El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 30
Capítulo 30
La casa del mayor Skyborough estaba situada en las afueras de la capital. Una zona relativamente tranquila en comparación con la ruidosa y populosa ciudad, pero en cuanto entró el coche, al instante se volvió ruidosa por los ladridos de los perros enjaulados.
Tras despedir al chófer y a su asistente, Arthurus abrió personalmente la puerta del coche a Karen.
El mayor y su esposa, previamente contactados por teléfono, salieron personalmente a recibir a las inesperadas visitas. La entrada de la mansión de tres pisos, con la brisa fresca meciendo las grandes ramas de árboles del patio, estaba adornada con pequeñas macetas de flores para dar la bienvenida a los invitados. En un rincón alejado de las macetas, se veía una gran perrera con capacidad para varios perros.
Ignorando inmediatamente al mayor, Arthurus dirigió su atención a la señora de la casa.
Mary Skyborough era cinco años mayor que su esposo. Acostumbrada a sus cariñosas atenciones, recibió a los invitados en lugar del enfurruñado mayor.
Mary le dio un ligero abrazo y los condujo al interior de su casa.
Mientras pronunciaba sus palabras con cautela, soltó una pequeña carcajada al ver que Karen miraba a su alrededor. A juzgar por la mirada expectante, parecía que el refrigerio tendría que posponerse un poco más.
El mayor y su esposa dieron media vuelta para no dirigirse al salón y subieron las escaleras hasta el piso superior.
Finalmente, Karen pudo conocer a los lindos cachorritos que había estado deseando ver.
(Becky: 해피* Significa “happy” o “feliz”, la dejé con su pronunciación en coreano).
Mary y el mayor Skyborough explicaban la historia mientras los guiaban hacia donde estaban los perros.
Al murmurar el nombre de la perrita, Karen sonrió alegremente.
Arthurus se limitó a observarla en silencio a su lado. Al pasar junto a las numerosas ventanas del largo pasillo, las sombras y la luz del sol cruzaban alternativamente el rostro de Karen.
Era difícil apartar los ojos tanto del rostro oscurecido por las sombras como de su rostro claro con la luz del sol brillando a sobre ella.
Una mujer a la que le encantan las flores y los perros, se entrega fácilmente a los demás y odia el olor a cigarrillo.
La iba conociendo poco a poco, pero todavía tenía dificultades para entenderla bien.
Cuando llegaron a la última habitación del pasillo, Mary abrió la puerta.
Los ojos de Karen se abrieron de par en par cuando vio a las criaturas dentro. Puede que no fuera la primera vez que veía cachorros, era una niña que a menudo visitaba a su anterior perrita y miraba a los cachorros dentro de la valla. Pero nunca se acercó sin permiso.
Mary empujó la espalda del mayor y este fue y trajo dos cachorros en brazos del interior de la valla.
Haepi parecía ansiosa y vigilaba de cerca a Karen, pero parecía estar ocupada cuidando de los cachorros restantes.
El mayor Skyborough colocó a los dos cachorros en el suelo. Karen se sentó sobre sus rodillas y se concentró en observar a las crías.
Al principio quedó hipnotizada por la ternura de los cachorros recién nacidos, pero luego su atención se quedó en Haepi.
La perrita cojeaba de una pata.
Incluso mientras acariciaba a los cachorros, de alguna manera le preocupaba Haepi. Si fuera una perra militar, estaría corriendo todo lo que hubiera querido y desempeñado un buen papel.
Como sólo tenía un problema con una de sus cuatro patas, caminar en sí no parecía ser un problema. Pero nunca podrá volver a correr tan libremente como antes.
La cara del mayor se puso roja como si acabara de decir algo extremadamente obsceno, aunque sólo estaba diciendo la verdad.
Mary contó la historia de amor de Milo y Haepi, que también era un ex perro militar, e hizo reír a Karen cuando esta tenía el corazón a punto de ponerse acongojado.
Era dudoso de si no quería quedarse a solas con el mayor Skyborough, o si realmente quería participar en la conversación de mujeres.
Lo que es seguro es que no está dispuesto a salir con el mayor.
Karen, que parecía conocer el motivo, gesticuló en silencio: “Lo haré bien”.
Parecía pensar que Arthurus quería quedarse por miedo a que no interpretara bien el papel de su falsa novia. Definitivamente esa NO era la razón, pero en lugar de explicárselo, Arthurus decidió dar un paso al costado.
Arthurus giró la cabeza una última vez mientras salía de la habitación.
Karen estaba concentrada en las palabras de Mary y no paraba de acariciar a los cachorros.
|¿Debería adoptar al menos uno?|
A ella parece gustarle mucho los perros.
Los pensamientos negativos de Arthurus sobre la adopción de perros cambiaron un poco.
Las dos mujeres, al quedarse solas, se comunicaban muy bien entre ellas a pesar de conocerse por primera vez.
Mary se hacía cargo de la casa en lugar de su marido, quien a menudo estaba ausente por su trabajo militar. Era una mujer que disfrutaba de hablar con los demás. Karen estaba más cómoda y acostumbrada a escuchar que hablar de sí misma. En conclusión, ambas personalidades eran la ecuación perfecta.
Karen dejó escapar una carcajada mientras acariciaba a uno de los cachorros que correteaba alocadamente y se había subido a su muslo.
|¿Realmente se tomaría tanta molestia por mí?|
Esas palabras se le subieron a la garganta. Pero para los demás, el duque Kloen tenía que parecer un hombre tan profundamente enamorado que haría cualquier cosa que le pidiera.
Las mejillas de Karen se pusieron rojas y bajó la cabeza ante la broma de Mary que contenía elogios.
El comandante Skyborough y Arthurus jugaban al ajedrez y mantenían una conversación que nada tenía que ver con el juego.
Los dos hombres, con la mirada en el tablero de ajedrez, jugaban la partida a un ritmo que no era ni lento ni rápido.
Al darse cuenta de que estaba en desventaja, el mayor abandonó rápidamente la partida.
El motivo de la guerra no era tan grandioso. Kustia codiciaba los recursos de las colonias de Gloretta. Era un país enemigo al que se despreciaba tanto hasta el punto de que ni siquiera se pronunciaba su nombre.
Con dos de las naciones más poderosas del mundo en guerra, el resto del mundo se dividió en dos bandos.
Sin embargo, la brutal colonización y los ataques a naciones neutrales inclinaron la opinión mundial a favor de Gloretta.
Si la guerra hubiera durado sólo un poco más, Gloretta habría ganado, aunque hubiera perdido mucho en el proceso.
En un mundo en el que se abrieron las vías férreas y se hicieron posibles los intercambios con otros países, la diplomacia debía considerarse importante para dirigir un país. Sin embargo, Kustia no sólo puso a medio mundo en su contra por su tipo de colonización, sino que también reveló sus aterradoras ambiciones, provocando que muchos países formaran una alianza con Gloretta.
El mayor hizo otra pregunta mientras organizaba las piezas de ajedrez.
El mayor bebió cerveza del vaso que tenía al lado y empezó a hablar de algo desagradable con expresión alegre.
Había una ligera y pícara sonrisa en los labios del mayor, pero sus ojos eran afilados. Como si diera una severa advertencia.
(Becky: Tiempos terribles se acercan, Harry).
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