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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 445


Capítulo 445 - Emperador cruel (2)

Estaba en mi oficina, examinando las notas que resumían la discusión del Consejo Privado en relación con el caso del Gran Duque Lilteang. De pronto, alguien llamó a la puerta.

Seguro que es Heinley.

Si hubiera sido otra persona, uno de mis asistentes lo habría anunciado antes. Como no lo hicieron, no había duda de que era Heinley.

Sin embargo, en lugar de dejarlo entrar de inmediato, apoyé los brazos en el escritorio y me quedé mirando la puerta.

Después de unos momentos, volvió a llamar.

Me levanté en silencio, caminé hacia la puerta y esperé. En cuanto escuché dos golpes seguidos, abrí la puerta con fuerza.

Heinley se quedó con la mano levantada en el aire, sorprendido, y abrió mucho los ojos. Luego, su rostro se iluminó.

—Mi Reina, apareciste como por arte de magia.

No respondí y me di la vuelta. Sin embargo, Heinley se colocó frente a mí y me tendió una caja que traía consigo.

—Mi Reina. Aquí tienes.

Cuando la tomé, noté que la caja estaba bastante caliente.

—¿Qué es?

—Es la sopa de guisantes que querías comer.

Abrí la tapa y percibí el delicioso aroma. Parecía que la sopa estaba recién hecha. Me hizo la boca agua.

—La preparé yo mismo.

Heinley presumió con una sonrisa encantadora.

Era demasiado tierno. Sin embargo, era evidente que intentaba calmar mi disgusto con comida. Sentí dos emociones opuestas. Una parte de mí quería pasar por alto lo ocurrido, pero otra parte quería decir la dura verdad, aunque él no quisiera escucharla.

Después de reflexionar un momento, suspiré y opté por lo segundo. Coloqué la caja que me había dado Heinley sobre el escritorio y tomé sus manos.

—Heinley.

—Cómela antes de que se enfríe.

Aunque habría sido agradable fingir que no había pasado nada... esta no era la primera vez que notaba ciertas acciones y comportamientos que eran diferentes de los que Heinley mostraba frente a mí y frente al público.

Sentí la necesidad de hablar con él seriamente, al menos una vez.

—Heinley. Sé que no lo haces impulsivamente… pero desearía que no castigaras a las personas con tanta crueldad.

La sonrisa de Heinley se desvaneció y miró hacia abajo, a nuestras manos entrelazadas.

—El encarcelamiento del Gran Duque ya era suficiente castigo. No había necesidad de ser más cruel.

Heinley frunció los labios, como si sintiera que se le estaba siendo injusto.

—Pero Mi Reina, él…

—A mí tampoco me agrada el Gran Duque Lilteang. Al principio, intentó acercarse a mí con sobornos, pero como eso no funcionó, se puso del lado de Rashta para desacreditarme.

No quería parecer demasiado severa porque temía herir los sentimientos de Heinley, así que lo miré a los ojos y acaricié su rostro.

—Heinley. Incluso si la venganza está justificada, si tus métodos son crueles, la gente se enfocará más en la crueldad que en la causa que vengaste.

Si quiere tener dos caras, realmente no debería permitir que nadie descubra eso. A pesar de los esfuerzos de Heinley por fingir ser inocente, he visto su otra cara en más de una ocasión.

Heinley también había cometido actos crueles abiertamente. Como la brutalidad que mostró en su afán de eliminar a la Familia Zemensia.

—Heinley. Hay una clara diferencia entre un castigo severo y un castigo cruel.

Heinley realmente ama al Imperio Occidental. No quería que su legado como Emperador se viera empañado solo por su crueldad.

Me observó en silencio por un momento y luego se giró, dándome la espalda.

—Mi Reina, entiendo lo que quieres decir. Trataré de no ser tan despiadado, pero espero que Mi Reina comprenda que yo no ascendí al trono en las mismas condiciones que el Emperador Sovieshu. Para él es suficiente con sentarse en silencio y cumplir con sus deberes, y su autoridad aumenta con solo hacer todo según la ley.

Solo podía ver la espalda de Heinley, pero supe que suspiraba con pesar.

—Mi Reina, debo asegurarme de que los nobles no vuelvan a subestimarme. Pero incluso las ratas muerden a los gatos cuando están acorraladas, así que tampoco puedo empujar a los nobles contra la pared. Debo ser un Emperador justo y, al mismo tiempo, un Emperador temible. No debo ser un Emperador que provoque a los nobles, sino un Emperador ante el cual deban inclinarse.

Dicho esto, Heinley me besó una vez en cada mejilla y se fue.

Volví a mi escritorio e intenté leer las notas del Consejo Privado. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que había dicho Heinley.

Había perdido el apetito, así que ni siquiera quería comer la deliciosa sopa, pero tampoco quería tirar la comida que Heinley había preparado para mí. Después de un rato, abrí la caja y saqué el cuenco de sopa.

Cuando llevé una cucharada a la boca, me di cuenta de que ya estaba fría. Aun así, seguí comiendo.

Cuando ya había comido casi la mitad, uno de mis asistentes entró.

—¿Qué pasa?

Mi asistente parecía muy incómodo. Llevaba una caja plateada.

—¿Me escuchó?

—Perdóneme, Su Majestad. El Emperador Sovieshu le envía esto…

Tan pronto como habló, comprendí por qué se sentía tan incómodo.

¿Sovieshu? ¿Otra vez? No me deja en paz.

—Digale que no estoy.

Rechacé de forma tajante y mi asistente salió nerviosamente de la habitación con la caja.

Dejé la cuchara a un lado. No quería obligarme a comer más sopa porque sentía que me dolería el estómago. Heinley era importante para mí, pero también lo era nuestro pajarito. No quería que nuestro hijo se sintiera mal porque yo comiera demasiado.

Aparté el cuenco del escritorio y me serví una taza de té. Mientras bebía lentamente, mi asistente regresó.

¿Y ahora qué?

Lo miré con el ceño fruncido y él me extendió una carta. Por su expresión, era evidente que tampoco quería lidiar con esto.

—El Emperador del Imperio Oriental…

—Devuélvala.

Mi asistente se marchó con la carta.

Guardé las notas y cubrí mis ojos con las manos. Por la rabia, ya no podía concentrarme en lo que estaba escrito.

Sin embargo, mi asistente volvió pronto y me tendió otra carta.

Estaba a punto de devolverla cuando noté que la carta tenía el sello oficial del Emperador del Imperio Oriental.

La envió como una carta oficial para que no pudiera rechazarla otra vez.

La acepté a regañadientes, le pedí a mi asistente que se marchara y la abrí con un tirón.

¿Qué tendrá que decir que sea tan importante como para requerir una carta oficial?

¿Vas a devolver esta también?

La carta ‘oficial’ era breve… pero mi irritación era inmensa.

Me levanté de inmediato y salí con paso fuerte.

Tan pronto como abrí la puerta, apareció un ramo de flores ante mis ojos, bloqueándome la vista.

Tomé el ramo y el rostro de Sovieshu apareció detrás de él.

—Es un obsequio.

—Su Majestad. Mi esposo me regala ramos de flores a diario. No hay absolutamente ninguna necesidad de que otra persona me traiga flores.

Tuve que contener las ganas de golpear a Sovieshu con el ramo.

¿Cuándo terminarán estos quince días? ¿Me lo estoy imaginando, o el tiempo siempre se ha movido tan lento?

Antes de que Sovieshu pudiera responder, un mensajero empapado por la lluvia irrumpió como si tuviera mucha prisa.

El mensajero hizo una reverencia en cuanto nos vio a Sovieshu y a mí.

Lo reconocí. Era un mensajero habitual del Vizconde Langdel.

—¿Qué sucede?

El mensajero me salvó de otra conversación absurda con Sovieshu.

—El Vizconde Langdel… el Comandante… me ordenó comunicarle esto de inmediato… sin demora…

No entendía a qué se refería, pero parecía que le incomodaba hablar delante de Sovieshu.

Sin dudarlo, le devolví el ramo a Sovieshu y entré en mi oficina con el mensajero.

Una vez cerré la puerta y le pedí que hablara con confianza, el mensajero habló con respeto.

—Su Majestad, el Comandante Langdel me ordenó advertirle que mañana vendrá alguien a visitarla. El Comandante Langdel quiere que rechace cualquier cosa que esa persona le pida.

Traducido por: Valiz

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