El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 21
Capítulo 21
Al día siguiente, por la mañana.
Karen tenía una cita con Arthurus y apresuró sus pasos.
Había estado viviendo en una vieja mansión custodiada por la familia Kloen, y hoy por fin tenía previsto mudarse a su nuevo hogar.
La casa a la que se mudaba era un lujoso apartamento situado a quince minutos a pie de la puerta principal de la mansión de Arthurus.
(Becky: Humm, vecinos).
Habían planeado que la fotografiaran entrando a la casa que el duque “había comprado” para ella.
Estas fotos iban a publicarse ampliamente en los periódicos como se hubieran tomado en secreto.
Sierra Miller, alguien que llevaba mucho tiempo persiguiendo a Arthurus y acosándolo terriblemente, estaba tranquila por alguna razón. Pero no había manera de saber cuánto duraría ese silencio pacífico.
Además, Joseph Malone…
Mientras Karen continuaba con sus pensamientos, se detuvo de repente en seco. Había un carruaje detenido en la puerta del edificio de la compañía de ballet, el lugar donde supuestamente tendría que encontrarse con el duque.
Arthurus se movilizaba en coche salvo en contadas ocasiones, y aquel carruaje ni siquiera tenía el sello de la familia Kloen…
(Becky: Recuerden que coche y carruaje son cosas diferentes).
Karen lo notó.
¿Quién era el dueño de aquel carruaje?
Alguien se bajó del carruaje, como si la hubiera avistado. Era un hombre extraño.
Se quitó el sombrero y se acercó a Karen, inclinándose cortésmente.
Karen asintió, con los labios fruncidos por la tensión. Después, subió voluntariamente mientras el hombre le abría la puerta.
Con un ruido sordo, la puerta del carruaje se cerró.
Karen saludó con la cabeza al dueño del carruaje y se sentó frente a él, cara a cara.
El anciano no sonrió amablemente como la última vez.
Aún así, no la amenazó ni intentó asustarla.
Jude Cullen la miró fijamente por debajo de su sombrero de ala larga.
Esto también ya era de esperarse.
A Arthurus le preocupaba que su abuelo fuera más extremista de lo que pensaba y ordenara que la siguieran. Por lo tanto, Karen había preparado su corazón para una situación tan repentina.
El tono era suave, pero lo que dijo a continuación fue muy firme y frío.
Si la intención en su primer encuentro era darle pistas, esta vez pensaba disuadirla causándole un caos emocional.
Una joven que perdió a sus padres en la guerra, quedó huérfana y estuvo cautiva en un país enemigo durante mucho tiempo antes de regresar a su tierra natal junto a su hermano menor.
Una mujer que trabaja en el ámbito artístico, donde la competencia es feroz y predomina el patrocinio con fines malsanos.
Era evidente lo que le preocupaba a Jude Cullen.
Por otro lado, Karen no era del tipo extrovertido. Se cerraba de muchas maneras y le resultaba muy difícil agradar a quien no quería agradarle.
Pero no podía echarse atrás fácilmente.
Aún no habían tenido una conversación sobre sus experiencias en la guerra.
Pero ella creía que si hablaban de esa época dolorosa, lo más probable es que fueran capaces de entenderse y empatizar el uno con el otro.
Karen apretó las manos sobre el regazo y observó a Jude Cullen con una expresión tensa en el rostro.
Él le hizo un leve gesto con la cabeza, como pidiéndole que siguiera hablando.
En respuesta, ella decidió ser más valiente.
Karen permaneció inmóvil y entregó todo su corazón mientras el carruaje deambulaba por las calles de la capital sin un destino a la vista.
Por alguna razón, Karen sintió que no podía terminar así, entonces se apresuró a sacar más cosas que decir.
Pero Jude Cullen la interrumpió con firmeza.
Parecía estar mirando a alguien por quien sentía lástima. Sin embargo, él no retrocedió ni un ápice en su actitud y en su voz.
Karen lo supo.
Ni la persona más elocuente sería capaz de lograr que cambie de opinión.
Esas palabras parecían implicar que si no renunciaba a la relación, iba cometer un acto tan terrible.
Pero Karen ya estaba atada por un contrato con Arthurus.
Tenía que permanecer a su lado, no sólo por el contrato.
Siendo terriblemente inarticulada, de alguna manera tenía que ganarse la aprobación de Jude Cullen.
Ella apretó los labios, escogiendo palabras lo mejor que podía.
Fue justo entonces.
¡Hiiii!
Karen habría expresado lo que tenía que decir si uno de los caballos no hubiera acelerado de repente mientras lloriqueaba como si le hubiera dado un ataque.
Pero la situación ya se había producido, y no era momento para conversaciones pausadas.
Gritó Jude Cullen, apenas capaz de sostener su cuerpo con un bastón y la pared, y a continuación respondió el mayordomo de la familia Cullen, que estaba sentado afuera junto al cochero.
Jude Cullen era un hombre que había fundado la empresa militar “Arthurus”.
Sabía del hierro y, por mucho que lo supiera, no se fiaba de ese material. Esa era la razón por la que seguía insistiendo en utilizar carruajes lentos en una época en la que el número de vehículos aumentaba lentamente.
Pero hoy parecía ser el día para demostrar que su terquedad estaba equivocada.
A Karen le costó mantener el equilibrio desde que el caballo empezó a correr a toda velocidad.
Mientras intentaba agarrarse de un lado, cayó hacia delante y acabó sentada junto al anciano.
Jude Cullen dejó a un lado los honoríficos y rodeó con sus brazos el cuerpo de Karen.
Aunque ya se ha hecho mayor, no ha olvidado su deber de caballero de proteger a las mujeres.
Pero aunque tenía la espalda recta para su edad, era un anciano que caminaba con la ayuda de un bastón.
Esto significaba que ya no podía proteger bien a una joven dama en un carruaje conducido por un caballo alterado.
Los cuerpos de Karen y Jude Cullen se movían de adelante hacia arriba repetidamente, sin importar quién iba primero.
Cuando Jude Cullen no podía mantener el equilibrio, Karen lo sujetaba, y cuando Karen se balanceaba demasiado, él la sujetaba a ella.
Gritó de nuevo el anciano, pero incluso el conductor y el mayordomo estaban indefensos.
No había forma de detener a la bestia que no entendía mientras enloquecía y se desbocaba.
En el carruaje que se sacudía violentamente, Karen y el anciano se abrazaron y gritaron entre sí a gritos.
Karen gritó con fuerza en una situación en la que no podía controlarse.
Jude Cullen parecía no entender. A sus ojos, Karen no parecía una persona con la capacidad de resolver esta situación.
A pesar de las ansiosas protestas del anciano por disuadirla, Karen tropezó y abrió la puerta del carruaje.
Jude Cullen gritó horrorizado al ver que Karen parecía estar a punto de saltar del carruaje.
Pero a pesar de que él trató de detenerla, Karen se estiró hacia el exterior del vagón arrastrándose.
Su esbelto cuerpo colgaba precariamente del exterior del carruaje.
¡Hiiiiiiii!
El cuerpo femenino se agitó cuando el caballo levantó las patas delanteras.
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