Nunca Quise Tener Un Hijo Suyo - Novela Cap. 109
Ella estaba furiosa.
Sin embargo, había sido resultado de su propia seducción, así que no tenía a quién culpar más que a sí misma.
—¿Tienes algo que decir?
—……
—Si eso no fue suficiente, podríamos continuar en tu habitación.
—No será necesario.
—Si caminar te resulta difícil, siempre puedes rogarme que te cargue.
—Puedo caminar por mí misma.
—Entonces haz lo que quieras.
Él pasó junto a ella, completamente despreocupado. Emilia se apoyó contra la pared, observando su figura que se alejaba.
¿Cómo podía estar tan indiferente? ¿Acaso su cuerpo estaba hecho de acero?
A diferencia de la gente común, ellos habían nacido con la naturaleza de las bestias. Sus cuerpos estaban perfectamente equilibrados y poseían una fuerza más allá de los límites humanos.
Por alguna razón, le vinieron a la mente los rasgos físicos del linaje Baviera. ¿Podría ser que esa fuerza sobrehumana se concentrara ahí abajo…?
No, eso no podía ser.
Emilia se sintió como una tonta.
El verdadero problema era que su mente había quedado tan paralizada por el placer que no podía pensar con claridad.
Debía haberse vuelto adicta a esas sensaciones increíbles.
Adicta a lo que él le hacía.
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Tras un lavado exhaustivo, Emilia se desplomó sobre su cama.
Entonces notó algo extraño en su habitación: estaba demasiado limpia.
¿La habrá limpiado una sirvienta?
Últimamente, su habitación estaba siendo aseada con más frecuencia.
Metió la mano bajo la almohada y tanteó. Sus dedos rozaron la daga oculta.
Menos mal.
No, en realidad era extraño que la daga siguiera ahí en una habitación tan impecable.
Si una sirvienta había limpiado, no había manera de que no la hubiera visto.
Emilia se esforzó por incorporarse y apartó la almohada. La daga que su padre le había dado seguía allí, intacta.
—…lo sabían y la dejaron. Deben haberlo sabido.
¡Qué bajo concepto debían tener de ella! ¿Que la dejaran ahí?
Incluso cuando la había apuntado contra el Rey, él no se la había quitado.
Emilia apretó los puños. Él siempre la hacía sentir completamente insignificante.
Aun si se abalanzaba contra él con la daga, ¿Sería capaz de rozarle siquiera el cuello?
Sin duda, su mano estaría en su garganta antes de que pudiera atacar.
Lamentablemente, Emilia no podía matarlo. Era más bien que no podía hacerlo.
Se desplomó sobre la cama, aferrando la manta con frustración.
¿Acaso pensaba que no la usaría para acabar con su propia vida?
A pesar de su negativa a concederle una muerte en paz, dejarle la daga era una soberbia imprudencia de su parte.
Estaba seguro de que no intentaría acabar con su vida otra vez. El pensamiento la hizo reír con amargura.
Apretó con más fuerza la daga. Podría clavársela en el corazón en ese mismo instante y hallar la paz.
¿Pero y luego qué? Su muerte sería una pequeña molestia para él y una fuente de desesperación para su padre.
La familia Jalliar perdería apenas un peón en su gran juego.
Su muerte sería una tristeza pasajera para ellos, y al mismo tiempo infundiría miedo en quienes se opusieran a la familia real, mientras ellos seguían disfrutando de su poder.
¿Por qué soy…?
¿Tan insignificante?
Todo su odio hacia él había sido reemplazado por las respuestas primarias de su cuerpo.
Una sensación de vacío e impotencia la invadió. Ojalá pudiera devolverle aunque fuera una fracción de las emociones que él despertaba en ella.
El cuerpo de Emilia temblaba con pequeños movimientos involuntarios. Detestaba lo complaciente que se había vuelto bajo su influencia.
Exhalando un largo suspiro, se levantó de la cama. Guardó la daga de nuevo bajo la almohada e intentó pensar con calma.
Si realmente tenía la sangre de Baviera, su existencia se volvería aún más insignificante.
Quizás ni siquiera tendría el lujo de lanzarle maldiciones y soñar con el día en que pudiera hundirle una daga en el cuello.
—Emilia, nunca lo olvides. El único que puede restaurar a la familia real actual es el Duque Heinrich.
—Te equivocas, padre. La única que puede cambiar esta situación soy yo.
Emilia murmuró para sí misma, recordando las palabras de su padre.
—Seduce al Duque Heinrich. Hazlo tu aliado, Emilia.
Tal vez ese método fuera al final el más fácil. Cuando se trataba de su cuerpo, él actuaba como un perro en celo.
Aunque quizá no hubiera sentimientos de por medio, sus instintos la deseaban. Así como ella se confundía cada vez que se unían, él debía sentir lo mismo.
Emilia exhaló lentamente.
¿Moriría sin hacer nada, o entregaría desesperación a quienes la habían puesto en esa posición?
Debía elegir.
Sus otrora brillantes ojos verdes se habían apagado, semejando los tonos marchitos de un jardín seco.
Se preguntó cuánto tiempo su arrogancia y crueldad lo mantendrían erguido y orgulloso.
Quería traerle una desesperación interminable, furia y resignación.
La pequeña daga que él le había dejado podría terminar siendo su mayor error.
Traducido por: Valiz
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