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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 430


Capítulo 430 - ¡Mirar! ¡Mira aquí! (1)

Después de que Rose y Mastas me contaron sobre los problemas que estaban causando los sirvientes del Imperio del Este, pasé mucho tiempo reflexionando sobre el asunto. Una vez que organicé mis pensamientos, fui a mi oficina y mandé llamar a McKenna.

Cuando McKenna entró en la oficina, le pedí que se sentara y esperé hasta que mi asistente cerrara bien la puerta antes de hablar.

—McKenna, hay una tarea que necesito que hagas.

McKenna, que había entrado con una expresión desconcertada, murmuró sorprendido.

—Su Majestad... ¿Cómo puede Su Majestad hacerme esto?

Por su expresión, parecía sentir que lo había traicionado.

—No, no es un trabajo cualquiera. Es un trabajo importante.

Negué con la cabeza mientras contenía la risa por su reacción, pero McKenna solo se mostró más abatido.

—El Emperador Heinley también dice que las tareas que me encomienda son importantes.

Heinley debe ponerle mucha presión. Me sentí mal porque yo también recurría a McKenna, así que me apresuré a explicarle.

—Puedo hablar con Heinley para que encuentre a alguien que te ayude a reducir tu carga de trabajo. ¿Qué te parece?

McKenna suspiró resignado y finalmente habló con más seriedad.

—¿Para qué necesita Su Majestad mi ayuda?

En lugar de responder de inmediato, me senté frente a McKenna.

—Los sirvientes que vinieron con el Emperador Sovieshu. ¿Cuántos hay en total?

—Hmm... no recuerdo el número exacto. Trajo más o menos la misma cantidad que traen las familias reales importantes de países vecinos en visitas no oficiales.

—¿Ese número incluye a los caballeros?

—No, solo se toma en cuenta a los sirvientes. No incluye a hombres de confianza como los caballeros ni al Marqués Karl.

—He oído que los sirvientes han estado causando problemas últimamente.

La expresión de McKenna se volvió incómoda al instante, y entrelazó fuertemente las manos.

—No es tan grave como para llamarlo un problema.

No me miraba a los ojos.

—Eso sería una exageración de nuestra parte. Es solo que nuestros imperios no son muy amigables entre sí, así que ha habido algunos conflictos.

Su respuesta fue del mismo estilo que la de Rose, quien no quiso insultar a los sirvientes delante de mí, ya que al fin y al cabo soy del Imperio del Este. Por mucho que lleguen a aceptarme, siempre tendrán cuidado con sus palabras sobre el Imperio del Este en mi presencia.

Era inevitable.

Mientras reflexionaba, McKenna finalmente preguntó con cautela,

—Su Majestad, ¿Por qué pregunta?

No respondí con la misma cautela. En cambio, le pregunté deliberadamente de manera casual.

—¿Has verificado si esos sirvientes son realmente sirvientes?

—¿Qué?

A McKenna le tomó un momento entender lo que quería decir y respondió frunciendo el ceño,

—Por supuesto. Había algunos bien musculosos, pero ninguno que representara una amenaza.

Luego preguntó mirándome a los ojos.

—¿Su Majestad está preocupada de que haya caballeros disfrazados de sirvientes?

Negué con la cabeza.

—Me preocupa que haya magos disfrazados.

—¿Qué? ¿Magos? ¿Quién pondría a personas tan valiosas a hacerse pasar por sirvientes...?

McKenna se detuvo. Parecía haber entendido finalmente la diferencia: el Imperio del Este tenía un ejército de magos a su disposición, a diferencia del Imperio del Oeste, que tenía un ejército común.

—Entiendo, Su Majestad. Pero incluso si hay magos disfrazados de sirvientes, no tenemos forma de descubrirlo. Si evitan usar su magia, no podemos saber quiénes son.

—¿En serio?

Como sabían cómo agotar a los magos de su maná, supuse que también sabrían cómo descubrir si alguien era mago.

McKenna hizo otra pregunta,

—¿Sospecha por los problemas que siguen causando los sirvientes?

—Sí. Es cierto que los sirvientes del Imperio del Este son arrogantes, pero no son tan tontos como para provocar peleas varias veces al día.

—...

Por su mirada, parecía querer refutarlo, pero al mismo tiempo estaba frustrado por no poder decir que los sirvientes sí eran así de tontos frente a mí.

—Te digo la verdad.

Cuando afirmé con firmeza, McKenna asintió dócilmente.

—Está bien. Si es así, no es un asunto que pueda resolver solo, así que lo reportaré primero a Su Majestad. No es porque sea flojo. ¿Lo sabe, verdad?

—Claro que sí.

Cuando confirmé que no pensaba que era flojo, McKenna sonrió ampliamente.

Fue un alivio contarle mis sospechas, pero el asunto seguía preocupándome.

—Sovieshu puede haber venido aquí en busca de rastros sobre el fenómeno de la disminución del maná, así que no debemos bajar la guardia.

Necesitábamos tener mucho cuidado para seguir ocultando la verdad.

—¡!

McKenna se había puesto muy rígido. Le sonreí y me levanté.

Heinley había renunciado a sus planes de guerra por mí, así que ahora yo lo ayudaría a ocultar lo que había hecho.

Sovieshu dijo que vino a comprobar que yo estuviera bien, ya que su último recuerdo era del día en que varios duraznos cayeron sobre mi cabeza. Pero ahora sabía que eso había sido una excusa.

¿No dijo también que había venido a disculparse conmigo?

Es un mentiroso.

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—¡Su Majestad! ¡Su Majestad!

McKenna llamaba a Heinley mientras lo buscaba, pero como no podía encontrarlo, se detuvo y miró a su alrededor.

Qué extraño. Estoy seguro de que oí que estaba por aquí cerca.

Mientras permanecía inmóvil, cayó arena sobre su cabeza.

McKenna alzó la vista sorprendido. En lo alto de un pilar ancho, adornado con joyas brillantes, se posaba un gran pájaro con plumas doradas tan relucientes como las joyas. El pájaro sostenía una rama en el pico.

Detrás del pájaro, McKenna vio indicios de una especie de nido rudimentario.

Apenas lo vio, McKenna alzó las cejas.

—¡Su Majestad, no! ¡Habíamos acordado hacer un nido de seda basado en las últimas tendencias! ¿No pudo esperar, Su Majestad? ¿Por eso comenzó a hacer uno por su cuenta?

El gran pájaro, majestuoso y apuesto, trinó ruidosamente en protesta.

—Gu. Gu. Gu. Gu. Gu. Gu.

Escupió la rama a un lado como si estuviera frustrado y descendió con gracia.

El ave se convirtió en forma humana cuando tocó el suelo.

Era Heinley. Mientras se arreglaba el cabello desordenado, explicó:

—Es mejor que mi hijo tenga varias casas.

McKenna pisoteó el suelo.

—¡Lo tenía todo planeado en mi cabeza! ¡El único nido del bebé iba a ser tan bonito y lujoso!

—¿Por qué estás haciendo planes para mi hijo?

—Tiene razón… no es mi hijo.

—Hazlo igual. Si hay varios nidos, mi hijo podrá jugar donde quiera.

—Ahora que lo pienso, pronto tendremos que empezar con los preparativos para la habitación del bebé.

—Eso habrá que discutirlo primero con Mi Reina.

—Está bien. Por cierto, saque las joyas del nido del pajarito, Su Majestad. Podrían hacerle daño al bebé.

—No. Cuantas más joyas, mejor.

—Esa es la opinión de Su Majestad…

—Me gustan las gemas, y a Mi Reina le gustan el oro y la plata. Nuestro hijo estará más cómodo rodeado de todo este esplendor.

McKenna pensó que era absurdo, pero de repente notó el cabello brillante de Heinley.

Bueno, tiene sentido…

—De todos modos, ¿Por qué estás aquí?

—Póngase la ropa primero, es incómodo…

McKenna miró alrededor, encontró la ropa de Heinley en un montón en una esquina y se la entregó rápidamente.

—Ahora, dígame por qué está aquí.

—Su Majestad, ¿La Emperatriz sabe lo que hicimos?

—¿Qué?

—¿Sabe sobre nuestra implicación en el fenómeno de la disminución del maná?

Heinley, que abrochaba tranquilamente su capa, de repente se puso serio.

—Sí.

McKenna suspiró pesadamente. Por supuesto, no era una sorpresa porque la propia Emperatriz había mencionado el tema.

—¿Qué le dijo Mi Reina? ¿Está enojada conmigo?

—Oh no. Se trata de algo más importante.

—¿Qué podría ser más importante que eso?

McKenna le contó fielmente la conversación que tuvo con Navier. Por supuesto, no mencionó que se quejó en el momento en que Navier dijo que había trabajado para él.

Cuando McKenna terminó, Heinley pareció sorprendido. Sin embargo, sus labios permanecieron tensos.

—Si es cierto, ¡Sería un problema grave! Fingí estar tranquilo frente a la Emperatriz, pero mi corazón se aceleró en cuanto oí esas palabras. Si se descubre nuestra implicación en el fenómeno de la disminución del maná, cómo podrían reaccionar los magos vinculados al Imperio del Este…

McKenna habló con preocupación, pero al notar la expresión triste de Heinley, lo llamó asombrado,

—¿Su Majestad?

Heinley pareció darse cuenta de su estado recién entonces. Sonrió y asintió como si todo estuviera bien.

—Así es.

McKenna no pudo seguir hablando. Aunque Heinley no dijo nada, podía imaginar cómo se sentía.

Por un momento, McKenna sintió pena por su primo.

Pero por muy triste y doloroso que fuera, fue una decisión que Heinley tomó por sí mismo.

No había nada que pudiera hacer respecto a esa decisión, que lo acompañaría por el resto de su vida. Heinley tendría que soportar solo cualquier remordimiento que pudiera tener.

—¿Qué va a hacer?

Todo lo que McKenna podía hacer era fingir que no había notado nada.

Heinley se tomó un momento para reflexionar antes de hablar lentamente.

—Primero…

Traducido por: Valiz

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