Nunca Quise Tener Un Hijo Suyo - Novela Cap. 104
—Debes de haber oído los rumores sobre él.
—Si se refiere a las historias de que arrastra damas a su alcoba todas las noches, sí, he oído más que suficiente.
—Es excesivamente codicioso y corrupto. Un día nos llevará a todos a la ruina.
Emilia tiró con más fuerza de su abrigo.
Si tan solo pudiera acercarse un poco más…
—Desde tu perspectiva, debo parecer distinto.
La voz profunda de Mikhail resonó suavemente en sus oídos. Un escalofrío recorrió su espalda.
—…ser un rebelde no significa necesariamente albergar deseos retorcidos. Pero siendo de otro país, es comprensible que no sepa sobre nuestro actual rey.
Ser ignorante no absuelve a nadie de culpa. No es una excusa para la exoneración.
Pero él lo sabía y aun así lo puso en el trono. ¿Por qué?
Debía de haber otra razón. No era un necio ni alguien ajeno al funcionamiento del mundo.
Era bueno manejando situaciones, sabía cuándo ceder y, aunque a veces moralmente ambiguo, su presencia imponente y su fuerza indomable hacían que la gente se sintiera impotente.
—Háblame, Emilia.
La instó a responder. Susurró dulces seducciones justo al lado de su oído.
Para ella, Mikhail no era distinto del Rey. De hecho, el hombre que había puesto en el trono a un Adrian capaz pero indigno era aún más aterrador para ella.
—Entonces, si dijera que destruí tu familia y planeo matar a tus padres después, ¿Lo comprenderías? Ya que fue una acción tomada sin entender qué clase de familia era la casa ducal Loren.
—…es realmente cruel.
—Y tú eres increíblemente ingenua.
Mikhail inclinó la cabeza, cerrando la distancia entre ellos. La mano que sostenía su barbilla parecía arder.
—Tus ojos no pueden mentir.
—…ni los suyos.
—Entonces, ¿Piensas colocarme en esa posición, tal como hice yo con Adrian?
—Solo he servido a un verdadero señor.
—Ah, si planeas adorar el alma del difunto Johannes, no te detendré.
Había un grupo que adoraba a los espíritus, pero eran considerados herejes incluso en este reino.
—No participo en tales prácticas.
—Si sigues sirviendo a un señor muerto, eso es lo único que podría ser.
—No menosprecie mi lealtad.
—Alguien que no pudo proteger a sus seguidores no tiene derecho a exigir la lealtad de otros. Tal persona no debería ser la esperanza de nadie.
Sus dedos presionaron firmemente bajo su barbilla, obligando a Emilia a abrir la boca.
Sus narices se rozaron cuando inclinó la cabeza.
Ella no se apartó. En su lugar, apretó aún más el agarre sobre su cuello, acercándolo más.
Justo cuando sus labios estaban a punto de encontrarse, por fin logró ver claramente sus iris carmesí.
…hay oro en esos ojos rojos.
¿Lo había visto un poco?
Abrió más los ojos para intentar verlo mejor, pero su visión quedó bloqueada.
Simultáneamente, sus labios se encontraron.
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Mikhail respondió a las acciones repentinas de Emilia sin oponerse.
No podía descifrar sus intenciones, aunque observaba de cerca su comportamiento.
Emilia lo miraba fijamente a los ojos y lo provocaba.
Hablaba de Adrian, criticando su incompetencia y su conducta irracional, como siempre.
Era extraño que ella sugiriera que él se convirtiera en rey.
Sin embargo, según las propias palabras de Emilia, carecía de las cualificaciones.
La sangre, ¿Qué importaba?
El destino de Johannes, el primer príncipe, había sido desafortunado. A pesar de su buen carácter, era inadecuado para el trono. Estaba en conflicto con las metas de Mikhail.
No podía quedarse de brazos cruzados mientras los descendientes de sus enemigos reclamaban el trono. Su familia había sido asesinada y los Konrad habían fundado una nueva dinastía.
Mikhail había colocado a Adrian en el trono porque le daba ventaja. Adrian podía ser depuesto fácilmente cuando llegara el momento.
El hecho de que Adrian fuera un bastardo significaba que era poco probable que los nobles conservadores del reino de Bartsch lo aceptaran. Sus deseos retorcidos y su temperamento, como había señalado Emilia, lo hacían completamente inadecuado para ser rey.
Sin embargo, Mikhail aún no entendía por qué instintivamente se había inclinado para protegerla de los libros que caían. Su mano se había movido sola, y se encontró contemplándola mientras ella se encogía.
Su cabello rojo caía en cascada sobre sus hombros. La visión de su cuello pálido, expuesto por su ropa ligera, despertó en él una sed.
Una vez por semana. Tal vez no debería haber impuesto tal restricción.
Cuanto más prohibido es algo, más se desea. Las reglas están hechas para romperse; esa es la naturaleza humana.
Los estrictos principios que él mismo se había impuesto se desmoronaban fácilmente.
Y aun así, con manos temblorosas, ella agarró su cuello como si buscara sostenerse, cerrando la distancia entre ellos. Intrigado por sus intenciones, relajó el cuerpo y la siguió.
Sus ojos verdes aún brillaban con esperanza.
Incluso en esta situación, todavía irradia.
Ella era quien había iniciado esta provocación y ella era quien lo había seducido.
Traducido por: Valiz
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