38
De hecho, David no estaba preocupado por la misión, hasta se burlaba de Karen por haber sido abandonada.
Por la expresión que había visto en el duque al encontrárselo antes, este ya le había comunicado a Karen su decisión de…
Mientras David recordaba la expresión del rostro del duque, que parecía aguantar sufrimiento, la voz de Karen lo interrumpió.
Aunque no dijo el nombre específicamente, supo inmediatamente a quién se refería con “esa persona”.
“Esa persona” servía como rehén de Karen.
Ya que su hermano menor estaba muerto, esa persona es la única que puede hacer que Karen obedezca.
David preguntó de nuevo, aunque sí sabía a qué se refería ella, y luego, descaradamente, fingió entender.
Los ojos de David se volvieron tan afilados como los de una serpiente.
David levantó las comisuras de los labios.
Era más bien el tipo de risa que hacía cuando no entendía a Karen y se burlaba de ella.
Se acercó a la cama, se inclinó y la miró a los ojos.
Karen se mordió el labio inferior.
Él pensó que tomaría tiempo obtener una respuesta, ya sea negativa o positiva.
Pero el silencio fue fugaz.
Karen respondió con firmeza.
David la conocía mejor de lo que Karen se imaginaba, incluido el hecho de que ella se volvía más agresiva y enérgica cuanto más la golpeaban en el acto.
Karen mordió la tierna carne de su labio.
¿Traición? Era una palabra que le sonaba rara.
Si fuera odio, no lo sería. Karen fue capturada durante la guerra y tuvo que someterse a un largo entrenamiento como espía. Estaba destinada a ser eliminada cuando dejara de ser útil, Kustia no era su patria.
¿Se consideraría a eso traición? Casi se parte de la risa ante una afirmación tan absurda.
Habían dos razones principales por las que no le contaban a Karen todos los planes de una misión.
En primer lugar, el ejército de Kustia no confía en los espías que secuestraron y domesticaron.
En segundo lugar, Karen tenía una gran capacidad para improvisar y conmover los corazones de la gente, en lugar de planificar y ensayar un guión.
Recibir la bala por alguien a quien debía extraerle información es un ejemplo. Con ese sacrificio, ¿acaso no había logrado que el duque se sintiera culpable y al mismo tiempo disipara cualquier duda restante?
David vertió agua de la jarra en una taza y abiertamente le agregó un polvo blanco.
Podría haberla obligado a beberlo, alegando que era una orden de sus superiores. Pero en lugar de eso, David descartó el agua en el suelo.
David señaló con su dedo índice a Karen y predijo lo que pronto sucedería.
(Becky: No le dan ni un respiro a mi niña).
Han pasado tres días desde que Arthurus rompió con ella.
Era temprano por la tarde, mucho después de la hora del almuerzo, cuando, después de estar trabajando duro mientras reducía su ya limitado tiempo de sueño, llamó a Lois.
Lois finalmente se dio cuenta de que tenía hambre y pidió que le prepararan una comida con antelación.
Pero lo que él escuchó cuando entró en la oficina fue completamente diferente de lo que esperaba.
Desafortunadamente para el esperanzado Lois, no era para regresar con ella.
Durante tres días, Arthurus se esforzó aún más por olvidarla. Sin embargo, cuanto más trabajaba, más la recordaba, hasta el punto de convertirse en una molestia.
Así que se puso a analizarlo.
¿Por qué seguía pensando en esa mujer?
Oh, claro que le daba pena. Tuvo que involucrarse con él sin ningún motivo, una ballerina común tuvo que pasar por una experiencia cercana a la muerte e incluso por un quirófano…
Era inevitable que sintiera un gran sentimiento de culpa.
Pensó que la razón por la que Karen le venía a la mente cada vez que perdía la concentración en el trabajo era porque se sentía culpable.
Pero el siguiente pensamiento que le venía a la mente era…
A pesar de su culpa, empezó a darse cuenta de que se trataba más bien de fastidio por no haber hecho bien su parte.
Karen siempre había sido más meticulosa de lo esperado. Incluso cuando empezó una relación contractual con él, fue ella quien propuso tener el contrato por escrito.
Entonces pensó que si ponía por escrito lo que haría como compensación y lo certificaba ante un notario para que Karen no se sintiera ansiosa, esa sensación de inquietud desaparecería.
No tenía segundas intenciones, pero quizá Karen no piense lo mismo.
Ella podía recibir los documentos organizados a través de Lois.
Pero Arthurus sentía que tenía que dárselos en persona.
Arthurus le hizo un gesto a Lois para que se acercara.
Lois, que estaba entusiasmado por las palabras de Arthurus de que iría a ver a su ex amante, se acercó a él sin ninguna sospecha.
Lois revisó el informe que Arthurus había señalado.
Los papeles estaban apilados tan alto que casi llegaban al techo.
El asistente preguntó con voz temblorosa.
Arthurus sonrió tanto que se le hundieron las mejillas y le entregó el bolígrafo a Lois. Solo había una razón por la que estaba sobrecargando a su amigo de trabajo. Estaba molesto consigo mismo por no poder concentrarse en el trabajo porque estaba pensando en ella, y también estaba molesto con su amigo por estar constantemente pendiente de su estado de ánimo.
Después de reunir los papeles para entregárselos a Karen, Arthurus abandonó tranquilamente la oficina, dejando atrás a su atónito amigo.
Los pasos hacia el hospital parecían pesados pero ligeros.
Aunque estaba sin aliento, finalmente sintió que podía respirar.
Una extraña sensación, difícil de describir con palabras, envolvió todo el cuerpo de Arthurus.
David Meyer, el actor que interpretó a “Luis”, había dejado su papel.
Cuando desapareció, tan ruidoso como era, el silencio finalmente regresó a la habitación del hospital.
Karen contó números mientras se cubría con la manta.
499, 500, 501…
Aunque no parezca, se necesita mucha concentración para seguir contando números porque si se pierde el foco aunque sea un poco, es lógico olvidar rápidamente cuántos números ya se han contado.
La mejor manera de olvidarse de cosas en las que no quería pensar, aunque fuera por un momento, era centrar su atención en otra parte.
Toc, toc.
Pero en el momento en que oyó que se abría la puerta corrediza de la habitación del hospital, Karen dejó de contar.
Al mismo tiempo, olvidó por completo cuántos números ya había contado.
Cualquiera que oyera el sonido de pasos caminando en silencio sabría que no era el andar de un médico común y corriente visitando la habitación de su paciente en el hospital.
David se lo había dicho.
Era absurdo que hubieran intentado darle somníferos por si se rebelaba. Después de todo, no estaba en condición de oponer resistencia…
Sí, dejando otras cosas de lado, no pudo evitar sentir miedo cuanto más se acercaban los pasos de aquel tipo espeluznante.
Era difícil fingir que no lo sabía.
Karen se destapó y se sentó.
Tan pronto como terminó de hablar, una hoja afilada fue apuntada en su cuello.
No estaba lo suficientemente filosa, pero sí era suficiente para infligir una herida mortal. Karen bajó la mirada y luego la levantó lentamente para examinar a Joseph Malone.
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