La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 391
El Conde Pirnu fingió estar ocupado y salió apresuradamente de la oficina con sus pertenencias.
El Marqués Karl bajó la mirada mientras se reprochaba a sí mismo,no debí responder de esa manera.
Los labios de Sovieshu se movieron varias veces, pero al final no pudo decir una palabra. Poco después, preguntó de repente con el ceño fruncido,
—¿Qué hay del Duque Elgy? ¿Sigue en la capital?
Una vez que el caso del puerto se hizo público, Sovieshu notificó oficialmente al Duque Elgy que debía abandonar el Palacio Imperial.
En el pasado, al Duque Elgy se le permitía quedarse en el Palacio del Sur, de acuerdo con las costumbres y el prestigio de un país poderoso como el Imperio Oriental. Ahora que había una confrontación abierta entre Sovieshu y el Duque Elgy, no había necesidad de guardar las apariencias.
Pero aunque Elgy había causado un escándalo y se le había pedido que se fuera del Palacio, seguía en la capital. Sovieshu no entendía qué quería lograr realmente. Mientras el Duque Elgy permaneciera en el Imperio Oriental, sería criticado tanto por los nobles como por los plebeyos.
Las acciones del Duque Elgy inquietaban a Sovieshu.
—Sí, ha estado en silencio desde que se reunió con la Vizcondesa Verdi.
—Con la Vizcondesa Verdi...
Sovieshu entrecerró los ojos. Unos días atrás, uno de sus espías le informó que el Duque Elgy se había reunido con la Vizcondesa Verdi y le había sugerido que huyera a otro país con la Princesa Glorym.
Sovieshu no confiaba en el Duque Elgy, pero encontró su sugerencia tan interesante que decidió no intervenir.
Si el Duque Elgy ayudaba a la Vizcondesa Verdi a huir, Sovieshu planeaba reemplazar a los subordinados del Duque con sus propios subordinados en el camino, quienes llevarían a Glorym a un lugar seguro.
Glorym se parecía demasiado a Rashta como para ser criada como una noble en el Imperio Oriental.
Sovieshu no podía soportar ver a Glorym criada por otra familia en el Imperio Oriental, ni tampoco soportaba ver su rostro convertirse en el de Rashta.
No tenía la confianza para mostrarle amor como antes. Sin embargo, los momentos que pasó a su lado no se borrarían fácilmente de su corazón porque realmente amaba a Glorym. Amaba a ese pequeño ángel adorable que le sonreía mientras hacía sonidos extraños, comoaba, aba.
Como los padres de Glorym eran criminales, Glorym estaba condenada a convertirse en esclava, al igual que Ahn. Pero Sovieshu no podía permitir que la niña que consideraba su hija se convirtiera en esclava.
Como sentía compasión por su situación, podía hacer una excepción para que viviera como plebeya. Pero, ¿Podría la niña soportar la mirada de desprecio de los demás una vez que creciera?
Por esa razón, planeaba darle la identidad de hija de una pequeña familia noble de otro país, otorgándole el dinero necesario para que viviera sin preocupaciones el resto de su vida.
Con eso, habría hecho lo mejor que podía por su bienestar y el dolor que sentía cada vez que pensaba en esa niña desaparecería. Al menos eso era lo que Sovieshu creía.
—¿Cuánto falta para que comience el juicio?
—Unas dos horas, Su Majestad.
—Bien, iré a descansar media hora.
Con un suspiro profundo, Sovieshu salió de su oficina y subió a su habitación.
Una vez dentro, se sentó en la cama y miró con los ojos llenos de lágrimas el retrato de Navier y el de su hija.
Cuando cerró los ojos, las lágrimas corrieron por sus mejillas.
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Fue durante nuestra estadía en la primera posada después de cruzar la frontera hacia el Imperio Oriental que me di cuenta de que el juicio podría ser más severo de lo que esperaba.
Allí fue donde me enteré del caso del puerto y de las confesiones del Vizconde Roteschu y del matrimonio Isqua en sus juicios en la Corte Suprema.
¿Estará bien Rivetti?
Las sentencias aún no se habían ejecutado y el nombre de Rivetti no había aparecido en los periódicos. Aun así, me sentía preocupada desde que leí que el Vizconde Roteschu y su hijo serían ejecutados.
No podía evitar preguntarme qué habría pasado con Rivetti, la chica que lloró desconsoladamente frente a mí cuando escuchó sobre mi divorcio. Decidí pedirle a alguien que la buscara.
Espero que esté bien.
Estaba sentada frente al tocador mirándome al espejo mientras reflexionaba sobre lo que estaba sucediendo en el Imperio Oriental. En ese momento, Heinley golpeó la puerta.
—¿Estás lista, mi reina?
—Sí.
Heinley entró vestido como un joven noble cualquiera. Llevaba una capa oscura con capucha que podía usar para ocultar su rostro. La capa solo tenía bordes dorados. Era sencilla comparada con el estilo habitual de Heinley.
Supongo que yo me veía de la misma manera, ya que llevaba una capa similar, solo de otro color.
Si encontraban a Rivetti, recibiría un mensaje de la Mansión Troby. McKenna había decidido quedarse en la mansión, así que al menos estaría bien informada.
—¿Estás segura de que quieres ir?
Heinley me lo preguntó una vez más antes de subir al carruaje. Era un carruaje modesto y ni siquiera tenía el escudo de la Familia Imperial.
Simplemente asentí con la cabeza. Rashta y Sovieshu eran las dos personas que más me habían herido. Como Emperador, Sovieshu fue el responsable de nuestro divorcio… pero eso no significaba que no odiara también a Rashta.
Incluso si me sentía incómoda en el juicio, quería ver caer a Rashta desde la posición de Emperatriz.
Recordaba cómo Rashta me miró con una sonrisa en el momento en que el Sumo Sacerdote mencionó la solicitud de divorcio de Sovieshu frente a todos, y el momento en que acepté renunciar a mi puesto como Emperatriz del Imperio Oriental.
—¿Mi reina?
—Dime.
—Si te sientes abrumada o simplemente no quieres seguir viendo, dímelo de inmediato. Los caballeros estarán esperando afuera, listos para partir en cualquier momento.
Llegamos a la Corte Suprema. Ya había mucha gente alrededor, así que nadie se fijó en nosotros.
Nos sentamos en la parte trasera del área de asientos reservada para la nobleza. Algunas personas nos miraron, pero enseguida giraron la cabeza sin prestar mayor atención.
Después de un rato, la puerta interior de la Corte Suprema se abrió y Sovieshu apareció. Cuando Sovieshu entró, las personas reunidas para presenciar el juicio hicieron una reverencia. Él levantó la mano en señal de saludo y se sentó en su trono.
Poco después, Rashta entró por la misma puerta, escoltada por dos caballeros, uno a cada lado. Reconocí a uno de los caballeros. Se arrodilló ante mí cuando salí de mi habitación para enfrentar el divorcio.
Rashta se sentó en silencio junto a Sovieshu.
Heinley tomó mi mano para darme fuerza.
Entonces, el juez de la Corte Suprema entró y se detuvo frente a su asiento. El público guardó silencio en ese instante. El juez miró alrededor por un momento y habló con firmeza.
—Comenzaremos el juicio de la Emperatriz Rashta por el presunto engaño a la Familia Imperial, así como por otros delitos.
• • • • •
Los primeros testigos en declarar fueron el Vizconde Roteschu y el matrimonio Isqua.
Habían sido condenados a muerte, pero no había noticias de su ejecución. Al parecer, permanecieron en prisión.
Reiteraron las declaraciones que habían hecho en el juicio anterior.
Aunque el público ya conocía su testimonio, la reacción fue como si lo escucharan por primera vez.
Rashta los observó testificar con expresión sombría.
Alan fue el único cuyo testimonio se desvió.
—¡No sé nada, Su Señoría! ¡De verdad que no lo sé, Su Majestad! Aunque fuera cierto, fue un plan de Rashta y mi padre. ¡En realidad no tuve nada que ver!
Mientras Alan gritaba, el Vizconde Roteschu cerró los ojos con pesar y Rashta se aferró con fuerza a los brazos de su trono.
—A mí tampoco me gusta esa mujer, pero ese hombre es aún más despreciable…
Heinley murmuró y chasqueó la lengua. No era el único, pues a nuestro alrededor se oían voces criticando a Alan.
Incluso en medio del alboroto, Rashta miró fijamente a los testigos.
Después de que los cuatro testificaran, ¿El siguiente en comparecer fue el presidente de la Corporación Bear?
—¿Por qué está aquí? …ah, es por los pagarés.
—La Emperatriz Rashta quería usar pagarés emitidos por nuestra corporación para apoyar a numerosas instituciones, como orfanatos y residencias de ancianos. Pero tras varias investigaciones, descubrimos que esos pagarés no pertenecían a Su Majestad Rashta, sino a la Emperatriz Navier.
Como esperaba, estaba relacionado con mis pagarés. Como me negué a testificar, apareció el mismísimo presidente de la Corporación Bear.
—Hubo un artículo en el periódico popular que levantó sospechas sobre esto hace un tiempo. Entonces, ¿Era cierto?
—Así es.
—Guardó silencio en ese momento. ¿Por qué lo revela ahora?
—En ese entonces, el apoyo público a la Emperatriz Rashta era demasiado fuerte y su posición como Emperatriz era sólida, así que pensé que mi Corporación sería la única afectada.
El Presidente de la Corporación Bear era un hombre muy inteligente, que actuaba estrictamente con fines de lucro.
En lugar de excusarse, reveló la verdad y se disculpó sinceramente.
—Definitivamente es mi culpa por no atreverme a revelarlo en ese momento.
Miré a mi alrededor y noté que, aunque todos los secretarios de Sovieshu estaban presentes, uno estaba ausente.
—¿Dónde está el Barón Lant?
¿No era el Barón Lant el único entre los secretarios de Sovieshu que trataba a Rashta con cariño?
Heinley notó rápidamente que había desviado mi atención.
—¿Mi Reina? ¿Qué ocurre?
—Nada, no es nada.
Negué con la cabeza y volví a concentrarme en el juicio.
Quizás debido a la presencia de Sovieshu, el juicio transcurrió con relativa calma, salvo por el momento en que Alan protestó.
La siguiente persona en subir al estrado fue una mujer que no conocía.
Me resultó familiar a primera vista... pero no la recordaba.
Mientras la miraba, apretó con fuerza los reposabrazos del asiento del estrado y habló:
—Yo... fui doncella... de la Emperatriz Rashta... Delise.
Ah, era doncella de Rashta.
—Continúa.
—La emperatriz Navier… rechazó… el pájaro azul… que el Emperador Sovieshu… le envió como regalo… Rashta se aprovechó… le arrancó… las plumas… al pájaro vivo… y mintió… al Emperador Sovieshu… para culpar… a la Emperatriz Navier.
Su discurso era lento y ligeramente errático. Sumado a que hacía pausas cada pocas palabras, daba la impresión de que le costaba hablar.
Su forma de hablar pareció molestar al público. Un hombre rudo refunfuñó en voz alta:
—¿Por qué hablas así?
Delise se estremeció. Su mirada se desvió un instante, buscando el origen de la voz. Al mismo tiempo, un periodista sentado en la zona de prensa se levantó furioso.
Sin embargo, Delise respiró hondo y continuó con calma:
—Mi lengua... está cortada por la mitad... la Emperatriz Rashta... ordenó que... me la cortaran... para que... no... la delatara.
Se armó un revuelo en la sala.
—¡Dios mío!
—¡Qué locura!
—¡¿Hablas en serio?!
—¡¿Cómo pudo hacer eso?!
El público miró con furia a quien le había dicho esas desagradables palabras a Delise.
Varias personas a mi alrededor también se estremecieron y agitaron los brazos, como si la sola idea de lo que Rashta había hecho fuera horrible.
El Juez del Tribunal Superior miró a Delise con compasión y le preguntó a Rashta:
—¿Es cierto, Su Majestad?
Rashta respondió con firmeza.
—No.
Los insultos estallaron entre el público, pero Rashta ni siquiera pestañeó mientras miraba fijamente a Delise.
La siguiente persona en aparecer fue un rostro familiar: Evely.
Evely testificó que Rashta la había insultado y acosado junto con los Isqua, quienes siempre la habían menospreciado por no pertenecer a la nobleza. También habló del ataque que sufrió camino al Imperio Occidental.
A continuación, el Vizconde Langdel subió al estrado. Reveló la investigación que había llevado a cabo para limpiar el nombre de Nian.
—...en aquel entonces, Su Majestad estaba tan cegado por Rashta que ni siquiera prestó atención a mi investigación.
Al final, añadió algunas palabras criticando a Sovieshu, pero desafortunadamente, este era su hogar. El público no reaccionó positivamente a las críticas de Langdel.
Entonces, el secretario de Sovieshu, el Marqués Karl, subió al estrado. Habló de cómo Rashta siempre pedía dinero prestado al Duque Elgy para cubrir los gastos de su amante Alan y su primer hijo Ahn, del caso del puerto que causó revuelo en todo el imperio y, finalmente, de los escándalos que rodearon su relación con el Duque Elgy.
Quizás porque estos casos ya se habían hecho públicos, con la excepción del caso de Delise, el ambiente en el Tribunal Superior no era tan violento como temía.
Aun así, cada vez que un testigo comparecía y revelaba las pruebas correspondientes, el ambiente se enfriaba.
Sin embargo, cada vez que el juez del Tribunal Superior le preguntaba a Rashta si era cierto, ella lo negaba rotundamente.
Después de que el Marqués Karl bajara del estrado, alguien gritó:
—¡Su Señoría! ¡Hay algo que quiero revelar!
Era el mismo periodista que se había puesto de pie enojado cuando Delise se había sentido ofendida.
—¿Quién es usted?
Cuando el Juez del Tribunal Superior preguntó con el ceño fruncido, el periodista abandonó rápidamente la zona de prensa y subió al estrado.
Al igual que otros periodistas, llevaba una libreta en una mano y un bolígrafo en la otra, pero también un documento bajo el brazo.
Los ayudantes del Juez intentaron detenerlo, pero la gente común empezó a gritar su nombre: "¡Joanson!", "¡Es Joanson!", "¡Joanson!", "¡Joanson!”
Joanson era un nombre que había visto en varios artículos recientemente. Parecía muy estimado por la gente común.
—Denle esto a Su Señoría.
Como el público coreaba el nombre de Joanson, los ayudantes no pudieron sacarlo a la fuerza. Joanson le entregó el documento al ayudante más cercano.
—Tráemelo.
Por orden del Juez del Tribunal Superior, el ayudante aceptó el documento y se lo entregó.
La expresión del Juez se distorsionó al examinar el documento.
El público también sintió curiosidad por el cambio de expresión del Juez del Tribunal Superior, así que dejaron de corear el nombre de Joanson y guardaron silencio.
—¿Qué documento es ese?
Cuando Sovieshu preguntó en nombre del público, el Juez del Tribunal Superior se puso de pie y respondió:
—Este es un documento judicial sobre un criminal que fue condenado a esclavitud por fraude.
¿Qué tenía eso que ver con el juicio de Rashta? Mientras el público murmuraba confundido, Joanson intervino rápidamente.
—El nombre de ese criminal es exactamente el mismo que el del hombre que una vez afirmó ser el verdadero padre de la Emperatriz. El nombre de su hija es Rashta. Su edad actual coincide con la de la Emperatriz. El lugar donde fue condenado a esclavitud, junto con su hija, fue Rimwell.
Los murmullos se hicieron más fuertes. Hubo un revuelo por todas partes.
—¿Eso significa que la Emperatriz Rashta era una esclava, no una plebeya?
—¡¿Una esclava?! ¡¿No una plebeya, sino una esclava?!
—¿Así que la supuesta representante de los plebeyos era una esclava que se hacía pasar descaradamente por un miembro de la nobleza?
Los insultos estallaron desde la sección del salón reservada para los plebeyos.
Gritaban y protestaban furiosos, como si se tratara del crimen más grave jamás cometido.
—¡Bájenla!
—¡Cómo se atreve una esclava a sentarse junto al Emperador!
—¡Tiene que bajar del trono y arrodillarse!
—¡Cielos!
—¡¿Cómo se atreve una esclava a hacerse pasar por noble para convertirse en Emperatriz?! ¡Es una deshonra para el Imperio Oriental!
—¡Bájenla! ¡Bájenla!
En cambio, los nobles estaban tan conmocionados que guardaron silencio.
Me quedó claro que esto no entraba en los planes de Sovieshu. Aunque parecía indiferente por fuera, noté que estaba muy enfadado.
Esta impactante revelación y las protestas del público agotaron por completo la paciencia de Rashta, quien hasta entonces había mantenido la calma.
Rashta salió furiosa de su asiento hacia la tribuna, empujó a Joanson y gritó:
—¡Su Majestad Sovieshu está castrado!
Traducido por: Valiz
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