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El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 20


Capítulo 20

Por alguna razón, Jude Cullen había dicho algo positivo sobre ella por primera vez.

En contra de su voluntad, Karen sintió que su rostro se iluminaba.

Al cabo de unos segundos, su expresión volvió a tensarse.

Jude Cullen, después de ocultar sus verdaderos sentimientos hasta el momento, reveló su real sentir por primera vez.

Era el momento en que Jude Cullen decía sus palabras más importantes.

Sin embargo, se oyó un bullicio al otro lado de la puerta y luego ésta se abrió.

El visitante inesperado que entró a pesar de la disuasión de los sirvientes no era otro que el nieto del dueño de esta mansión.

Arthurus, pulcramente vestido por su horario laboral, miró directamente a Karen.

Incluso sin tener que especificarlo, estaba claro de quién se trataba.

Jude Cullen secretamente le hizo un guiño a Karen. Era una señal para mantener la conversación de hoy en secreto.

Ella realmente quería impresionar a Jude Cullen. Porque el anciano era el único miembro vivo de la familia del duque.

Pero su corazón no era lo suficientemente fuerte como para soportar un dolor unilateral.

Karen respondió a eso, mostrando una expresión de molestia por primera vez.

Los ojos de Jude Cullen se abrieron de par en par ante la respuesta. No era posible, no creía que fuera a recibir semejante respuesta.

Arthurus, después de tomar personalmente el abrigo y la cartera de Karen, le rodeó la cintura afectuosamente con el otro brazo.

El anciano sacudió la cabeza en desconcierto ante la imagen de su nieto y Karen alejándose sin mirar atrás.

Pero aunque su nieto lo regañara por culpa de la señorita soplona, Jude no tenía la intención de dar marcha atrás.

Esperaba que su nieto conociera a un ser amado con el que pudiera compartir su vida.

Sabía que por mucho que el amor le diera felicidad, también podía arruinarle la vida.

Desde su punto de vista, Karen era demasiado insignificante para arruinar la vida de su nieto e inepta para traerle felicidad.

Nada más salir de la mansión, Karen negó ante la pregunta.

Vaya broma.

Arthurus no le quitaba los ojos de encima.

Como de costumbre, era hermosa, como una pintura al óleo bien ejecutada, pero la sensación nebulosa de que se podría borrar en cualquier momento era aún más fuerte.

Tuvo la sensación de que ella escuchó algo desagradable, porque es una mujer sorprendentemente incapaz de ocultar sus emociones.

(Becky: Hmmm, creo que no sabes leer tan bien a las personas, Arthurus).

Arthurus admitió de inmediato su error.

Karen, mientras alzaba la cabeza con una respuesta positiva, miró de repente por encima del hombro de masculino.

Realmente fue un momento fugaz.

Un breve instante, menos duradero que un segundo.

Sin embargo, Arthurus sintió de algún modo una extraña sensación de hormigueo en su columna vertebral.

Rápidamente miró hacia atrás también, siguiendo la mirada de Karen.

Pero todo lo que podía ver eran unos cuantos peatones.

Cuando volvió a fijar su mirada en ella, Karen lo miraba con sorpresa. Como si sus ojos hubieran estado fijos en él todo el tiempo.

Karen, con perplejidad plasmada en el rostro, abrió mucho los ojos como si se hubiera dado cuenta de algo y sacudió la cabeza para sí misma

Siguiendo la indicación, Arthurus giró la cabeza; allí había una pequeña floristería.

Como si recordara estuviera inmersa en el recuerdo, una sonrisa apareció en el oscuro rostro femenino.

Él, en el momento en que vio esa sonrisa, sintió resurgir la extraña sensación que había tratado de olvidar.

Ah, le gustan las flores.

Arthurus sonrió también, habiendo recibido información que le sería útil a la hora de imitar el comportamiento de una persona enamorada.

(Becky: nadie te cree eso jaja).

No fue otra, sino Karen, quien puso fin al breve momento de intercambiar miradas y sonrisas.

Arthurus asintió, como si le estuviera diciendo que suba al auto; ella se negó.

Él había pospuesto sus otros pendientes hasta mañana, tenía tiempo disponible.

Tal vez debería decirle que debería subirse igualmente al auto, puede llevarla a la casa de su amiga y luego dejarla también en la sala de ensayos.

Pero Arthurus no hizo tal sugerencia.

Insistir con algo que la otra persona no tiene intención de hacer es coacción.

Arthurus entró primero en el auto.

Al poco rato, el conductor puso en marcha el motor.

Karen sonrió mientras se despedía de Arthurus, quien seguía mirándola por el retrovisor.

Cuando el coche se alejó lo suficiente, ella quitó la sonrisa de sus labios.

(Becky: Uyyyy).

La puerta de la tienda pintada de rosa se abrió.

El elegante sonido de la campana se escuchó, señalando la llegada de una persona.

Madame Bornet, que llevaba un rato limpiando el lugar, dejó lo que estaba haciendo para saludar a su cliente habitual.

Karen se sentó a la mesa, sin decir nada como de costumbre.

Mientras madame Bornet preparaba el té, Karen echó un vistazo a la tienda con el rabillo del ojo.

No tenía ganas de comprar nada del lugar, ya tenía todos los suministros necesarios para las bailarinas.

Mientras servía el té, madame Bornet sonrió cálida y amablemente, como si estuviera mirando a su propia nieta.

Karen le contó la historia a madame Bornet, quien mostraba una gran curiosidad por su historia de amor.

Mientras escuchaba y daba los cumplidos y respuestas apropiadas como una amiga, madame Bornet tenía una expresión llena de preocupación en el rostro.

Madame Bornet removió el té frío con una cucharilla.

Karen lo entendía perfectamente.

Por no hablar de recibir el patrocinio insalubre de la clase alta en este momento.

Bailar, actuar, cantar.

Los nobles apreciaban y disfrutaban de las artes, pero no formaban parte de ello.

Lo irónico es que disfrutar del arte era un pasatiempo noble y quienes lo ejercían eran meros payasos.

Aunque en estos días, tales puntos de vista han disminuido significativamente en comparación a la época de juventud de Jude Cullen.

Madame Bornet la llamó con una dulce voz.

Karen estaba siendo tratada con dulzura, como si fuera su propia nieta, pero sólo devolvía una expresión fría e inexpresiva.

Le respondió con un tono tranquilo.

En la superficie, parecía como si no hubiera emoción en absoluto. Sin embargo, no se podía ocultar el hecho de que la mano sosteniendo la taza de té temblaba ligeramente.

La fría reacción de Karen fue suficiente para confundir a su oponente. Pero madame Bornet se limitó a sonreír pausadamente, como si estuviera observando algo infantil.

Admitió la señora de mayor edad.

Después de terminar lo que tenía que decir, Karen abotonó su abrigo, que no se había quitado en primer lugar, y levantó su bolso.

No había fuerza en la voz que afirmaba un próximo encuentro. Madame Bornet la despidió con su pintoresca sonrisa aún intacta.

Viera quien la viera, era el rostro de una vecina amable y cálida.

(Becky: Esta cñora me está dando mala espina).