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Incluso el Villano Tiene Una Historia - Novela Cap. 77


La cueva del Rey Bestia (5)

El Rey Insecto era rápido, sensible y molesto.

¡Paf!

En el mismo instante en que los dientes de la criatura chocaron contra la espada, agitó sus alas. El aire vibró, y los monstruos insectoides que había invocado cubrieron de inmediato el rostro de Sa-yoon, mordiendo su carne. Algunos incluso intentaron entrar por la nariz, la boca y los oídos.

¡Fiuu!

Sa-yoon agitó el brazo para sacudírselos y activó con fuerza la habilidad Escarcha. Un frío tan intenso que ni siquiera los monstruos más débiles se atrevieron a levantar el vuelo llenó y congeló el aire.

¡Clac, tac!

La mayoría de los insectos cayeron inútiles, y solo los más persistentes permanecieron aferrados a Sa-yoon, luchando desesperadamente por arrancarle pedazos de carne.

Sin prestarles atención, Sa-yoon retorció la espada dentro de la boca del Rey Insecto. La hoja torcida se deslizó entre sus dientes y destrozó en jirones la delicada membrana.

—¡Kieeeek!

En el intercambio de ataques, el más dañado fue el Rey Insecto. Con un grito, retrocedió de golpe. Si Sa-yoon hubiera bajado la guardia, habría sido imposible seguir su movimiento con los ojos. Entonces, él aplastó con la mano los insectos aún pegados a su cara y blandió con fuerza el Alba de Primavera.

Al mover la espada envuelta en escarcha, un rayo helado salió disparado contra el Rey Insecto.

¡Clang!

La criatura torció el cuerpo y desvió el rayo con su afilado aguijón. Cuando Sa-yoon volvió a atacar, lo bloqueó otra vez con rapidez. Sus reflejos eran sorprendentes.

¡Clang, clang! Los choques se repitieron una y otra vez. La batalla se convirtió en un duelo de resistencia sin concesiones, hasta que el Rey Insecto cambió de táctica.

Quizás al darse cuenta de que así no funcionaría, ascendió en la sala hasta el punto más alto que el techo le permitía y luego se lanzó como una abeja, abriendo la boca para vomitar cientos de insectos. El zumbido de sus alas llenó la habitación.

Sa-yoon reaccionó con agilidad al ruido que entorpecía el combate. Cortó a los insectos voladores con tal rapidez que solo dejaban estelas de movimiento.

Entrecerrando los ojos, localizó y eliminó a todos los que lo atacaban, y justo cuando el Rey Insecto llegó hasta él, lanzó su espada al aire.

¡Booom!

Lo siguiente fue un choque brutal.

La mano de Sa-yoon, cubierta de escarcha, atrapó el rostro de la criatura en pleno descenso. El impulso del monstruo lo empujó hacia atrás; sus pies chirriaron contra el suelo. El Rey Insecto, atrapado en ese puño de hierro, chilló y giró la cabeza con desesperación.

¡Chas!

En un instante, logró contraatacar. Mordió la mano de Sa-yoon y la sacudió con violencia. La lucha se prolongó: la bestia intentando arrancarle la mano, y Sa-yoon empeñado en congelar a todo el monstruo de una vez.

—¡Kieeeek!

El chillido era rabioso. Varias veces trató de clavarle el aguijón girando la cola hacia él, pero Sa-yoon lo detuvo cada vez de una patada.

El rostro atrapado de la criatura empezó a congelarse poco a poco. ¡Cric! Entonces se oyó cómo uno de los huesos de la mano de Sa-yoon se rompía bajo la mordida.

¡Swaak!

El Alba de Primavera, que antes había arrojado, reapareció tras recibir el llamado de la habilidadDaga sin forma, girando en el aire y atravesando el pecho del Rey Insecto.

—¡Kiyaaak!

El golpe sorpresa lo hizo echar la cabeza hacia atrás. Aprovechando ese instante, Sa-yoon retiró la mano mordida y agarró la espada clavada en su cuerpo. Aun con varios dedos fracturados, no se detuvo: apretó la empuñadura y la arrastró hacia arriba.

¡Crrrch! Con un sonido desgarrador, los músculos del monstruo se abrieron en canal.

—¡Kreeeek!

El Rey Insecto se agitó con fiereza. Sa-yoon lo sujetó con la otra mano y levantó una pierna.

¡Thud!

Con un giro de cintura le golpeó la cabeza, haciendo que esta se torciera con un ruido seco. No se detuvo: volvió a inmovilizarlo y le propinó otra patada brutal.

—¡Kiik!

Finalmente, la cabeza del monstruo se desprendió de su cuerpo. La unión entre ambos empezó a burbujear. Como era típico en los jefes de mazmorra, poseía una extraordinaria capacidad de regeneración. Si lo dejaba, en segundos volvería a tener cabeza y la pelea reiniciaría. Por eso, Sa-yoon llamó de nuevo al Alba de Primavera.

El arma salió del cuerpo de la criatura y regresó a su dueño. Sa-yoon la agarró por la empuñadura y la hundió en la herida del cuello. Aun decapitado, el cuerpo se agitaba con violencia, intentando librarse de la espada. La fuerza era descomunal, propia de quien está a punto de morir.

No quería usar esto dentro de una cueva, pero…

No bastaba con mantener la espada clavada. Debía asegurarse de que el monstruo quedara en estado irrecuperable. Chasqueando la lengua, Sa-yoon cambió rápidamente de arma. Guardó el Alba de Primavera en el inventario y tomó una daga. Sin dudar, la hundió en la herida abierta.

—La Penitencia de Heris.

Murmuró la palabra de inicio, y una luz radiante lo envolvió.

¡Boooom!

La explosión cubrió toda la sala del jefe de la mazmorra.

—¡Kugh!

Sa-yoon también fue arrastrado por la onda expansiva y salió volando hacia atrás. Giró en el aire y aterrizó sin problemas. Cuando la nube de polvo se disipó, examinó los alrededores. Los restos del Rey Insecto estaban esparcidos por todas partes. Ni el más mínimo movimiento se percibía; usar la daga de Heris desde el principio había sido la decisión correcta.

<¡Ha despejado el calabozo de nivel superior ‘Guarida del Rey Insecto’!>

Apareció una ventana azul del sistema, y en la pestaña de condiciones de despeje aumentó en uno el contador de jefes derrotados. La puerta, que había permanecido cerrada, se abrió. Geon-joo asomó solo la cabeza por la rendija para echar un vistazo al interior.

Parecía un suricata, o tal vez un mapache curioso. Sa-yoon se acercó al cofre de joyas que estaba en el lugar donde antes se hallaba el Rey Insecto. Al darse cuenta de que la batalla había terminado, Geon-joo se apresuró hasta él. Con un gesto aún receloso, como si temiera que algo quedara, recibió unos golpecitos en la cabeza: Sa-yoon usaba el cofre para darle toquecitos.

—Se acabó, preciosura. Vámonos.

—¿Ya terminó?

No había pasado ni diez minutos. Geon-joo lo murmuró, y Sa-yoon chasqueó la lengua: el muchacho todavía no entendía bien su nivel.

—Si tardas diez minutos en matar al Rey Insecto, olvídate de llegar a rango S. Y si no puedes con eso, mejor muérete afuera. ¿No te daría vergüenza seguir viviendo?

Geon-joo, ya acostumbrado a esas pullas, las dejó pasar con facilidad.

—En la ventana de condiciones de despeje solo vi que subió el contador de jefes derrotados. Entonces, ¿La excavación del calabozo aún no está hecha?

—Ajá. Igual tienes que llenar la cuota de jefes, así que no importa demasiado. Nos tocará entrar a por lo menos dos calabozos más. Administra bien tu energía.

—¿Y con eso acaba todo?

—Sí. Aunque nos tardemos, en dos días máximo estaremos fuera. ¿Y eso te alegra tanto?

Solo con oír la palabra salir, el rostro de Geon-joo se iluminó. Sa-yoon, sorprendido por esa sonrisa rara y tranquila, preguntó si en serio le gustaba tanto. Geon-joo le devolvió la pregunta: ¿Y a ti no? Sa-yoon alzó el cofre sobre el hombro y ladeó la cabeza.

—Cuando salgamos, ya no estarás pegado a mí.

—Eso es lo mejor de todo.

Vaya.

Ni un segundo de duda en la respuesta. Como si fuera una contestadora automática. Sa-yoon inclinó aún más la cabeza y tarareó por lo bajo, desviando la mirada hacia el cofre que descansaba sobre su hombro.

—Parece que a mi preciosura no le interesan los ítems.

—¿Ítems?

En vez de responder, Sa-yoon agitó el cofre. Los ojos de Geon-joo se abrieron apenas un instante.

—¿...pensabas dármelo?

—Depende de lo que respondas.

—……

Al principio pensaba dárselo sin más, pero la actitud de Geon-joo le hizo cambiar de idea. Se había vuelto demasiado confiado, siempre recibiendo sin esfuerzo. Tocaba cobrar algo a cambio. Geon-joo miró de nuevo el cofre y luego a Sa-yoon. Este sonrió de lado.

Tras un largo silencio, Geon-joo suspiró profundamente y habló:

—¿Qué quieres a cambio?

—Eso depende de ti. ¿Piensas que todo se consigue gratis?

—¿No podrías simplemente decírmelo…?

Geon-joo refunfuñó en voz baja. Sa-yoon, haciéndose el sordo, se rascó una oreja. El chico parecía sumido en pensamientos, la mirada baja, el ceño fruncido. Verlo tan concentrado en sus palabras le resultaba divertido a Sa-yoon, que sentía una satisfacción curiosa.

Finalmente, cuando el calabozo empezó a temblar levemente al cerrarse, Geon-joo habló:

—…hyung.

—¿…?

Pensó que había escuchado mal. Sa-yoon dejó de agitar el cofre y arqueó las cejas. Geon-joo repitió, confirmando que no era una ilusión.

—…pásame el ítem, hyung.

Vaya, vaya.

Casi se ríe, pero se contuvo. Tanto tiempo rehusando llamarlo así, siempre usando títulos fríos como “jefe de gremio”, y ahora, por un ítem, se veía obligado a decirlo.

Al menos tenía claro lo que quería.

Sa-yoon sabía que, si lo entregaba de inmediato, Geon-joo volvería a llamarlo “jefe”. Así que lanzó el cofre al aire, lo atrapó y sonrió con malicia.

Iba a sacarle todo el jugo a esta ocasión.

—Dámelo, hyung.

—¿…?

Sa-yoon puso cara de quien oye una propuesta indecente. Como si Geon-joo no entendiera aún, se encogió de hombros.

—¿No lo dices bien? Entonces, prueba con “dámelo, hyung-ah”.

—…ah, maldita sea.

Una maldición se escapó entre dientes. Geon-joo frunció el ceño. Incluso con el rostro crispado, seguía viéndose hermoso.

Sa-yoon contó hasta tres en silencio. Como no hubo respuesta, se giró hacia la salida.

—Si no lo quieres, déjalo. Vámonos, preciosura. Aún quedan calabozos que limpiar.

—……

—Por cómo vas, todos los demás ítems que caigan serán míos.

Con esas palabras, insinuó que, si cedía ahora, podría recibir futuros ítems también. Geon-joo tembló: era obvio que apretaba los puños de rabia.

¿Y si se giraba solo para disfrutar del espectáculo?

Mientras dudaba, escuchó un suspiro. Y Sa-yoon sabía muy bien lo que significaba: una rendición.

Al volver la vista, Geon-joo lo miraba con ojos inseguros, revolvía el cabello, incapaz de decir la frase. Tardaba demasiado para una simple petición. Sa-yoon esperó con paciencia.

Al fin, tras abrir y cerrar la boca varias veces, con el rostro sombrío, Geon-joo soltó:

—…dámelo, hyung.

—Creo que falta algo.

—…ah.

—Tienes que decirlo junto. Si no, ¿Cómo sé si me llamas o si suspiras?

Aunque añadiera un “ah”, no lo convertía en hyung-ah.

Ante la insistencia, Geon-joo frunció aún más el ceño.

—Ah, de verdad…

—¿Sí?

—…haah.

Pareció escapársele la primera sílaba de una maldición. Nervioso y molesto, no quería soltar el ítem, pero tampoco rendirse. Esa lucha interna era evidente, y Sa-yoon se reía divertido. Geon-joo bajó la cabeza, con las mejillas encendidas.

—Dámelo…, hyung-ah…

Ah, caray…

La voz fue apenas un murmullo, llena de vergüenza. Tapándose el rostro con el brazo, Geon-joo gimió de humillación. Sa-yoon rió por lo bajo y lo dejó revolcarse en esa mezcla de pena y derrota. Al final, le dio unas palmadas en el hombro.

El rostro y las orejas rojas de Geon-joo eran un espectáculo delicioso, pero no había tiempo que perder. Una promesa era una promesa. Sa-yoon le entregó el cofre con naturalidad y, mientras el temblor del calabozo aumentaba, lo tomó en brazos.

—Vamos directo a la superficie, así que agárrate fuerte de tu hyung-ah, preciosura.

Con ese grito, inició la salida del calabozo. En su pecho resonó un murmullo cargado de insulto. Era música para los oídos de Sa-yoon.

Traducido por: Valiz

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