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El lugar donde se quebró la rosa dorada Cap. 9


Capítulo 09

Una de las cejas de Arthurus se alzó ante las palabras de la mujer. Su expresión era de interrogación, como si quisiera saber cómo se enteró ella de su asistencia.

Sin embargo, a Arthurus le pareció que había al menos un indicio de esa intención. La voz femenina era tan tranquila que le resultaba difícil descifrar su intención a menos que escuchara con atención.

Estuvo a punto de reírse a carcajadas, pensando que la mujer que ahora parecía tan tranquila y serena le había echado un chorro de agua a la cara y se había sostenido de él por un calambre.

Justo entonces, Karen apretó los labios contra la taza y murmuró algo.

Realmente no pudo escucharla, así que le volvió a preguntar.

Ella lo miró y luego habló con una pronunciación más precisa que antes.

Tardó más de lo esperado en dar las gracias.

De repente sintió curiosidad por la mujer que reconocía quién era y, sin embargo, no se arrastraba ante él.

La mayoría de la gente, no, todo el mundo tenía una idea clara de lo que quería de Arthurus. Por eso se acercaban a él con intención, pero en lugar de intentar quedar bien, ella era brusca.

Tanto que aquel agradecimiento a regañadientes le resultó especialmente agradable.

Sería propio de un caballero aceptar el agradecimiento de una dama.

Sin embargo, el gruñón malicioso dentro de Arthurus levantó la cabeza.

Tal vez no esperaba esta respuesta de Arthurus, su rostro tímido se derrumbó en un instante y sus ojos se agitaron.

Arthurus metió inconscientemente la mano en el bolsillo de su bata de baño, buscando un cigarrillo. Pero era imposible encontrar algo en un bolsillo vacío.

Al darse cuenta de que los cigarrillos también se habían mojado al caerse a la piscina, Arthurus respondió a medias, peinándose el flequillo que le cubría pulcramente la frente.

Karen, que acariciaba vacilante con las yemas de los dedos su taza aún humeante, levantó sus ojos abatidos y miró a Arthurus, como si se hubiera armado de valor.

La insinceridad en su voz reveló que no le haría caso. El cacao finalmente se enfrió como ella quería, pero Karen no perdió de vista a Arthurus.

Tenía razón. Ella le causó muchos problemas.

… Con intención o sin ella.

Mientras tomaba café en lugar de fumar, Arthurus no parecía estar prestando atención a las palabras femeninas. Pero a ella no le importó y continuó con seguridad.

Arthurus la miró y ladeó la cabeza. Actuaba tan intrépida que parecía haber olvidado que él era un “duque”.

Pues no. Lo siente por la persona que habla con timidez y en tono áspero, pero no cree que pueda necesitar de su ayuda…

Los ojos de Arthurus la recorrieron con naturalidad.

Ella acababa de ser acosada por un hombre que tenía una mente insidiosa sobre ella, y ahora estaba indefensa, vestida así en una habitación a solas con otro hombre…

Además, ¿estaba dispuesta a darle su ayuda en caso de ser necesario?

Arthurus se levantó de su posición contra la pared y se acercó a la mujer, que por fin tomaba un sorbo de cacao. Luego bajó la mirada hasta el rostro femenino, quien lo miraba desconcertada desde el sillón cercano a la mesa.

Su cara, su cuello y su clavícula eran visibles a través de la bata abierta.

La avergonzada mujer se ajustó la bata y se sonrojó.

Al ver la ansiedad y la cautela en los ojos de Karen, a pesar de su porte felino, Arthurus sonrió satisfecho y extendió la mano.

Karen jadeó, aspiró y trató de cerrar los ojos.

¡Chas!

Los dedos índice y pulgar de la mano grande, que se acercaba a ella, chasquearon y emitieron un sonido de fricción.

Tras llevar un rato temblando de miedo, Karen parpadeó; Arthurus no pudo contener la risa. Para decirlo sin rodeos, no sintió la necesidad de hacerlo.

Ella entornó los ojos y lo fulminó mientras lo veía soltar una carcajada por lo bajo.

Se preguntó si estaría enfadada porque se burló de ella.

Todavía había rubor en el rostro femenino. Arthurus no evitó los ojos silenciosos que le miraban con resentimiento.

Se produjo un silencio que parecía tener un significado ligeramente diferente para cada uno.

Toc, toc.

Llamaron a la puerta.

Aún faltaba mucho para que llegue el enviado de la mansión.

Arthurus retiró primero la mirada y se levantó de la mesa donde estaba sentado. Al pasar junto al sofá, los bordes de las batas de cada uno se rozaron ligeramente.

TOC, TOC, TOC.

Mientras se dirigía a la puerta, volvió a escuchar una serie de golpes.

Al oír el golpeteo persistente, Arthurus abrió la puerta, teniendo una terrible suposición en su cabeza.

Como era de esperarse, Sierra estaba de pie frente a la puerta.

Arthurus no preguntó cómo había llegado a la habitación que había reservado en silencio; podía imaginárselo sin necesidad de que se lo dijeran.

Un odioso hermanastro.

La prometida de dicho hermanastro, que es aún más desagradable que él.

La tediosa obligación de jugar a la familia feliz.

Se había sentido relajado por un momento, pero luego llegó la sensación familiar de aburrimiento.

Sierra miró hacia el interior de la puerta mientras hacía la pregunta obvia, aparentemente esperando una confirmación. Como si tratara de comprobar algo.

Arthurus se apoyó en la puerta, bloqueando la vista de Sierra.

En cualquier caso, es imposible obtener una vista completa de una habitación grande con sólo mirarla desde la entrada. El espacio de Karen no era visible desde la dirección donde estaba Sierra. Sin embargo, oiría su voz, por lo que, si

ella

* tenía sentido común, sabría que debía proteger su cuerpo y no mostrarse.

(Becky: *Se refiere a Karen).

Arthurus conocía la persistencia de Sierra.

Cuando se entere de que está con una mujer, sabe cuánto la perseguirá y acosará.

Ya estaba harto.

Sierra Miller quiere comprobar la presencia de una mujer que podría estar en la habitación.

Sólo se tranquilizará cuando vea con sus propios ojos que no hay ninguna fémina, así que por eso insiste. Si entra y no hay nadie, comenzará con su inútil juego de seducción.

Él la conocía desde hacía bastante tiempo. Han pasado muchas cosas desde entonces.

No era como si nunca se hubiera visto mujeres que gustaran de Arthurus. Pero ellas entendían el rechazo del hombre.

Reconocían la frialdad enmascarada de cortesía del que les gustaba, y se sentían dolidas y retraídas por su rechazo porque tenían una mente normal.

Ahora que Arthurus está inmerso en los negocios, los compromisos empresariales y las confesiones han desaparecido.

Sierra Miller era una de las personas más persistentes que él había conocido. Lástima que si ella hubiera orientado esa persistencia en otra dirección, se habría convertido en uno de los talentos más reconocidos en cualquier campo.

Después de tanta persecución, él pensó que se había dado por vencida cuando dejó de verla medio año.

Entonces, un día, apareció como la prometida de su hermanastro.

Una mujer que convirtió en maldición la obra familiar que conseguía hacer tan bien.

Esta clase de situaciones inesperadas que Sierra Miller crea…

Estaba tan cansado e incómodo que le empezó a doler la cabeza.